Fascículo #153

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La ciudad rota

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Por Youtube circula un video portador de la última composición de la pianista Gabriela Montero. La novedad de la pieza no está en lo musical, sino en el inusual introito político que, seguramente, facilitó pagar los costos. En él, la artista nos habla del “odioso y erróneo” gobierno venezolano que mantiene encarcelada a la directiva de una casa de bolsa (la exquisitez delictual). Y no se queda ahí, lo acusa de haber asesinado, sólo en un año, a más de 19 mil personas. Si de reales responsabilidades en asesinatos se trata, a la pianista se le debió congelar las manos cuando fue a Washington a tocarle a Obama. Pero no fue así, estaba muy feliz.

Dejando de lado las inconsistencias musicales y los desvaríos políticos, del video llama la atención dos cosas: lo primero, el lugar para tal discurso. Los perfumados jardines primaverales de Lugano convierten en liviandad el espaviento. Lo otro, su aseveración de formar parte de la gente que ha sido despojada de su país.

No debe sorprender que la derecha venezolana haga suya lo que, en estricta tradición goda, era propio de la oligarquía: el sentimiento de que el país les pertenece. Para comprobarlo oigan esto. Una vez, un arquitecto de notable apellido, me confesó que lo que más le arrechaba del chavismo era que, los “patas en el suelo” se apoderaran de su ciudad. Preferí atribuir el pronombre posesivo al exceso de güisqui.

Pero, una queja similar expresaron, en la Emisora Cultural de Caracas, tres intelectuales (en un programa patrocinado por la misma corporación rapaz): “por estos tiempos hasta nuestros rituales urbanos se han hecho difíciles… ahora Caracas es una ciudad rota…” Y miren las circunvalaciones de la mente. Cuando lo dijeron no me vino a la memoria el Caracazo, sino el ¡largo de aquí! que uno de ellos, el aniñado crítico urbano, lanzó por El Nacional del 8/6/98: “el desalojo es necesario, el traslado de una clase social por otra, lo es también, cuando la memoria urbana y el espacio público están en peligro…” ¿Qué tal?