Fascículo #153
Creador@s somos tod@s

Enviado por el autor

Versión en PDF

La luminosa tarde del 24 de julio de 1783 se haría inolvidable y trascendental en el correr del tiempo, al nacer uno de los más grandes genios de la humanidad, el caraqueño Simón Bolívar, Padre de la libertad de cinco naciones suramericanas.

La ostentosa mansión colonial al frente de la plaza San Jacinto, hogar aristocrático de los esposos, coronel Juan Vicente Bolívar y de doña María Concepción Palacios y Blanco, sería el centro de alboroto y dicha en ese día resplandeciente para la historia universal.

El transcurrir de los primeros años, la infancia, la adolescencia y juventud de Bolívar combinan un mundo repleto de anécdotas, trozos paradójicos, sueños, alegrías, tristezas, dolores, rebeldías, ampliamente difundido por los biógrafos e historiadores del héroe.

Un soñador y clarividente, José Domingo Choquehuanca, y el filósofo y poeta Miguel de Unamuno, sintetizan en aquilatadas frases la grandeza de Bolívar. El primero no yerra en su oración cuando le dice al Padre de la patria: “Con los siglos crecerá vuestra gloria, como crece la sombra cuando el sol declina”. Y el bilbaíno, pensador y lírico, autor de Del sentimiento trágico de la vida, expresaba: “Sin Bolívar la humanidad hubiera quedado incompleta”.

Variada y hermosa es la espesura de flores épicas que cubren el cuerpo y la imagen de El Libertador, pues cantidad y calidad se funden para homenajear al gran Capitán de América. Rubén Darío le canta:

¡Bolívar, alto nombre

que de justo entusiasmo el pecho inflama,

fue semidiós, no hombre:

Ante el tiempo que lo aclama

La sonora trompeta de la fama!.

Juana de Ibarbourou se inclina con su verso, al decirle:

A Bolívar habría que cantarle

con la garganta de los vientos

y el pecho del mar.

Y el inmenso Pablo Neruda exclama:

Libertador, un mundo de paz nació en tus brazos.

La paz, el pan, el trigo de tu sangre nacieron,

de nuestra joven sangre venida de tu sangre

saldrán paz, pan y trigo para el mundo que haremos.

Yo conocí a Bolívar una mañana larga,

en Madrid, en la boca del Quinto regimiento,

Padre, le dije, eres o no eres o quién eres?

Y mirando el Cuartel de la Montaña, dijo:

"Despierto cada cien años cuando despierta el pueblo".

Aparte de su gloria exaltada por los poetas del mundo, Bolívar escribió el onírico y envolvente poema en prosa Mi delirio sobre el Chimborazo, diálogo del héroe con el tiempo, bordado en la cubre nevada más alta de los Andes ecuatorianos.

Bolívar simboliza aquí la libertad y dicta la lección de la potestad del tiempo sobre lo vacío de la falsa altura y la grandeza, aún en medio del trance delirante.

Si El Libertador fue portentoso en el combate, su ideario y su pensamiento caminan como lecciones permanentes de sacrificios, abnegación y dignidad, como sellos de liberación y solidaridad para los pueblos.

El mejor tributo a su memoria reside en el cumplimiento firme de sus principios, de sus palabras.

Cuántos funcionarios, cínicos e hipócritas, no se vanaglorian en sus discursos exaltadores al héroe, destrozando, burlándose de aquel llamado de probidad, de moral, que lanzara El Libertador, el 2 de enero de 1814: “La hacienda nacional no es de quien os gobierna. Todos los depositarios de vuestros intereses deben demostraros el uso que han hecho de ellos”. Asimismo, todos los que han hecho o hacen del poder el huerto de la corrupción, flagelan el pensamiento de Bolívar, del 17 de agosto de 1820: “La mejor política es la honradez”.

Bolívar encarna como símbolo las antípodas que ofrece la vida en sus grandezas, triunfos, infortunios e ingratitudes.

Nace en cuna de oro y muere cubierto con una camisa prestada. Entrega su gran fortuna en bien de la libertad y sufre la traición de muchos de sus hermanos de lucha. Huérfano, la soledad lo acuchillará con la muerte de su joven y bella esposa. Pero los caminos de la libertad lo coronarán con la gloria.

Hoy, su voz profética se levanta, se hace transparente y nítida en aquel mensaje denunciativo: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar la América toda de miserias, en nombre de la libertad”.

V

Hubo la cita en el invierno y me presentaron a los héroes.

Vi a Alejandro, hermoso príncipe de veintiún años, conquistando toda Persia.

Vi las más bellas mujeres rasgándose las vestimentas de tul en una danza de la maravilla y la poesía.

Pero el hijo de Filipo díjome que era infeliz.

Y hablé con César y éste me confesó su soledad.

Napoleón, ebrio de amargura en Santa Elena,

negose a narrarme sus victorias y su gloria.

Y al fin, cortando las espesas nubes, divisé a Bolívar.

Y a gritos que estallaban en el cielo, le exigí el relato de lo eterno.

Y Bolívar, mi padre, con tono melancólico, expresó: Mirad mis ojos tristes

porque los hombres jamás aprenden la lección de la vida.

Y desapareció, fragmentándose en espejo de colores.

(Aquellos días lejanos, fragmento.

De la nostalgia, 1983)

SOLEDAD Y MUERTE DEL HÉROE

Entre danzas de cuervos,

con miles de banderas desteñidas,

rosas marchitas,

pálidas mujeres, cóndores eunucos,

cenizas de huracanes

y un espantoso aire glacial,

el héroe navega hacia la muerte.

Es mayo triste en Bogotá

y únicamente el invierno le sonríe

en los besos de la hembra,

en la Euterpe de la noche setembrina.

Adiós, adiós, a esos senos de loba subyugada,

al manantial de miel quiteña,

a esos ojos de sol chupándose el mar al mediodía.

Adiós, adiós en medio de la herida desgarrante

a la dulce amada que lo había tornado en ave fénix.

Algunos ven caer sus duros párpados,

rodar sus lentas lágrimas sobre las piedras,

como la lánguida canción del apátrida

después de haber procreado la ciudad.

En el cuartel de antaño alfombrado de victorias,

los soldados juegan a las cartas,

y en las calles los niños son tocados por el hombre solitario.

Un ave transita el horizonte

y arroja espumas, desiertos y espejismos.

¡Londres, Londres –musita el héroe ya decrépito-

devuélveme el esplendor de aquellos tiempos!

¡Ah, qué ruta tan inmensa,

qué largo y terrible el Magdalena!,

y él cargado de fiebres y visiones,

de cristales opacos, lunas tuertas,

picachos devorados por las nieves

en ese viaje sin auroras.

Un barco le espera en Cartajena

y junto a la costa el General Montilla,

pero desde hace un verano es cadáver

y Londres se le exilia en el milagro.

Después viene la flor ensangrentada,

el cóndor destrozado,

el ave lira mutilada,

en el llanto que atraviesa selvas y ríos,

con la profunda congoja de Berruecos.

¿Para qué el Támesis, Madrid, Lima,

las muchedumbres y los claveles de Caracas,

la música y el amor tras las batallas?

El día ha terminado

y no hay finas telas para su mortaja.

Sólo la soledad y el esplendor le esperan,

en el valle, en el reino de la muerte.

(De la nostalgia, 1983)

?