Fascículo #53
Creador@s somos tod@s

NARRATIVA: Así son las cosas

Manuel Cadenas Mujica

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Hasta un cínico como él podía sentirse alguna vez perturbado por esa mezcla de curiosidad, agitación nerviosa, fantasías sexuales e –¿por qué no?– ilusión que, aderezada de un sonoro movimiento en la boca del estómago, puede acompañar a la noticia de que la primera novia está en camino, volando desde algún lugar del mundo para remover recuerdos y, con algo de suerte, un poco más. Al fin y al cabo es lo que todos desean a escondidas de sus esposas y viceversa. Por lo demás, Pedro Segura no es de los que se vienen con demasiados melindres a la hora de sacar los pies del plato, así que no es cierto que haya tomado la noticia con calma como pretende que creamos.

Hace veinticinco años ha dejado de verla, porque a los quince la vida tiene por costumbre alborotarnos a todos como quien baraja un tarot, nos revuelve y a la hora del reparto resulta que nadie está nunca más allí donde antes estuvo. Elena se le perdió en el camino entre el colegio y la academia preuniversitaria, en esos días en que todo el mundo conocido quiere saber con plazo perentorio a qué se dedicará el futuro jurisconsulto, doctorcito o ingeniero, no el músico vago ni el desdichado escritor. Y el futuro donnadie tenía, para colmo de sus males, la poca fortuna de carecer de los medios para sustentar diarias visitas interprovinciales hasta el celebérrimo y pujante distrito de La Molina desde el modesto pero digno barrio del Rímac.

Ya había sido un verdadero salto dialéctico que Elena sortease mil observaciones maternas –qué le has visto a ese chico, ¿no te das cuenta de sus fachas?, a leguas se ve que no tiene ni dónde caerse muerto– y amicales –oye, Elena, cuándo se cambia de uniforme tu noviecito, ya parece repartidor de pizzas– para darle un lugar en su muy bien organizada y ascendente condición de niña de clase media repotenciada, como para postularla también a mártir que lo espere cada fin de semana en vano. Era natural que después de cuatro semanas de ausencia le dejase esa nota con la sirvienta: No vuelvas a venir más ni me llames, ¿me entiendes?, tú sabes cómo son las cosas. Él debía saber cómo eran, pero no lo sabía del todo entonces. Ahora ya está enterado, aunque hasta un cínico como él sea permeable a ciertas emociones.

Unas zarandeadas más de la vida, otra repartición de las cartas sobre la mesa y Pedro había conseguido trepar unos escalones sobre eso que llaman la pirámide social. Había escalado a pulso, lo suficiente para atreverse a teclear en algún buscador de la Internet Elena Sofía del Prado Mejía. Trescientas entradas, distintos países, pero veinticinco años también le habían dado la paciencia necesaria para abrir uno por uno cada link. Tardó tres días, cada tarde luego de entregar sus artículos al editor y hasta medianoche, para hallar algún rastro electrónico de ella. En un largo listado de alumnos y profesores de una universidad española aparecía sólo el segundo nombre y los apellidos, pero ninguna dirección electrónica ni teléfono. Decidió probar escribiendo a la dirección académica de la universidad. Le contestaron escuetamente pero no necesitaba más: El correo que usted solicita pertenece a una catedrática de esta casa, quien nos ha autorizado brindárselo: es [email protected] Indudablemente esa “e” junto a la “s” tenía que ser de Elena.

¿Qué decirle? Una catedrática, nada menos que en España, no podía haber esperado menos de Elena pero de seguro ella no se imagina que aquel muchacho francamente cándido, y hasta cierto punto un bon sauvage que decía nadies, haiga y estuvistes, se haya convertido en un escritor de fina pluma. La sorprendería desde el primer correo, le haría sentir lo que se había perdido. No podía achicarse, era el momento de homologar los destinos, nivelar las protuberancias de la existencia, allanarlas hasta no tener nunca más que saber cómo son las cosas. Pero cabía la posibilidad, la había calculado, de que pareciera pedante, grandilocuente, un palabreador. Había que encontrar el equilibrio, mostrar asomos nomás de esa sabiduría y esa destreza que le han dado los años para decir las cosas convenientemente, dar en el clavo, en la médula de los sentimientos. Una revancha moral reclamada desde hace veinticinco años.

La respuesta llegó más pronto de lo esperado. Cómo crees que te he olvidado, no sabría explicarte cuánto bien me ha hecho leerte, oye, qué bien escribes, con qué soltura te expresas, me alegra que hayas encontrado un rumbo en tu vida, si yo te contara la mía, claro que te la contaré, tenemos mucho que hablar, siempre quise buscarte, no sé, es como si nuestra historia nunca se hubiera terminado de contar. Escríbeme seguido, ¿tienes MSN? Bueno, me alegra tanto que me hayas encontrado. Un beso. Me gusta que me respondan al toque, como dicen allá, ¿vale? Chau. Desde ese día Pedro aplicó todas sus dotes en colocar sus mejores frases en cada carta, la mayor agilidad en las respuestas del messenger, crear el clima perfecto para que las confesiones corrieran de una a otra parte de la web a millones de megabites por segundo.  Y corrieron. Y Elena supo que tampoco a Pedro le había ido bien en su matrimonio, qué coincidencia, aunque ahora ella estuviese felizmente casada en segundas nupcias con un hombre que le doblaba la edad y las finanzas pero que le daba la tranquilidad que ella había buscado, aunque, claro, la pasión estuviese esperando sentada a que le toque la puerta la persona adecuada, porque para esas cosas se requiere mucha discreción, no podía darse el lujo de perder un marido así. Ya tendría ocasión de contarle todo alguna vez, pero ¿y tú?

Y él no podía dejar de sentirse perturbado, con todo lo cínico que había llegado a ser, porque esa mañana del 23 de febrero Elena estaría ante sus ojos después de veinticinco años. Se había cerciorado, para eso existen las webcams, de que no tendría delante suyo a una de esas viejas gordas en que se han convertido las más reputadas hembras de antaño. Elena, Elenita, cómo será el roce de tus manos que ya he olvidado, el volumen de tus labios si me besas, el contorno de tu cintura, tu sonrisa y tu mirada, desdibujadas por un cuarto de siglo que se fue como el agua entre las manos, apurado e inasible. Lo notamos distinto, como si la sola posibilidad –una locura hay que decirlo, una verdadera insensatez de su parte– de reeditar la vida fuese suficiente para convertirlo en una mejor persona, quién sabe si entonces se respondiesen todas las preguntas, se absolviesen las dudas y se pudiese enmendar los caminos que se creían ya trazados. Nos preocupaba esa ilusión, porque pese a lo cínico que era (quizás por esa misma razón) se podía leer en sus ojos una chispa de esperanza.

A las diez y treinta pidió permiso, encargó sus comisiones a Iván y prometió que pagaría con su día de descanso. Se acomodó la corbata, revisó el peinado, aplicó una colonia barata que todos detestamos y salió a la carrera. El vuelo llegaba a las once, así que andaba retrasado. Ese día no volvió a la redacción y lo dimos por seguro campeón de tan esperado desquite. Hasta empezamos a envidiarlo. Elena, Elenita, si todos pudiésemos tener nuestra Elena de uso personal, no idéntica pero en el fondo la misma, una Elena universal que rescatar del fondo de los días, de tiempos inmemoriales donde se borran los rostros y los cuerpos, apenas un nombre porque nadie es un archivo de perfección, apenas una sensación de que alguien estuvo ahí, precisamente ahí donde ahora regresa Elena resurrecta.

El letrero luminoso anunciaba el arribo del vuelo de Iberia procedente de Madrid a las once con diez, confirmado. El cínico Pedro reconoció a los hermanos de Elena, la familia entera que ni por asomo habría sospechado de su secreta compañía en esas horas. Sólo el hermano mayor le clavó la mirada por algunos segundos creyendo reconocer a un personaje de algún pasado remoto, pero desistió de su propósito cuando Elena apareció efusiva, los brazos abiertos y lanzando besitos volados, muá, muá. Pedro esperó que acabasen los saludos, se acercó distraídamente, se puso como quien dice a tiro, al alcance de su vista, aguardó que se abriera una brecha en el cerrado cortejo familiar y ya lo suficientemente cerca lanzó un hola, Elena, soy Pedro que paralizó la función, todos los ojos Del Prado Mejía esperando la contraparte, quién resolvería el crucigrama, cuántas letras a la izquierda o a la derecha, le toca a Elena con sonrisa extranjera y expresión de asombro de compromiso, sí, hola, ahora disculpándose ante la prole, ¿me esperáis un momentito?, debo ver un asunto, no tardo, ¿vale?

Con la mirada pegada al vidrio de la ventana de esa combi que dará un largo recorrido hasta Miraflores, donde cogerá otra que vaya hasta el Rímac, lo más lenta posible por favor, Pedro deja que las palabras de Elena le martillen la memoria a ver si esta vez aprende, no vuelvas a buscarme, conversemos sólo por el correo, ¿me entiendes?, tú sabes cómo son las cosas.

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