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  Marcelo Colussi
  Marcelo Colussi. Psicólogo, licenciado en filosofía. Nacido en Argentina, viajó y vivió por varios países latinoamericanos. Es de los que piensan que "el nacionalismo es la enfermedad infantil de la humanidad", por eso intenta aportar a la causa de la justicia desde cualquier punto del mundo por donde anda. Recientemente se instaló en Venezuela, convencido que "el socialismo del siglo XXI" es el camino a seguir, no importa desde qué país. Articulista, ensayista, escritor, colabora con varios medios electrónicos. También ha incursionado en la literatura.
Sobre la marginalidad
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La marginalidad


Las sociedades se protegen a sí mismas; la cultura reproduce semejantes. Por tanto lo extraño, lo extemporáneo, tiende a ser neutralizado. El mecanismo ad hoc es la segregación, la exclusión. Minuciosamente nos enseña Michel Foucault ("Historia de la locura en la época clásica") que en la modernidad occidental (capitalismo industrial) se perfeccionó el espacio de marginación de la "irracionalidad" desarrollándose para ello los dispositivos "científicos" pertinentes: el asilo y el médico alienista. La locura no es sólo la enfermedad mental; es todo aquello que "sobra" en la lógica dominante. Así, describiendo a la Salpêtrière -el mayor asilo de Europa- en el siglo XVIII, Thénon dice: "acoge a mujeres y muchachas embarazadas, amas de leche con sus niños; niños varones desde la edad de 7 u 8 meses hasta 4 o 5 años; niñas de todas las edades; ancianos y ancianas, locos furiosos, imbéciles, epilépticos, paralíticos, ciegos, lisiados, tiñosos, incurables de toda clase, etc.".

La sociedad "produce" sus marginales. En nuestra cosmovisión occidental (hoy día ya global) la razón es la pauta que guía la marginación; las divergencias respecto a ella son sancionadas como insensatas, inservibles. La consigna es: "el sueño de la razón produce monstruos". Por cierto puede entrar en esa divergencia todo lo que se desee (el "etc." de la enumeración de Thénon).

Toda sociedad mantiene un cúmulo de pautas que constituyen su normalidad; la sociedad industrial, más que ninguna otra (seguramente debido a lo intrincado de su funcionamiento) preserva su normalidad apartando severamente los "cuerpos extraños". En sociedades menos complejas es menor el espacio para la marginalidad; en un mundo super especializado, con una marcada división del trabajo, hondamente competitivo, es más posible que alguien quede en el camino de la integración. En un mundo tan polifacético hay más campo para los sub-mundos; así es que encontramos sub-mundos del hampa, de la mendicidad, de las drogas, de la vida en las calles (¿habrá que agregar de los "incurables de toda clase"?)

La solidaridad, la tolerancia, el altruismo en su sentido más amplio no son, precisamente, lo que más abunda en la experiencia humana. La tendencia a segregar nos sale con demasiada facilidad. "La comunidad humana se mantiene unida merced a dos factores: el imperio de la violencia y los lazos afectivos" dice Freud en una sopesada reflexión de su madurez ("El por qué de la guerra", 1932). Amor y odio van de la mano, indisolublemente. Lo extraño, ante todo, produce rechazo. De ahí a su estigmatización sólo hay un paso. Hoy día no se queman en la hoguera a los poseídos ("incurables de toda clase" y "etc.") sino que se los margina con mayor refinamiento: se los confina (asilos de toda laya: manicomios, cárceles, reformatorios, geriátricos, casas de caridad). Sin ironía: eso es un mejoramiento en la condición humana. Pero el discordante sigue siendo el leproso de antaño: encapuchado y con campana para anunciar su paso. Son los menos los países cuyas constituciones (y luego la práctica cotidiana) aseguran la no discriminación de las minorías en desventaja. La beneficencia es una forma de segregación, menos dañina en principio, pero igualmente odiosa.

Podríamos concluir que la marginación es un proceso "natural" de la sociedad complejizada que apoya en características propias de lo humano. Asusta, y por tanto se margina, tanto un vagabundo como un delirante o un débil mental, un homosexual cuanto un seropositivo, una prostituta o un delincuente.

Hacia una nueva marginalidad

No son marginales un soldado que regresa de la guerra o un desocupado; ellos tienen la posibilidad de volver a integrarse al tejido social del que, por razones diversas, se han distanciado. Y en sentido estricto tampoco lo es el anacoreta que eligió la vida solitaria y alejada. La marginalidad conlleva la marca de lo reprochable moralmente, de lo anatematizado. De ahí que se la aísle, incluso físicamente confinándola.

Desde hace algunos años el mundo va tomando tales características que hacen que el fenómeno de la marginalidad deje de ser algo circunstancial para devenir ya estructural. Hoy día asistimos a la marginación ya no sólo del harapiento, el mendigo en la puerta de la iglesia, sino de poblaciones completas. Se habla de áreas marginales. Si bien nadie lo dice en voz alta la lógica que cimienta esta nueva exclusión parte del supuesto de "gente que sobra". El temor malthusiano del siglo XIX parece tomar cuerpo en políticas concretas que prescriben “no más gente en el planeta” (y si se puede menos, mejor). La tendencia en marcha pareciera ser un mundo dual: uno oficial, el integrado, y otro que sobra.

El proceso por el que se llega a esta situación seguramente está ligado al especial desarrollo de la actual productividad: una técnica deslumbrante que termina prescindiendo del sujeto que la concibe. El ser humano comienza a sobrar. Existe un sexo cibernético en el que el otro de carne y hueso no es necesario; la imagen virtual reemplazó a la pareja. ¿La robótica prescindirá de la gente?

El peso relativo de los países pobres es cada vez menor en el concierto internacional. Las materias primas pierden valor aceleradamente ante los productos con alta tecnología incorporada. Los pobres son cada vez más pobres; y cada vez quedan más confinados a las áreas marginales. ¿Sobran? La pobreza va quedando más delimitada y ubicada en ghettos (quizá nueva forma de asilo). Pero trágicamente esos bolsones no son minorías discordantes sino que van pasando a ser lo dominante. En las grandes urbes del Tercer Mundo (y también, aunque en menor medida, en el Norte) las zonas marginales crecen imparablemente. En algunos casos albergan ya a la mitad de la población de algunas ciudades. Evidentemente el fenómeno no es marginal. Valga el dato: 1 de cada 3 nacimientos en el mundo tiene lugar en asentamientos urbano-marginales; y hay 3 nacimientos por segundo.

El Banco Mundial define la pobreza como "la inhabilidad para obtener un nivel mínimo de vida". Probablemente pueda ser inhábil un impedido (un ciego, un parapléjico). Pero no lo son poblaciones completas. La imposibilidad de conseguir un nivel mínimo de subsistencia radica, en todo caso, en condiciones que trascienden lo personal. La pobreza creciente que agobia a sectores cada vez mayores en el mundo no es sólo falta de habilidad para procurarse el sustento; habla, más bien, de un nuevo estilo de marginalidad.

La forma que ha ido tomando el desarrollo del mundo en la actual era post industrial es curiosa, y al mismo tiempo alarmante. Asistimos a una revolución científico-técnica monumental, que se despliega a una velocidad vertiginosa, pero donde lo que debería ser el centro de todo: el ser humano concreto, queda de lado. Era de las comunicaciones, pero la mitad de la población mundial está a no menos de una hora del teléfono más próximo; auge de la informática, pero una tercera parte de la humanidad no tiene siquiera acceso a energía eléctrica. Se gastan más de 25.000 dólares por segundo en armamentos mientras muchos no alcanzan la dieta mínima para sobrevivir. Algo falla en la idea de progreso. Algo anda mal si se puede llegar a aceptar naturalmente la existencia de áreas marginales (barrios, poblaciones, quizá países, ¿continentes?).

Cada vez más gente queda marginada de la riqueza que la Humanidad genera. La marginación del nuevo estilo produce islas de esplendor resguardadas celosamente de mayorías "excedentes". Y mientras cada vez más gente quede al margen del festín, más serán las posibilidades de inestabilidad y eventuales estallidos. No es la intención del presente artículo presentar las soluciones a tan difícil problema, pero sí aportar algo en el debate al respecto. A modo de conclusión -e invitando a continuar el análisis- digamos que aunque la felicidad y la concordia humanas son más un mito que una experiencia concreta, serán de todos modos inalcanzables mientras haya alguien que piense -o actúe considerando- que sobra gente en el mundo.



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