Biografía del personaje del quincenario
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John Griffith London, nació en San Francisco en 1876 Sin embargo, pocos saben que «la novela más grande que escribió fue la historia de su propia vida». O que Lenin leía Amor a la vida, momentos antes de su muerte. León Trotski que leyó El talón de hierro a instancias de una hija de Jack London, años después de la muerte de su autor, se declaró sorprendido y admirado por lo que creyó que había sido una brillante anticipación del fascismo. Howard Zinn, ha escrito el prólogo de una de las ediciones de este libro. No fué una casualidad que en ENcontrARTE 6 publicáramos la reseña del Talón de Hierro escrita por Pascual Serrano, Rebelión. (ver http://encontrarte.aporrea.org/criticon/libros/6/a8151.html) |
| Escribió novelas de aventuras y otros libros de marcado compromiso social. Sin embargo, su militancia revolucionaria es casi desconocida. Conocedor del marxismo y del pensamiento revolucionario de su época, fue un socialista revolucionario. Abandonó el Partido Laborista en cuanto esta organización mostró su tendencia reformista.
Su cima literaria la alcanzará con esa extraña fábula de anticipación política, El talón de hierro (1908), donde, a partir de los conflictos sociales americanos y de la fracasada revolución rusa de 1905, London, con una gran imaginación, intuiría proféticamente ciertos aspectos de lo que habían de ser los fascismos europeos de casi veinte años después. |
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Libros suyos como El pueblo del abismo (1903), Guerra de clases (1905) o Revolución y otros ensayos (1910), nos muestran al London preocupado por las cuestiones sociales, en un análisis marxista de la lucha de clases y de la explotación capitalista. Sólo un estudioso del marxismo pudo escribir esta terrible novela que sobresalta por su actualidad y por su clara anticipación del futuro inmediato al que conducía el capitalismo. A través de un personaje, Ernesto Everhard, podemos constatar cómo veía London el proceso de concentración de capital, cómo descubrió y describió la tendencia hacia el estado policial, la ruina de la pequeña y mediana burguesía agraria, industrial o comercial. Resulta sobrecogedor comprobar cómo auguró la crisis de 1929, la expansión del capital financiero, el nacimiento de la partidocracia, el intercambio desigual, las convulsiones del movimiento obrero, sus traiciones y derrotas. La descripción del |
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| proceso de burocratización sindical y su posterior corrupción generalizada es sencillamente atronadora.
El Talón de Hierro es un análisis profundo y documentado sobre el desarrollo del capitalismo, una continuación novelada de El Capital de Marx y de El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin. Es una novela que guarda algunas sorpresas, incluso para un lector aventajado; en sus páginas muchos se verán atrapados en el terrible laberinto de perder la noción del tiempo histórico. Laberinto radicalmente distinto al planteado en l923 por Aldous L. Huxley en Un mundo feliz. Para quienes hayan leído ambas novelas futuristas la diferencia quedará clara: el mundo descrito por Huxley es sólo eso, un mundo de especulación novelesca, sencillamente imposible, ahistórico en la medida en que el capitalismo no puede existir sin explotación ni plusvalía. El Talón de Hierro, por el contrario, es el mundo de nuestros días previsto a principios del siglo anterior. Como socialista revolucionario y como marxista, también el personaje creado por Jack London, Ernesto Everhard estuvo convencido de la victoria última del proletariado frente a la oligarquía, el Talón de Hierro. Datos obtenidos en www.antorcha.org/liter/london.htm |
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El medio social
Francisco Cabezas Coca
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Nacido en 1876, a Jack London le tocó vivir los tiempos difíciles del cierre de la Frontera. La expansión territorial podía darse por terminada alrededor de 1890. El avance del ferrocarril, que unió en 1869 el Atlántico con el Pacífico, había contribuido decisivamente a la caída de la Frontera salvaje. La conquista del Oeste había concluido. Las tierras sin dueño, de océano a océano, habían desaparecido. Las grandes oportunidades parecían haberse extinguido. Era como si hubiera llegado el ocaso de la aventura, la hora final del héroe individualista e intrépido. Una grave crisis económica vino a subrayar la conclusión de este capítulo de la historia norteamericana. Veinte años atrás, una vez apagados los ecos de la Guerra Civil (1861-1865), la depresión de principios de los setenta había permitido la creación de los |
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imperios económicos de los Rockefeller, de los Carnegie, de los Armour, al mínimo costo posible. Ahora, la bancarrota de 1893-98, bajo la presidencia de Cleveland, comenzó afectando a los ferrocarriles y a los bancos, continuó con la industria, y determinó una caída en vertical de los productos del campo. El trigo alcanzó su más baja cotización en el mercado, y lo mismo ocurrió con el algodón, principal fuente de ingresos de los estados del Sur. Las fábricas comenzaron a parar, mientras masas de obreros eran arrojadas a la calle sin protección alguna. Howells, en una de sus sátiras sociales titulada Un viajero de Altruria (1894), manifestaba que, antes de los grandes cambios que siguieron a la guerra, un hombre que se quedase sin trabajo siempre podía encontrar otro, y, si fracasaba en un negocio, podía comenzar de nuevo en otra dirección. Y, en ambos casos, como último recurso, aún le quedaba la posibilidad de dirigirse hacia el oeste y obtener del Estado tierras para cultivar. Actualmente, en cambio, el campo estaba ya ocupado, las grandes extensiones de tierras estatales habían desaparecido entre las manos de los magnates del ferrocarril y de los especuladores, y el mundo de los negocios aparecía saturado. De ser un combate libre e individualista, la lucha por la vida se había convertido en una confrontación de dos fuerzas disciplinadas y organizadas: la del capital y la del trabajo. Efectivamente, a partir de 1870, la economía norteamericana se había caracterizado por la formación y desarrollo de los trusts comerciales y financieros con el fin de eliminar la competencia y controlar los mercados al máximo. En el este y en el oeste medio, la industria y los negocios se habían concentrado en tranquilas ciudades mercantiles que, como Chicago, Filadelfia, Boston o St. Louis, se transformaron en populosos emporios industriales y financieros de trenes elevados, fábricas y oficinas, y con una abigarrada población inmigrante venida de todos los puntos de Europa. Nombres —hoy mundialmente famosos merced a la hegemonía económica y política norteamericana— surgen por entonces, creando el mito de los muchachos pobres y emprendedores que se hacen millonarios. Pullman en la industria ferroviaria, Westinghouse en el sector eléctrico, McCormick en la maquinaria agrícola, Rockefeller con la Standard Oil, Carnegie con la Steel Corporation, Morgan en la metalurgia y Armour & Swift con las conservas cárnicas, entre otros, acumulan sus fabulosas fortunas sin reparar demasiado en la elección de medios. Son los «capitanes de industria», un tipo peculiarmente americano cuyo retrato imperecedero nos lo dejaría Dreiser en su Trilogía del deseo (1912-47). Símbolo del empresario imaginativo, audaz y sin escrúpulos, para él el negocio originaba su propia ley. Ni sentía responsabilidad social alguna ni reconocía ninguna obligación inherente a la posesión de un tremendo poder económico; aunque —preciso es confesarlo— su moral no era otra que la de la sociedad en que vivía. Las reglas de la libre competencia, una de las supuestas grandes ventajas del sistema capitalista, eran dejadas de lado cuando no resultaban convenientes. Una riqueza exorbitante se estaba concentrando en unas pocas manos. La plutocracia se hacía construir sus anacrónicos palacios de imitación europea; y los construían bien sólidos, como para indicar que estaban ahí para quedarse. La ambición, la codicia y también la ignorancia y el mal gusto del millonario americano podían alcanzar límites tales que los propios capitalistas europeos, en modo alguno ejemplares, se quedaban admirados. A la justificación calvinista de la riqueza como signo externo de elección divina, vino a añadirse el darwinismo social de Herbert Spencer (1820-1903), cuyas teorías ejercieron una enorme influencia en Norteamérica. La lucha por la existencia, venía a decir el filósofo inglés, no sólo era natural sino saludable, y cualquier acción social o legislativa que la limitase sería antinatural y nefasta. Así, la ley de la supervivencia del más fuerte, vigente en la naturaleza, era igualmente válida en la sociedad humana. El rico obtenía su fortuna, porque poseía la capacidad requerida para el éxito en la pugna por la riqueza; el pobre era presentado como una víctima de su propia falta de capacidad y de adaptación. Estas ideas sobre competición y selección eran enseñadas en las universidades, explicadas en los periódicos por escritores respetables y aceptadas por los miembros responsables de la sociedad. El spencerianismo o darwinismo social venía a ser, efectivamente, la razón de ser de la época y el evangelio del businessman [hombre de negocios]. Por otro lado, los intentos populares de frenar los excesos de los monopolios por medio de una legislación adecuada, eran derrotados o distorsionados mediante la corrupción y el soborno. Leyes y políticos no eran sino instrumentos del gran capital. Los políticos, tanto demócratas como republicanos, reconocían en el Big Business [Grandes negocios] la mejor fuente de financiación del partido. Servirle, por tanto, era útil y provechoso. Se trataba del laissez faire perfecto. La industrialización se llevaba a cabo al menor coste posible: salarios bajos, largas jornadas y pésimas condiciones de trabajo. Los despedidos, accidentados o no, quedaban normalmente en la indigencia, sin derecho a compensación alguna, pasando a formar parte del ejército reservista de desempleados, el «submerged tenth» [diezmo oculto] descrito por London en su Guerra de clases. Es más: una inmigración de origen irlandés y centro-europeo, atraída frecuentemente con señuelos de fabulosas remuneraciones, vendría a empeorar las duras condiciones en que se encontraba ya el trabajador, al constituir una mano de obra barata, poco exigente e ignorante. En estas circunstancias, se inicia en Estados Unidos la aparición de los movimientos obreros, influenciados por las ideas sindicalistas alemanas y británicas. Entre 1876 y 1905, con mayor o menor fuerza militante, surgen las tres asociaciones sindicales más importantes. De ellas, sólo una, la American Federation of Labor, la más temperada en sus reivindicaciones, sería capaz de sobrevivir a la represión que precedió y acompañó a la entrada de Norteamérica en la Primera Guerra Mundial. Los medios de comunicación de masas no tardaron en incorporarse al mundo de los grandes negocios. Amplias cadenas de periódicos bajo el control de hombres como Scripps y Hearst, fundadores del periodismo a gran escala, se convirtieron en portavoces de los intereses de las poderosas corporaciones de Nueva York y Chicago. Algo semejante ocurrió con la educación, puesta al servicio del orden existente, y donde cualquier elemento que favoreciera la difusión de ideas socialistas, progresistas, o meramente críticas del sistema, era expulsado de su seno sin contemplaciones. Y la religión institucional, tercer gran pilar del orden establecido, no sólo apoyaba al capitalismo, sino también, como en el caso de la anexión de Filipinas, estimulaba el imperialismo con el pretexto de la cristianización de los pueblos. |
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| La depresión económica, entre 1893 y 1898, fue una prueba difícil para las clases trabajadoras y para el campo empobrecido. Un cuarto de la población obrera no especializada se quedó sin empleo. En 1894, la huelga en las factorías Pullman es reprimida con tropas federales, mientras dos columnas de desempleados, capitaneadas por Coxey desde el oeste medio y por Kelly desde California, marchan —Jack London entre ellos— sobre Washington en petición de trabajo. El vagabundo, a menudo un ex-obrero sin empleo, se convierte en una figura familiar del paisaje estadounidense. Si en Los vagabundos del ferrocarril London nos presenta unos bocetos de primera mano sobre las calamidades de este vagabundo, Crane y Dreiser, en las grandes ciudades del este, describen las colas de mendigos ante los refugios de caridad en busca de una sopa y un camastro en que dormir. En el mundo de la política, empapado de intereses económicos, algunos comienzan a echar de menos un mercado | ![]() |
| exterior de tipo colonial por donde pueda darse salida al excedente de producción y poner con ello fin a la crisis. En 1895, Theodore Roosevelt —futuro presidente de la nación e inventor de la política del palo grueso— había declarado: «Este país necesita una guerra..., ocupar nuevos mercados y... nuevos territorios». La oportunidad se presentaría tres años más tarde en el conflicto con España a propósito de Cuba. Como resultado de esta «espléndida pequeña guerra» —un paseo militar de apenas diez semanas para la que era ya la primera potencia económica del mundo—, Estados Unidos entraba en la carrera de las grandes naciones imperialistas.
Dentro del país, las fuerzas progresistas, compuestas en su mayoría por una clase media urbana, conservadora en lo esencial, intentaban obtener del Congreso unas reformas de carácter económico y humanitario que pusieran coto a los excesos de un capitalismo brutal e insolidario. En modo alguno se oponian a la libre competencia propia del sistema. Rechazaban, claro está, la existencia de los grandes trusts y los sangrantes abusos en las condiciones de trabajo y despidos. Pero aún más temían a las agrupaciones laborales y al socialismo. Sus victorias en materia legislativa contra el Big Business fueron escasas e incompletas. Ello determinó una escisión en el movimiento. Unos se dirigieron a la derecha, prefiriendo el gobierno de los monopolios al del odiado socialismo; otros, en cambio, fueron más allá del progresismo, convirtiéndose en socialistas. Una depresión económica posterior, la de 1913-15, privó sin embargo a esta organización de sus fondos y de su atractivo. La Primera Guerra Mundial y la intervención norteamericana en ella, en 1916, contribuyó decisivamente a la supresión del movimiento hacia la izquierda. Como en 1898, una guerra exterior serviría para hacer olvidar el descontento doméstico. Con el pretexto de la seguridad interna y de la lucha contra la subversión, todo ello tras la pantalla de humo de la propaganda bélica, un millar y medio de personas fueron privadas de la libertad. Entre ellas, el líder socialista Eugene Debs, el cual había obtenido un millón de votos como candidato a la presidencia en 1912.
El escritor A menudo da la impresión de que la biografía de Jack London (1876-1916) es la sombra principal que oscurece su misma obra. Con razón, en un doble sentido, ha afirmado Kazin que «la novela más grande que escribió fue la historia de su propia vida». El nombre de Jack London es una evocación de la aventura; una aventura que le acompañaría a lo largo de su existencia, constituyendo el material esencial de su narrativa. Y es que en los años centrales de su producción literaria, como un anticipo del Hemingway de los años 50, London se convirtió en el primer mito del novelista norteamericano de éxito, tanto en América como en Europa. Sus biógrafos recuerdan cómo los periódicos europeos del 24 de noviembre de 1916 dedicaron más espacio a la noticia de su muerte que a la del emperador Francisco José de Austria, fallecido el día anterior. Si en 1913 London podía jactarse de ser el escritor más famoso y mejor pagado, podría añadirse que, entre 1903 y 1920, fue asimismo el autor americano más leído fuera de Estados Unidos. Incluso para un país como Norteamérica, acostumbrado a que sus literatos sean frecuentemente hombres de acción, la vida de Jack London posee características que participan de lo extraordinario. Nacido en San Francisco, hijo ilegítimo de un pintoresco astrólogo itinerante que nunca le reconocería como suyo, su apellido lo recibió del hombre que se casó con su madre y le adoptó como hijo. Durante su infancia, después de algunos fracasos como granjeros, los London se asentaron por fin en Oakland, al otro lado de la bahía de San Francisco. La precaria situación familiar, con el viejo padrastro saltando de oficio en oficio y una madre neurótica aficionada al espiritismo, obligó a Jack, ya desde niño, a alternar la escuela con el reparto de periódicos en busca de algunos centavos extra que aportar a la casa. Pero pronto sus primeros alardes de hombría le llevarían a continuar su educación entre los golfos del puerto. Es aquí, en los muelles de Oakland, donde a los catorce años se inicia su atracción por el mar, su afición a la bebida y sus contactos con la delincuencia. De ladrón de ostras pasará, no obstante, a colaborar con la patrulla encargada de proteger los viveros que él antes había saqueado. Un esquife, adquirido con las ganancias obtenidas, le servirá para hacerle sentir el placer de la navegación, recorriendo la amplia bahía. Luego, a los diecisiete años, se enrola de marinero en un buque dedicado a la caza de focas junto a la costa de Japón y en el Mar de Bering. Corren los tiempos difíciles de la depresión y las ocupaciones son escasas y mal pagadas. A su regreso, tras los duros trabajos en la fábrica de yute y paleando carbón trece horas diarias en una central eléctrica, London se une al ejército de desempleados que marcha desde California sobre Washington en petición de empleo. Esta experiencia, que concluiría para él en la prisión de Niagara Falls cumpliendo una condena de un mes por vagabundeo, marcaría uno de los hitos de su vida. Por un lado, contribuiría a hacer de él un experto conocedor del mundo al margen de la ley, conocimientos de los que —como se puede apreciar por su libro Los vagabundos del ferrocarril— se mostraría siempre orgulloso; por otro, estas correrías sirvieron para iniciar en él un proceso de concienciación social. London toma una decisión: enrolarse en el incipiente partido socialista de Oakland, y se jura al mismo tiempo que tratará de evitar por todos los medios convertirse en un trabajador manual. Como consecuencia de esta promesa, decide intentar el ingreso en la universidad, meta que conseguirá tras casi dos años de intensa preparación y sacrificios. Al cabo del primer semestre, no obstante, presionado por necesidades económicas y familiares, y desilusionado por la educación recibida, dejará sus estudios. En agosto de 1897, a los pocos meses de las primeras noticias del descubrimiento de oro en el Klondike, London se embarca para Alaska. Es la oportunidad esperada; pero la suerte no le acompañará. A la llegada del invierno, él y sus dos compañeros acamparán en una cabaña abandonada junto a la desembocadura del río Stewart, a casi ochenta millas de Dawson por el curso helado del Yukón. Los largos meses invernales los repartirá entre la solitaria cabaña y el poblado de Dawson, y sus prospecciones mineras serían escasas e inútiles. El retorno lo efectuará en una balsa durante el deshielo primaveral, en un intrépido viaje de dos mil millas río abajo; forzado por el escorbuto, fracasado, y sin haber conseguido ver en sus manos el preciado metal. Pero es a partir de este momento cuando London decidirá definitivamente dedicarse a escribir. Aunque pueda parecer sorprendente a primera vista lo inesperado de esta súbita vocación, para comprenderla habría que seguir, a través de los testimonios autobiográficos legados por el autor, la andadura que le condujo por el camino de la literatura. Desde lo que significó para él el maravilloso descubrimiento infantil de Los cuentos de la Alhambra en la soledad de la granja familiar, hasta la voraz lectura de cientos de novelas de la biblioteca pública de Oakland. Más tarde vendrían las largas jornadas dedicadas a su formación intelectual y a la adquisición de un estilo, alternando Marx con Kipling, Spencer con Stevenson, Malthus con Poe o con H. G. Wells. Y ya descubierta la senda del éxito, la revelación de la filosofía de Nietzsche, la tercera gran influencia en su vida. London había emprendido su práctica de escritor a los diecisiete años, con su temprano y aislado acierto en un concurso periodístico, al conseguir el primer premio con la descripción de un tifón, una experiencia vivida durante su labor de marinero en el Sophie Sutherland. Años después, a su regreso de Alaska, comenzarían los días agotadores y las noches en blanco, sentado ante la máquina de escríbir alquilada, pugnando por convertirse en un escritor. En Martin Eden (1909), su bildunsroman autobiográfico escrito ya en la cumbre de su carrera, nos ha dejado London un cuadro vívido de la dura brega y de las miserias que acompañaron su iniciación literaria: los repetidos intentos de publicar sus relatos, los rechazos sistemáticos, la intensa penuria, las horas tesoneras de trabajo y estudio, la obstinación, los desalientos, los primeros triunfos... Y al fin, tras el enorme éxito de La llamada de la selva (1903) y de El lobo de mar (1904), su conversión en uno de los autores más afamados y vendidos de Estados Unidos. Seguramente el aspecto más controvertido de Jack London sea su ideología política y social. Una ideología contradictoria y a menudo antitética, que haría que, paradójicamente, sus libros fueran tan apreciados en la Rusia soviética como —con algunas excepciones— en la Alemania nazi. London pretendió ser algo más que un escritor para adolescentes. Para él era evidente que la actitud filosófica, la capacidad de comentar y generalizar sobre sus personajes en relación con la vida y con la sociedad, era una condición imprescindible para un autor que pretendiera ser tomado en serio. Por ello, tras asimilar las técnicas narrativas, trató de adquirir una filosofía que diera consistencia a su obra. Las lecturas de Darwin, Ernst Haeckel, Huxley y, sobre todo, del filósofo victoriano Herbert Spencer, con su aplicación de los esquemas evolucionistas a la estructura social, le proporcionaron la base de su pensamiento. El principio de la lucha por la vida, de la supervivencia de los más fuertes y mejor dotados, del que el sistema de Spencer había hecho un dogma socio-económico y moral, se convirtió en la piedra angular de la ideología de London. A ésta vendría a incorporarse, con el descubrimiento de Nietzsche, sus doctrinas del superhombre y de la glorificación del esfuerzo y la voluntad. Los presupuestos evolucionistas, prolongados por los seguidores de Spencer, incluían teorías que iban desde la naturaleza animal del hombre hasta la consideración de la sociedad como una jungla de implacables intereses conflictivos. Fruto de esta lucha por la vida y de la consecuente eliminación natural de los débiles e inadaptados, se alcanzaría una sociedad más perfecta y feliz. Pero, en esta jungla social darwinista, London introducirá su superman, de inspiración nietzscheana, que representa la obra maestra de la labor selectiva de la naturaleza y constituye al mismo tiempo un auténtico héroe física y moralmente superior. Como en Martin Eden, su alter ego, el intento de escapar de una posición de clase inferior en un clima de fuerte competición capitalista, llevó a London a aceptar como una revelación tanto el darwinismo social, tan en consonancia con su propio entorno, como la ideología de Nietzsche, con la que su temperamento de luchador individualista se sentía plenamente identificado. Evidentemente, su propia experiencia vital ejemplarizaba ambas ideologías a la perfección. Las penurias económicas de un hogar de clase media constantemente rozando el proletariado, el duro trabajo ante la máquina durante su adolescencia, sus contactos con los desheredados de la sociedad industrial, y, finalmente, su triunfo como escritor gracias a su inmenso tesón, constituían la más perfecta corroboración práctica de las teorías de Spencer y de Nietzsche. La escuela de la vida de Jack London era rica en datos empíricos con los que contrastar y armonizar las ideas que iba adquiriendo en el proceso de su autoeducación intelectual. Más difícil de armonizar con su temperamento y experiencia, pero mucho más atractivo, más romántico y más sensacional, era el otro ingrediente esencial —el primero, en orden cronológico— de la filosofía londoniana: su socialismo. El darwinismo social, a pesar de adecuarse con su temperamento y experiencia, tenía el inconveniente de ser una ideología conservadora aceptada y aclamada en Norteamérica desde la Guerra Civil. Más aún, era el credo del Establishment, la filosofía de las clases a las que él deseaba acceder pero a las que, en el fondo, despreciaba. Por el contrario, el socialismo, del que London oyó por primera vez entre los vagabundos y conoció después por la lectura del Manifiesto comunista y partes de El Capital, perseguido y denigrado por las clases dirigentes, constituía algo espectacularmente subversivo e iconoclasta para el joven rebelde en busca de una educación. Derribar violentamente el formidable edificio del Capital, sobre todo en el papel de líder, era para London la principal atracción de la ideología marxista. Libros suyos como El pueblo del abismo (1903), Guerra de clases (1905) o Revolución y otros ensayos (1910), nos muestran al London preocupado por las cuestiones sociales, en un análisis marxista romántico del conflicto de clases y de la ineficacia capitalista. Pero en esta línea ideológica, su cima la alcanzará con esa extraña fábula de anticipación política, El talón de hierro (1908), donde, a partir de los conflictos sociales americanos y de la fracasada revolución rusa de 1905, London, con una gran imaginación, intuiría proféticamente ciertos aspectos de lo que habían de ser los fascismos europeos de casi veinte años después. Que su pensamiento socialista era sumamente ambiguo y contradictorio, es algo en lo que sus críticos y biógrafos coinciden de manera casi unánime. Tanto sus incendiarios ensayos y conferencias públicas sobre política, como la famosa frase de despedida con que concluía sus cartas a miembros y simpatizantes del partido, «Tuyo para la Revolución, Jack London», obedecen más a su gusto por las actitudes exhibicionistas y arrogantes que a convicciones realmente sentidas. De ahí que Kevin Starr manifestara que «el socialismo de London siempre llevó dentro una vena de elitismo y mucho de pose. Le gustaba representar el papel de intelectual de la clase trabajadora, cuando convenía a sus propios intereses». En cualquier caso, su visión de la lucha revolucionaria era en mayor medida una empresa aventurera que un deseo convencido de sustituir una sociedad competitiva por una sociedad socialista. El énfasis, como vemos en El talón de hierro, está en la acción conflictiva, en la pugna por el triunfo; no en la puesta en práctica de la sociedad sin clases, en cuyo seno tanto sus héroes como él mismo perderían su razón de ser. Un aspecto más de las flagrantes contradicciones dentro de su socialismo —aunque en consonancia con su darwinismo— era su obsesivo anglosajonismo. Para London, curiosamente, el socialismo no era un sistema para todos los hombres sino tan sólo para unas razas elegidas. Su frase, «Ante todo soy un hombre blanco y únicamente en segundo lugar un socialista», resume perfectamente su peculiar socialismo elitista. Entusiasta defensor de la preeminencia anglosajona, siempre consideró a negros, orientales, indios, mestizos —e, incluso, en ocasiones, a los latinos—, como razas inferiores en todos los aspectos. Así, cuando en 1904 cubre el puesto de corresponsal en la guerra ruso-japonesa para la compañía Hearst, en lugar de tener en cuenta la brutal represión zarista en los conflictos obreros y mirar con simpatía su derrota, se detendrá a examinar, entre perplejo y alarmado, la capacidad superior y las victorias de una raza amarilla sobre un representante de la raza blanca. Del mismo modo, diez años después, en el verano de 1914, confrontado esta vez con la Revolución Mejicana, veremos cómo sus prejuicios racistas le impiden comprender la causa de los revolucionarios, ensalzando en cambio, en los artículos para el Collier’s, la marcialidad y eficiencia de las tropas de intervención yanquis en defensa de los intereses petrolíferos americanos. ¿Era London consciente del laberinto de contradicciones e incongruencias? Obviamente, sus conflictos ideológicos surgieron de la confluencia de su experiencia existencial con la apresurada formación autodidáctica, al pasar ambas por el filtro de un ambicioso temperamento individualista. El resultado, como señala Lloyd Morris, sería «una profunda fisura en su naturaleza moral... que determinó una alarmante inconsistencia en su vida y en su obra». En este sentido, su último biógrafo, el británico Andrew Sinclair, ha ahondado en ese sentimiento de degradación que se apoderó del escritor en la última etapa de su existencia. Tras el avispero de pesadillas que significó la construcción del Snark y su fracasado intento de vuelta al mundo, con su secuela de enfermedades tropicales agravadas por el alcohol, la defectuosa arquitectura del yol y las desavenencias con la tripulación, un giro nefasto parece iniciarse en la vida del escritor. La aventura no sólo resultó un desastre, sino, más importante, sirvió para que London, modelo de sus férreos héroes, descubriera sus propias debilidades. El avanzado alcoholismo, con su corolario de problemas renales y hepáticos, estaba provocando la desintegración física y mental de un cuerpo del que años atrás se había sentido tan orgulloso. Su descuidada labor literaria, degradada por la constante necesidad de dinero, empezaba a ser ignorada por los críticos. Todo ello, unido a la mala conciencia en que se debatía por el abandono de sus ideales sociales, estaba minando aquella personalidad segura de sí misma, tesonera, romántica y, quizás, algo ingenua. Sus protagonistas, llenos de orgullosa vitalidad, comienzan a vacilar respecto a la superioridad de la raza anglosajona. Tal vez, después de todo, estén condenados a desaparecer ante la mayor resistencia de las razas del sol. Tal es la pregunta que se hace el personaje central de El motín del «Elsinore» (1914). Jack London, en la cumbre de una fama oscilante, se pone a dudar de la validez de su triunfo. En vano tratará de camuflar sus problemas existenciales y su declive artístico con su prurito agronómico y su insaciable ansia de más y más tierras con que ensanchar su rancho. Las obsesiones suicidas reaparecen. La visión del Colt 44 colgado de la pared de su estudio le tienta. Y el escritor —de nuevo la paradoja de la realidad imitando al arte— parece seguir los pasos de su héroe Martin Eden. ¿Por qué?, ¿para qué?, parece preguntarse. La morfina y la heroína han empezado a reemplazar el alcohol y los analgésicos. En una ocasión confiesa a su hermana su miedo a estar volviéndose loco. Finalmente, una noche, cerca ya de la madrugada, London se administra una sobredosis de sulfato de morfina y de sulfato de atropina, drogas que utiliza para combatir sus dolores renales y su insomnio. Quizá se trató tan sólo de un acto semiconsciente, provocado por el ramalazo de dolor insoportable, la oscura caída en la tentación. Pero ¿no había él defendido siempre el derecho inalienable del hombre a anticipar su muerte? De cualquier modo, como había ocurrido a menudo en su ficción, una broma del destino vendría a dar un giro inesperado a su decisión postrera. Y, así, lo que seguramente había sido calculado como una combinación fulminante para una muerte indolora y rápida, resultarían ser dos narcóticos antitéticos que prolongarían su agonía más de doce horas. Todos los intentos de salvar su vida fueron inútiles. London había dicho: «Preferiría ser un soberbio meteoro antes que un planeta dormido y permanente». |
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Los relatos de Alaska Cuando, a principios del verano de 1898, Jack London regresaba del territorio del Yukón, lo hacía enfermo de escorbuto y con las manos vacías. Sin embargo, paradójicamente, había encontrado la veta de oro que habría de hacerle rico y famoso. La fiebre del oro del Klondike con su caterva de aventureros en busca de fortuna, junto a las anécdotas oídas —o, posteriormente, leídas— constituirían un material precioso que el incipiente escritor metamorfosearía una y otra vez en cientos de páginas de aventuras. London fue el primero en descubrir las posibilidades literarias de la frontera de Alaska. En una época en la que el Oeste salvaje de Estados Unidos había desaparecido bajo las ruedas del ferrocarril y entre los engranajes de la |
| industrialización, él acertó a encontrar el marco de una nueva frontera, el Gran Norte, donde aún era posible vivir heroicamente. Esta es, pues, la escena. Se trata concretamente de la cuenca del río Yukón, uno de cuyos afluentes ya dentro de territorio canadiense, el Klondike, fue entre 1897 y 1898 el centro de la última fiebre del oro conocida. En este medio geográfico, entre los paralelos 60 y 68 de latitud norte, las condiciones de vida son terriblemente duras. El silencio es impresionante, las temperaturas glaciales y la soledad inmensa. Y es aquí, libre del complejo entramado social y bajo un cielo de metal, donde le es todavía factible al héroe londoniano vivir la aventura desusada.
Calder-Marshall ha llamado a London «el Homero de la fiebre del oro» por su visión épica de las peripecias alaskeñas. En uno de sus cuentos, un viejo minero chiflado canta esta absurda canción:
Como Argos en los tiempos antiguos, dejamos esta moderna Grecia, pomporrompompón, pomporrompompón. para esquilar el vellocino de oro.
Los nuevos Jasones y Ulises, los Aquiles y los Agamenón, encuentran en el territorio del Yukón los vellocinos de oro, los despojos troyanos y el Mediterráneo del hielo. Lejos de la monotonía de la existencia cotidiana, estos héroes modernos sustituyen el tedio urbano civilizado por el lugar salvaje al aire libre. Pero no se trata de una naturaleza benigna o amable. Estamos, por el contrario, ante un entorno adverso, regido por leyes implacables, activas unas veces, soberanamente pasivas e indiferentes otras, que trata de destruir a todo ser viviente o asiste impasible a la suerte fatal de los desvalidos mortales en peligro. Así, Mason, con el hombro destrozado por el pino caído, ha sido elegido y condenado al azar por el «silencio blanco»; y el caminante solitario de La hoguera, traicionado primero por el manantial escondido, acabará siendo derrotado, a pesar de su obstinada resistencia, por la despiadada temperatura ártica. Toda armonía preestablecida entre la naturaleza y el hombre ha desaparecido. De ser una entidad acogedora y amiga, el entorno natural se ha convertido en un monstruo ferozmente hostil. Cuthfert y Weatherbee, en En un país lejano, acosados por el largo y negro invierno, irán despojándose de todo vestigio de humanidad para terminar víctimas de la locura. La angustiosa lucha por la supervivencia en el mismo inhóspito paisaje reviste caracteres de pesadilla en Amor a la vida, un relato que —digámoslo como anécdota curiosa— serviría para entretener las últimas horas de Lenin en su lecho de muerte. Es esta naturaleza adversa la que constituye el terreno de pruebas ideal para el temple de los héroes y para la aventura violenta. Más aún, ella viene a ser el auténtico antagonista. A veces, no obstante, toda lucha es inútil. En Ley de vida, el viejo Koskoosh, ciego e inservible, siguiendo el código inexorable dictado por el inhóspito entorno, es abandonado al verdugo en forma de frío y lobos. Es preciso eliminar al individuo para que continúe la especie. Otro aspecto importante que destacar en estas narraciones es el de la reversión atávica. En las tierras del Norte, ante el conflicto brutal por la supervivencia, el hombre descubre sus rasgos animales latentes, su herencia ancestral primitiva. Así, los dos protagonistas de En un país lejano, bajo la influencia del «miedo del polo», se convierten en bestias rabiosas. Amor a la vida y Diablo muestran cómo lobo y hombre, hombre y lobo, pierden sus perfiles distintivos en su pugna por sobrevivir. Pero si en el primero vemos aparecer sorprendentes afinidades entre el extenuado viajero y el lobo enfermo, en el segundo, motivado por un extraño y feroz odio recíproco, asistimos a un paradójico intercambio de papeles entre amo y can. Mientras en Diablo, un interesante anticipo del Buck de La llamada de la selva, se nos descubre el misterioso grado de inteligencia que puede alcanzar un perro, en Amor a la vida, por medio de los tres personajes, London reitera la idea de que ningún sentimiento es capaz de superar el instinto de conservación animal. Es este instinto el que empuja a Bill a abandonar a su compañero en apuros y el que lleva al hombre abandonado a enfrentarse al lobo con sus mismos medios. Contemplando el universo a través de estos presupuestos, la aventura y el héroe excepcionales adquieren unos tonos sombríos que los alejan definitivamente de la historia infantil ingenua y optimista. Algunos críticos, entre los que se cuenta Vykov (seguramente el más eminente londonista de la Unión Soviética), pretenden ver en este protagonista el prototipo del héroe romántico optimista en pugna con el medio natural o —en otra parte de su ficción— social. Para mí, por el contrario, estamos ante alguien netamente pesimista. Todo su romanticismo estriba en la lucha, no en la victoria o meta. London, en su fuero interno, nunca consideró posible, ni deseable, meta alguna, a no ser que se tratase de su propio triunfo personal —y eso antes de que éste se transformara en cenizas—. En su afán de lucro, el héroe londoniano tiene que aceptar el desafío de un universo hostil y, como el ser vivo de la biología darwinista, debe adaptarse al medio o perecer. No hay otra salida. «Cuando un hombre viaja a un país lejano [nos dice London al principio de En un país lejano], debe prepararse para olvidar muchas de las cosas que ha aprendido... Debe abandonar..., y, a menudo, debe invertir los mismos códigos por los que se ha afirmado su conducta... Para el hombre que no sabe adaptarse al nuevo surco sería mejor volver a su país, pues, si lo retrasa demasiado, es seguro que muera.» Malemute Kid, protagonista de una serie de cuentos alaskeños aparte de El silencio blanco, es el prototipo del héroe tranquilo y eficiente de la narrativa londoniana. Capaz de reprimir sus impulsos y sentimientos y dotado de una férrea disciplina, sabe adaptarse a las condiciones más adversas. Lo mismo ocurre con el personaje de El filón de oro, apto para afrontar una situación al límite de sus nervios. Por su parte, Subienkov, en El Burlado, perdida toda esperanza de salvar la vida, conservará su sangre fría para procurarse un final rápido con el ingenioso engaño al jefe indio. Si lo inesperado, que sirve de título a uno de los cuentos, es frecuentemente un elemento común en la trama de estas aventuras, la broma, la burla o la jugada del destino son, por otro lado, motivos determinantes en varios de ellos. Es un humor peculiar el que se refleja en estas historias, un humor que recuerda en cierto modo el de las fábulas morales clásicas. Así, en Demasiado Oro resucita London el viejo tema del estafador estafado. El hombre de la cicatriz ejemplifica con humor y suspense el castigo de la avaricia. El ardid del cosaco de El Burlado viene a ser una réplica macabra de la astucia del zorro. En cuanto a Las mil docenas, nos devuelve al mito folklórico con una cruel y dramática versión del cuento de la lechera. En éste —habría que añadir— la lucha por la vida ha sido sustituida por la realización de una idea obsesiva. Rasmunsen, el protagonista, con una obstinación análoga a la del personaje de Amor a la vida, sufrirá las más duras penalidades para llevar a cabo su lucrativa especulación. Digamos por último que El filón de oro, sin estar ambientado en Alaska, tiene en común con otras historias del volumen el motivo del oro. Por otro lado, nos presenta una situación límite similar —aunque más intensa, en mi opinión— a la de Lo inesperado. Aparte de un puñado de sus novelas, se puede afirmar taxativamente que lo mejor de la obra londoniana lo constituye su narrativa breve. Es cierto que comenzó imitando el método del británico Kipling, al que London, en su período de aprendizaje, había tomado como maestro. No obstante, en cuanto descubrió su estilo propio, abandonó el del autor de Cuentos de las colinas. Corrían tiempos propicios para este tipo de ficción, con un creciente éxito entre las revistas de gran tirada. Había llegado la época del cuento nuevo, vigoroso, simple y pintoresco, centrado en una anécdota única y lleno de acción. A menudo, se trataba incluso del cultivo de especialistas dedicados casi exclusivamente a esta tarea. Primero Bret Harte, con sus bocetos coloristas sobre la vida en el lejano Oeste, luego Kipling, que había aprendido mucho del escritor afincado en California, y por fin, London, fueron los hitos entre toda una floresta de autores que crearon en el lector el gusto por este producto. Es evidente que Jack London gusta de los episodios dramáticos, de las escenas cuidadosamente preparadas y resueltas con la máxima tensión. Pero si sus historias cautivan al lector, si le obligan a leerlas con el alma suspendida de un hilo, no es sólo porque describan episodios únicos, momentos no corrientes, aventuras insólitas, sino a causa de la peculiar manera en que están contadas. Su estilo, frecuentemente poético en la descripción paisajística, se hace, llegado el momento, directo, enérgico y efectivo. London sabe cómo alcanzar el punto climático adecuado, llevarlo a una situación límite y conservar el suspense, dosificándolo hasta el instante final. Salvo en algún caso aislado, su prosa se halla despojada de digresiones inútiles o de cualquier retórica enfadosa. Acción y peligro son rasgos característicos de estos relatos. Y en los momentos críticos, su autor tiene la facultad de hacemos oír, ver y sentir lo que el personaje oye, ve y siente, con una nitidez admirable. Así, hay instantes que van acompañados de memorables rasgos visuales. ¿Quién que haya leído La hoguera habrá podido olvidar el escupitajo del caminante que estalla en el aire en partículas de hielo debido al intensísimo frío polar Podría hablarse de realismo si no fuera porque la idea está asociada con lo estadísticamente probable, mientras que las aventuras londonianas se basan en lo insólito. London manifestó una vez que su método consistía en «descubrir la auténtica maravilla de las cosas». No obstante, como buen poeta de lo maravilloso, sabe cómo hacer suspender la incredulidad del lector. ¡Qué duda cabe que sus situaciones son hiperbólicas, sus héroes a veces excesivamente eficientes, y sus peripecias, en fin, demasiado alejadas de nuestra experiencia cotidiana! ¿Pero no es esto lo que nos atrae en London, esta especie de equilibrio entre la aventura romántica y el sutil tratamiento realista de la acción? Tal vez se trataba de una de sus boutades cuando afirmaba que él había aprendido a contar cuentos en sus tiempos de vagabundo por Estados Unidos, cuando se tenía que granjear la voluntad de la mujer que le abría la puerta para que le diera algo de comer. Una historia que sonase falsa, un error en la manera de contarla, y podía encontrarse con un portazo en las narices, un agresivo perro azuzado contra él y nada con que aplacar su hambre. Quizá sea acertada la idea de que London cuenta sus anécdotas como un vagabundo. Pasada la impresión del relato, el lector descubre la falla esencial del mismo. Si es realismo, es un realismo puramente imaginativo, intensificado hasta desconectarlo de la auténtica realidad. La intriga está demasiado bien estructurada, demasiado bien dosificada, demasiado nítidamente resuelta para ser verdad. Su simetría no se corresponde con el caos natural de las cosas. Y sin embargo, éste es paradójicamente su acierto. Es su distribución del tempo dramático lo que nos mantiene en vilo en todo momento. Su prosa directa, sobria y ordenada está en perfecta consonancia con la pintura de violencia y la acción física dentro de la narración breve. Pero queda un aspecto capital que destacar. El logro principal de London está en su facultad para intuir en los momentos claves —acción o inacción—, el estado emocional de sus personajes. Sean los instantes finales de Cuthfert o Rasmunsen, la angustia del peligro inminente del minero en el hoyo, o el horror de la muerte por congelación del caminante solitario de La hoguera, el auténtico triunfo del estilo londoniano está aquí. En este terreno, nadie como London —ni Bret Harte ni Kipling— es capaz de hacer experimentar al lector tan intensamente la sensación de ansiedad, peligro o desesperación: son esos instantes trascendentales en los que sus personajes, enfrentados a una situación límite, buscan una salida hacia la muerte o hacia la ansiada supervivencia.
http://personales.mundivia.es/jmallart/literatu/london.htm |
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