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Roberto Jiménez Maggiolo

El denominador común de la tragedia humana

Escalio


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  Columnata

  Roberto Jiménez Maggiolo
  Médico i filósofo zuliano. Médico-Cirujano (1952) Doctor en Ciencias Médicas (1961). Lic. en Filosofía (1963). Gineco-Obstetra. Profesor Universitario (J). Estudios de Post-Grado en España i Bélgica. Miembro Titular de la Academia de Medicina i de la Academia de la Historia del Zulia. Miembro de la Asociación de Escritores del Zulia. Miembro fundador la Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina i de la Sociedad Bolivariana. Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela. Ha publicado más de 25 libros i escribe i colabora en periódicos i revistas del país. Fundador de la Revista del Colegio de Médicos. Constituyente por el Estado Zulia i Presidente de la Comisión Legislativa de transición.
El denominador común de la tragedia humana
Baje la versión PDF del artículo

 

ESCALIO

 

 

 

 

 

El mundo está estremecido i conmovido, como pocas veces en su historia, o como sucedió antes del inicio de las dos Guerras Mundiales que llenaron la primera mitad del pasado siglo XX. El terrorismo, extendido como virus de Sida social, atemoriza a grandes i pequeños. El mundo, de principio, lo vemos nítidamente dividido en dos grandes bloques de cultura diferentes i opuestos ?bloque occidental i bloque oriental? artificios ancestrales de los hombres, pero en ambos lados se fragmentan a su vez, en países ricos i poderosos los menos, i países pobres i humillados los más, numerosos i dispersos, i con justificada razón resentidos i rebeldes con causa.

 

 Los Estados Unidos de Norteamérica, país notable por su ciencia i tecnología, gracias a las mismas guerras que le hizo venir los mejores talentos de Europa durante las guerras, no ha sabido hacer de esa superioridad, la vanguardia de la justicia civilizada, guías honorables i orientadores positivos de los pueblos atrasados, ayuda para elevar el nivel educativo, científico i tecnológico, para superación de la calidad de la vida, sino el supremo hacedor de todo, el dueño del mercado universal, donde los hombres de otros pueblos no son seres humanos sino consumidores, i donde sus economías, atadas por deudas contraídas como un sebo de bajos intereses, luego ejecutivamente, unilateralmente, fueron llevadas a las alturas del cielo, i los convierte en dependientes, hipotecados, miserables i humillados de por vida. 

 

Norteamérica siguió la misma política tradicional de la pérfida Albión, fomentando guerras, estimulando o apoyando dictaduras, sometiendo pueblos, realizando invasiones i creando fronteras ficticias sobre un gran mapa, sin tomar en lo más mínimo en cuenta, las características particulares de cada pueblo, conformando lo que se ha llamado el mal inglés que convirtió en un caos numerosas extensiones del planeta, acentuada la tragedia por la ignorancia de esos mismo pueblos, envenenados casi siempre de religiones fanáticas. Las guerras aquí i allá, fueron los grandes negocios de la historia, donde se vendían armas o se estimulaban o fabricaban líderes, en ambos bandos i, mui especialmente  en aquellos sitios donde el subsiguiente negocio estuviese a la vista, o las riquezas territoriales fuesen tentadoras, sobre todo en petróleo.

 

Se irrespetaba i se sigue irrespetando todo lo que afecta a sus intereses i se exigía cumplir lo que les favoreciera. Esa era la norma fundamental del Derecho Internacional. Se firman los convenios i tratados que les otorguen poder i privilegio i se olvida todo lo demás. En la Guerra de las Malvinas, nos dimos cuenta de que la OEA i la doctrina de América para los americanos, no era tal compromiso de honor, sino algo para bien de los del norte exclusivamente.

 

El bloqueo de más de 40 años contra el extraordinario i valiente pueblo cubano, es para mí, una de las páginas más terribles i negras de ese imperialismo planetario que, ha debido quedar atrás en el tiempo i  ha debido, también, cambiarse por una verdadera política de sabia amistad no especulativa, conscientes de estar en una pequeña nave espacial, el punto azul pálido de Carl Sagan como lo es la Tierra, nave de donde no podemos desembarcar ni existen botes salvavidas.

 

 I, cuando observando la política de Clinton veíamos venir una aurora favorable de entendimiento universal, unas elecciones cuestionadas o francamente fraudulentas, llevaron a la Casa Blanca a un presidente que, ahora reelecto, pero más paranoico i violento que nunca, con una renegada a su raza i a la feminidad i honesta dulzura de mujer; un vice-presidente cómplice de negocios impuestos, un secretario de defensa que disfruta el mal i la guerra, i una turba de “voceros” mercenarios, está dispuesto a pisotear la dignidad i la soberanía de los pueblos que se levantan sobre el orgullo de su historia, de sus riquezas naturales i sus hombres de pueblo con talento i honor.

 

 Sin embargo, humillado en muchos aspectos; derrumbados dos íconos de su economía i otro ícono del poder militar al que pensábamos que no podía acercarse ni un mosquito, i enfrentado a un enemigo sin rostro, gestado por ellos mismos,  ha burlado a la CIA i al FBI, monstruos sagrados  de la “inteligencia” del imperio, ha enardecido al emperador, al vaquero poco pensante que quiere aplastar pueblos sin tomar en cuenta el número de sus habitantes i combatientes, i pone en peligro a esta nave espacial, del inimaginable desastre de una Tercera Guerra Mundial, que lo sería en verdad mundial. Estaría destruyendo la casa de todos, incluyendo su techo que es nuestra atmósfera i llevando al planeta, al efecto invernadero i a la desaparición de la vida. Cuando se habla de las características climáticas de Venus o de Marte, que tal vez fueron hace millones de años habitables, pienso que debió haber en ellos hombres como el presidente Bush i sus seguidores.

 

Los hombres, ante el dolor i el peligro, sienten igual en todas la latitudes o rincones del planeta i es obvio que cuando vemos los gravísimos atentados terroristas en distintas ciudades, sea Nueva York o Madrid, nos duelen esas pérdidas de vidas inocentes, pero no olvidamos que diariamente el imperio, ocasiona muchísimas muertes más i terribles desgracias, en todos los rincones del mundo marginado i pobre.

 

Ese es un genocidio “crónico”, donde el arma mortal i silenciosa es el hambre i la negación de sus derechos humanos, respaldada por un denominador común que es la demografía incontrolada, aportando la “carne de cañón”. Es indignante que este Imperio del Norte, insulte a la Humanidad haciéndose certificador de los Derechos Humanos, sin ninguna autoridad moral ni legal, pues está absolutamente demostrado, ser el país que más los viola o desconoce.

 

Ya no vivimos la Comedia Humana, sino la Tragedia Humana; no es un drama, es tragedia, i los que saben de literatura conocen el final ineludible de las tragedias, mientras los que tienen en sus manos, cuidar i preservar la vida i la felicidad de todas las generaciones futuras, ni piensan ni cuidan ni aman, incluyendo a otros tan execrables, como los traidores a sus patrias. Acaso todos deberíamos pensar como Sócrates en los albores de la civilización: “He nacido en el mundo y soy natural de todo el mundo”.

 

 

Historia

EL NOMBRE DE VENEZUELA ES DE ORIGEN INDÍGENA

 

 Es importante saber que en el Zulia, nació el nombre de Venezuela; se dice que, cuando Alonso de Ojeda u Hojeda, como lo citan muchos historiadores, i Américo Vespucio, descubrieron el lago de Maracaibo, llamado en principio de San Bartolomé, por ser día de este santo, el 24  de agosto de 1499, se dio este hecho. Hojeda, que ya había estado en “las Indias” establecido por 6 años en La Española, había  regresado a España para curarse las calenturas que padecía. Recuperado i teniendo noticias de nuevos descubrimientos en tierra firme, zarpó de Santa Catalina, poblado cerca de Cádiz, con una tripulación de 57 hombres, el 18 de mayo de 1499. Llegó por el oriente como Capitán de la expedición i el Maestre i Piloto Mayor, lo era el vizcaíno Juan de la Cosa, por cierto cartógrafo i autor del Primer Mapa del Nuevo Mundo (del cual tengo una copia en mi biblioteca). Se dice también, así lo recoge el Padre Nectario María en su obra  Los orígenes de Maracaibo, que Américo Vespucio formaba parte de la expedición, aunque existen dos datos que nos hacen dudar de ello.

 

Primero un hecho, tal como lo cita el Padre N. María: “cosa curiosa, en la pesquisa que Colón abrió contra Hojeda a su llegada a Haití en 1499, por haber ido a tierras por él descubiertas, en las declaraciones no se menciona para nada a Américo Vespucio; además un tal Colmenero afirma que Alonso de Hojeda i Juan de la Cosa, son los que han hecho nuevos descubrimientos. El viaje de Ojeda había comenzado por Trinidad, Paria, Margarita, Coche, Cubagua i toda la costa norte de la futura Venezuela, dando nombres a ciertos lugares como Puerto Flechado, donde en un ataque de los indios, perdió a un hombre de su tripulación que se redujo a 56 expedicionarios; le dio nombre a Cabo Codera i a Cabo San Román i, como veremos, el de San Bartolomé, al lago. El lago lo recorrió todo, como lo prueba el mapa de Juan  de la Cosa que lo dibuja completo.

 

De Vespucio, en cambio, se dice que de sus cuatro cartas de viajes, (Cuatro Navegaciones) por lo menos tres, son narraciones inventadas de hazañas i descubrimientos, i aunque en la que se cree auténtica,  menciona que los palafitos le recordaban a Venecia, no es por eso el origen del nombre, como un diminutivo que suena despectivo, por la terminación “zuela”, evocando una pequeña Venecia. Para ese tiempo Venecia era ya una ciudad de palacios i no debía asemejarse a un palafito, hasta por la carencia de pilares de maderos que alzaban las viviendas sobre el agua. Lo único común, era estar en el agua. El conocer un pueblo palafítico, fue en el golfo, i Vespucio dice: “Hallamos una gran población, que tenía sus casas sobre el agua como Venecia” agregando el encuentro con los naturales, sus mujeres i sus haberes, pero no dice nada de llamarla Venezuela. Ni el más mínimo comentario.

 

 En segundo lugar; Hojeda hace una lista de su tripulación, señalando su procedencia o nacimiento o alguna otra característica; así de muchos dice ser de Sevilla, Valencia, etc., i hasta señala que viene en la expedición Maestre Bernal, boticario, i Maestre Alonso, cirujano. En ese recuento de hombres, no aparece Vespucio, aunque sí señala a un tal Nicolás, veneciano i contramaestre, que por lógica tenía (probablemente) que conocer a Venecia.

 

El personaje importante que sí acompaña a Hojeda i a Juan de la Cosa, es el Bachiller Martín Fernández de Enciso, porque su obra escrita es de mayor valía que la de Vespucio i de mucha precisión. Fernández de Enciso escribió la Suma  de Geografía que se convirtió en el primer libro impreso que habla del Nuevo Mundo, obra honrada por un privilegio real, otorgado en Zaragoza el 5 de septiembre de 1518. En esta obra están anotados muchos detalles de ese viaje i su testimonio, dice Nectario María, es algo que merece respeto. Narra Enciso que, del Cabo de San Román (en la península de Paraguaná) navegando en el golfo, llegan a un sitio, cerca de tres islotes, entran en otro golfo pequeño i dice textualmente: “Y al cabo cerca de la tierra está una peña grande que es llana encima della. Y encima de ella está un lugar o casas de indios que se llama Veneciuela.

 

Está en X grados. Entre este golfo de Veneciuela y el cabo de Coquibacoa haze una vuelta el agua dentro de la tierra a la parte del Oeste. Y en esta vuelta está Coquibacoa”. Esta es la ortografía.  Como podemos apreciar, Vespucio no le da nombre a este pueblo indígena; sólo dice que estaba en el agua i que le recordó a Venecia. En cambio Enciso explica que la población de hallaba en el agua, pero sobre una peña llana, i se llamaba VENECIUELA. Juan de la Cosa la precisó en el mapa i la escribió en él como Veneçuela, de modo que cambiando la “ç” por zeta (z) como se escribe Curazao o Curaçao, sencillamente queda Venezuela i sería, pues, una designación netamente indígena, la población que encontraron a la entrada del lago o entrada de la barra. El Hno. Nectario María, se pregunta: “¿Este nombre de Veneciuela sería puesto por Hojeda y Juan de la Cosa a la población indígena como diminutivo de Venecia, u oirían los españoles este nombre de boca de los aborígenes como designación de aquella población situada en el agua sobre una piedra plana?” Enseguida agrega:

 

“Enciso parece confirmar esta última opinión cuando dice: Y encima della está un lugar o casas de indios que se llama Veneciuela”. I más adelante, hablando de estos lugares i descubrimiento, usa el nombre de Veneciuela, por ejemplo cuando narra: “En Veneciuela es la gente bien dispuesta; y hay más gentiles mujeres que no en otras partes de aquella tierra”.

 

 Estimo, pues, que con documento probatorio como la Suma de Geografía del Bachiller Martín Fernández de Enciso, todo aclarado en la obra del Hno. Nectario María en relación a los Orígenes de Maracaibo, no existen dudas que el nombre de Venezuela no deriva de pequeña Venecia (hasta gramaticalmente dudo de conocimientos en Hojeda i Juan de la Cosa, para derivar el nombre) sino que, para mayor gloria de nuestra patria, es un nombre de origen netamente indígena i deberíamos ir corrigiendo el error tan difundido de derivar tan bello nombre, del inventado, “pequeña Venecia”. Venecia es una ciudad mui bella i en aquellos tiempos considerada como la más oriental del mundo occidental, o la más occidental del mundo oriental, pues su importancia comercial i artística, la hizo reina del Adriático i reina del mundo. Mas, Venezuela, es sin dudas, la antigua i descubierta Venezuela a la entrada de nuestro amado lago de Maracaibo.

 

 

 

 

 

 



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