Fascículo #3
Creador@s somos tod@s

María Poyo: Hace del “Mare-mare” un himno a la felicidad de los años vividos

Carlos San Diego

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Entrevista y escrito: de Carlos San Diego
Fotos: José González  

Aunque nació con la virtud, fue Carmen Arúcano, una kari’ña que le dicen la “catira” en Santa Clara, estado Anzoátegui, quien la inició en las prácticas del Mare-mare, canto y baile típico del pueblo kari’ña. A pesar que sus hijos se han ido, para convivir no se siente tan sola, porque para ella, toda la comunidad de El Guasey es como su casa.

María Poyo

 

Lo que más encanta de ella, a sus 87 años de edad, es la permanente y graciosa sonrisa con que recibe cada día de la vida y trasmite en carcajada a cada instante mientras conversa, con la  agradable musicalidad que tiene el lenguaje kari’ña, idioma en el que prefiere hablar, porque se le hace fácil, mientras que en español, machuca aún las palabras y confunde los sonidos. Todavía, cuando habla español, entre mezcla frases en kari’ña, lo que significa resistencia de la lengua originaria. No sabe leer ni descifrar los gráficos del alfabeto, pero ha sabido interpretar, sabiamente, el sentido de correspondencia  que a cada ser dentro de su medio ambiente, le concede la naturaleza, donde fue capaz de levantar 12 hijos, sembrando la tierra, sembrando, más que frutos, quizás amor, espíritu de vida, ese que sin titubear frente a la acumulación de los años, ahora, la lleva a recorrer distintos escenarios de Venezuela, cantando el mare mare como símbolo primordial de una cultura digna, que pese al avasallamiento, se empina dando respuestas maravillosas, desde un apartado pero notable silencio, a la humanidad.

Es María Poyo, una simpática abuela nacida y residenciada en la comunidad aborigen de El Guasey, municipio Monagas, sur del estado Anzoátegui. La edad no le impide nada. Canta mare mare con una increíble inspiración, libre y en contrapunto, con su hermano Gervasio Menela. Y si no está cantando, está bailando, porque al oír el mare mare, busca parejo y se expresa en el baile con diversos pasos, que describen sobre la tierra el rastro de los antepasados, la huella de su presencia y el soplo de su destino por venir.

Se anima en las fiestas con traguitos, si son de kashiire (licor de los kari’ña fabricado con cazabe o batata fermentados o yare de yuca amarga cocido), mejor, sino una cervecita. De la raíz de sus doce hijos que trajo al mundo, han germinado muchos nietos, y habita en sus raíces espirituales y culturales, como un homenaje antropológico con su presencia a sus antepasados. Nunca ha querido salir de El Guasey. Allí reposa el recuerdo póstumo de su esposo y de sus padres.

Contemplar su rostro es encontrar la luna llena en una torta de cazabe dulce y noble,  tan sagrada que ni el tiempo, que no perdona, la ha sofocado.  

            ¿Cuál es tu nombre?

            -¿Qué?

            ¿Cómo te llamas?

            -María Poyo

            ¿Siempre haz cantado mare mare?

            -Ay, pues ¡Bueno, pues...! Jeeee...

            ¿Desde cuándo?

            La pregunta debe formularse en el idioma autóctono Angel Poyo (otro gran cantante kari’ña de mare mare, oriundo también de El Guasey).

            -¡Ajá!. ¡Ahorita!. ¡Noooo! Hace tiempo. Cuando una fiesta, nosotro cantamos. ¡Oooohjo, ah... tempo!- dice y se ríe con gusto y continúa diciendo: -¡Oooohjo, tempo, nooooo...! Tempo...-continúa diciendo y vuelve a soltar la carcajada. 

            ¿Naciste dónde?

            -Pa’l Guasey. Pa’l Guasey también, claro. Sí, yo crío, pa’l Guasey aquí. Mi mamá aquí y yo nací aquí también. ¡Claro, mi má pa’l Guasey, este... se llama Luisa, ujú... Luisa Poyo, y Rosalio... Rosalio... Rosalio... no me acuerdo de ese papa. –Rosalio Meneses –acota Angel Poyo, que acompaña la conversación.

            ¿Y los hijos?

            -Aquí, pa’l Guasey también. Ah, se fue después trabajá pa’ Bolívar.

            ¿A qué te dedicas en El Guasey?

            -Nooo... para viví, pa’... pueblo mío. Hace chinchorritos. Como uno viví. Galliniiiitas...

            ¿Cómo aprendiste a cantar el mare mare?

            -Ay, Santa Clara, con catira, mujer de Pedro Mazara.

            ¿Cuál es el nombre de la catira?

            -Este, Carme, Carme Arúcano. ¡Ay, le gusta cantá! ¡Ay, ahora viejita... le gusta cantá, también. ¡Aprendiendo...! Ella toda enferma. ¡Eeeeeesa es la doooooña, claro! Ahora siempre enferma, pasá, la hermana.

            ¿Por qué te gusta cantar mare mare?

            Angel Poyo le traduce el sentido de la respuesta:

-¡Júuju...! Alegre. ¡Saludos! ¡Ah... no... bastante alegre, de ustedes...!- contesta con esa especie  de sonido melódico sabroso que hay en el ritmo de pronunciación de las palabras auténticas kari’ña, en que los vocablos se prolongan un poco con acento de música ancestral, luego suelta la carcajada.

            ¿Con los años que tienes te tomas algún trago cuando cantas en las fiestas?

            Angel Poyo, de nuevo nos facilita la comunicación:

-No. Cervecita –y exclama: -¡Ay, vale!, sabroso cervecita. Aguardiente fuerte, aguardiente fuerte. Sí, nosotro echamo palo-, y ríe suspicaz.

            ¿Y kashiire?

            -¡También kashiire! ¡Ay... kashiire sabroso! Jeeee... antes nosotro bebé kashiire, antes...

            ¿Ahora no?

            -Ahora no. Poco.

            ¿Lo preparas?

            -Jeee, sí. ¡Ay, kashiire, tanto que me gusta, kashiire!

            ¿Cuántos hijos tienes, María?

            -¡No hombre! ¡Yo críe mis muchachos...! Poco, ajá, doce, hijas, hijos, sí, el conuquiiiito, luchaaando. Doce, familia. Nieto yo tengo. Pohaí, pa’ Bolívar la gente. Toíto allá. Yo crío.

            ¿Siempre has vivido en El Guasey?

            -Sí. Aquí, el pueblo. Mi mamá aquí. Mi abuela aquí. Todo, todo...

            ¿Haces cazabe?

            -Sí, bastante. Ante pues, horita, ¿yo solo?

            ¿Y tu esposo?

            -Se murió ¡oooohjo... hace tiempo! ¡tiempo! Yo solo ahora. Pues yo aquí, ponde busco pues. Yo aquí vive. Tranquilo.

            ¿Qué esperas?

            -¿Qué voy a esperá, pues?. Jeeee

Con la alegría que nace de los años vividos, sin más tropiezos que vivir soñando con la esperanza  y satisfecha de poder seguir cantando cosas puras de su civilización, de su pueblo, María Poyo, sigue sonriendo.  Se despide. Uno se va y ella sonríe, mostrando en su dentadura el brillo del oro incrustado como una reliquia de adorno, como un grano de maíz que alumbra, como lo es ella también, reliquia de la cultura, reliquia de la humanidad. Su rostro de naiboa recién salida del budare, es un himno a la belleza de una vejez feliz, recuerdo de una existencia siempre en flor. Como la de una niña.