Fascículo #153
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Abuela Kueka

Bases de la cultura Pemón

Tomado de la red

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PRESENTACIÓN 

Mons. Mariano nace en Villacidago de la Ruega, provincia de León, España, el 14 de julio de 1915. Ordenado sacerdote en 1939 enseña gramática griega y latina en el Seminario de El Pardo. En 1948 viene al Vicariato del Caroní desempeñándose varios años como rector y profesor del Seminario Mayor para Indígenas ubicado primero en Upata y luego en Kavanayén. En 1968 es nombrado obispo titular de Bamaccora y Vicario Apostólico del Caroní. En 1989 es nombrado Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua. En 1993, al serle aceptada su renuncia, se retira a Caracas donde culmina su producción literaria. Esta obra pertenece a esa época de madurez. Muere el 2 de octubre de 1995.

En esta obra póstuma Monseñor Mariano condensa los relatos míticos más conocidos de los indígenas pemones evidenciando un conocimiento profundo de su cultura, su religión y su lengua. Mitología Pemón viene a ser culminación y síntesis de sus obras etnográficas anteriores: Los pemón, su cultura y su habitat, Cosmovisión de la cultura pemón y Los pemones y su código ético. 

El mito traduce a un lenguaje plástico (descripciones y narraciones) una realidad que rebasa la racionalidad humana y que, por tanto, no cabe en meros conceptos analíticos. La narración mítica es un momento, una faceta de una realidad que sobrepasa, por amplitud y profundidad, la comprensión racional. 

La clave de la cultura pernón es que "en el principio todos los seres eran personas" (piató da tai, toukin tenonkai para, tu karo pemón pe to ecbi pó). Según los pemones, todos los seres existentes tienen un potorí, un originante que continúa vivo y protege a los suyos. Estos seres primordiales vivían armónicamente hasta que los primeros pemones rompieron con sus maleficios, nacidos de la envidia, esa armonía inicial. Desde entonces todos los seres tienen un imonorek, una capacidad de hacer daño que amenaza a todos los seres humanos. Para recuperar dicha armonía inicial es necesario mantenerse en las costumbres de los ancianos y conocer los taren o invocaciones mágicas para protegerse de las amenazas. Las costumbres y tradiciones están contenidas en los mitos. El mundo pemón esta poblado de personajes míticos maravillosamente reales. 

Los relatos míticos están llenos de enseñanzas éticas “ten cuidado de no molestar al otro”, “al que no tiene ojo, al que es calvo no hay que burlarle”. Cada cuento termina con la frase “a pantonupe nichi”, el cuento sea para ti, aplícate el cuento sea para ti, aplícate el cuento. Iniciemos con la lectura la entrada en ese mundo encantado y encantador

Mons. Jesús Alfonso Guerrero Contreras

Vicario Apostólico del Caroní

 

PRELIMINAR

El pemón es un hombre insertado vitalmente en su medio ambiente a partir de un sistema ideológico cultural que le da una interpretación pormenorizada de los diversos seres que componen su "cosmos" desde aquel principio inconcluso recibido de los "antepasados", según el cual los seres del mundo original, todos, sin dejar uno, eran igualmente "personas" -como los pemón- no obstante sus peculiaridades específicas.

El que la "envidia" subsiguiente haya alterado y degenerado aquella pemonidad originaria no ha anulado radicalmente la "entidad" inicial, programada para ser vivida indefinidamente a través del tiempo.

Este conocimiento de esa comunitariedad del "ser", recibido de los "antepasados" como por osmosis, hace del pemón un amante natural, espontáneo de los seres todos de su hábitat, a los que se esfuerza con todo ahínco por devolverlos a la situación inicial natural en un retorno al estado primitivo. 

De hecho, toda su vida está organizada en función de esa reintegración del mundo  a su ser inicial, único verdadero, sagrado, real y apetecible, por efectivamente  bueno y arquetípico.      

Desde sus normas culturales tiene perfecto derecho a organizar su vida individual, familiar,social, cósmica y "religiosa", como los individuos de cualquier otro grupo humano, desde su propio sistema cultural, lugar único donde espontáneamente está capacitado para realizarse sin estridencias traumáticas. 

Para evitar ese irrespeto he decidido preparar una "guía mítica" de esta región de bellezas incomparables al alcance de los sentidos y de las máquinas fotográficas, pero que encierra, bellezas superiores. Esas bellezas la hacen ella misma en el orden de la convivencia humana con que la han sacralizado los indígenas pemón, sus seculares habitantes fraternales, a base de mitos, en extasiada admiración y convivencia. 

TEPONKEN -"hombre-con-vestido"- que te llegas a esta región; antes de entrar en ella, despójate de tu ideología "científica" y abre tus ojos a la realidad que el pemón intuyó y vivió, desde la realidad que ha imaginado desde siempre. 

Esta región no es "Gran Sabana": primer despropósito de los advenedizos que a ella llegaron a través de la enmarañada selva del Kuyuní y de la fatigosa ascensión de los verticales farallones de Sierra Lema. 

Ha sido y será siempre WÉKTA, como con toda razón y desde su física realidad la llamaron sus habitantes pemón; que significa "Región de tepuyes", pero desde la realidad íntima en que ellos la han vivido es "Lugar de mitos". Porque el mito es el que les ha explicado las realidades individuales que la integran, a modo de alma y cuerpo. Que para el pemón todos los seres tienen su cuerpo y su alma, EKATON o CHIWON, según los casos.                                                                                                                           

El grupo pemón vivió secularmente en la meseta en que nacen las principales fuentes del río Caroní. Con una ligera inclinación de este oeste y sur norte dirige sus corrientes primero hacia el oeste y luego al norte, para tributar sus aguas, engrosadas con las del río Paragua, en el gran río Orinoco poco más arriba del antiguo pueblo de San Félix, integrado hoy en Ciudad Guayana. 

Por el Norte esta altiplanicie está cortada a pico por la Sierra Lema, que los Kamarakotos llaman ITOTOYEUKURU, nombre de un ancestro del que cuentan que con otro amigo, igualmente piasán (piache), fue a la guerra de la independencia, con el compromiso de encontrarse al final de ella, regresando el uno por la vía del Kuyuní y el otro por Lema. 

Los accesos naturales a la región del altiplano son: uno por el Este, vía del Kamoarán, desde las Guayanas; el otro es por el Sur, a través de la Sierra Pakaraimá, desde El Brasil. 

Sin embargo, los Arekuna, grupo pemón residenciado al Norte de la altiplanicie, que seguro "ventearon" la caza y pesca en el Kuyuní y sus selvas, ya muy modernamente idearon una salida hacia esta región. 

El pemón no se da nunca por vencido ante las dificultades. A fuerza de buscar una salida de su nido de águilas, el viejo Changrá -según cuenta el P Eulogio de Villarrín, siempre bien informado en noticias y tradiciones de los indígenas- un día llegó a un punto insalvable naturalmente hacia abajo de la serranía. 

Pero a pocos metros de un saliente roquizo había un lomo granítico de varios metros de largo, con enormes simas a uno y otro lado. Su imaginación se dio a trabajar y luego dio con la solución. Cortó los árboles suficientemente largos; los hizo deslizar por el saliente abajo; luego los fue entrelazando con bejucos y palos en forma de peldaños y juruk! tuvo una AKARERA (escalera). Y por ella empezaron abajar muy sigilosamente los Arekuna a pescar y cazar en el Kuyuní. Desde Kamarata había otra vía ancestral para llegar al Kuyuní. Venía por el Akanán al Carrao hasta el llamado Puerto Lema; desde aquí se remontaba la sierra para caer al Chikanán y luego al Kuyuní. Los viajeros hablan de una "boca del infierno"; así llaman a una cueva de la que sale aire caliente. 

En el siglo XVII los Capuchinos Catalanes hablaban de otra vía para llegar en cinco días a las sabanas del Apamao (Apanwao), remontando siempre el Caroní; vía que ellos nunca usaron para sus "entradas" incluso a las sabanas de Río Branco, entonces Colonia española y hoy tierra de El Brasil, Estado de Roraima. 

Ellos usaban el río Ikabarú, por cuyas cabeceras llegaban al Mayan. Esa vía hacia el Apanwao, que hemos recorrido muchas veces los Misioneros del Caroní, entra por el río Tiriká; sigue después por la selva hacia Teramén y después a Wonkén, desde donde se puede ir al Apanwao, por el Akaruai a Kavanayén y por tierra o el Kukenán hasta Santa Elena. 

La vía por el Kuyuní a WÉKTA, verdadero y tradicional nombre de la altiplanicie al Sur de Lema, era desconocida a los no indígenas hasta que en los primeros meses de 1930 Monseñor Diego Antonio Nistal, que practicaba la Visita Canónica a los pueblos del interior, oyó una vaga noticia: "hace unos días un padre acompañado de su mujer había bajado de la altiplanicie por una vía relativamente corta". 

Por más que con todo interés interrogó, nada más claro pudo averiguar. Pero era suficiente. Según la normativa del Convenio firmado por el Ejecutivo Nacional de Venezuela y los Hermanos Capuchinos de Castilla, las fundaciones misioneras empezarían por el Bajo Orinoco, entre los waraos y después en el Alto Caroní, entre los indígenas allí establecidos, cuya identidad se desconocía. 

Para el año 1930 ya había dos Centros Misionales establecidos en el Bajo Orinoco, además de la Casa parroquial de Tucupita. Pero no sabían cómo empezar las fundaciones en el Alto Caroní. 

El año 1929 los P.P. Nicolás de Cármenes y Ceferino de La Aldea hicieron una excursión exploratoria, siguiendo la ruta de los Capuchinos Catalanes, por el Caroní arriba; entraron por el Urimán, subieron por el Apradá y Ampuetir, para por sus sabanas llegar, siguiendo la vía ancestral, al valle de Kamarata. Por el río Akanán bajan al Carrao, que remontan hasta Puerto Lema y por la vía de la serranía caen al Chikanán, luego al Kuyuní hasta El Dorado, desde donde regresan a Upata de donde habían salido. 

En Kamarata les hablaron de la vía hacia el Este, por tierra, hacia la región de los Arekuna del Apanwao; pero no estaba ese viaje en sus planes y se emplearían varios días, para lo que carecían de recursos. 

La noticia les cayó como una luz del cielo. "Un padre y su mujer bajaron de allá... por el mismo camino podemos nosotros subir; que al fin y al cabo somos los obligados a evangelizar a los que allá habitan". Se referían a una pareja protestante. Y empezaron a planificar el viaje.

Por más que les hicieron ver los amigos seglares lo arriesgado del viaje a lo desconocido, ellos persistieron en sus propósitos y embarcaron en El Dorado Mons. Diego Nistal, Vicario Apostólico y el Padre Ceferino de La Aldea, Párroco de Upata. Después de seis de continuo remar llegaron a la boca del WEI, un riachuelo que caía al Kuyuní por su margen derecha. Aquí empezaba la senda hacia la altiplanicie que sólo los indígenas conocían. 

En este lugar vivió años antes el indígena Juan Bravo, conocido piasán (piache) arekuna que también había vivido arriba del Kuyuní y los padres Nicolás y Ceferino lo habían encontrado el año anterior en Kamarata. 

Un día que Juan Bravo regresaba a casa oyó hablar dentro de la selva; se acercó muy sigilosamente y vió que eran dos perros que se contaban sus vidas y las de sus amos. Aseguran los pemón que los piaches entienden el habla de todos los animales y tratan familiarmente con todos esos seres que nosotros decimos ser imaginarios, pero que son totalmente reales para los pemón. No sólo habla con ellos, les domina con sus artes y ceremonias piacheriles. 

Hay otro riachuelo llamado también WEI (a veces se oye BUEY), afluente del Wairén por su margen derecha en las cabeceras del hato Divina Pastora. 

WEI es en pemón el nombre del sol. Según la tradición pemón, WEI, en el tiempo original del mundo, era también "persona" (PEMÓN PE); tenía su conuco que trabajaba como cualquier otro pemón. Pero no tenía "la-para-su-mujer" por lo que estaba desazonado y de mal humor. 

Un día, después del trabajo, bajó al río y oyó que alguien golpeaba algún objeto; se acercó cuidadosamente y vio a TUENKARON (Sirena) sobre una roca; se le iluminaron los ojos; pero cuando trató de atraparla, ella se lanzó al agua, aunque aún pudo aguantarla por su larguísima cabellera de un negro brillante. 

"Ya tengo para-mi-mujer", dijo satisfecho. Pero ella le contestó con toda resolución: "No, yo no; mañana te envío otra para-tu-mujer". Ante esta negativa la dejó ir y regresó entre triste y desconsolado a su rancho.... Y se hizo de noche. TUENKARON (mitad mujer y mitad pez) es una hija de Rato, jefe supremo de los habitantes del reino acuático. Por ser de este elemento, no quiso ser esposa de WEI, morador de la tierra y del cielo. 

Así comienza la gran leyenda de los MAKUNAIMÁ, nombre que se da a los hijos que Sol tuvo con la última de las mujeres que le envió Tuenkarón. La primera que le envió estaba hecha con TAVA (caolín); al ir a recoger agua, se le humedeció la mano y luego se deshizo totalmente. 

Al otro día le envió otra que estaba hecha de MOROMPUE (cera negra de abejas). Trajo agua; pero al prender la maleza seca, con el calor, se deshizo. Entonces WEI, lleno de ira, fue al río, insultó a TUENKARON y la amenazó con secarle los ríos, arroyos y lagunas. Pero TUENKARON le aseguró que le enviaría una que no fallaría. 

Efectivamente al siguiente día llegó otra de color cobrizo, a la que recibió hosco y mandó hacer todas las faenas, de las que salió bien. Entonces se casó con ella y tuvo hijos e hijas. La tercera mujer estaba hecha de KAKO (una piedra que llaman jaspe y roroimita, muy dura y resistente). 

WEI, además de trabajar, navegaba con su canoa en el azul mar de arriba, de un KAPIA al otro (Un horizonte a otro).

SEKUNWARAITEPUI

Desde que se abrió la carretera de El Dorado a Santa Elena por el flanco de Lema, se abandonó la vieja senda indígena por la "escalera". Aun así, a coronar la Sierra y llegar a terreno despejado, se recibe una fuerte impresión de libertad, después de la selva que se atravesado en la subida, que ha impedido la vista de los paisajes espectaculares que se contemplaban en los largos días de trabajoso ascenso. 

Lo primero que encontramos por su cercanía es el cerro SEKUNWARAITEPUI, a la izquierda de la carretera según se viene hacia el Sur. Es la primera muestra de cómo los indígena han llamado con todo derecho y propiedad WEKTA a esta hermosa región. 

El nombre indígena es totalmente apropiado por la configuración externa de cerro y por los árboles SEKUNWARAI-YEK que crecen en sus flancos. SEKUN significa, desde el ángulo que se forma en el codo o rodilla, a un "descanso", una plataforma o escalón. 

De ahí viene el nombre que se le da al árbol SEKUNWARAI, porque sus ramas tienen muchos codos y ángulos y también a este cerro que vigila la entrada a WEKTA, por sus escalones más o menos regulares.

En uno de esos árboles se localiza una leyenda, cuyos protagonistas son el AVARE (rabipelao) y NAMAI (gallito de monte: Psophia crepitans). El AVARE (Didelpha marsupialis, que suele llamarse Zarigüeya) es un depredador empedernido de las aves de corral o de la selva. De él se conocen varias leyendas, en las que sale siempre malparado. Se le mira siempre con prevención y repulsa.

NAMAI en cambio es una grulla de costumbres pacíficas, que se ve con frecuencia en casa de los indígenas mezclada con las demás aves de corral. Tiene patas muy largas y duerme con una recogida y apoyada en la otra. Su color es negro, con irisaciones verdeazuladas. En la espalda tiene unas plumas superiores de color ceniza. 

Según una leyenda, el paují (Crax nigra), "en aquel tiempo", se casó con la hermana menor de la mujer de Namai, por lo que éste le consideró como su enemigo (Danno). Por eso un día se pusieron a pelear, ¡toki, toki, toki! se liaron a golpes. ¡Suruk! el paují le tiró a Namai entre la ceniza. Pero Namai le agarró al paují y le metió la cabeza en el fuego. Desde entonces le viene a Namai tener las plumas de la espalda de color ceniza y al Paují tener las plumas de la cabeza grifas o como chamuscadas. 

Avaré, que es amigo de cenar sin trabajar, se encontró aquella tarde con Namai que buscaba semillas e insectos; y, como quien sólo tiene curiosidad, le preguntó: ¿Dónde duermes tú? -Namai, creyendo que se trataba de simple curiosidad, le dijo simplemente: Yo duermo allí, en aquel SEKUNWARAI-YEK. Bien, dijo Avaré; pues yo voy a acostarme por ahí cerca. Y después de mirar al árbol se acostó a esperar que se hiciera de noche para ir a devorarlo. 

Ya bien de noche, se dirigió al árbol y ¡ wirik, wirik, wirik! Trepó silencioso. Palpó por aquí y por allá y no encontró nada especial. Volvió a buscar con más cuidado; "aquí no hay más que ramas dobladas del árbol".... Pero no se desalentó, pues le apretaba el hambre. Palpó de nuevo y, ya desengañado, exclamó: "¡Cuidado que es embustero Namai; por aquí no hay más que ramas del árbol!". En ese momento se despertó Namai a la que acababa de palpar y se lanzó al aire volando. Con lo que Avaré quedó burlado y sin cenar.

Namai dormía con una pata doblada y apoyado sobre la otra; lo que le pareció a Avaré que se trataba de las ramas torcidas del árbol.