Fascículo #81
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Vanessa Davies

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Aunque esta situación lleva mucho más de ocho años en conflicto, hoy en día continua tan vigente como entonces. Por ello consideramos importante sacarla nuevamente a la luz, tanto para aquellos que la desconocemos, como para refrescar la memoria en aquellos que lo pudimos olvidar.

El universo de la etnia era el moriche, la pesca, el conuco, la madera tallada. Pero el cierre de caño Mánamo, la exploración petrolera, la explotación de manaca y la imposición de costumbres hirió a esa cultura. El Censo Indígena de 1992 contó a 23.957 waraos; decenas de ellos han sido empujados a la mendicidad en ciudades como Caracas y Valencia

Risa es risa en cualquier idioma, pero la de Hilaria es como una noche sin estrellas: le faltan todos los dientes delanteros. La de Juana no parece mejor: una pieza blanca alterna con un espacio negro en una distribución determinada por la ausencia del odontólogo. Las dos viven en Winamoruina, un poblado que para alguien de la ciudad estaría ubicado en la mitad de la nada, pero que para los warao es la tierra de sus ancestros próxima a caño Mánamo (estado Monagas). La dentadura incompleta no es un rasgo de las personas de Winamoruina (nombre que se traduce como “donde hay bastante manaca”). Legón Aponte es de San José de Buja (a varias horas de distancia), y en su boca de 42 años de edad brilla una gran ausencia. “Me sacaron casi todo porque me dolía”, admite Legón, como un pecado.

En ninguno de los janocos (viviendas autóctonas) se concibe un mundo sin moriche, el “árbol de la vida” de esta cultura enraizada en las aguas dispersas del delta del Orinoco (warao podría llevarse al castellano como “gente de canoa”). La enumeración de Legón es extensa: “Del moriche sacamos de todo: madera, chinchorros, mecates, alpargatas, cestas, la fruta, una harina (yuruma) para hacer pan, los gusanos”. Sí. Los gusanos, crudos o cocinados, que constituyen parte fundamental de la alimentación indígena igual que las hamburguesas lo son de la rutina urbana. Ni la transculturación le ha arrebatado a niños y adultos guaraúnos el placer de chupar una semilla de moriche.

Otros árboles son también sus compañeros. Con temiche fabrican el techo de las casas; con varas de mangle, la armazón. En madera de sangrito tallan los pájaros y las toninas, que adquieren los extranjeros. Pero la avaricia de la industria de la extracción de manaca para obtener yaba kava (palmito) está acabando con su hábitat en Monagas, y a cambio de cuatro lochas: a María, una adolescente indígena, le pagan menos de 60 bolívares por cada cogollo. Aún así, sigue “palmizando”. María es, probablemente, uno de los 23.957 warao contabilizados oficialmente en el Censo Indígena de 1992.

Dioses de otros

En el janoco de Francisco huele a pescado y a plátano asados; uno de los pocos retazos de la dieta antigua basada en los frutos del conuco (ocumo chino, yuca) y los crustáceos, ya que la leche, la harina y el azúcar –por no hablar del licor- han ido adueñándose de las comidas. De los troncos cuelgan los chinchorros tejidos con fibras sintéticas; los de palma de moriche quedaron para la artesanía que se ofrece a los turistas. A Francisco y a su familia no les gusta hervir el agua, porque piensan que pueden enfermarse si no beben directamente del caño (el mismo caño donde orinan y defecan); únicamente se atreven a probar la lluvia. Ironía: con tanta agua cerca, y sin agua potable para calmar la sed.

Para entrar al hogar de Francisco, abierto a los manglares y al cielo, se sortea un puente de troncos. No se requiere ser un experto en selva para saber que es una vía en la que los pies sin zapatos se entienden bien con la madera. Pero hay necesidades creadas, y Juana lamenta no tener dinero “ni para comprarme un calzado”. Si hasta los janocos fueron sustituidos por bloques en sitios como Yabinoco.

De la ropa tradicional sólo sobrevive el relato de los antropólogos; la bata sin mangas de las mujeres, el guayuco de los hombres, el andar descalzos. Ahora se usan los vestidos, los pantalones, las camisas de los criollos (blancos). Francisco Villarroel, comisario de Winamoruina, solicita que le regalen dinero para varios tanques de gasolina (la compra a 200 bolívares el litro; más del triple que en Caracas) y un corte de tela para su mujer. Como maestra, Marta Malavé nada contra la corriente; no ha podido graduarse, y sus 130 alumnos escuchan la misma clase en castellano y en warao sea cual sea el nivel y con limitaciones (la expresión “otra vez” se convierte, en sus manos, en “otrave”). Sin cuadernos, sin pupitres, sin pizarrón, sin lápices y sin oportunidad de continuar estudiando más allá de las sumas y las restas y el abecedario, no es raro que los niños abandonen el “colegio” (una casa comunitaria) por el hambre. Ya no es suficiente la fruta puesta a remojar por varios días en el barro del caño, como acostumbran hacerlo en la población de Santo Domingo. Marta ha parido cinco hijos, y cuando se le pregunta si sabe lo que es un anticonceptivo, se le termina la risa y responde: “Eso es cosa de hombres”. Poco o nada conserva de su religión: ahora, como consecuencia de la labor de unos misioneros, es evangélica sin templo, al igual que muchos otros. Y si los guaraúnos no son evangélicos, son católicos.

Los warao están mal en su tierra y mal en la “civilización”. Un estudio del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas demostró que los indígenas pasaron de recolectores y pescadores a peones mal pagados, como consecuencia del taponamiento de caño Mánamo por un dique. El cierre de la vía fluvial, obra impulsada por la Corporación Venezolana de Guayana en la década de los años sesenta, alteró el desagüe del río Orinoco y canalizó mayor volumen de líquido a la Boca Grande, con el fin de permitir la navegación de grandes barcos. La diarrea, las afecciones respiratorias, los vómitos, la desnutrición, el paludismo y la tuberculosis son otros habitantes de estas comunidades. ¿Y los médicos? “Los médicos están a muchos tanques de distancia”, sentencia Marta. La salud de esta gente depende de la salud del agua; y la salud de los caños ya no es la misma.

Expulsados de su territorio

La encrucijada de los warao está tristemente clara para el antropólogo Horacio Biord, representante de la Dirección de Asuntos Indígenas del Ministerio de Educación. “La de ellos”, admite, “es una de las peores situaciones de Venezuela, porque hay un proceso de degradación ambiental y contaminación que arranca en gran escala con el cierre del caño Mánamo, la presencia de empresas de palmito y la exploración y explotación petrolera”. El equilibrio ambiental de Mánamo se rompió. “Ingresaron aguas saladas que salinizaron la zona, y eso hizo que gran cantidad de waraos se desplazaran, porque no podían sembrar y porque se acabó la pesca”.

Para Biord, 3 hitos echaron la suerte de esta etnia: la edificación de una casa indígena en Tucupita (Delta Amacuro), concebida hace alrededor de 20 años como un hotel de tránsito, “que devino en problemas de hacinamiento, insalubridad, inseguridad”; el éxodo a Barrancas y San Félix a mediados de los 90, “para deambular en los basureros, como mendigos”; y la gran migración a Caracas, Maturín y Valencia para pedir limosna. En la publicación electrónica Mujeres en Red, una activista warao lo definió así: “Nuestra cultura desaparece para dejar paso a la cultura del petróleo; así aparece el alcohol, la prostitución, enfermedades raras, violaciones, etc”.

Las misiones católicas y evangélicas, lamenta Horacio Biord, facilitaron el desarraigo. “Imagínate que te digan: ‘No te puedes vestir así, deja esta costumbre, cásate de esta forma’. Eso es un lavado de cerebro”. Parte de esa pérdida del pasado se evidencia en lo que el vocero del Ministerio de Educación engloba como “las necesidades creadas”: ropa, zapatos, aceite, harina, azúcar. “No es que no tengan derecho a acceder a esos recursos”, aclara, “pero no fue algo que ellos decidieron; sino un cambio social impuesto”. Cambio que incluyó la introducción de afecciones como dengue o cólera. Reconocer a los warao la propiedad sobre su hábitat sería el primer escalón para que no desaparezcan. El ministerio se ha centrado en mejorar la parte asistencial con la formación intercultural de personal (que combinará la sabiduría de los shamanes y las ventajas de la medicina alopática), y el relanzamiento de las escuelas de dos idiomas; pero no existe -admite el antropólogo- un proyecto para socorrer a quienes se dedican a la mendicidad en Caracas. Por instrucciones del presidente Chávez, los ministerios de Salud y Ambiente, el proyecto Delta 2000 y la gobernación del Estado deben acometer un plan único de atención integral. ¿Será demasiado tarde para que esta sociedad les diga a los warao un sincero jiobone (te quiero)?

Caño Mánamo, Estado Monagas
El Nacional - Viernes 07 Septiembre de 2001
Fotos Jesús Castillo
Fuente:http://www.ecoloxistesasturies.org/venweb/articulos/warao.htm

 

Comentarios

Bernardo Arias

Sin duda alguna que la problemática planteada es grave; pero se potencializa aún más, por la ignorancia de quienes viviendo en otras condiciones, desconocemos aquellas realidades. Convirtiendonos así en indiferente prójimo de quienes solo suplica por su derecho a... seguir viviendo.

29 de marzo de 2008