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Marcelo Colussi |
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Marcelo Colussi. Psicólogo, licenciado en filosofía. Nacido en Argentina, viajó y vivió por varios países latinoamericanos. Es de los que piensan que "el nacionalismo es la enfermedad infantil de la humanidad", por eso intenta aportar a la causa de la justicia desde cualquier punto del mundo por donde anda. Recientemente se instaló en Venezuela, convencido que "el socialismo del siglo XXI" es el camino a seguir, no importa desde qué país. Articulista, ensayista, escritor, colabora con varios medios electrónicos. También ha incursionado en la literatura. |
El paso de la niñez a la adultez, en ninguna cultura y en ningún momento
histórico, es tarea fácil. Es, definitivamente, un pasaje duro que necesita de
un cierto esfuerzo. Pero en sí mismo, ese momento al que llamamos adolescencia
no se liga por fuerza a la violencia. ¿Por qué habría de ligarse? La violencia
es una posibilidad de la especie humana, en cualquier cultura, en cualquier
posición social, en cualquier edad. No es, en absoluto, patrimonio de los
jóvenes.
Según la
Organización Mundial de la Salud (OMS) la violencia es un creciente problema
de salud pública a nivel planetario que asume formas de lo más variadas. De
acuerdo a los datos de esa organización, cada año más de dos millones de
personas mueren violentamente y muchas más quedan incapacitadas para el resto
de sus vidas. La violencia interpersonal es la tercera causa de muerte entre
las personas de 15 a
44 años, el suicidio es la cuarta, la guerra la sexta y los accidentes
automovilísticos la novena. Por el número de víctimas y las secuelas que produce,
la violencia ha adquirido un carácter endémico y además se ha convertido en un
serio problema de salud en numerosos países, dice la OMS. Además de heridas
y muerte, la violencia trae consigo un sinnúmero de problemas sanitarios
conexos: profundos disturbios de la salud psicológica, enfermedades sexualmente
transmisibles, embarazos no deseados, problemas de comportamiento como
desórdenes del sueño o del apetito, presiones insoportables sobre los servicios
de emergencias hospitalarias de los sistemas de salud. Ampliando la mira,
podríamos decir que es un problema no sólo de salud: es multifacético
(educativo-cultural, político, social). Produce disfunciones sociales, crea
modelos de relacionamiento insostenibles, atrae otras desgracias humanas. La
violencia produce más violencia, y ese círculo vicioso aleja de la convivencia
armónica.
En ese marco se inscribe la violencia juvenil, fenómeno que se expande en todo
el mundo con cifras alarmantes. El aumento de la drogadicción y de la delincuencia
asociado a las pandillas juveniles son síntomas que muestran la magnitud y
profundidad de un problema de adaptación e inserción de los jóvenes en el mundo
de los adultos. Los indicadores de violencia juvenil, además, se van expandiendo
peligrosamente también al mundo infantil, al punto de convertirse hoy en una de
las principales causas de muerte de la población entre los 5 y 14 años de edad.
La violencia no es nueva en la historia de los seres humanos, ni tampoco la
dificultad de atravesar el período de la adolescencia. De todos modos, lo que
resalta como altamente preocupante es la ecuación que se va estableciendo –cada
vez con fuerza más creciente– entre juventud y violencia. Crece el desprecio
por la vida, y las nuevas generaciones absorben cada vez más violencia. ¿Por
qué? ¿Qué hacer?
El problema es harto complejo, siendo imposible entenderlo –y menos aún
aportarle alternativas de solución– a partir de un prejuicio criminalizador
donde los jóvenes son los culpables. En todo caso debemos partir de la premisa
que crece la violencia, y los jóvenes lo expresan de un modo más trágico, más
explosivo que otros sectores.
La sociedad capitalista moderna, hoy expandida globalmente, ha representado
enormes avances en la historia humana. Los progresos técnicos de estos últimos
siglos son fenomenales y contamos hoy con una potencialidad para resolver
problemas que no se había dado en millones de años de evolución. También crece
el avance social; hoy día existen legislaciones racionales que favorecen como
nunca las relaciones humanas: ya no dependemos de los caprichos del emperador
de turno, existen sistemas de previsión y seguros, hemos avanzado en el campo
de los derechos humanos. Pero el malestar y la violencia continúan.
Si bien existen cada vez más comodidades materiales, asistimos también a un creciente
vacío de valores solidarios, de desprecio de la vida (si no, no serían causa de
muerte tantos hechos violentos como se mencionaba más arriba, a lo que habría
que sumar el crecimiento imparable del consumo de drogas y de armas). En las
complejísimas sociedades urbanas de hoy, moldeadas cada vez más por los medios
masivos de comunicación –que ya avanzaron en la escala y no son más el "cuarto
poder"–, crecientes cantidades de jóvenes se enfrentan a un malestar difuso,
ausencia de perspectivas, a un inmediatismo hedonista. Sin caer en visiones
apocalípticas ni en moralismos ramplones, y sin generalizar, vemos que una
parte significativa de la juventud –no toda, por supuesto, pero el fenómeno
aumenta– se encuentra a gusto en formas violentas de relacionamiento.
Hay un estereotipo prejuicioso que liga jóvenes con infractores. Obviamente eso
es prejuicio, puro y descarado prejuicio. Pero lo que efectivamente sí sucede
es que cantidades cada vez más numerosas de adolescentes encuentran normal la
violencia. En ese horizonte no es tan quimérico ver la delincuencia –y si se
quiere: la integración de pandillas juveniles– como una consecuencia posible,
como una tentación incluso, siempre a la mano.
Las pandillas son algo muy típico de la adolescencia: son los grupos de semejantes
que le brindan identidad y autoafirmación a los seres humanos en un momento en
que se están definiendo las identidades. Siempre han existido; son, en
definitiva, un mecanismo necesario en la construcción psicológica de la
adultez. Quizá el término hoy por hoy goza de mala fama; casi invariablemente
se lo asocia a banda delictiva. De grupo juvenil a pandilla delincuencial hay
una gran diferencia. Pero no hay ninguna duda –ahí están los datos hablando por
sí solos– que las pandillas crecen.
El fenómeno se da más en los estratos sociales pobres, pero también puede verse
en capas acomodadas. En su génesis se encuentra una sumatoria de elementos:
necesidad de pertenencia a un grupo de sostén, dificultad/fracaso en su acceso
a los códigos del mundo adulto; la pobreza sin dudas, sin que sea eso lo determinante.
Pero en muy buena medida –quizá lo definitorio– se encuentra como causa la
falta de proyecto vital; y por supuesto eso es más fácil encontrarlo en los
sectores pobres. Jóvenes que no encuentran su inserción en el mundo adulto, que
no ven perspectivas, que se sienten sin posibilidades a largo plazo, pueden
entrar muy fácilmente en la lógica de la violencia pandilleril. Una vez
establecidos en ella, por distintos motivos, se va tornando cada vez más
difícil salir. La sub-cultura atrae (cualquiera que sea, y con más razón aún
durante la adolescencia cuando se está en la búsqueda de definir identidades).
Constituidas las pandillas juveniles –que son justamente eso: poderosas
sub-culturas– es difícil trabajar en su modificación; la "mano dura"
policial no sirve. Por eso, con una visión amplia de la problemática juvenil, o
humana en su conjunto, es inconducente plantearse acciones represivas contra
esos grupos. De lo que se trata, por el contrario, es ver cómo integrar cada
vez más a los jóvenes en un mundo que no le facilita las cosas. Es decir: crear
un mundo para todos y todas.
La violencia es algo siempre posible en la dinámica humana; en los jóvenes –por
su misma situación vital– ello se potencia. Las sociedades capitalistas modernas,
las urbanas en especial, con su invitación/exigencia al consumo disparatado
(¿para qué hay que consumir tanto?), son una bomba de tiempo respecto a la violencia
si no democratizan las posibilidades reales para todos sus miembros. La violencia
estructural del sistema genera violencia interhumana igualmente loca, sin
sentido. Si, como dice Eduardo Galeano, "la televisión te hace agua la
boca y la policía te corre a bastonazos"; es decir: si los modelos de
desarrollo social crean esta locamente injusta realidad que es el mundo que
vivimos, entonces uno de los síntomas posibles de esa exclusión fundante es la
violencia por la violencia misma tan fácilmente constatable en esos peculiares
clubes que son las pandillas juveniles.
Un rubio "cabeza rapada" con su ropa negra, cadenas y estandartes
nazis en Europa, o un tatuado consumiendo crack en cualquier ciudad
estadounidense o latinoamericana –negro, rubio o latino, es lo mismo– hablan de
la inviabilidad de los modelos de desarrollo que el capitalismo ha forjado.
¿Por qué hay que demostrar la valentía en peleas callejeras? ¿Por qué hay que
consumir cada vez más drogas y más fuertes? ¿Por qué se llega a un tal alto
desprecio por la vida? ("La naranja mecánica" de Kubrick hace más de
30 años adelantaba lo que hoy puede verse cada vez más comúnmente en Los
Angeles, Medellín o Managua).
Dato curioso: en las experiencias socialistas –quizá, hay que reconocerlo,
muchas de ellas monstruos para olvidar y no repetir nunca jamás– no se da el fenómeno.
¿Son más felices ahí los jóvenes? No necesariamente; pero dentro de la humildad
de medios hay más posibilidades. Lo que queda claro es que cuanta más exclusión
se genera –violencia, sin dudas– más violentos son los síntomas del retorno de
lo reprimido.
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