Que bueno, en verdad, revivir el soplo vital de los afectos! Y qué misterioso asunto éste del alma. Me encontré con Tulio Hernández y con su esposa. Lo acompañaba una tercera persona de agradable sonrisa. Estaba yo también con Felisa, y aprovechamos para conversar unos minutos.
Digo que es misterioso este universo de los sentimientos personales, porque inmediatamente me di cuenta de que, a pesar las diferencias, notables y profundas diferencias que separan al funcionario privado y al funcionario público, me sentí muy bien con el abrazo y las palabras entrecruzadas.
Me dijo Tulio que había leído el artículo de Pérez-Oramas sobre
Sin embargo, aunque considero, como dije, que este tipo de opiniones son expresión de aspectos bien profundos, me quedé con la preocupación por lo que había querido decir Tulio. ¿Cuestión de fondo? Vamos a ver si la podemos alcanzar para satisfacer a este viejo amigo. Y decidí sentarme como ahora lo hago ante la computadora, restando alguna horas a las pocas que tengo de descanso
Pero antes de intentarlo, antes de trabajar por conseguir tocar el fondo, y a modo de aperitivo, quiero entretenerme primero con algunas cuestiones de forma.
Cuestiones de forma que me las sugiere la lectura del Papel Literario de hoy, sábado 14 de mayo, dedicado por entero, de manera extraordinaria, a la fusión de las fundaciones de los museos y a
Debo decir que celebro la intención de ese suplemento. Más no su absoluta y descarada unilateralidad. El que se diga que uno de los directores de museo declinó la participación en el foro y que un segundo no se pudo contactar, no excusa en modo alguno el desequilibrio de que hace gala el Papel Literario. Me pregunto si los lectores de El Nacional tendrán un panorama completo después de leer un ramillete de opiniones tan coincidentes y en la misma línea como las de María Elena Ramos, Miguel Miguel, Marinelly Bello, Nela Ochoa, Ruth Auerbach, William Niño, José Antonio Navarrete y la parcializada entrevistadora Karina Sainz. Un solo tubo, si se me permite la gastada e inelegante expresión. Supongo que ellos sí le entran a la cuestión de fondo.
Yo, por ahora, sigo refiriéndome todavía a asuntos de forma. Y digo por una vez a estas personas y a otras como ellas, que mientras sigan refiriéndose a mí, en forma directa o velada, dicho pero no dicho y a veces medio dicho, como a un comisario, un censor, un recién llegado, un burócrata, un desconocedor, un obsesivo revolucionario (desde luego que soy revolucionario pero no obsesivo), un caprichoso, un autoritario y represivo, un arbitrario, un fanático (alguien con “horror a lo diferente”, dice Maria Elena Ramos), un destructor institucional, un sordo a la crítica, un retórico, un bárbaro, un intolerante, el representante de un régimen militar que odia a la cultura y el arte, mientras así piensen de mí y de aquellos que me acompañan en la alta gerencia pública de la cultura, debo decirles que equivocan por completo el punto de vista. No van a pegar ni una. Escribirán para sí mismos o, por mejor decirlo, ensimismados. Pues estarán desconectados de la realidad.
Díselo, Tulio, por favor, a ver si entienden algo. Tú que me conoces bien, conversa con ellos un momento. Invítalos a un helado en la 4D, (los mejores del mundo, sobre todo los de mango y los de chocolate, aunque algo caros) y háblales un poco para que recobren la perspectiva. Cuéntales como somos. Porque si no todo diálogo, o toda controversia, será inútil. No habrá ninguna forma de poder arañar de lado y lado esa cuestión de fondo que a ti te preocupa. Sería demasiado simple que el mundo fuera como ellos lo imaginan. Que fuéramos unos locos improvisados y sectarios tratando de destruir las instituciones culturales. No, no es así.
Sería tan simple como suponer que ellos constituyen una pandilla organizada a la sombra y bajo la tutela de los antiguos gobiernos, que asaltó y secuestró los museos para sus intereses personales y de grupo, los manejó y orientó con una visión única (o de escasas facetas), y los puso al servicio del mercado del arte. Pagándose y dándose el vuelto, en un entretejido tapiz de complicidades, entre chismes y bombos mutuos. No, que va. Repito: esa sería también una visión demasiado esquemática. Yo no la comparto. Pero les advierto que hay quien lo piensa, para que vean como son las cosas.
Y con esto, me parece que ya puedo ir entrando en materia.
Y lo primero que hago, ahora si, en serio, es preguntarme, Tulio, hasta qué punto esta discusión puede ser de utilidad. O, mejor dicho, para quien puede serlo. No, desde luego, para Pérez-Oramas, Navarrete y el resto de los que han opinado en el Papel Literario. Ellos no parecen querer indagar en las intenciones de las políticas que no comparten. Actúan de una manera reduccionista. Les gusta demasiado prejuzgar (el artículo de María Elena Ramos es un auténtico ramillete de profecías aéreas), juzgar y, sobre todo, descalificar. Construyen sus argumentaciones sobre la base de supuestos, sin ninguna base. Nos acusan de sordos y no oyen. Nos acusan de ciegos y no ven. Nos llaman fascistas y sectarios y no se toman el pulso a sí mismos. Resultan exagerados y espectacularmente contradictorios.
Mira esta perla reveladora que nos entrega Karina Sainz. Comienza así uno de sus párrafos: “Para visualizar el alcance de lo que es considerado por muchos el sepelio no sólo de los museos venezolanos, sino del quehacer plástico en el país...”. Léelo bien, Tulio. Reflexiona en ello. La periodista nos está revelando que hay mucha gente de ese lado que piensa que por fusionar ocho fundaciones en una y hacer una Megaexposición incluyente, se murió el arte en Venezuela. Ya no hay artistas, ya no hay arte. Se acabó el quehacer plástico. Fallecido. Difunto. Requiescat in pacem. ¿Y por qué? preguntaría un observador ingenuamente. Es que un ministro fusionó ocho fundaciones. Vaya, hombre. Estamos aprendiendo algo de las relaciones entre causa y efecto. ¡Que poca confianza en la vitalidad del arte nuestro y de nuestros artistas!
Me pregunto entonces, repito, ¿para quién puede ser útil este debate? O, mejor dicho, ¿para quien pueden tener valor estas razones? Y me contesto a mí mismo que para ti, Tulio, para ti. Porque confío en que a pesar de tus posiciones (u oposiciones), conservas todavía la suficiente honestidad intelectual como para no despreciar ni descalificar otro punto de vista contrario al tuyo. En este caso, el mío y de los compañeros con quienes tomé las polémicas decisiones que han incendiado virtualmente el Este cultural.
Quiero comentarte Tulio, en primer lugar, acerca de la fusión de las fundaciones de los museos. Fundaciones que no fueron nunca tan exitosas como ahora se pretende. Atendiendo a estos críticos pareciera que alguna vez hayan sido una especie de paraísos terrenales, gobernadas por sabios. Tendríamos que acudir a las cifras y a los documentos para demostrar que no fue así. Quisiera yo saber, por ejemplo, en que año (y no pido varios, sino uno sólo) los ingresos propios de cualquiera de ellas hayan sido suficientes como para justificar su existencia. No hablo de los museos, desde luego, sino de sus sistemas político-administrativos. La lucha por conseguir la plata para los brindis, aportes para catálogos, algunas páginas de anuncio, naderías al fin, convertía a las instituciones públicas en una suerte de limosneras del sector privado. Esos datos están aquí, seguramente, en nuestras dependencias, y son fáciles de consultar. Quisiera yo conocer, además, los indicadores con que se manejaron estas fundaciones, las mediciones que tuvieron lugar, las estadísticas de asistencia, la constatación de una exitosa relación entre el presupuesto y el número de visitantes. Si alguien los tiene que me los enseñe y veamos entonces los gráficos correspondientes a la secuencia de los años. Averigüemos dónde están las cimas y dónde los declives. Y comparemos. No creo que el panorama sea tan halagador para los gerentes-administradores anteriores como quiere pintarse. Pues conocemos los vicios de cada una de las instituciones, en unas más, en otras menos.
Si me lo preguntan, creo que el Museo Arturo Michelena estuvo bien manejado a través de los años. Y por eso confié en Francisco D’Antonio la responsabilidad de presidir
Y mientras tanto, enmarcando toda esta situación, se mantenía durante décadas un divorcio permanente entre los museos y el pueblo venezolano. Cualquiera de nosotros puede sacar la cuenta de lo que cuesta la visita de cada ciudadano a nuestros museos más importantes. Basta considerar el presupuesto asignado a cada institución y dividirlo entre la cifra anual de visitantes. Yo me tomé la molestia de hacerlo en un caso en el año 2003, recién designado viceministro, y conocí que cada ciudadano que visitaba ese determinado museo le costaba al Estado sesenta mil bolívares. ¿Acaso es eso productividad social?
No, Tulio, el panorama no era tan bueno como lo dibujan. Y reconozco que todavía no es tan bueno. Queda mucho por hacer.
¿Quiere decir esto que todo estaba mal? No, no quiere decir eso tampoco. La fuerza y calidad de nuestros artistas nutría felizmente la vida de los ocho museos. Y eso fue, en mi opinión, lo que los salvó. Así como la labor encomiable de algunos (no todos) los técnicos y curadores que de verdad, a pesar de las circunstancias, hicieron muchas veces milagros. Milagros que deberían seguir ocurriendo porque el arte está allí y los especialistas también. Nadie va a decapitar ni a unos ni a otros salvo que quieran voluntariamente excluirse como es el caso de Nela Ochoa y sus auto envenenamientos.
Lo que, si, va a ocurrir, lo que ya está ocurriendo, es que se van cancelando los principados, los feudos, las propiedades personales que, en el pasado, hasta llegaron a coronar a los museos con los nombres de personas vivas. ¿Qué tipo de extraña ética era esa? ¿En que lugar del mundo un museo del Estado, un museo público, salvo en el caso de una gran donación de obra propia (que tendría que ser espectacularmente generosa y significativa) recibe el nombre de un gerente o de un artista vivo?
Y, por si fuera poco, todos los museos nacionales se radicaron en Caracas. Todos. Como si Caracas fuera Venezuela. Ninguna relación con el resto del país. Jamás hasta ahora, que yo sepa, había Reverón cruzado el Orinoco hacia el sur de Venezuela. Pudo por fin hacerlo con motivo de
De todas formas he aclarado, Tulio, y debo decirlo una vez más, que la creación de una única Fundación de los Museos Nacionales, no significa la disolución de los museos, ni la alteración de su especificidad, sino, antes bien, lo contrario. A mi modo de ver, estoy convencido de que la ordenación del espectro político, estratégico y administrativo en que hasta ahora se movían como planetas fuera de un sistema, los va a dotar de mucha más contundencia en sus proyectos. Ya los hechos nos irán diciendo si teníamos razón. Eso, mientras esperamos el juicio sumario al que nos someterán en un futuro próximo Pérez-Oramas y María Elena Ramos.
En fin, esto con respecto a lo de las fundaciones.
Paso ahora a referirme a
Quiero decirte que defiendo ese proyecto, tal como se llevó a cabo, por tres razones fundamentales.
Primero, porque fue un gran gesto de inclusión. Tanto de artistas como de regiones. Un gesto simbólico si se quiere, pero de gran vigor, en este proceso de cambios. Un gesto que marca una orientación. Es como un grito contra las puertas cerradas de otro tiempo. Contra los filtros que tenían sabor a moda y a mercado. Yo lo valoro en ese sentido.
Segundo: porque la propuesta resultó en sí misma una puesta en escena tremendamente valiente, arriesgada y de vanguardia. Y eso yo lo discuto con cualquier curador que se me ponga por delante. Si alabamos en su momento a los provocadores y demoledores de códigos convencionales (por ejemplo a Duchamp con su conjunto escultórico formado por una bacinilla y una rueda de bicicleta), ¿que mayor ruptura podría imaginarse que colocar, por ejemplo a Armindo Gómez, pintor desconocido del Amazonas, a escasos treinta metros de la obra de Jacobo Borges? (Advierto que el de Armindo es un nombre imaginario: me lo acabo de inventar, para que nadie pueda sentirse aludido). Todo el espacio de los museos pasó así a conformar una propuesta radical, un gran collage o assemblage, una instalación colectiva. Claro que no está hecha para pobres espíritus conservadores. Esos espíritus y otros de la misma tónica, igualmente exquisitos, cuestionan la mezcla de las obras, se molestan con el cierto desorden aparente y sufren con el abigarramiento del montaje. Esto es cultura, amigos. Pues al que sólo piensa en la elegante sobriedad del cuervo, a la manera de los países del norte, le puede caer mal la exuberancia gritona de la guacamaya. Aquí somos así. Torpes, entremezclados y todos discordantes. En lo personal, quiero decirles que me encanta esta muestra y la disfruté bastante. Puro siglo XXI condensado, pues.
Tercero y principal: porque de verdad es un inventario. Lo quieran o no. Aquí está el estado-del-arte del Arte en Venezuela. Sin concesiones ni trampas. Sin maquillajes. Aquí se hace presente la ineficiencia de algunas políticas culturales de la cuarta república. Es indudable que la concentración de los esfuerzos en grupos privilegiados, abandonó la formación y la información que debió llegarle a las mayorías, en el entendido de que no todo el mundo puede alcanzar a conocer el MOMA o el Centro Pompidou. Lo suponíamos. Pero una cosa es suponerlo y otra ponerlo en evidencia. Tener ahora ante nuestros ojos este panorama en el abanico de su complejidad, puede servir, por un lado, para detectar algunos talentos desconocidos o poco conocidos, que de hecho aparecieron, pero, sobre todo, para diseñar algunas políticas de información, capacitación e intercambio, que actualicen el imaginario conceptual y formal de muchos de nuestros artistas que hoy son despreciados por los curadores de la élite. Este gran inventario, este registro, aunque sea descarnado, es mucho más útil de lo que aquellos espíritus conservadores, bien amarrados a la academia del mercado, pueden imaginar.
No quiero terminar esta reflexión rápida sobre
Y eso es todo, Tulio. Espero haber rozado a mi manera la cuestión de fondo. Excúsame si no lo conseguí. Tu me conoces y sabes que no soy un filósofo. Escasamente soy un hacedor. Un fuerte abrazo.
