Réquiem, en remembranza de un ser infinito. Noel Aniloc.
¿De dónde eran las espinas que salieron con sus lágrimas?
Espíritus acuosos que corrieron presurosos hasta el borde de los labios
y le dejaron el salobre sabor de amarguras que da el dolor inesperado.
No, no eran lágrimas vanas, era llanto de mujer adolorida
e impotente ante la muerte de un humano... y no era
de ella, ni siquiera conocido; era un humano, era un humano.
Allí estaba el guerrillero tendido boca abajo, ya lívido e inerte...
Los perros de presa, victoriosos, enseñando sus colmillos
rodeaban el cadáver, satisfechos de haberle dado caza.
Aquel espectáculo, al cual ambos presenciamos de transeúntes
sorprendidos, nos dejó anonadados, hasta que una voz metálica
y estridente nos ordenó.- ¡Caminen, caminen, rápido... rápido!
Por fin, sobreponiéndome, pude hablarle.- ¡Venga conmigo, aléjese!
Y la acompañe distante, protegiéndola, casi no hablamos,
pero anduvimos juntos, penumbrosos, hasta el final de la ruta cotidiana.
Siempre le veía, era joven mujer, graciosa y serena su mirada.
Con los libros siempre protegiéndose el corpiño,
saludaba desde adentro, recatadamente, muy tímida y afable.
Transcurridos los meses se perdió en la nada, giraron nuestras vidas.
Mas no pude olvidar su amargo llanto sensiblemente humano
y vivo en su rostro, el silente dolor que produce la desesperanza.
Pasado un tiempo, leía una noticia propia de aquellos años:
Habían abatido a un grupo de rebeldes... ¡Entre ellos... Ella!
La foto de su rostro era borrosa, pero era ella, sin duda ella.
Como me hubiese gustado conocerla y aprender a vivir
como lo hizo y aprender a morir si miedo alguno... Rebelde,
íntegra, mujer y madre del caído, su sensible corazón la llevó al suplicio.
Comprendo ahora, que aquel día lloró por todos los hijos
sacrificados y por sus vástagos no engendrados, por los torturados,
por los desaparecidos, por los caídos sin nombre ni epitafio.
Quizás vio al mundo y a sus poderes fácticos, oprimiendo... y no lo toleró.
