Fascículo #151
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Cuadrántidas

Miguel A. Jaimes N.

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Cuando el Universo se abre a las primeras horas de un año se dejan caer las Cuadrántidas. Desplomándose a medida que suenan violines de paraduras en La Mucuy. Es la lluvia de estrellas fugaces más activa del año, caen los meteoros de la Constelación Boyero, quienes llevan el recuerdo de la desaparecida constelación de Quadrans Muralis, cuerpo progenitor de un cometa observado hace cinco siglos por astrónomos coreanos, chinos y japoneses.

Todos los años llegan en la misma fecha. Más bien la tierra en su movimiento de traslación va hasta su encuentro. Pero los tiempos de estos bólidos también han cambiado. En siglos pasados eran muy visibles y caían por los rezagos de un cometa que pasó o explotó en miles de pedazos y sus halos quedaban orbitando tranquilos hasta ser sorprendidos por otro bólido que pasaba a gran velocidad, haciéndolos correr y explotar en nostálgicos colores.

Pueden verse en sitios privilegiados de oscuridad y cielos despejados. Lo mejor es huir de las ciudades y sus luces para así, disfrutarlos al máximo.

El aguacero de meteoros nos sigue acompañando en tiempos e historias desde los inicios del planeta azul. En un día entran hasta cien millones de polvo cósmico y aerolitos, sobre todo a la medianoche y durante el segundo semestre del año.

Es el invierno estelar de enero cuando se incendian las Cuadrántidas, conocidas como la constelación china del Dragón, vienen treinta y cinco meteoros cayendo a una velocidad de cuarenta y un  kilómetros por segundo.

Sólo un Maestro sabría creer en la belleza de este fascinante tema cósmico, guía para el andar de un hombre prodigioso con la mirada puesta en aquellos punticos que hicieron brillar el firmamento cuando guiaron a Jesús El Cristo a encontrar sus discípulos; luces vistas en lo afanoso de desiertos, aparecidas a resplandecientes seres.