En aquellas épocas
de inocentes sueños
De mucha vida ingenua
Me gustaba ir a las playas
Limpias, criollas, sabrosas.
Me imaginé a Alonso
Asombrado, alelado,
Como si hubiera llegado al Edén.
Alonso de Ojeda
Visitó al indiano,
En su pequeña Venecia,
Ligeros todos de ropas,
Cabellos azabaches
Con el Sol en su piel.
El venezolano contó
Con sus mágicas palabras
al español extasiado,
Que la maravilla
Que sus ojos contemplan
Era la definitiva de un amor
Que truncado fue.
Alonso entre manjar y bebidas
Pidió más explicación,
Postre de coco en mano.
El ingenuo guerrero
Contó la historia
De aquella laguna.
Frutos, flores,
Mariposas revoloteando,
Apareamiento animal.
Soplaba suave brisa
Que viene del mar,
Llevando su murmullo
Que el rugir de un puma
Solía siempre reflejar.
De la Sierra un guerrero
Bravío y con ansia
Quería su región conocer
Alcanzar a ver el puma
Rugiente de la brisa.
Escaló los riscos perijaneros,
Altas vegetaciones trepó,
Zambulló en límpidos raudales.
El gran espíritu invocado
Por su padre quien lo despidió
Dándole calidad de emisario.
Mientras dormía fue visitado
Por el Espíritu de la Sierra
Lo interrogó y supo de su alma
El anhelo y valentía
Prometió protección
En su peligrosa travesía.
Lo animó en su viaje
Lo protegió de la sierpe,
Del oso frontino,
Del tigre lo hizo amigo.
Vencida la dificultad
Divisó a lo lejos fuego
Y brumas de mi aldea.
Entró en torno al fogón
Recibido fue como jefe,
Gaitas rústicas entonaron.,
Birimbao de tono fino.
Tachones, madres, guerreros,
Saludado fue por cada uno.
La mirada honrada
De tierna mujer
Hija del Cacique.
Lo impresionó
Y llenó de amor
Y sintió el león en su pecho.
La doncella, llena de ilusión,
Se acercó y cedió
Y entrelazaron sus vidas.
Escaparon entre los manglares,
En una caliza ancestral
Se juran unión universal
En un beso eterno,
En un solo cuerpo.
Mas la escena se llena
De un mal presagio
Hecho hombre celoso,
Guerrero herido
Por el maltrato realizado
A su compromiso burlado.
Con ojos pícaros,
Mojados de odios,
Arrastrando su rabia
Como una serpiente
Que acecha buscando su presa
Salta sobre el visitante.
Con flamígero cuchillo
De acero y diamante
Enciende la noche
Como un rayo eterno.
Arranca la vida
De el ardiente indiano,
Guerrero inerte
Sobre la piedra caliza.
Dónde estabas espíritu
Que salvando riesgos
Trajiste al enamorado.
La princesa en su asombro,
Sin amor, sin ilusiones,
De horrores sembrada,
Corrió, corrió, corrió.
Lloró, lloró, lloró.
Al sentir ya cansancio,
Avanzar ya no pudo,
Su llanto no pudo parar,
Echada en la arena
Tendida con su soledad.
De ese llanto del alma
Tú ves la sublime expresión:
El Lago de Coquivacoa,
Buscando al rugiente puma
Alcanzándolo frente a la aldea.
El indiano se cubrió de tierra
Y la doncella arrastrada
Sobre él reposa, es Toas.
El gran espíritu se llevó
La sangre del guerrero
Y bañó las tierras
Dándole amor, valentía,
Bravura y apego
A las mujeres y hombres
Que habitan esta región.
El resplandor que salió
Del cuchillo que con él acabó,
Rumbo al sur, al final.
Lo llamó Catatumbo.
Cuentos indianos
De tiempos antaños.
