Fascículo #87
Teoría e Ideología

En Paraguaná están los cobres; en Coro, el poder y aquí, en la sierra, las ideas. Por eso fue que a Dios se le ocurrió nacer en Cabure

Atlas etnográfico del venezolano: el Estado Falcón

José Millet*

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A César Seco, poeta coriano

(Glosa de la idea del poeta Hugo Fernández Oviol)

Situados en el escenario de la región falconiana, en nuestro Atlas etnográfico cultural del venezolano: capítulo Falcón hablamos de identidades culturales, a pesar de que partimos del principio de la existencia de la venezolanidad, entendida como un conjunto de valores coherente y consistentemente establecidos en cada uno de los confines de la nación y más allá de cualquier determinación étnica, ancestral, territorial, local o comunitaria. Venezolano es el nativo poblador de estas tierras, comprendidas en la República Bolivariana de Venezuela, sus hijos en descendencia directa o indirecta; los negros descendientes de los africanos traídos aquí en condición de esclavos; los europeos y sus descendientes; los criollos resultantes de las mezclas entre todos estos pueblos, grupos y personas que concurrieron, se juntaron y han vivido o viven en el país. A cada uno de ellos se les reconoce, y respeta, su identidad propia, como también al “bravo pueblo”, síntesis de la afluencia, el encuentro y el intercambio intenso y prolongado de todos ellos en este territorio prodigioso que llamamos Venezuela.

La noción de identidad tiene que ver con y remite al pasado- en tanto conjunto de acciones que aportaron pautas y marcas distintivas-, cuya onda llega al presente; y, en no menor medida, con el presente mismo, en que se siguen creando los rasgos y signos distintivos del “carácter nacional” del venezolano. Identidad es un proceso de formación continua de valores-o sea, cultura-a partir de lo creado por los sujetos que nos han precedido; proceso que sigue una dinámica difusa y escabrosa que debemos esforzarnos por aprehender, determinar en el conjunto y en la multiplicidad de sus entidades, y describir y explicar, apegados a la historia y a la realidad actual del conglomerado humano que tenemos enfrente y al que pertenecemos, por lo demás.

En el estudio de las identidades de un pueblo, región o comunidad, es preciso determinar los polos, mecanismos y batientes concretos en que esa dinámica local surgió, ha tenido lugar y se manifiesta.

No basta con el esfuerzo aplicado en cotejar estos polos y batientes, con colocarlos en un sistema y acomodarlos en un modelo. La realidad siempre desbordará la propuesta, por su riqueza y complejidad. Siguiendo el método experimental de la estocástica, a continuación sometemos a juicio algunas ideas, que deberán ser criticadas y puestas en duda para comprobar su consistencia. Tómese en cuenta, en todo caso, que estas ideas brotaron del estudio, la reflexión prolongada y la investigación de campo hechas en equipo; no son frutos de la nada ni de un acto de ficción.

En cuanto a nuestra región bajo estudio, los polos, históricamente establecidos y configurados por el sujeto colectivo, desde la conquista hasta el presente, comprenden, de un lado, Coro y su Puerto real de La Vela; y, del otro, Paraguaná. Sin embargo, según el sustantivo aporte del poeta cabureño Hugo Fernández Oviol, a estos dos polos debe añadírsele un tercero: la sierra coriana, que vendría a engendrar la determinación filosófica de la tesis, la antítesis y la síntesis, o las tres figuras míticas del hijo, el padre y el espíritu santo, si se le quiere enfocar desde un punto de vista místico. Cada uno de esos tres polos tiene su identidad propia, creada por las circunstancias de diversa índole que actuaron en cada momento en su aparición y desarrollo, como extremos opuestos, colocados casi diametralmente uno frente al otro, en tanto tal oposición no ha hecho si no reafirmar a cada cual en sus rasgos identitarios como unidad individual, con un margen considerable de libre actuación y autonomía. Nuestro aporte, mediante la presente indagación, deberá consistir en fijar esos rasgos, ubicarlos en cada unidad o polo y definir cómo funcionan para intentar describir, de un modo convincente en sus rasgos más característicos, qué es lo coriano, lo serrano y lo paraguanero.

El “hallazgo” de la “tripolaridad” de la identidad regional falconiana nos debe llevar de la mano a responder la pregunta: ¿existe la falconía? o, ¿acaso la falconía consiste en la coexistencia de estos tres polos distintos con sus respectivas identidades culturales diferenciadas y, muy a menudo, contrapuestas? Siendo más amplios, en ella, por supuesto, deberán ser tomadas el conjunto de identidades locales y comunitarias, sin que la resultante pretendamos que sea su suma mecánica.

Habría que hacer una exploración también en los mecanismos comunicantes que actúan en la conformación y expresión de cada uno de estos tres polos identitarios. ¿Qué hay de rasgos comunes y de rasgos diferenciadores en cada uno de ellos y qué de carácter general en el conjunto- o sea, la región-- que ellos prefiguran y animan? De obrar así, estaríamos enfrentándonos al toro por su cuerno; es decir, al problema que nos hemos planteado, por el concepto, asaz espinoso, de la identidad que arropa a otras tantas en un mismo espacio. Adelanto la idea de que una identidad no es siempre una y la misma, sin posibilidad de mutación interna, de transformación drástica de una realidad inicial a otra distinta resultante de múltiples fuentes y agentes concurrentes. Identidad es, pues, en todo caso, un organismo vivo, un sujeto sometido a cambios continuos, como el propio sistema de valores del que emerge y en el que se sustenta, el que llamamos convencionalmente cultura. Es lo que podría estar sucediendo con la identidad coriana y, de igual modo, con la serrana y la paraguanera, que se han seguido “concreando” individualmente o influyéndose mutuamente, sin que lo hayamos percibido ni mucho menos estudiado suficientemente.

Resulta obligado formular algunas interrogantes para desbrozar el camino hacia el objeto principal de la presente reflexión. Inicialmente existió una definición de coriano que comprendía la región en que estaban asentados los pueblos originales de Venezuela con que se encontraron los europeos a su llegada. Leo en una obra memorable la siguiente definición del gentilicio: “Coriano se le dice a quien no naciendo en Coro, puede haber nacido en cualquier otra parte de Falcón”. ¿Cómo fue el coriano ayer y cómo es el de hoy? En la mayoría de las ocasiones, los cambios en las sociedades humanas ocurren sin que lo podamos evitar, pero la previsión del agente que interviene en la dinámica política de la sociedad debe consistir en notificar acerca de lo que está sucediendo y alertar de lo que sucederá, más si es negativo, para evitar que el daño en el tejido social termine siendo irreversible. El sistema de alerta debe estar activado permanentemente; en la previsión del desastre, el hombre de ciencia, cuando es honesto y humanista, tiene mucho que aportar, por el alto sentido de responsabilidad social y porque se ajusta a la máxima de que estrategia es política y política es previsión, como bien señaló José Martí en su tiempo.

La cultura puede ser entendida también como un sistema de valores, de condición y alcances diversos, creado por una comunidad, en cada uno de cuyos valores simbólicos cada uno de los miembros de esa comunidad se siente representado y se reafirma. He preguntado a muchos venezolanos: ¿cuál es el elemento cultural que más lo identifica como venezolano? Y me han respondido, en un número significativo, que es el joropo. Situados en el escenario de Falcón- tanto en Coro, como en la sierra o en Paraguaná- la respuesta a esa misma pregunta no podría ser otra que el tambor coriano, el chivo con su arepa pelá y el cocuy.

En el escenario local, nunca será el joropo el referente simbólico inmediato de cualquiera de las tres sociedades que venimos analizando, por una razón básica: desde la perspectiva de la comunidad, los elementos que conforman su identidad se tejen en una tupida red para hacerlos más “vibrantes”, cálidos y cercarnos que los elementos de otros territorios, aun cuando éstos sean los de mayor fuerza para conformar una identidad supra- comunitaria o supra- “localitaria”- si cabe esta última palabra para designar la reunión o confluencia de varias comunidades en un territorio compartido. Estos elementos primarios inmediatos conforman el tejido básico en que descansa y se nutre la identidad comunitaria, la cual, a través de su empleo continuo y prolongado, hace más próximos y motivados a cada uno de sus miembros. En un sistema de valores de mayor “cota”- digamos por caso, en primera instancia, la cultura regional y, un poco más allá, la nacional- se articulan otros tejidos que sirven de imprescindibles términos correlacionados , pero no con la intensidad de estos otros con los que le toca convivir a diario al parroquiano en el sitio donde vive: con la arepa pelá o pilá, acompañada de suero, al despertar; con la sopa o la caraota y el chivo al mediodía; con la urupagua, consumida en sitios muy distantes de la sierra, donde exclusivamente se cosecha, o el cocuy, que se bebe en numerosas ocasiones y eventos que van desde el embarazo, el parto, el nacimiento y el rito de las tres comidas cotidianas, hasta compartir en una fiesta o en parte de las honras fúnebres de un familiar o amigo.

Pero, como el cocuy en Curimagua y en otros sitios de la sierra o la urupagua en Cabure; el sol que abraza las arenas de los médanos en Coro y el viento veloz que nos despeina en Punto Fijo, nacimos y hemos aprendido a convivir con muchos otros referentes figurados a la vez, como también en compañía del inteligente burrito y del eco ancestral de Las Turas, que nos viene del fondo de una cueva o de lo más intrincado del monte. Estos son los componentes simbólicos más connotados de las tres comunidades específicas que aquí bosquejamos, muy bien caracterizadas desde el punto de vista de su carácter, tradiciones y valores culturales- fondeadas en una región que, a lo largo de la historia, primero los colonialistas europeos,--- alemanes y españoles—y, más tarde, los representantes de la oligarquía criolla, o sea, los operadores políticos, los legisladores y los administradores pasados, denominaron de diversa forma, hasta definirla como el actual Estado Falcón, en el que las identidades coriana, serrana y paraguanera aprendieron a convivir en una relación tensa, pero sin dejar nunca de brillar con luz propia y de reconocerse mutuamente como diferenciadas.

Ex profeso omití el tambor al referirme al sistema productor de los símbolos que identifican a cada una de las tres comunidades y a la de la región en su conjunto, porque quiero llamar la atención acerca de este componente, perteneciente al polo opuesto al paraguanero, que sin embargo sería imposible dejar de tomar en cuenta al hablar de una identidad cultural supra comunitaria compartida. A todas luces parecería ocioso preguntarse por posible rechazo del paraguanero al tambor coriano como parte de su oposición a la identidad coriana de la que no participa o en la que no se siente incluido.

Muchos de los elementos simbólicos de la identidad regional mencionados, obran como la red compartida por los miembros de una comunidad supra-local que los integra como parte de una dotación étnica, ancestral y espiritual que los cobija a todos, con diferente peso y capacidad de maniobrabilidad, ciertamente. Para el paraguanero, el tambor, omitido, es un referente más ajeno a su comunidad, que apenas lo hace vibrar con su toque y lo siente como menos propio y como situado en una constelación de estrellas que lo envuelve y da luz, sin derramar encima de su cuerpo el polvo sideral. Apreciamos muy bien a quienes valoran y saben bailar al ritmo del tambor; pero nunca llegaremos a danzar como lo hicieron en el pasado la comunidad de los negros loangos que lo introdujeron a través del mar, sus descendientes directos y quienes llevan consigo su herencia, sobre todo aquí en Coro-La Vela y también en la sierra coriana.

Creo que, al escuchar el tambor, la ausencia del característico estremecimiento, en el tono e intensidad propios del coriano-loango, que percibimos en el paraguanero, es multicausal y fue provocada por la disposición espacial del campesino paraguanero, vinculado a la tierra a través del hato y a la actividad marítima en su circunstancia de costeño o de isleño, si tomamos en cuenta que la Península donde vive está separada de Coro; bastante alejado del sistema plantacionista que existió en el eje Coro-la sierra coriana, donde fue empleada la mano de obra del africano sometido a la explotación esclavista de los terratenientes.

El modo de producción capitalista con mano de obra esclava empleada en la plantación, influyó decisivamente en la configuración de rasgos psicológicos y de valores diferentes en cada uno de los tres polos de que se compone la identidad regional de Falcón. Lo acontecido en Coro, culturalmente hablando, debe analizarse a la luz de la presencia omnipotente de la administración europea---primero de los teutones Welser y luego de los españoles—y del gobierno nativo que respondía a los intereses de la oligarquía latifundista, dueña de casi todas las tierras entonces existentes. En este escenario citadino local se impuso, pues, la cultura de la clase dominante, por lo que los espacios para que se manifestaran las tradiciones espirituales del pueblo, con cierto nivel de libertad, tuvieron siempre un carácter marginal o fueron sometidos a diversos y complejos mecanismo de control y de represión. Como hemos referido en nuestro libro La Guinea, barrio afrocaribeño de Coro (2007), esta represión de la cultura tradicional popular de los barrios corianos se extendió hasta bien adentrado el siglo XX y sólo hoy puede afirmarse, con toda propiedad, que existen márgenes de absoluta libertad para que aquélla se exprese con plena espontaneidad. No obstante las circunstancias tan difíciles que acabamos de tratar, durante mucho tiempo en Coro el barro ha convivido en diálogo con el tambor y el chivo, acompañados de arepa pelá o pilá; mientras que en Churuguara la salve hablaba el lenguaje de la tamborita serrana y en Paraguaná el corocoro estremecía al pescador artesanal con su canto que brotaba del fondo del mar, en tertulia amena con el viento que estremece el cují y destrenza sus greñas.

¿Qué es lo esencial diferenciante entre cada una de estas tres identidades culturales encontradas? El modo peculiar de vincularse, cada miembro de las comunidades, con el elemento simbólico de la naturaleza que mejor lo representa: el barro, al coriano; el maíz, con sus totémicas Turas, en su nicho humano conuquero, al serrano y el viento que agita al cují, en medio de la tórrida reverberación solar en la que se transparenta la cabra, característica del paisaje rural, al paraguanero. Asimismo, en no menor propiedad, medida y juicio, lo es con respecto al sistema de producción material en que, cada uno de estos polos, está anclado y del que depende la vida de sus habitantes: la huerta para el coriano; el conuco para el serrano y el hato para el paraguanero. Cada uno de estos sistemas genera un sistema de valores específico en el que se asienta cada una de las tres identidades que estamos glosando.

Ilustremos lo nuestra afirmación con el rasgo psicológico que observamos en el comportamiento de la gente situada en su espacio y en su relación con el sistema productivo que le atañe. La huerta es casi la prolongación de la casa de vivienda en razón de que, prácticamente, se encuentra a su alrededor y puede reconocerse como penetrando en su interior; el conuco es casi el patio de la vivienda, al alcance de la mano de la mujer que lo vigila y toma de él las vituallas como las de una despensa…mientras que el hato sugiere el espacio que se prolonga en el espacio hacia un horizonte situado más allá del contorno de las inmediateces domésticas. El hortelano mira hacia su interior e, incluso, permanece en su casa de vivienda durante el mayor tiempo posible, y apenas se asoma a través de su postigo en contadas horas del día. El conuquero tiene un gesto hacia el interior, pero es menos introspectivo que el habitante de las huertas, hasta el punto de que, el trabajo solidario que realiza en colectivo, lo obliga a la comunicación afectiva y a la tertulia; mientras que en el hatero la mirada es casi completamente dirigida hacia el exterior, digamos mirando a la inmensidad del mar por donde se prolonga el camino de las relaciones económicas con un espacio situado más allá del horizonte. En el hombre del huerto hay en su interior una huerta familiar a la que dedicarse con bastante rigor de recogimiento; en el del conuco está la vocación más bien del compartir y el del trabajo colectivo, mientras que el del hato predomina la actitud propia del comercio.

Para explicar el juego de estos extremos, justamente es preciso conocer cómo es y cómo se relaciona cada quien con el otro. La personalidad del coriano puede ser vista como la del introvertido, el huraño y retraído, debido en gran medida a la represión cultural ejercida por las autoridades coloniales, en particular a través de la Iglesia católica, institución ideológica a la que siempre se ha debido obedecer como a los dogmas religiosos. Basta levantar la vista para visualizar su presencia en cada esquina de la ciudad, delimitada a escuadra, a partir de la división en parroquias, con el fin de que sus habitantes se mantuvieran atados a las instrucciones y al pensar propio de una mentalidad aldeana o parroquial. La huerta contribuyó a acomodar en grado extremo el movimiento del coriano, que lo tenía todo al alcance de la mano y, cuando le faltaban las vituallas, se las ingeniaría para obtenerla de la sierra. Asimismo, la casa de barro, con su intimidad y frescor aludido y sus hamacas amarradas en las alcayatas, este ambiente de fuerte sabor aldeano condicionó la actitud acomodaticia proverbial del coriano.

No será difícil comprender el tipo de personalidad propio del peninsular, fruto de su situación costera y, por tanto, de su contacto permanente con el mar. El paraguanero ha sido siempre extrovertido, abierto siempre al intercambio y a la incorporación de los nutrientes de pensamiento y de savia más disímiles, en lo que respecta a actitud creadora, provenientes de los puntos más distantes del planeta. Esta amplitud de mente, disposición anímica y actitud de aceptación de nuevos contenidos y formas en que expresarse, es lo que explica la actitud rebelde y libre de muchos de los hijos de Paraguaná, capaz de haber parido a la heroína Josefa Camejo, la única mujer que encabezó el movimiento por la independencia cuando la lógica de la historia y los factores se habían acomodado de tal modo que resultaba casi impensable tomar alguna actitud que favoreciera la revolución. El paraguanero, rompiendo los vínculos que lo ataban al hato y a los intereses del grupo social al que pertenecido, resulta así la antítesis de la actitud conservadora del coriano.

Yo defino al serrano como la síntesis de los componentes dispares más importantes de los dos extremos anteriores, por varios motivos que vamos a intentar delinear a continuación. En primer término hay que considerar la excepcional situación geográfica en que están emplazadas estas comunidades de montaña, alejadas del centro de poder administrativo, de la civilización (léase de los centro de poder político y religioso) y, por ello, más cercanas al cielo que a Dios. La sierra fue refugio para la población aborigen que intentó escapar a las matanzas de los conquistadores europeos y espacio adonde luego fueron a alojarse los africanos que huyeron del horrendo sistema de la esclavitud a la que los habían sometido los cultísimos cristianos del Viejo Continente en las islas del Caribe y en Tierra Firme.

De modo que fue allí, en el mismo espacio que fueron levantados muchos de los imbatibles palenques, integrados por los rebeldes indígenas y los no menos insubordinados africanos, donde se gestarían los valores esenciales de la libertad y la independencia, mucho antes de que lo inventaran los criollos, hijos de los europeos nacidos en estas tierras, educados en las mejores escuelas y en las universidades de los más avanzados países. Ideas propias y actitudes de resistencia y de rebeldía moldearon la mentalidad del serrano, y es lo que explica que en la hacienda de Macanillas, de Curimagua, se haya desencadeno la más importante insurrección el 10 de mayo de 1795, encabezada por el mestizo José Leonardo Chirino, secundado por esclavos negros y mulatos conuqueros—libres, como él-- y por los loangos de La Guinea-Curazaito, en Coro, capitaneados por el curazoleño José Caridad González. Como colofón, en la década de los sesenta estas montañas fueron el escenario de la lucha armada desarrollada por la guerrilla guevarista en contra del ejército de la oligarquía que había traicionado la democracia debutante en 1958 con el derrumbamiento de la dictadura de Pérez Jiménez.

Retomemos la relación de la identidad cultural con el sistema productivo. El conuco le aporta al serrano los nutrientes básicos para la existencia de una mentalidad sumamente diferente de las mentalidades de los dos restantes, en tanto le permite asumir un distanciamiento crítico, aceptar lo positivo de cada cual, sin comprometerse ni involucrarse totalmente con sus particulares visiones del mundo ni ninguna actitud social. Los márgenes de relativa holgura económica lleva a la población serrana a no depender de la economía centralista de los asentamientos urbanos, por lo que pronto se plantea la urgencia de lograr la imprescindible autosuficiencia en cuanto a la producción de los bienes materiales que garanticen la existencia en condiciones aceptables. Estas condiciones nos explican mejor por qué el curazoleño José Caridad Gonzélz fue capaz de reclamar la propiedad de las tierras donde habían laborado los esclavos loangos provenientes de las cercanas islas del Reino Unido de los Países Bajos u Holanda, caso que él supo llevar incluso a las cortes españoles, donde aceptaron sus reclamos.

A esta diversidad de identidades debe añadirse el batiente del petróleo, que transformó la dinámica poblacional de la región en su conjunto e introdujo nuevos mecanismos que deben ser tomados en cuenta en el análisis de la cultura como sistema productor de símbolos identificadores de las comunidades y del hombre en su sitio específico de vida. Junto a la cultura tradicional-- con sus batientes amerindios o indígenas ancestrales--, convive en la región falconiana la “cultura del petróleo” representada ejemplarmente por la “maquila” enloquecedora que es Punto Fijo. Cualquier enfoque que, por algún motivo o interés distantes del ajuste con la verdad, prescinda del juego de estos dos factores productores de símbolos de signos opuestos, está condenado a caer desde su misma base por falta del reflejo de esta realidad en la que nos hemos habituado a convivir, afrontando riesgos extremos.

Punto Fijo es, en efecto, un microcosmos que bien pudiera ofrecer una “cápsula” para entender y valorar mejor lo acontecido en la Venezuela de las últimas décadas. Su nombre lo tomaron de la quinta perteneciente a Rafael Calderas. Este enclave urbano ha sido el espacio donde drenaron sus aguas varios de los proyectos de país, con que operaron los partidos políticos COPEI y AD, en los alternados repartos de poder, coincidentes con los períodos de gobierno sucedidos de 1958 hasta 1998.

Otras interrogantes nos asaltan en el camino y deberán ir apareciendo mientras avanzamos en la elaboración de nuestro Atlas, a las cuales deberemos esforzarnos, asimismo, por atender.

Por otra parte, debe corregirse el desatino de no tomar en cuenta el carácter multinacional de Venezuela. Hasta para los operadores políticos y las políticas gubernamentales, tal error puede acarrear consecuencias desastrosas. Muchos hijos de numerosas naciones convergieron en los campos petroleros no sólo para trabajar y dejar su marca con asentamientos humanos visibles en pueblos y ciudades, si no en la construcción de la familia venezolana contemporánea. Se instalaron en Paraguaná para aportar, también, su savia y enriquecer la espiritualidad del venezolano. Con propiedad, y cierto orgullo, en la Península se habla de las fronteras extensas de Falcón con el Caribe y otros países de la región, así como de un espíritu ecuménico que exalta, en grado sumo, la identidad del paraguanero.

Mas, ¿qué determina ser paraguanero: haber nacido en Paraguaná o haber vivido toda una vida en algún punto de la Península? ¿Es acaso el paraguanero un ser cosmopolita fruto dado, en considerable medida, por el choque entre el núcleo sustantivo de lo tradicional con los fuertes e influyentes batientes de lo contemporáneo? A no dudarlo, este choque frontal entre ambos núcleos contrapuestos ha mellado y desdibujado su filo cortante, trayendo consecuencias que es preciso estudiar al interior de estos dos polos en conflicto: me refiero al coriano y al paraguanero, por supuesto. El hombre del petróleo acarreó la sociedad de mentalidad rentista, desarraigada y dada al consumo nervioso y exagerado de bienes perecederos que esa sociedad comercia. Atrás quedó el hato, con su tiempo apacible y su quietud hogareña, con tardes tranquilas de juegos de mesa entre las distendidas damas del agro paraguanero.

Aquella identidad inicial dio paso a esta otra cosmopolita representada por el habitante de Punto Fijo, propia de un ser conectado con el puerto de mar y el intercambio en los pueblos vecinos del Caribe y del planeta, abierto a todo tipo de influencia externa, aún de aquellas que atentan contra el núcleo de lo tradicional que el sujeto colectivo se esfuerza por conservar en muchos sitios de la geografía. Este ser que acepta escuchar una Sinfonía de Beethoven, ¿aceptaría, con el mismo gusto y entrega, alguna expresión de la cultura tradicional creada por las clases populares? ¿Aceptaría un concierto de tambor coriano?

La identidad coriana - loango deberá entenderse como comunidad de elementos simbólicos producidos por otras circunstancias y modo de producción específicos. La identidad del coriano puede interpretarse mejor cuando la asociamos con las huertas corianas, en las que convergieron los recursos naturales con que ella se “cocinaría”. La naturaleza circundante aportó los dos elementos primordiales que garantizaron, durante mucho tiempo, la existencia humana en esta comunidad: la tierra y el agua, en base a los cuales derivaron desde entonces otros “subproductos“ importantes concurrentes en una particular autodefinición y concreción del hombre.

El agua que bajaba por cañerías desde Caujarao a Coro aportó el frescor con que el coriano suele regocijarse a determinadas horas del día y aliviar el rigor de un clima semidesértico que golpea al foráneo; pero también esa agua sería usada en los pozos de barro con que se ha obtenido siempre aquí esa materia prima para la fabricación de inmuebles, muros, vasijas cocidas e incluso ingredientes para guisar un plato muy poco conocido: el cují pilao.

La huerta propiciaba el encuentro de la tierra con el agua, desde el que brotaba el barro. Las casas de barro embutido, de varillas de cañizo o las otras de adobe, forman parte de la heráldica de la corianidad loanga. Quien no la reconozca, está “raspao “en la materia Gentilicio de la venezolanidad. La huerta es a la corianidad como el barro a una identidad regional que algunos definen como falconía, aunque la apreciamos, a la luz del sol presente, en pleno proceso de formación.

La casa de barro proporcionará el frescor en que el coriano se regocija. El barro impide la penetración del bravo sol y, en “recompensa”, permite la circulación de aire en el interior de la vivienda, además de transpirar humedad por sus poros. De ahí la invitación, siempre aceptada por el coriano, de colgar el chinchorro para “tumbarse” en él “como Dios manda”. Coro sin barro, cocuy ni “enchinchorramiento”, simplemente no es Coro. Así de simple es la ecuación de la corianidad. Y nos aclara la propia corianidad que entre estos tres elementos simbólicos debe existir predominio de uno sobre el otro o los otros.

Pero sería incompleta si en esta ecuación omitimos el chivo y la arepa de maíz, no del bagazo industrial que llaman “harina pan”. Coro sin su sancocho de chivo dominical, arepa con suero o nata de leche de cabra en el desayuno y su cocuy pecayero, tampoco sería Coro. En las huertas corianas todavía está anclado el corral de chivo y de su tierra está brotando el grano para hacer las imprescindible “caraotas del lunes”, que tanto define el ritmo del coriano, marcado por el reloj gastronómico estrictamente local.

El capitalismo brutal atacó furibundo la cultura del conuco en toda Venezuela y el Caribe; y en Coro hizo desaparecer la “huerta coriana”, con los referentes simbólicos que ahora nos toca recuperar y colocar en primer plano. Afortunadamente, el coriano es un sujeto con gran capacidad de resistencia, lo que ha permitido que muchos de sus valores hayan podido mantenerse ilesos, y que en otros el deterioro no haya conducido a su irremediable desaparición.

El deterioro y las pérdidas, en el arsenal identitario, no obstante, son considerables. Piénsese si no en los saberes asociados al barro, prácticamente en proceso de extinción, como hemos reportado a través de diversos medios, especialmente por Internet. Aquellos y los presentes comentarios en el pórtico de nuestro Atlas, deben ser tomados como lo que son, sin tapujos ni curitas de mercuro cromo: tajantes S.O.S. para quien quiera oír y alertar a la gente para emprender acciones inmediatas y efectivas que contrarresten el descalabro medioambiental a que conduce la destructiva industria del “cemento y la cabilla”. Quien quiera ver, que vea con sus propios ojos las casi a diario caídas de las casas de torta, de bahareque y de adobe que tanto contribuyeron a crear los ambientes humanos tan característicos del “Coro de ayer”.

¿Qué hizo el coriano para preservar muchas de sus tradiciones en quiebra por la desaparición de sus huertas? Mantuvo canales secretos con La Sierra coriana, de donde siguió proveyéndose de recursos y de materias primas para seguir elaborando la arepa y el sancocho. Hoy existe la sopa de gallina, pero desapareció casi totalmente el mondongo de chivo, y se puede comer la arepa pelá en pocos sitios de Coro. El fogón coriano de barro y leña ya no existe; la gastronomía típica escapó del paisaje.

¿Qué debemos hacer para enfrentar esta situación crítica resumida en la desaparición de tantos referentes simbólicos juntos del imaginario colectivo tan rico que ha preservado la corianidad? Necesitamos poner en práctica un programa ajustado a la estrategia nacional de recuperación de las expresiones de la cultura tradicional popular en situación desventajosa o expuesta a sufrir la agresión y la acción desnacionalizante de la cultura neoliberal globalizadora. El programa debe hallar concreción en acciones inmediatas, a nivel de las comunidades, localidades y región falconiana en su conjunto, dirigidas a llamar la atención acerca del contexto y situación particular de las que debemos declarar “culturas en riesgo de desaparición”. En su ejecución, las artes escénicas, con obras elaboradas cuidadosamente por dramaturgos y corógrafos seleccionados, puede ser lo más efectivo para despertar la “conciencia comunitaria”. No hay que esperar por programas nacionales; todo lo contrario: los programas nacionales deben prepararse a partir del “menú” de los planteamientos de los vecinos de cada asentamiento humano, situados en lo más profundo de la geografía venezolana. Así estaremos siguiendo la lógica de la inversión del poder propuesta por el Presidente Chávez: ¡Todo el Poder para el Pueblo, los recursos de la nación en manos de las comunidades ¡. Tal vez nos permitan hacer algún aporte a esta lucha frontal contra los demonios de la burocracia, desde las humildes páginas de nuestro Atlas Etnográfico del venezolano: Capítulo Falcón.

En respuesta al llamado a que nuestra obra sea una creación colectiva, hasta el presente hemos recibido adhesiones efectivas, como las de la Gerencia Regional de INE y de la Fundación para los Telecentros Educativos comunitarios (FUNDATEC ), esta última encargada de elaborar un multimedia con fines educativos y de colocar nuestro Atlas en la web como base de datos. Siguiendo un mandato claramente establecido desde el arranque de este proyecto en el 2007, hemos hecho un llamado a través de todos los medios de comunicación masiva, incluida la web y en ella You Tube, a todas las instituciones y personalidades científicas, académicas y de la cultura asentadas en Falcón para que aporten sus colaboraciones en forma de producciones intelectuales, publicadas o no para el Atlas.... Somos pacientes, nuestra obra es una base de datos abierta a la permanente incorporación de elementos nuevos, por lo que estamos convencidos de que, al igual que lo acaban de hacer los humildes campesinos tureros de la comunidad de San Pedro de Mapararí, algún día estos letrados decidirán colaborar.

Coro, ciudad Patrimonio de la Humanidad, junio 11.2008.

(*)José Millet es un escritor cubano radicado en Coro, capital del Estado Falcón, donde dirige el Centro de Investigaciones Socioculturales, del Instituto de Cultura del Estado, que elabora el Atlas Etnográfico del Estado Falcón-Venezuela. (milletjb2007 gmail.com)