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Durante muchos años, en cuentos como El Gorrión o el Tony, gráficos juveniles que venían de Argentina, i había narraciones sobre París o Londres, o cuando leí obras como Nuestra Señora de París de Hugo o cuando estudiaba Historia Universal, leía que París nació a la margen izquierda del Sena, fundada por los galos, pero que luego, para mayor seguridad de sus pobladores, pasó a
Sin embargo, París como Madrid, me parecía lejana e inalcanzable i no imaginaba cómo llegar a ella. No sabía que el destino me reservaba ir cinco veces a Europa, vivir en Madrid i en Lovaina en Bélgica, i por tanto, tener la oportunidad de visitar
París era París desde los tiempos de Bolívar que, escribe sobre ella con apasionado fervor; sin la experiencia de aquellos ambientes i los climas, siempre imaginaba a París, al fin i al cabo, “ciudad luz”, como soleada i clara, primavera de ensueños i, a Londres, siempre sumida en una niebla gris, densa i misteriosa, lo que no era cierto, pues tuve en suerte, días bellos i soleados en Londres i días lluviosos i fríos en París… pero ¡París es París! Cuando Bolívar le escribe a Santander el 13 de abril de 1802, dice textualmente la carta: ¿Quiere usted, que le diga cómo me fue en París? La cosa es clara, pues no hay en toda la tierra una cosa como París. Seguramente que allí es donde uno se puede divertir infinito, sin fastidiarse jamás. Yo no conocí la tristeza en todo el tiempo que me hallé en esa deliciosa capital”. Sus estadas en la capital francesa, la última en 1806, le dejaron siempre suspirando por volver a ella, a punto que, ya a las puertas de muerte, le dijo un día a Reverend, lo que repetía a veces a sus amigos: “Si no me acordara que hay un París y que debo verlo otra vez, sería capaz de no querer morir”. Esta frase, no mui bien analizada, no solamente habla de la inmensa atracción que ejercía París sobre el héroe postrado, sino al decir “sería capaz de no querer morir”, implica que quería morir agobiado por decepciones i traiciones, creyendo haber arado en el mar.
I si a veces los hombres, cuando creen ver la proximidad de su invierno existencial, piensan fundamentalmente en sus seres más queridos, los hombres de mundo incluyen en esos quereres, a los sitios que marcaron su alma de felicidad. Por eso pensaba o deseaba con profundo ardor, volver a París, donde alguna vez disipó sus penas o dolores, en el esplendor de la gran ciudad. También le confiesa a Reverend: “De todo corazón me gustaría ir a Francia” i le describe como un bello país. Había disfrutado de París como le aconsejaba su maestro Simón Rodríguez, de sus amistades como Fanny Du Villard, de Humbolt i de aquellas tertulias culturales que, no pudieron perecer con
Así se me ha metido a mí, el París que he disfrutado transitando sus calles i avenidas. Visité la urbe por primera vez el 3 de septiembre de 1965. Eran tiempos felices en bella i adorable compañía, hospedados en un pequeño i bello hotel por la rue de Courcelles, cerca del Arco de Triunfo de
Por ello, cuando han pasado tantos años, en mi recorrer la vida por los senderos de mi patria, con las satisfacciones del deber cumplido cada vez que lo exigieron las circunstancia, amargan los recuerdos negativos de la actitud de algunos de mis contemporáneos, los que ayer fueron o simularon ser amigos, o los hijos que borraron fronteras sin mirar atrás, o sembraron penas. Entonces he pensado en aquel poema de César Vallejo, Piedra negra sobre piedra blanca, curioso título de un soneto, donde narra o pinta, cómo le adversaban o golpeaban sus contemporáneos, entiéndase que, no físicamente, sino con la indiferencia, el vacío o las otras maneras con que los mediocres, se oponen a los creadores. Dice el soneto:
Me moriré en París con aguacero un día del cual tengo ya el recuerdo Me moriré en París y no me corro, tal vez un jueves, como es hoy, de otoño
Jueves será, porque hoy, jueves que proso estos versos, los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy me he vuelto con todo mi camino, a verme solo
César Vallejo ha muerto, le pegaban todos sin que él les haga nada le daban duro con un palo, y duro
también con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros la soledad, la lluvia, los caminos…
Así, entonces, camino entre los versos, los recuerdos i las penas, soñando con una embriaguez de soledad i de lejanía, i mi alma vaga por un París frío i lluvioso, o de aguacero, guardando sus bellezas i alegrías, sus soles de verano i primavera para otros, mientras el pensamiento corre por la superficie plata de su río, ahogando penas contempladas desde uno de sus majestuosos puentes, en cuyas piedras de baranda, descansan mis huesos húmeros, i solamente son testigos, mi soledad, la lluvia i los caminos. Es la vida que pasa. La de breves dichas i largas penas que, a veces, i sobre todo al final, nos parece un epitafio, los versos de Machado, el de la barca que nunca ha de tornar: Tengo en monedas de cobre, el oro de ayer cambiado Déjanos Tu Comentario |
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