Fascículo #153
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Magda Lago Russo

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Gustavo Adolfo Domínguez Bastida nació en Sevilla (Andalucía) el 17 de febrero de 1836, en el seno de una familia honorable, de modesta situación económica.

Su padre fue José Domínguez Isausti Bécquer, pintor de cierto prestigio, y su madre, doña Joaquina Bastida Vargas. El matrimonio ya tenía un hijo, Valeriano. Ambos hermanos fueron conocidos más tarde por el apellido Bécquer, que correspondía a un antepasado de su padre.

A Gustavo este apellido le parecía más apropiado, pues debido al gran amor a la Literatura, encajaba bien para sus románticos sueños literarios.

El padre falleció cuando el poeta tenía sólo cinco años. Cuatro años después moría la madre, quedando los dos hermanos a cargo de su hermano Juan Vargas. En 1854, ambos hermanos desean adquirir fama y para ello nada mejor que conquistar Madrid. Asume la dirección de “El Mundo”, publicación de efímera vida y luego pasó a formar parte de la redacción de “El Porvenir”, empleo que abandonó para fundar con sus amigos la revista “España artística y literaria”, también de poca duración. Su hermano mientras tanto, intentaba hacer carrera con la pintura.

Por esos años, con estrechez económica, el poeta vio que su salud comenzaba a quebrantarse. En 1857, se le declara tuberculosis, mal que lo acompañará el resto de su vida. Desde el monasterio de Veruela, en la sierra de Moncayo, cerca de Soria, donde se repone, envía poemas, leyendas y sus célebres “Cartas desde mi celda”a las revistas.

Bécquer trató de vivir siempre de su pluma, aunque nunca lo logró y la mayor parte de su obra, sobre todo las rimas, que tuvieron un éxito enorme en España e Hispanoamérica, se publicaron post-mortem.  Muere en 1870

Haciendo un breve resumen, completan su obra sus famosas leyendas, artículos, las “Cartas desde mi celda”, donde quedó registrada parte de su labor periodística, “Cartas literarias a una mujer” y las famosas  rimas.

CARTA PRIMERA (Fragmento)

Monasterio de Veruela, 1864.

“Queridos amigos:

Heme aquí transportado de la noche a la mañana a mi escondido valle

de Veruela; heme aquí instalado de nuevo en el oscuro rincón del cual salí por

un momento para tener el gusto de estrecharos la mano una vez más, fumar un

cigarro juntos, charlar un poco y recordar las agradables, aunque inquietas

horas de mi antigua vida. Cuando se deja una ciudad por otra, particularmente

hoy, que todos los grandes centros de población se parecen, apenas se

percibe el aislamiento en que nos encontramos, antojándosenos, al ver la

identidad de los edificios, los trajes y las costumbres, que al volver la primera

esquina vamos a hallar la casa a que concurríamos, las personas que

estimábamos, las gentes a quienes teníamos costumbre de ver y hallar de

continuo.”

 

“Cartas literarias a una mujer”

 

CARTA PRIMERA (Fragmento)

En una ocasión me preguntaste:

-¿Qué es la poesía?

¿Te acuerdas? No sé a qué propósito había yo hablado algunos momentos antes

de mi pasión por ella.

-¿Qué es la poesía? - me dijiste.

Yo, que no soy muy fuerte en esto de las definiciones te respondí titubeando:

- La poesía es..., es...

Sin concluir la frase, buscaba inútilmente en mi memoria un término de

comparación, que no acertaba a encontrar.

Tú habías adelantado un poco la cabeza para escuchar mejor mis palabras; los

negros rizos de tus cabellos, esos cabellos que tan bien sabes dejar a su antojo

sombrear tu frente, con un abandono tan artístico, pendían de tu sien y bajaban

rozando tu mejilla hasta descansar en tu seno; en tus pupilas húmedas y azules

como el cielo de la noche brillaba un punto de luz, y tus labios se entreabrían

ligeramente al impulso de una respiración perfumada y suave.

Mis ojos, que, a efecto sin duda de la turbación que experimentaba, habían

errado un instante sin fijarse en ningún sitio, se volvieron entonces

instintivamente hacia los tuyos, y exclamé, al fin:

-¡La poesía..., la poesía eres tú!

¿Te acuerdas? Yo aún tengo presente el gracioso ceño de curiosidad burlada, el

acento mezclado de pasión y amargura con que me dijiste:

-¿Crees que mi pregunta sólo es hija de una vana curiosidad de mujer? Te

equivocas. Yo deseo saber lo que es la poesía, porque deseo pensar lo que tú

piensas, hablar de lo que tú hablas, sentir con lo que tú sientes; penetrar, por

último, en ese misterioso santuario en donde a veces se refugia tu alma y cuyo

umbral no puede traspasar la mía.

Cuando llegaba a este punto se interrumpió nuestro diálogo. Ya sabes por qué.

Algunos días han transcurrido. Ni tú ni yo lo hemos vuelto a renovar, y, sin

embargo, por mi parte no he dejado de pensar en él. Tú creíste, sin duda, que la

frase con que contesté a tu extraña interrogación equivalía a una evasiva galante.

Nadie habría osado colocarlo a la altura de Espronceda, de Zorrilla o de otros poetas muy renombrados en esos tiempos. Aparte él huía de la vida de los salones y no gustaba de la notoriedad. No participó de la vida pública ni política. Sus infortunios sentimentales y su enfermedad lo hicieron retraído. Tenía pocos amigos. Uno de ellos lo recuerda así: “Siempre fue serio, no rechazaba la broma, pero la esquivaba. Nunca lo vi reír; sonreír siempre, hasta cuando sufría. Tampoco lo vi llorar; lloraba hacia adentro. Era paciente, sufrido, resignado, amante, bondadoso. Sabía compadecer, perdonar, admirar lo bueno y ocultar a sí mismo lo mísero y lo malo”.Pero el mejor retrato del poeta ha quedado en sus versos, tan sinceros, y en sus hermosas páginas en prosa.
Tenía una fantasía desbordante y una sensibilidad exquisita, era un verdadero artista. Por eso ha perdurado en el tiempo. Algunas leyendas habían sido publicadas en periódicos y revistas. También, en unión de Luis García Luna, había estrenado algunas obras teatrales. Su “Libro de los gorriones” aún permanece inédito.

En el año 1872, un grupo de amigos y de admiradores del poeta decide reunir y publicar su producción literaria hasta entonces, desconocida y dispersa. Le encomendaron este trabajo a Narciso Campillo y a Augusto Ferrán, ambos también poetas. Fue así como aparecieron por primera vez las obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer. En realidad no fueron tan completas. Sólo en 1923 se publicó el texto completo, definitivo y sin alteraciones de todas las obras de este célebre escritor español.

La obra de Bécquer es muy reducida, el valor de un poeta no depende de la cantidad, sino de la calidad de su producción.

La misma la componen sus famosas Rimas, conjunto de 94 poemas, la mayoría de ellos de muy breve extensión, 25 Leyendas no muy extensas y  Cartas literarias  desde mi celda escritas en el monasterio de Veruela y  Cartas literarias a una mujer.

Se trata de una literatura sencilla, directa, pero depurada y sincera. El autor procura comunicarse con el lector en forma silenciosa e íntima.

En toda su obra, tanto en la prosa como en el verso, predomina lo sentimental, con ribetes melancólicos y hasta trágicos, aunque no faltan las notas irónicas o humorísticas especialmente en sus relatos. Rafael Alberti lo llamó “huésped de las tinieblas”.

Gustavo Adolfo Bécquer era un hombre de gran fantasía y fina sensibilidad, tenía una intensa vida interior. Encontró en la poesía lírica el cauce más apropiado para expresarse.

Él mismo dejó, en varias oportunidades el testimonio de su concepto de poesía. Escribió en el prólogo del libro “La Soledad” de su amigo Augusto Ferrán:

Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y del arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad, habla de la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura.

Hay otra natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y, desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía... Una es el fruto divino de la unión del arte y la fantasía. La otra es la centella inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión.”

Él se cree un alma errante, más sensitiva que racional, y por eso busca lo vago, lo huidizo, la luz tenue que se disuelve en la sombra, ese tiempo fugaz que vuelve con las golondrinas y que se va con las olas del mar. Perfectamente esto aparece en la Rima 1, donde el poeta se define a sí mismo:

RIMA 1 (Fragmento)

Saeta que voladora

cruza arrojada al azar,

sin adivinarse dónde

temblando se clavará

…………………….

Ese soy yo, que el acaso

cruzó el mundo, sin pensar

de dónde vengo, ni adónde

mis pasos me llevarán...

 

El amor para el poeta significa alegría, gozo de vivir, es lo que ilumina el camino de la existencia

 RIMA 16

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,

Hoy llega al fondo de mi alma el sol,

Hoy la he visto…la he visto y me ha mirado

¡Hoy creo en Dios!

Pero cuando el poeta se ve obligado a separarse de ese amor, porque no ha correspondido a lo que él esperaba, siente un dolor infinito.

RIMA 38 (Fragmento)

“Como se arranca el hierro de una herida,

Su amor de las entrañas me arranqué…

 

El fracaso amoroso, lleva al poeta a un pesimismo total, a la negación del mundo.

RIMA 53

“Mi vida es un erial,

Flor que toco se deshoja;

Que en mi camino fatal,

Para que yo lo recoja.”

 

Es interesante detenerse a observar las diferentes actitudes que el poeta adopta ante el ser amado, van desde la adoración hasta el orgullo despreciativo y soberbio. Esa admiración parte de la belleza física.

RIMA 29 (Fragmento)

…lo sé, es mudable

Es altanera y vana y caprichosa..

Sé que en su corazón, nido de sierpes,

No hay una fibra que al amor responda;

Que es una estatua inanimada…pero

¡Es tan hermosa!

 

Otro tema es la naturaleza, el que aparece bajo formas diferentes.El paisaje es observado en forma subjetiva, a través de sus sentimientos.

RIMA 63 (Fragmento)

Olas gigantes que os rompéis bramando

En las playas desiertas y remotas;

Envuelto entre las sábanas de espuma,

¡llevadme con vosotras!

 

Bécquer es el poeta más leído según los entendidos, locuaz se debe a dos hechos: la autenticidad de su emoción lírica y a la claridad de su lenguaje y estilo.

En las leyendas también el amor es un motivo muy importante. Impulsados por el amor, los hombres acometen las empresas más difíciles o peligrosas, incluso se atreven a enfrentar la muerte. Es lo que vemos en “La ajorca de oro”, “El beso”, y “El monte de las ánimas”, o bien entran en los dominios de lo maravilloso: “La corza blanca”.


LEYENDA “LA AJORCA DE ORO (Fragmento)

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.

El la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límite; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el Cielo para la expiación de una culpa.  Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo; él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época. Ella se llamaba María Antúnez; él, Pedro Alonso de Orellana. Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio nacer.

La tradición que refiere esta maravillosa historia acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.

Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos; mejor.

El la encontró un día llorando, y la preguntó:

-¿Por qué lloras?

Ella se enjugó los ojos, lo miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar.

Pedro, entonces, acercándose a María le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río y tornó a decirle:

-¿Por qué lloras?

El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos; la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.

María exclamó:

-No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabré contestarte ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio, fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aun concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.

Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas. ..

Bécquer perdura en el tiempo, porque su obra trasciende los límites de su corriente literaria y de su época histórica. Es un poeta atemporal, es decir tiene vigencia ahora a casi ciento cuarenta y cinco años de su muerte, sin que el tiempo le haya disminuido sus méritos.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Colección de Oro del diario El País de Montevideo – Gustavo Adolfo Bécquer – Rimas y  Leyendas. – Manuel Montecinos Caro.

Cartas desde mi celda – Gustavo A. Bécquer.

Cartas literarias a una mujer – Gustavo A. Bécquer.

                                                                

                                                                                                Magda Lago Russo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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