Yo soi, tú eres, él es...
era, soi, fui...
gramática de la vida.
Entre las hojas del otoño había, además de la humedad envuelta en niebla, un rumor de viento malva i rosa, i una danza de tules que formaban miles de rayos de sol filtrados entre la fosca en la espesura. Era como una gran persiana vertical de luz, que al caer sobre las hojas secas en el suelo, rocas i raíces, pintaba mil colores i evocaba aquellas sueltas pinceladas de Manet, Turner o Renoir, formando ambiente a los recuerdos o a esta evocación. De esa vivencia en una mañana de noviembre, volviendo por la ruta de Heverlee en la Bélgica que sembré en el alma, entramos fascinados en un bosque, un bosque parecido a los de cuentos de hadas, con gnomos sentados en hongos de colores. Entonces, era, simplemente era i me sentía libre i me sentía feliz i veía los enormes árboles como columnas corintias con volutas de sol i acantos de ensueños. ¡ Cómo sentía la vida ! Dos niños traviesos corrían levantando hojas como mariposas o pájaros i otro en brazos de una bella mujer, era inocente testigo de la armonía del mundo. Estaba al pie de un arcoiris i toda la riqueza espiritual del universo, parecía envolverme i no había nubes grises en el horizonte.
El sol que había hecho esfuerzos por mostrar su rostro entre la lejana niebla, ya levantado i arrogante, no impedía el frío bastante acentuado que parecía no importarnos, excepto cuando una ráfaga traviesa del eolo, se colaba por las mangas o bajo las bufandas i, entonces, un estremecimiento momentáneo, ratificaba aquel disfrute de la vida. Mas, eso i otros muchos instantes de suprema dicha, han quedado lejanos en el tiempo. Fue uno de tantos momentos inolvidables de felicidad que nunca más regresarán, pero debería servir para amalgamar las almas para siempre i así no sucede; sólo vuelven cuando mente i corazón se ponen de acuerdo i los reviven, porque sólo desaparecerán con la muerte.
I desde aquel bosque pintado por el otoño, con olor a hierba, flores i cortezas húmedas hasta este trópico cálido, con nubes blancas diluidas, dejando que la luz directa o la difusa, no sólo nos obligue al cierre de pupilas, a la búsqueda de la buena sombra i a un recogimiento físico que nos evite la fatiga i el sudor, notar que de calidez i luz, da la impresión de borrarnos el pasado; un pasado que fue dicha incomprendida i enciende fuego interior en un presente agitado de luchas i tristezas.
Ayer era i ahora soi. Soi el hombre transformado por la vida vivida i la certeza de estar más próxima una meta, que algunos imaginan el paso a una vida mejor, que tal vez sería seguir siendo por siempre en una eterna dicha. Si fuese así -existencia sin contrastes- , lo absoluto sin lo relativo, luz sin noches o eternidad en un eterno “soi”, no habría mayor castigo o desesperación sin esperanza ni fin. ¡ Qué terrible eternidad irremediable ! Yo quiero una meta que sea el final de mi peregrinar vital. Conocí la dicha en contadas ocasiones, por un tiempo más o menos variable; a una caída le siguió un volver a vivir -en sentido figurado- i a un buen vivir le vino otra caída. A una cumbre sigue una sima, para empezar de nuevo. Conocí la bondad i la ingratitud; el bien i el mal, la felicidad i la pena, i del era ayer pasaba al soi de hoi. Alguna vez en un poema, escribí: “Soi la antítesis de Dios/ desemejanza, ruina” i jamás he pensado ni admitido que los seres humanos puedan haber sido creados a imagen i semejanza de Dios. Estremecedora vanidad. Alguien ha dicho que si las hormigas pensaran, también erróneamente imaginaría a Dios como una hormiga, o tratarían de hablar con esa hormiga mayor, que sería ignorar qué tamaño i qué sitio tendría i ocuparía en su reducido universo. Quizá un Dios inconcebible que no ha de dejarnos a la deriva del solipsismo existencial, nos da el espejo para mirarnos ilusos i errados, sin descifrar e laberinto “singular y plural; arduo distinto / del tiempo que es de uno y es de todos” como dice Borges respecto a su “soy”. Con ese mi poeta, peregrino. Veo la vida que pasa i que el hombre -como él lo dice en versos- tiene tan ilustres modos de errar.
Sin embargo, saber que erramos -como Sócrates- ya es tamaña sabiduría; saber ser lo que somos, a la larga, es mucho mejor que escondiendo la racionalidad, inventar ese espejismo de la fe en lo absurdo, de lo que el mismo Borges, consciente “de que nada se sabe”, considera que el destino humano “de breves dichas y de largas penas” es posiblemente instrumento de “Otro”, de una inteligencia superior a la cual “darle el nombre de Dios, no nos ayuda” por lo que, de cumbre o meta al final de los caminos, lo ignoramos todo. Por eso, cuando vengo del ayer en el cual el amor i la felicidad fueron quimeras, la virtud i el arte nubes que se desvanecieron i las amistades i los hijos, saetas como yo -el era- i como todos, arrojados al porvenir sin programa de vida, tomo conciencia al final del laberinto, para repetir como el poeta:
“Soy el que es nadie, el que no fue una espada
En la guerra. Soy eco, olvido, nada”.
Mas, esto no es nihilismo, ni desesperación, ni pena. Al contrario, es certeza de vivir en la esperanza de lo bello de la nada i del miedo a la inmortalidad. La vida tiene sentido porque existe ese feliz tránsito a la nada, que para Jásper es el gran miedo existencial de muchos hombres. Por eso el sentido del crepúsculo, i sólo debe temerse el modo de llegar allí, la enfermedad i el padecer. Repetir la Comedia Humana no entusiasma; la repetirán otros con el mismo derecho que tuvimos nosotros, pera nada más, excepto algún cambio de escenario. I el epitafio de todos, sobre la tierra removida i húmeda, con olor a yerba fresca i hojas secas temblando en el remusgo azul del tiempo consumido, sólo debería decir: fui.