Biografía del personaje del quincenario
La semiología o semiótica –estudio general de los símbolos– es una
ciencia de muy reciente aparición, pero no por ello de menor importancia. En nuestro
mundo moderno, cada vez más regido por la comunicación masiva y por la
información, el manejo de los símbolos ha pasado a ser una pieza clave tanto
para la dominación como para la liberación. En otros términos, hoy por hoy
desarrollo va de la mano de comunicación e información. Umberto Eco, profundo
intelectual italiano, uno de los más prolíficos autores de nuestro tiempo,
puede ser considerado el padre de esta disciplina. Obras como su "Tratado
de semiótica general", de 1975, inauguran esta investigación en el campo
de lo humanístico, hoy ya con mayoría de edad entre las demás ciencias
sociales.
Por otro lado, Eco, además de agudo teórico, incursionó en la novelística,
siendo un destacado autor con obras que marcaron época.
Presentamos aquí una breve semblanza de su vida y su obra, acompañada de dos
interesantes artículos que, en cierta forma, sintetizan su postura y su actitud
creativa: "Cómo viajar en los trenes americanos" y "Para una guerrilla semiológica".
Nació en Alessandria, Piemonte, Italia, en 1932. Actualmente
radica en Milán, en su país natal.
A los 24 años defiende su tesis doctoral sobre La cuestión estética en la obra de santo Tomás de Aquino,
que ya revela el alcance de su personalidad académica.
Inicialmente trabaja en la televisión, en
Se inicia en la docencia en las facultades de Arquitectura de Florencia y
Milán. Más tarde dio clases en
Durante esos años publicó sus importantes estudios Obra Abierta (1962) y
La estructura ausente (1968). Entre los años 1969 y 1971 dio clases en
En 1975 consigue la cátedra de Semiótica de
En febrero de 2000 creó en Bolonia 
También es secretario (y fundador, desde 1969) de
En 2002 es nombrado presidente del Consejo Científico del Instituto Italiano de
Estudios Humanísticos.
Ha sido profesor visitante de las universidades de New York, Northwestern,
Columbia, Oxford, Harvard, Toronto, Sao Paulo, Río de Janeiro,
Es miembro del Foro de Sabios de
Posee numerosos premios y condecoraciones, como el de
Sin embargo, su nominación más popular, y por cierta sarcástica, es la de
sátrapa del Colegio de Patafísica en 2001.
Toda su obra justifica esta nominación, pero sus escritos más patafísicos no
son los más populares. Sin embargo, la tercera parte de Como viajar con un salmón
expone de una manera particularmente lúdica y clara algunas de sus experiencias
en
Eco algunos ejemplos, Oceanografía tibetana, Historia de la agricultura ártica,
o Anatomía de los canguros de Borgoña (Francia). Otros ejemplos, de tipo
bizantino (como la historia de las colonias del Principado de Mónaco), nos
recuerdan a la tetrapilectomía, nombre docto del arte de cortar un cabello en
cuatro (no confundir con el luthomicción, que es el arte de orinar en un
violín).
Las
novelas de Eco
Al mismo tiempo que sus trabajos teóricos sobre el análisis de los signos y los
significados influyó y la creación de toda una escuela en círculos académicos
(se le considera el padre de la semiótica), Eco se ha hecho popular a través de
sus novelas. Según él mismo dice, empezó a publicar sus obras narrativas en
edad madura (aunque en conferencias recientes cuenta de sus experimentos
juveniles, los que incluyen la edición artesanal de un cómic en la
adolescencia). Se consagró como narrador con El nombre de la rosa, en 1980, novela histórica
culturalista susceptible de múltiples lecturas (como novela filosófica, novela
histórica o novela policíaca). Se articula en torno a una fábula detectivesca
ambientada en un monasterio de
Hasta el momento ha publicado cinco novelas:
El nombre de la rosa (1980)
El péndulo de Foucault (1988)
La isla del día de antes (1994)
Baudolino (2000)
La misteriosa llama de la reina Loana
(2004)
Sus obras
El aporte de Umberto Eco es grande, enorme; ha tocado diversos campos. Podría
decirse que donde más ha influído es en la moderna ciencia de los símbolos, la
semiótica. Pero no podría restársele importancia a su obra literaria.
Abarca diversos campos, pasando del tratado a la novela, del ensayo al artículo.
Un listado de sus obras fundamentales incluye los siguientes títulos
(presentados por orden alfabético):
- Apocalípticos
e integrados
- Baudolino
Cinco
escritos morales - Cómo
se hace una tesis
- Cómo viajar en los trenes
americanos
- Cómo viajar en un salmón
- De
los espejos y otros ensayos
- Desde la periferia del imperio
- Diario mínimo
- El caso Bond
- El
fin de los tiempos
- El
nombre de la rosa
- El
péndulo de Foucault
- El signo
- El
super-hombre de masas
- Entre
mentira e ironía
- ¿En
qué creen los que no creen?
- Historia
de la belleza
- Interpretación
y sobreinterpretación
- Kant
y el ornitorrinco
- La
búsqueda de la lengua perfecta
- La
definición del arte
- La estructura ausente
- La forma y el contenido
- La
isla del día de antes
- La
misteriosa flama de la reina Loana
- Lector
in fabula
- Los
límites de la interpretación
- Los
tres astronautas
- Obra abierta
- Para
una guerrilla semiológica
- Seis
paseos por los bosques narrativos
- Semiótica
y filosofía del lenguaje
- Sobre
Borges
- Sobre
literatura
- Sobre
Mafalda
- Tratado de Semiótica General
Curiosidades y datos anecdóticos de su vida y obra
Es un ávido coleccionista de libros, con una biblioteca de más de 30.000
volúmenes.
Eco es considerado también un bondólogo, expresión creada en Escandinavia para
designar al experto en James Bond. Es, en efecto, un destacado estudioso del
agente secreto 007, el famoso personaje creado por Ian Fleming. Sobre Bond ha
escrito "Il Caso Bond" (El caso Bond) (1966), con Oreste Del Buono.
En 1961 el artista Piero Manzoni firma 71 esculturas vivientes; entra ellas:
Umberto Eco.
El personaje de Bobo del dibujante italiano Sergio Staino se asemeja a Umberto
Eco.
Le interesa profundamente Sherlock Holmes y participó en el libro que trata
sobre la técnica deductiva del detective, El signo de los tres: Dupin, Holmes,
Peirce, además encontramos diversas referencias a Arthur Conan Doyle y sus
personajes en muchas de sus novelas, principalmente en El nombre de la rosa.
Es también un admirador confeso de Jorge Luis Borges, del que ha escrito varios
textos.
Citas
"El mundo está lleno de libros
preciosos que nadie lee."
"Hay libros que son para el público, y libros que hacen su propio
público."
"Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia."
"La maquinaria que permite producir un texto infinito con un número finito
de elementos existe desde hace milenios: es el alfabeto."
"La superstición trae mala suerte."
"La televisión se nos aparece como algo semejante a la energía nuclear.
Ambas sólo pueden canalizarse a base de claras decisiones culturales y
morales."
"Los libros son esa clase de instrumentos que, una vez inventados, no
pudieron ser mejorados, simplemente porque son buenos. Como el martillo, el
cuchillo, la cuchara o la tijera."
"Nada es más nocivo para la creatividad que el furor de la
inspiración."
"Disimular es extender un velo compuesto de tinieblas honestas, del cual
no se forma el falso sino que se da un cierto descanso a lo verdadero" (De
"
"La superstición trae mala suerte."
Nos permitimos presentar aquí dos pequeños escritos, ensayos
cortos, donde Eco aborda temas diversos, siempre con la profundidad y picardía
que lo caracterizan: "Cómo viajar en los trenes americanos" y
"Para una guerrilla semiológica"
Cómo
viajar en los trenes americanos
Se puede viajar en avión con úlcera, sarna,
rodilla de lavandera, codo de tenista, fuego de san Antón, SIDA, tisis
galopante y lepra. Pero no con un resfriado. Quien lo ha experimentado sabe
que, mientras el avión desciende de golpe de los diez mil metros, se advierten
dolores en el oído, la cabeza parece explotar, y se golpean los puños contra la
ventanilla pidiendo salir, incluso sin paracaídas. Aun sabiéndolo, pertrechado
con un spray nasal de efecto devastador, quise salir constipado para Nueva
York. Salió mal. Una vez en tierra, me parecía que yacía en la fosa de las
Filipinas, veía a la gente que abría la boca, pero no oía sonido alguno. El
medico me explicó, luego, con signos que tenía los tímpanos inflamados, me
llenó de antibióticos y me prohibió severamente volar durante veinte días. Como
tenía que ir a tres localidades diferentes en
Los ferrocarriles americanos son la imagen de cómo podría ser el
mundo después de una guerra atómica. No es que los trenes no salgan, pero a
menudo no llegan, se rompen por el camino, se hacen esperar con seis horas de
retraso en estaciones enormes, gélidas y vacías, sin bar y habitadas por tipos
poco recomendables, con unos conductos subterráneos que recuerdan el metro
neoyorquino de Regreso al planeta de
los simios. La línea entre Nueva York y Washington, donde viajan
periodistas y senadores, al menos en primera clase, ofrece el confort de una businness class con una bandeja
caliente a la altura de los comedores universitarios. Pero otras líneas tienen
vagones sucios, con cojines de falso cuero destripados, y el bar ofrece comidas
que hacen añorar (y me diréis que exagero) el serrín reciclado que se nos
impone en nuestros trenes de alta velocidad.
Vemos películas en color donde se llevan a cabo depravados delitos en lujosos
coches-cama, con mujeres blancas y bellísimas abastecidas de champán por
camareros negros recién salidos de "Lo
que el viento se llevó". Falso. En realidad, en los trenes
americanos hay pasajeros negros recién salidos de "La noche de los muertos vivientes" y los revisores blancos
pasan asqueados por los pasillos, tropezando con botes de Coca-Cola, equipajes
abandonados, páginas de periódico embadurnadas de crema de atún salpicada de
los bocadillos al abrir su envoltorio de plástico hirviente irradiado por
microondas perniciosísimas para el patrimonio genético.
El tren, en América, no es una elección. Es un castigo por haber desantendido
la lectura de Weber sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo,
cometiendo la incorreción de quedarse pobre. Pero la última palabra de orden de
los liberals es politically correct (PC; el lenguaje
no debe hacer advertir las diferencias). Y los revisores son amabilísimos
incluso con el último vagabundo (naturalmente, debería decir "sin
domicilio fijo"). En
Pero muchos de los pobres, encima, no consiguiendo ni siquiera abandonar el
símbolo máximo de la marginación, fuman. Si probáis a subiros en el único vagón
de fumadores, os encontraréis de golpe en la ópera de tres peniques. Yo era el único con corbata. Por lo
demás, freaks catatónicos, tramps que dormían emitiendo
estertores con la boca abierta de par en par, zombies comatosos. El vagón de
fumadores era el último del convoy de manera que, a la llegada, este hatajo de
desechos humanos tuviera que caminar un centenar de metros con los andares de
Jerry Lewis.
Escapado al infierno ferroviario, vestido con ropa no contaminada, me encontré
cenando en la salita reservada, de un Faculty Club, entre profesores bien
vestidos y con acento educado. Al final, pregunté si podía ir a fumar a alguna
parte. Un momento de silencio y de sonrisas apuradas, luego alguien cerró las
puertas, una señora sacó del bolso un paquete de cigarrillos, otros saquearon
el mío. Miradas cómplices, risitas sofocadas como en la oscuridad de un teatro
de striptease. Fueron diez minutos de deliciosa, vibrante transgresión. Yo era
Lucifer, venía del mundo de las tinieblas y los iluminaba con la antorcha del
pecado.
Para
una guerrilla semiológica
No hace mucho tiempo que para
adueñarse del poder político en un país era suficiente controlar el ejército y
la policía. Hoy, sólo en los países subdesarrollados los generales fascistas
recurren todavía a los carros blindados para dar un golpe de estado. Basta que
un país haya alcanzado un alto nivel de industrialización para que cambie por
completo el panorama: el día siguiente a la caída de Kruschev fueron
sustituidos los directores de Izvestia,
de Pravda y de las cadenas de
radio y televisión; ningún movimiento en el ejército. Hoy, un país pertenece a
quien controla los medios de comunicación.
Si la lección de la historia no parece lo bastante convincente, podemos
recurrir a la ayuda de la ficción que, como enseñaba Aristóteles, es mucho más
verosímil que la realidad. Consideremos tres películas norteamericanas de los
últimos años: Seven Days in May
(Siete días de mayo), Dr. Strangelove (Teléfono rojo, volamos
hacia Moscú) y Fail Safe (Punto
límite). Las tres trataban de la posibilidad de un golpe militar contra el
gobierno de Estados Unidos, y, en las tres, los militares no intentaban
controlar el país mediante la violencia de las armas, sino a través del control
del telégrafo, el teléfono, la radio y la televisión.
No estoy diciendo nada nuevo: no sólo los estudiosos de la comunicación, sino
también el gran público, advierten ahora que estamos viviendo en la era de la
comunicación. Como ha sugerido el profesor McLuhan, la información ha dejado de
ser un instrumento para producir bienes económicos, para convertirse en el
principal de los bienes. La comunicación se ha transformado en industria
pesada. Cuando el poder económico pasa de quienes poseen los medios de
producción a quienes tienen los medios de información, que pueden determinar el
control de los medios de producción, hasta el problema de la alienación cambia
de significado. Frente al espectro de una red de comunicación que se extiende y
abarca el universo entero, cada ciudadano de este mundo se convierte en miembro
de un nuevo proletariado. Aunque a este proletariado ningún manifiesto
revolucionario podría decirle: «¡Proletarios del mundo, uníos!» Puesto que aún
cuando los medios de comunicación, en cuanto medios de producción, cambiaran de
dueño, la situación de sujeción no variaría. Al límite, es lícito pensar que
los medios de comunicación serían medios alienantes aunque pertenecieran a la
comunidad.
Lo que hace temible al periódico no es (por lo menos, no es sólo) la fuerza
económica y política que lo dirige. El periódico como medio de condicionamiento
de la opinión queda ya definido cuando aparecen las primeras gacetas. Cuando
alguien tiene que redactar cada día tantas noticias como permita el espacio
disponible, de manera que sean accesibles a una audiencia de gustos, clase
social y educación diferentes y en todo el territorio nacional, la libertad del
que escribe ha terminado: los contenidos del mensaje no dependerán del autor,
sino de las determinaciones técnicas y sociológicas del medio.
Todo esto había sido advertido hace tiempo por los críticos más severos de la
cultura de masas, que afirmaban: « Los medios de comunicación de masas no son
portadores de ideología: son en sí mismos una ideología.» Esta posición, que he
definido en uno de mis libros como «apocalíptica», sobreentiende este otro
argumento: No importa lo que se diga a través de los canales de comunicación de
masas; desde el momento en que el receptor está cercado por una serie de
comunicaciones que le llegan simultáneamente desde varios canales, de una
manera determinada, la naturaleza de esta información tiene poquísima
importancia. Lo que cuenta es el bombardeo gradual y uniforme de la
información, en la que los diversos contenidos se nivelan y pierden sus
diferencias.
Recordaréis que ésta es también la conocida posición de Marshall McLuhan en Understanding Media. Salvo que, para los llamados «apocalípticos», esta
convicción se traducía en una consecuencia trágica: el destinatario del mensaje
de los mass-media, desvinculado de los contenidos
de la comunicación, recibe sólo una lección ideológica global, un llamado a la
pasividad narcótica. Cuando triunfan los medios de masas, el hombre muere.
Por el contrario, Marshall McLuhan, partiendo de las mismas premisas, llega a
la conclusión de que, cuando triunfan los medios de masas muere el hombre
gutenbergiano y nace un hombre diferente, habituado a «sentir» el mundo de otra
manera. No sabemos si este hombre será mejor o peor, pero sabemos que se trata
de un hombre nuevo. Allí donde los apocalípticos veían el fin de la historia,
McLuhan observa el comienzo de una nueva fase histórica. Pero es lo mismo que
sucede cuando un virtuoso vegetariano discute con un consumidor de LSD: el
primero ve en la droga el fin de la razón, el otro el inicio de una nueva
sensibilidad. Ambos están de acuerdo en lo que concierne a la composición
química de los psicodélicos.
En cambio la cuestión que deben plantearse los estudiosos de la comunicación es
ésta: ¿Es idéntica la composición química de todo acto comunicativo?
Naturalmente, están los educadores que manifiestan un optimismo más simple, de
tipo iluminista: tienen una fe ciega en el poder del contenido del mensaje.
Confían en poder operar una transformación de las conciencias transformando las
transmisiones televisivas, la cuota de verdad en el anuncio publicitario, la
exactitud de la noticia en la columna periodística.
A éstos, o a quienes sostienen que the
medium is the message, quisiera recordarles una imagen que hemos visto
en tantos cartoons y en tantos comic strips, una imagen un poco
obsoleta, vagamente racista, pero que sirve de maravilla para ejemplificar esta
situación. Se trata de la imagen del jefe caníbal que se ha colgado del cuello,
como pendentif, un reloj despertador.
No creo que todavía existan jefes caníbales que vayan ataviados de tal modo,
pero cada uno de nosotros puede trasladar este modelo a otras varias
experiencias de la propia vida cotidiana. El mundo de las comunicaciones está
lleno de caníbales que transforman un instrumento para medir el tiempo en una
joya «pop».
Si esto sucede, entonces no es cierto que the medium is the message: puede ser que la invención del reloj,
al habituarnos a pensar el tiempo en forma de un espacio dividido en partes
uniformes, haya cambiado para algunos hombres el modo de percibir, pero existe
indudablemente alguien para quien el «mensaje-reloj» significa otra cosa.
Pero si esto es así, tampoco es cierto que la acción sobre la forma y sobre el
contenido del mensaje pueda modificar a quien lo recibe; desde el momento en
que quien recibe el mensaje parece tener una libertad residual: la de leerlo de
modo diferente.
He dicho «diferente» y no «equivocado». Un breve examen de la mecánica misma de
la comunicación nos puede decir algo más preciso sobre este argumento.
La cadena comunicativa presupone una fuente que, mediante un transmisor, emite
una señal a través de un canal. Al extremo del canal, la señal se transforma en
mensaje para uso del destinatario a través de un receptor. Esta cadena de
comunicación normal prevé naturalmente la presencia de un ruido a lo largo del
canal, de modo que el mensaje requiere una redundancia para que la información
se transmita en forma clara. Pero el otro elemento fundamental de esta cadena
es la existencia de un código, común a la fuente y al destinatario. Un código
es un sistema de probabilidad prefijado y sólo en base al código podemos
determinar si los elementos del mensaje son intencionales (establecidos por la
fuente) o consecuencia del ruido. Me parece muy importante distinguir
perfectamente los diversos puntos de esta cadena, porque cuando se omiten se
producen equívocos que impiden considerar el fenómeno con atención. Por
ejemplo, buena parte de las tesis de Marshall McLuhan acerca de la naturaleza
de los media derivan del hecho
de que él llama «media», en general, a fenómenos que son reducibles a veces al
canal, a veces al código y a veces a la forma del mensaje. El alfabeto reduce,
según criterios de economía, las posibilidades de los órganos fonadores y de
este modo provee de un código para comunicar la experiencia; la calle me provee
de un canal a lo largo del cual puedo hacer viajar cualquier comunicación.
Decir que el alfabeto y la calle son «media», significa no considerar la diferencia
entre un código y un canal. Decir que la geometría euclidiana y un traje son
"media", significa no diferenciar un código (los elementos de
Euclides son un modo de formalizar la experiencia y de hacerla comunicable) de
un mensaje (un traje determinado, en base a códigos indumentarios -de
convenciones aceptadas por la sociedad-, comunica una actitud mía respecto a
mis semejantes). Decir que la luz es un media significa no advertir que
existen, por lo menos, tres acepciones de «luz». La luz puede ser una señal de
información (utilizo la electricidad para transmitir impulsos que, según el
código morse, significan mensajes particulares); la luz puede ser un mensaje
(si mi amante pone una luz en la ventana, significa que su marido está
ausente); y la luz puede ser un canal (si tengo la luz encendida en la
habitación, puedo leer el mensaje-libro). En cada uno de estos casos el impacto
de un fenómeno sobre el cuerpo social varía según el papel que juega en la
cadena comunicativa.
Siguiendo con el ejemplo de la luz, en cada uno de estos tres casos el
significado del mensaje cambia según el código elegido para interpretarlo. El
hecho de que la luz, cuando utilizo el código morse para transmitir señales
luminosas, sea una señal -y que esta señal sea luz y nada más- tiene en el
destinatario un impacto mucho menos importante que el hecho de que el
destinatario conozca el código morse. Si, por ejemplo, en el segundo de los
casos citados, mi amante usa la luz como señal para transmitirme en morse el
mensaje «mi marido está en casa» pero yo sigo refiriéndome al código
establecido precedentemente, por el que «luz encendida» significa «marido
ausente», lo que determina mi comportamiento (con todas las desagradables
consecuencias que supone) no es la forma del mensaje ni su contenido según la
fuente emisora, sino el código que yo uso. Es la utilización del código lo que
confiere a la señal-luz un determinado contenido. El paso de
En este sentido, la cadena comunicativa descrita antes deberá transformarse de
esta manera: el receptor transforma la señal en mensaje, pero este mensaje es
todavía una forma vacía a la que el destinatario podrá atribuir significados
diferentes según el código que aplique.
Si escribo la frase "No more", aquel que la interprete a la luz del
código lengua inglesa la entenderá en el sentido más obvio; pero les aseguro
que, leída por un italiano, la misma frase significaría «nada de moras», o bien
«no, prefiero las moras»; pero, si en lugar de un sistema de referencia
botánico, mi interlocutor apelase a un sistema de referencia jurídico,
entendería «nada de moras (dilaciones)»; y si usase un sistema de referencia
erótico, la misma frase sería la res- puesta «no, morenas» a la pregunta «¿Los
caballeros las prefieren rubias?».
Naturalmente, en la comunicación normal, entre persona y persona, relativa a la
vida cotidiana, estos equívocos son mínimos: los códigos se establecen de
antemano. Pero hay también casos extremos como, en primer lugar, la
comunicación estética, donde el mensaje es intencionalmente ambiguo con el fin
preciso de estimular la utilización de códigos diferentes por parte de aquellos
que estarán en contacto con la obra de arte, en lugares y en momentos
diferentes.
Si en la comunicación cotidiana la ambigüedad está excluida y en la estética es
por el contrario deseada, en la comunicación de masas la ambigüedad, aunque ignorada,
está siempre presente. Hay comunicación de masas cuando la fuente es única,
centralizada, estructurada según los modos de la organización industrial; el
canal es un expediente tecnológico que ejerce una influencia sobre la forma
misma de la señal; y los destinatarios son la totalidad (o bien un grandísimo
número) de los seres humanos en diferentes partes del globo. Los estudiosos
norteamericanos se han dado cuenta de lo que significa una película de amor en
tecnicolor, pensada para las señoras de los suburbios y proyectada, después, en
un pueblo del Tercer Mundo. Pero en países como Italia, donde el mensaje
tele-visivo es elaborado por una fuente industrial centralizada y llega
simultáneamente a una ciudad industrial del norte y a una perdida aldea agrícola
del sur, en dos circunstancias sociológicas separadas por siglos de historia,
este fenómeno se registra día a día.
Pero basta incluso con la reflexión paradójica para convencerse de este hecho:
cuando la revista Eros publicó,
en Estados Unidos, la famosa fotografía de una mujer blanca y un hombre de
color, desnudos, besándose, imagino que, si las mismas imágenes hubieran sido
transmitidas por una red televisiva de gran difusión, el significado atribuido
al mensaje por el gobernador de Alabama y por Allen Ginsberg habría sido
diferente. Para un hippie californiano, para un radical del Village, la imagen
habría significado la promesa de una nueva comunidad. Para un seguidor del Ku
Klux Man el mensaje habría significado una tremenda amenaza de violencia
carnal.
El universo de la comunicación de masas está lleno de estas interpretaciones
discordantes; diría que la variabilidad de las interpretaciones es la ley
constante de las comunicaciones de masas. Los mensajes parten de la fuente y
llegan a situaciones sociológicas diferenciadas, donde actúan códigos
diferentes. Para un empleado de banco de Milán la publicidad televisiva de un
frigorífico representa un estímulo a la adquisición, pero para un campesino en
paro de Calabria la misma imagen significa la denuncia de un universo de
bienestar que no le pertenece y que deberá conquistar. Es por esto que creo que
en los países pobres incluso la publicidad televisiva puede funcionar como
mensaje revolucionario.
El problema de la comunicación de masas es que hasta ahora esta variabilidad de
las interpretaciones ha sido casual. Nadie regula el modo en que el
destinatario usa el mensaje, salvo en raras ocasiones. En este sentido, aunque
hayamos desplazado el problema, aunque hayamos afirmado que «el medio no es el
mensaje», sino que «el mensaje depende del código», no hemos resuelto el
problema de la era de las comunicaciones. Si el apocalíptico dice: «El medio no
transmite ideologías, es la ideología misma; la televisión es la forma de
comunicación que asume la ideología industrial avanzada», nosotros sólo
podremos responder: «El medio transmite las ideologías a las que el
destinatario puede recurrir en forma de códigos que nacen de la situación
social en la que vive, de la educación recibida, de las disposiciones
psicológicas del momento.» En tal caso, el fenómeno de las comunicaciones de
masas seria inmutable: existe un instrumento extremadamente poderoso que
ninguno de nosotros llegará jamás a regular; existen medios de comunicación
que, a diferencia de los medios de producción, no son controlables ni por la
voluntad privada ni por la de la colectividad. Frente a ellos, todos nosotros,
desde el director de
Sin embargo, creo que el defecto de este planteamiento consiste en el hecho de
que todos nosotros estamos tratando de ganar esta batalla (la batalla del
hombre en el universo tecnológico de la comunicación) recurriendo a la
estrategia.
Habitualmente, los políticos, los educadores, los científicos de la
comunicación creen que para controlar el poder de los mass-media es preciso
controlar dos momentos de la cadena de la comunicación: la fuente y el canal.
De esta forma se cree poder controlar el mensaje; por el contrario, así sólo se
controla el mensaje como forma vacía que, en su destinación, cada cual llenará
con los significados que le sean sugeridos por la propia situación
antropológica, por su propio modelo cultural. La solución estratégica puede
resumirse en la frase: «Hay que ocupar el sillón del presidente de
Por esta razón, habrá que aplicar en el futuro a la estrategia una solución de
guerrilla. Es preciso ocupar, en cualquier lugar del mundo, la primera silla
ante cada aparato de televisión (y, naturalmente, la silla del líder de grupo
ante cada pantalla cinematográfica, cada transistor, cada página de periódico).
Si se prefiere una formulación menos paradójica, diré: La batalla por la
supervivencia del hombre como ser responsable en
Un partido político, capaz de alcanzar de manera capilar a todos los grupos que
ven televisión y de llevarlos a discutir los mensajes que reciben, puede
cambiar el significado que la fuente había atribuido a ese mensaje. Una
organización educativa que lograse que una audiencia determinada discutiera
sobre el mensaje que recibe, podría volver del revés el significado de tal
mensaje. 0 bien, demostrar que ese mensaje puede ser interpretado de diferentes
modos.
Cuidado: no estoy proponiendo aquí una nueva forma de control de la opinión
pública, todavía más terrible. Estoy proponiendo una acción para incitar a la
audiencia a que controle el mensaje y sus múltiples posibilidades de
interpretación.
La idea de que un día habrá que pedir a los estudiosos y educadores que
abandonen los estudios de televisión o las redacciones de los periódicos para
librar una guerrilla puerta a puerta, como provos de la recepción crítica puede
asustar y parecer pura utopía. Pero si
Ciertos fenómenos de «contestación de masa» (hippies o beatniks, new bohemia o
movimientos estudiantiles) nos parecen hoy respuestas negativas a la sociedad
industrial: se rechaza la sociedad de
Podría suceder que estas formas no industriales de comunicación (de los love-in a los mitines estudiantiles, con sentadas en el campus
universitario) pudieran llegar a ser las formas de una futura guerrilla de las
comunicaciones. Una manifestación complementaria de las manifestaciones de la
comunicación tecnológica, la corrección continua de las perspectivas, la
verificación de los códigos, la interpretación siempre renovada de los mensajes
de masas. El universo de la comunicación tecnológica sería entonces atravesado
por grupos de guerrilleros de la comunicación, que reintroducirían una
dimensión crítica en la recepción pasiva. La amenaza para quienes the medium is the message podría entonces
llegar a ser, frente al medio y al mensaje, el retorno a la responsabilidad
individual. Frente a la divinidad anónima de
