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  Columnata

  Roberto Jiménez Maggiolo
  Médico i filósofo zuliano. Médico-Cirujano (1952) Doctor en Ciencias Médicas (1961). Lic. en Filosofía (1963). Gineco-Obstetra. Profesor Universitario (J). Estudios de Post-Grado en España i Bélgica. Miembro Titular de la Academia de Medicina i de la Academia de la Historia del Zulia. Miembro de la Asociación de Escritores del Zulia. Miembro fundador la Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina i de la Sociedad Bolivariana. Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela. Ha publicado más de 25 libros i escribe i colabora en periódicos i revistas del país. Fundador de la Revista del Colegio de Médicos. Constituyente por el Estado Zulia i Presidente de la Comisión Legislativa de transición.
París con aguacero
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Durante muchos años, en cuentos como El Gorrión o el Tony, gráficos juveniles  que venían de Argentina, i había narraciones sobre París o Londres, o cuando leí obras como Nuestra Señora de París de Hugo o cuando estudiaba Historia Universal, leía que París nació a la margen izquierda del Sena, fundada por los galos, pero que luego, para mayor seguridad de sus pobladores, pasó a la Ille de la Cité, antiguamente residencia de merovingios i luego carolingios, i para protección contra los bárbaros. El romano Julio César la llamaba Lutetia o Lutecia, situada en la confluencia de los valles del Oise, Marne i  Sena. I para mí, una confluencia o confusa mezcla de encanto, misterio i fantasía que, a partir de finales del siglo XIX, tuvo su emblema o identificación, en la magnífica Torre Eiffel i soñaba con estar en ella algún día.

     

Sin embargo, París como Madrid, me parecía lejana e inalcanzable i no imaginaba cómo llegar a ella. No sabía que el destino me reservaba ir cinco veces a Europa, vivir en Madrid i en Lovaina en Bélgica, i por tanto, tener la oportunidad de visitar la Ciudad Luz, en más de cinco ocasiones, una vez de paso, pero visitándola en los sitios más bellos, manejando mi auto. Empero, la primera vez se hace inolvidable –más para quienes hacemos diarios de viajes- pareciéndonos entonces, que cumplimos con aquella sentencia mui conocida, que dice: “ver París y después morir”, acaso porque la vida  de quienes, las letras i las creaciones de las personas que se dedican al culto supremo de escribir o poetizar, nos suben en las alas de la fantasía i nos hacen ciudadanos del mundo, aun encerrado en paredes de libros, en el recinto de una biblioteca.

     

París era París desde los tiempos de Bolívar que, escribe sobre ella con apasionado fervor; sin la experiencia de aquellos ambientes i los climas, siempre imaginaba a París, al fin i al cabo, “ciudad luz”, como soleada i clara, primavera de ensueños i, a Londres, siempre sumida en una niebla gris, densa i misteriosa, lo que no era cierto, pues tuve en suerte, días bellos i soleados en Londres i días lluviosos i fríos en París… pero ¡París es París! Cuando Bolívar le escribe a Santander el 13 de abril de 1802, dice textualmente la carta: ¿Quiere usted, que le diga cómo me fue en París? La cosa es clara, pues no hay en toda la tierra una cosa como París. Seguramente que allí es donde uno se puede divertir infinito, sin fastidiarse jamás. Yo no conocí la tristeza en todo el tiempo que me hallé en esa deliciosa capital”. Sus estadas en la capital francesa, la última en 1806, le dejaron siempre suspirando por volver a ella, a punto que, ya a las puertas de muerte, le dijo un día a Reverend, lo que repetía a veces a sus amigos: “Si no me acordara  que hay un París y que debo verlo otra vez, sería capaz de no querer morir”. Esta frase, no mui bien analizada, no solamente habla de la inmensa atracción que ejercía París sobre el héroe postrado,  sino al decir “sería capaz de no querer morir”, implica que quería morir agobiado por decepciones i traiciones, creyendo haber arado en el mar.

 

I si a veces los hombres, cuando creen ver la proximidad de su invierno existencial, piensan fundamentalmente en sus seres más queridos, los hombres de mundo incluyen en esos quereres, a los sitios que marcaron su alma de felicidad. Por eso pensaba o deseaba con profundo ardor, volver a París, donde alguna vez disipó sus penas o dolores, en el esplendor de la gran ciudad. También le confiesa a Reverend: “De todo corazón me gustaría ir a Francia” i le describe como un bello país. Había disfrutado de París como le aconsejaba su maestro Simón Rodríguez, de sus amistades como Fanny Du Villard, de Humbolt i de aquellas tertulias culturales que, no pudieron perecer con la Revolución Francesa. Allí, en breve tiempo, fue capaz de imponer su sombrero de copa estilo Bolívar, como lo apreciamos en un bello cuadro de Tito Salas, cuando el futuro Sol de América, caminaba tranquilo por las márgenes i bulevares del silencioso Sena.

     

Así se me ha metido a mí, el París que he disfrutado transitando sus calles i avenidas. Visité la urbe por primera vez el 3 de septiembre de 1965. Eran tiempos felices en bella i adorable compañía, hospedados en un pequeño i bello hotel por la rue de Courcelles, cerca del Arco de Triunfo de la Plaza de la Etoile, lo que nos facilitó al principio, conocer esos hermosos alrededores, buscar en el Arco, el nombre de Miranda –Don Francisco, el primer venezolano universal-  i pasear por los Campos Elíseos. Fueron seis días de intenso trajinar a pie, en taxi o en el Metro, para conocer tantos sitios hermosos e interesantes, como el Museo del Louvre, el Domo de los Inválidos, la Plaza Vedome, la Madeleine, la Plaza de la Concordia, la Torre Eiffel, Montmartre, le Sacré Coeur, la bulliciosa o encantadora placita del Tertre, con sus pintores i restaurantes típicos, i toda esa fisonomía  inolvidable i contagiosa al espíritu, a la sensibilidad de un artista, que hace de París lo que una intensa luz sobre los insectos, que se sienten atraídos hasta morir en ella.

 

Por ello, cuando han pasado tantos años, en mi recorrer la vida por los senderos de mi patria, con las satisfacciones del deber cumplido cada vez que lo exigieron las circunstancia, amargan los recuerdos negativos de la actitud de algunos de mis contemporáneos, los que ayer fueron o simularon ser amigos, o los hijos que borraron fronteras sin mirar atrás, o sembraron penas. Entonces he pensado en  aquel poema de César Vallejo, Piedra negra sobre piedra blanca, curioso título de un soneto, donde narra o pinta, cómo le adversaban o golpeaban  sus contemporáneos, entiéndase que, no físicamente, sino con la indiferencia, el vacío o las otras maneras con que los mediocres, se oponen a los creadores. Dice el soneto:

                                         

Me moriré en París con aguacero

un día del cual tengo ya el recuerdo

Me moriré en París y no me corro,

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño

 

Jueves será, porque hoy, jueves que proso

estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala  y, jamás como hoy me he vuelto

con todo mi camino, a verme solo

 

César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada

le daban duro con un palo, y duro

 

también con una soga; son testigos

los días jueves y los huesos húmeros

la soledad, la lluvia, los caminos…

 

 Así, entonces, camino entre los versos, los recuerdos i las penas, soñando con una embriaguez de soledad i de lejanía, i mi alma vaga por un París frío i lluvioso, o de aguacero,  guardando sus bellezas i alegrías, sus soles de verano i primavera para otros, mientras el pensamiento corre por la superficie plata de su río, ahogando penas contempladas desde uno de sus majestuosos puentes, en cuyas piedras de baranda, descansan mis huesos húmeros, i solamente son testigos, mi soledad, la lluvia i los caminos. Es la vida que pasa. La de breves dichas i largas penas que, a veces, i sobre todo al final, nos parece un epitafio, los versos de Machado, el de la barca que nunca ha de tornar:

                                                                                 Tengo en monedas de cobre,

     el oro de ayer cambiado              



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