Fascículo #153
Creador@s somos tod@s

Enviado por el autor

Odorico Ribeiro

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En algunos lugares del este caraqueño muchas veces es buena estrategia cargar un periódico El Nazional debajo del brazo al salir de casa.  Seguramente la señora que está tomando un poco de sol lo mira, se reconforta y saluda a uno con gusto, sonrisa incluida.

Lo mismo pasa con el frutero de la esquina o el dueño del abasto. Allí hay la esperanza de que nosotros compremos alguito, obviamente pagando sus precios nada escuálidos, por cierto.

Ahí vamos caminando, pues, cargando esa especie de escudo medieval, como si fuera un salvoconducto, abriendo paso y contando hasta con la colaboración de la policía que detiene el tránsito para que uno cruce tranquilo.

En el banco el joven encargado de la seguridad nos abre la puerta con un aire de clara simpatía. Adentro, sonrisas por doquier. Y bien, en seguida, con el trámite debidamente finiquitado, ya uno se puede quitar la máscara y botar el periódico opositor ese en el basurero más cercano. Sólo nos queda en las manos un ejemplar del Ciudad Caracas que estaba bien escondidito.

Bueno, la aventura de regreso entonces empieza, aun estando uno en el banco. El agente de seguridad se hace la vista gorda y que no te ve, mira al gerente cómplice y espera que uno mismo abra su puerta. Claro que tendrás que esperar un momento hasta que te suenen el bip fastidioso.

Sin embargo, devolverse por las calles caminando por las mismísimas aceras, te puede llevar a conseguir algunas sorpresas. Allí sin duda está nuevamente el policía. Pero en esta oportunidad, él también ve lo que cargas y te deja esperando un rato largo hasta que finalmente cede el paso, cuando ya no viene ningún carro.

El frutero, el señor del abasto y la señora que aun toma sol, en ese orden, te voltean la cara y, más bien, te maldicen y te quieren ver lejos. 

Las simpáticas sonrisas se transforman, una a una, en miradas que te fusilan, en un odio sin límites y en una intolerancia inyectada sutilmente en aquellas venas, corazones y mentes. Lástima.

Por fin, la puerta de la casa se abre nuevamente. Hogar dulce hogar. Las viejas pantuflas vuelven a los aun más viejos pies. Nos apuramos en abrir la ventana para que la nueva foto de Bolívar reciba bastante luz y aire fresco. Él es un nuevo invitado en casa, un nuevo Bolívar, científica y geométricamente revelado, que nos visita. Pero en esa oportunidad, se nos presenta real, innegable, auténtico, soberano.

Aprovecho, me asomo al balcón y miro al horizonte. Allí busco respuestas. Horas y horas allí. En eso me quedo. Respuestas que no han llegado todavía y aun insisten en no llegar.

Hasta que el sol se va poniendo. Mañana será otro día, ni modo. Me volteo antes de volver a cerrar la ventana, miro al nuevo Bolívar por unos instantes. La sorpresa ante ese rostro persiste, él casi habla. Le provoco, le hablo, pregunto por qué no recibo mis respuestas, dónde están ellas. Por último le suplico, qué hago de equivocado, ¿hacia donde debo buscarlas, entonces? 

Él me responde, yo lo sé, lo siento, pero no consigo entenderlo. Bien, mejor me voy a dormir ya, pero una vez más hago el intento, me aproximo y miro aquella imagen tan viva, científicamente viva. Fue cuando de repente, en un momento mágico surgió la luz, todo se explicó allí mismo: me doy cuenta que su mirada, claramente, sin cualquier vestigio de duda posible, apuntaba hacia el pueblo.