Fascículo #153
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Mi biblioteca

Roberto Jiménez Maggiolo

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Este rincón de mi existencia, comenzó a formarse conjuntamente con mi vida intelectual i mis más puros amores. Es como un refugio, una cueva de ermitaño, donde un efluvio misterioso, rumor de riachuelo cristalino, deja reflejar en él, estalactitas de esmeraldas i rubíes o, discreto i quedo, a su vez contempla o baña los pies de estalagmitas  -columnas de ensueño i piedra- que soportan los estantes, en los cuales, alineados con pájaros nocturnos o estrellas fijas en el firmamento, están mis libros, mis amados libros, los amigos más fieles i brillantes, rebosantes de conocimientos, de arte, de filosofía, de poesía i música, esperando siempre para fortalecer mi alma.

Pensé, al comenzar este escalio, si  podría referirme a mis libros de primaria i el bachillerato, o a los que, en la carrera de Medicina o en la de Filosofía, fueron mis aliados en mil batallas, o en la carrera de la vida, llenaron mis expectativas de conocer, antes de llegar a la experiencia. Medité que sería demasiado extenso –para los adversarios gratuitos, un fastidio-  i preferí atesorar para mí mismo, esta paz interior, este regocijo espiritual, esta cadencia de favonio musical que me envuelve cuando, como soldado herido en la batalla, campeador que tal vez sólo tenga oportunidad de salir casi muerto a la última jornada, entro en mi refugio de luz i de azules sombras que me arrullan, como es mi biblioteca. Aquí paso mis dolores; aquí tomo nuevos bríos, armándome de adarga antigua, lanza de razones i, si no tengo el galgo corredor ni el noble rocín para adentrarse en los Campos de Montiel, tengo mis prodigiosos instrumentos del presente i, una esperanza de marino, de no perder el puerto i, hasta en la borrasca existencial, distinguir los alfaques de mi playa i el faro de mi ética, para volver a salvo.

Mi padre, me dejó en mi biblioteca mui discreta, obras sobre todo de medicina, aunque algunos libros sueltos, entre ellos Ivanhoe, i mi hermano Alfredo aportó el primer ejemplar de Don Quijote de la Mancha que tuve en mis manos i leí con admiración... Además, buenos e inolvidables maestros como Raúl Cuenca o Ábrego Montero, sembraron mis primeras inquietudes por las letras, la gramática i la moral; i en los estudios de medicina i primeros años de graduado, la figura de José Ordóñez Marín –Decano de Medicina cuando yo era, apenas, un adolescente universitario- i luego, amigo i ductor en la cultura universal. I en Filosofía, quien más profunda huella de pensamiento, dejó en mi vida: Adolfo García Díaz, profesor mexicano que sembramos para siempre en nuestro corazón i en nuestro suelo. Sus enseñanzas sacudieron hasta la última fibra de mi espíritu, borraron mis escasos prejuicios i me dispusieron positivamente, para el pensamiento libre i creador, desde la belleza del mundo griego, hasta Russell, Moore, Jasper, Wittgenstein i otros pensadores del presente, sabiendo correctamente entender i amar, a Kant, Locke, Schopenhauer, Voltaire, Nietszche i muchos otros, cuya lectura organiza la mente i amplía horizontes.

Mi biblioteca fue creciendo con mis amores. Los libros de la profesión más bella, noble i sublime, la Medicina; el Arte, en todas sus manifestaciones. Por años, mi docencia de Historia del Arte, me hizo llegar no solamente  a la dicha de conocer los mejores museos del mundo, sino fusionada con la filosofía, acceder a la Estética. La historia, tanto la de nuestra patria, como la universal, fue llenando estantes i, como memoria del mundo  dando lecciones,  entre ellas, la de las dos grandes guerras mundiales cuyo estudio me apasiona. Además, mi admiración, rayana en la devoción o el culto, por la figura excelsa del Libertador Simón Bolívar, llena por lo menos cuatro paños, de mi sección de arte i, como me lo han preguntado ¿por qué en la sección de arte i no en la de historia, has colocado los libros sobre Bolívar? Respondo: porque a mi juicio es la más grande joya humana u obra de arte que haya producido la historia del mundo.

Otra sección de toda una pared, es de filosofía i de ciencia. Allí están los pensamientos de hombres extraordinarios que sobre la corteza terrestre, han creado un mundo nuevo, i ante el cual uno se siente minúsculo. Entre tantos, allí reposan muchos textos sobre la Teoría de la Relatividad, teoría que fue el tema de mi examen en Lovaina, con el eminente profesor Jean Ladrière, en Filosofía de la Ciencia. También mi sección de sociología, la que estudié mucho e hice cursos con Acosta Saignes i seminario en Caracas titulado Ciencias de la Conducta en Medicina i casi fundé la Cátedra de Sociología Médica. La Sociología i la Filosofía, abren muchos caminos o crenchas en los prados i montañas cerebrales, o senderos en la existencia, cayendo entonces en la fascinante búsqueda para conocer la biografía humana del planeta, cuando trotamos continentes i aparece la lucha de clases por la supervivencia digna. Entonces Fichte, Hegel i Marx, se hacen indispensables  de nuevo, i llueve la literatura política, las constituciones, las leyes ¿Cómo se hacen las leyes? I cómo la injusticia de muchos gobiernos imperiales, son los que han manchado la historia del planeta agredido: la Tierra.. La historia de las ideas políticas, se impone; estudio a Touchart, a Marx por excelencia, repaso las guerras i las revoluciones, entusiasma i decepciona la Revolución Francesa; la Segunda Guerra mundial es una lección de fuego i dolor, porque las ideas positivas parece que se las llevara el viento; busco entonces a Frege, a Peano, a los antiguos Platón, Aristóteles, Sócrates,  Voltaire, Locket, Montesquieu, o más actuales como Popper, Wittgensetein, Moore, Russell, Chomsky, o científicos como Einstein, Sagan, Hawking i muchos que asombran con sus nuevas ideas. Estos que, recuerdo en el momento, i muchos otros, son intelectuales amigos alineados en los estantes, prestos a ceder sabiduría. Es el encanto de las bibliotecas.

Luego siguen mis secciones de Literatura Universal, Literatura Venezolana, las obras publicadas i dedicadas por mis dilectos amigos como  Manuel Martínez Acuña, Tito Balza, o Camilo Balza Donatti, etc., o dos secciones especiales. Una, de puros diccionarios de todas clases, de por lo menos seis idiomas i de todas las materias posibles. El diccionario es un extraordinario aliado, especialmente en nuestro propio idioma español. La falta de correcto conocimiento del idioma, es causa de grandes conflictos en la vida. En países avanzados, para llegar a cargos elevados como jueces superiores, se exige estudio superior del idioma nacional respectivo. Otra sección de biblioteca, es la de mis pequeñas joyas, porque  son libros de un  formato i empaste especial (de la desaparecida Editorial Aguilar, España), así como otras alhajas de papel, especialmente del Quijote, de Platero y Yo, El Principito o del Cuento de Navidad de Dickens. Cada inquietud intelectual o espiritual la fui llenando; bien sea un libro de medicina, de ciencia, de arte o de poesía; mis poetas favoritos como Machado o Juan Ramón, están respaldados por mucha bibliografía, i otros como Baudelaire, Keats, Hördelin, Rimbau, Verlaine, Borges, Saramago, Benedetti, Mistral, Neruda, o nuestros poetas empezando por Andrés Eloy i Udón, hasta los mui nuestros, como Hesnor Rivera, Manuel Martínez, Camilo Balza, Guillermo Ferrer,  i otros, tienen su sitio. I desde que lo conocí en la Constituyente, leo a Gustavo Pereira. A los libros se suman mis chucherías, mis pequeños testimonios de vida i recuerdos de viajes, que van desde una piedrita recogida a la orilla del río Danubio o del Monasterio de la Rábida, piedras volcánicas del Vesubio o un trocito de mármol de Carrara, hasta trozos de hierro del Cerro Bolívar, carbón del Guasare, piedra brillante del Apure o un aerolito de 4.500 millones de años. También porcelanas, monedas de lejanos países como Finlandia o Rusia, hasta las que circularon en la Isla de Providencia, jarrones, veleros decorativos i, sobre todo, tallas de madera del Quijote o en bronce dorado. Por eso, este bosque rumoroso de papel i de recuerdos, es mi fronda de ensueños i lo llamo mi algaida, para no llamarlo como Caremis, una Corocoteca.

Esta algaida –refugio de techo de paja que pudo encantar a Robinson Crusoe− la preside el óleo de Bolívar realizado por el artista ecuatoriano Marcos Salas, biznieto de Salas Pérez quien pintó del natural al Libertador en 1827; un busto de porcelana opaca, de Tenerani, copia seriada  producida en el Bicentenario del Libertador; o el más valioso de mis recuerdos: una esbelta porcelana, estilo italiano novecientos, regalo de matrimonio para mis padres. Así existen muchas otras cosas menudas o grandes, que solamente valen para el alma, como son dos grandes álbumes de fotos, un vano intento que todos tenemos,  por retener el pasado que, cada vez se queda más atrás en la flecha del tiempo. I como dijo Machado en uno de sus versos, Ayer es Nunca jamás. Borges repitió muchas veces que, la biblioteca de su padre fue algo capital en su vida i que, nunca realmente salió de ella, como nunca salió de la suya Don Alonso Quijano. Igualmente   dice que sus libros, fueron en verdad, lo únicamente suyo en la vida. Todo lo demás se fue o se va, i así lo siento yo. Como el genial Francisco de Quevedo y Villegas, pienso que la gloria mundana se acaba con el mundo, y para nosotros el mundo se acaba con la vida. Lo mismo ha dicho León Felipe o Borges. I si no fuera así, quizá todos –de haber otra supuesta vida- en la existencia del más allá, lo que desearíamos es llevarnos los libros. Por ello en mi biblioteca están estas palabras de Borges: “Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar  un mundo sin agua; en lo que a mi se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros”.

Por ello, cuando esta gruta encantada, la coloco en penumbra, i dejo que los murciélagos dorados de las notas musicales  de  Morzat, Beethoven, Vivaldi, Brahams o Grieg, muevan el aire como un remusgo que acaricia los sentidos, mis amigos los libros, mis luchas i mis ensueños se nutren de una fantástica alegría íntima. A los dolores, a las ausencias i las ingratitudes, se enfrenta la alegría de paz con la conciencia. Entonces otra reflexión de Quevedo viene al pensamiento: “entre las desventuras, ninguna hay mayor que la falta de alegría”; i así, al momento de escribir estas líneas, se deslizan suavemente las notas de la Patética de Tchaikovsky en el Adagio, el fuerte inicio del Allegro non tropo, me estremece. El amor a los libros, a mis seres queridos i a la buena vida, entonces, torna a  forjar inefable la…¡alegría!

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Esta visión de mi refugio azulado de poesía i de ciencia, creció bastante; la había modificado de manera poco estética, agregando tablas, pero resultaba insuficiente. Me decidí no sin miedo a gastar de mis pocos ahorros i una azotea adjunta, la agregué, haciendo una biblioteca no diré inmensa pero sí bastante grande i recopilé todas las que tenía dispersas por la casa, donde había estantes con libros en todos los ambientes, excepto en los baños. Así, completé mi sueño i un buen espacio, se convirtió, si no en mi Sixtina, al menos en mi cueva de Lescaux. Ahora es un gran espacio bello i decorado de mis recuerdos más gratos i con todos mis amigos libros, juntos. Ahora es la biblioteca, sitio de mi escritorio colonial, mis archivos i mi computadora, fax, cuadros, caricaturas, diplomas, escudos, fotos de mi héroes en las letras i en las ciencias, entre los míos Vargas, Fernández Morán, Julio Árraga, i mi padre, o lejanos, Bertrand Russell, Stephen Hawking, Carl Sagan, Velásquez, Borges i naturalmente muchos Quijotes. Es biblioteca, galería de recuerdos i pálpitos de mi corazón. Aquí lo tengo todo i se engalana de belleza i de fiesta, cuando llegan mis hijas i nuestros amigos i amigas, i especialmente mis nietos. Quizá están aprendiendo que el mundo lo construyó el pensamiento del hombre i los testigos de esa verdad universal, son esos seres tranquilos, serenos i maravillosos que, llamamos ¡libros!