“Y la barbarie sucumbió
bajo la luz de la razón
Porque Caracas el ejemplo dio
bajo el amparo del señor”
Himno a Caracas
I
En nuestro mensaje al Presidente Chávez, dejamos planteadas dos preguntas que consideramos clave para la comprensión del fundamento teórico que orienta los cambios impulsados desde el gobierno nacional. Ellas son: 1ª. Si abandonamos la racionalidad moderna, es decir, la racionalidad en la que se fundan la libertad, la igualdad, la justicia y la soberanía nacional, por la que luchamos ¿entonces con qué racionalidad nos quedamos? 2ª.Cuando hablamos de modernidad ¿a qué nos referimos: a la dominación del capital sobre el sujeto, o al sujeto crítico (revolucionario) enfrentado a esa dominación?
Nuestro interés e insistencia en el tema no es consecuencia del “prurito intelectual” que afecta endémicamente a los académicos, sino que se debe, en primer lugar, a que asumimos una actitud intelectual responsable en nuestra relación con el pueblo venezolano, porque lo que está en juego es nada más y nada menos que la vida en sociedad, la sobrevivencia de la sociedad venezolana como un todo equilibrado, y, en segundo lugar, porque aceptamos el reto del Presidente a debatir sin tapujos ni prejuicios, abiertamente, sobre lo que sea y/o será el socialismo en el siglo XXI.
Nuestras peguntas cuestionan lo dicho por el Presidente en su discurso de juramentación en la Asamblea Nacional, sobre la necesidad de “romper con la racionalidad moderna”, para “avanzar hacia nuevas condiciones y convertir la utopía en utopía operante”. En otras palabras, lo que propone el Presidente es romper con la razón moderna, la razón tal y como la conocemos y ejercitamos en la sociedad occidental desde hace aproximadamente cuatrocientos años. Se dice fácil: “romper con la razón”, pero ¿qué significa eso, cómo se operacionaliza una utopía irracionalista, es decir, guiada por lo otro de la razón (lo irracional)?
Desde nuestro punto de vista, este tema de la razón enfrentada a lo irracional (lo otro de la razón), es vital, porque aunque asumamos la crítica a fondo de la racionalidad de la modernidad capitalista, bautizada por Max Horkheimer como “racionalidad instrumental”, y nos decidamos acabar con ella por ser fuente de alienación, sin embargo a nadie se le ocurriría afirmar que no somos seres racionales, que no es la razón lo que nos coloca en posición privilegiada en la escala biológica, porque somos tan “dependientes” de la razón, que podríamos negar nuestra condición de revolucionarios y seguir viviendo, igualmente podríamos negarnos el derecho a una vida mejor sin dejar de vivir, podríamos aislarnos como idiotas en nuestra casa sin renunciar a vivir como humanos (aunque un poco estúpidos sin lugar a dudas) o, en el otro extremo, podríamos ofrecer nuestra vida a cambio de un ideal. Pero no podemos negarnos al poder de la razón, no podemos renunciar a ella y a su usufructo sin perder el juicio, es decir sin dejar de ser racionales y de caer en la esfera de “lo anormal”, de la locura y abordar la “nave de los locos”. Por más que Foucault, en su “Historia de la Locura en la Edad Media”, haya desmontado el entramado del poder sostenido en el saber racional (convencional) que sostiene al “sentido común” que define “lo normal” en la sociedad occidental, seguimos dependiendo de la razón (lo normal, lo convencional) para mantener la unidad de la sociedad, aún con todas sus injusticias y discriminaciones. Y, precisamente, es la razón la única facultad humana que nos permite criticar e intentar superar esas injusticias y aberraciones. Estamos seguros de que entre irracionales no hay revoluciones sino “involuciones”, porque donde falta la razón decide la fuerza, la violencia ciega y destructora. Sin razón no hay historia, porque no hay memoria. Las aguas del Leteo, el río del olvido, corren fuera de la razón. En un plano más filosófico (y antropológico), podemos afirmar que sin la razón no existe el sujeto, porque no hay yo sin la capacidad de autoanalizarse y esta capacidad sólo la da la razón. El yo sin autoconciencia es un simple individuo, víctima de sus propias pasiones y de sus olvidos.
En otro nivel de análisis, más cerca del pecho, podemos afirmar que no podríamos negar el amor (lo más irracional que existe) sin deshumanizarnos, pero tenemos que reconocer que tampoco podemos amar sin la guía de la razón, porque igualmente nos deshumanizamos. Recordando a Kant, cuando dice que la intuición sin el entendimiento es ciega y el entendimiento sin la intuición es vacío, podemos afirmar que El amor sin la razón es vacío y la razón sin el amor es estéril.
Ahora bien, todo esto que decimos parece coherente y muy simple de comprender. No hay sentido común ni pensamiento científico que lo ponga en duda. Cuando se critica a la razón moderna desde el “pensamiento complejo”, o desde el “pensamiento postmoderno”, se hace, muy a pesar de quienes lo hacen, desde la misma razón que critican. Lo que organiza esos discursos y les da sentido es la misma razón moderna. De lo contrario serían ininteligibles e incomunicables. Cosa de locos, como pasó con Niesztche.
Nadie posee una razón propia, particular y aislada, porque nadie tiene un lenguaje exclusivo y personal. La razón, junto al lenguaje, se constituye en sociedad. En este sentido, sostiene Julián Marías, que cuando se dice que el hombre es un animal racional, no se quiere decir que el hombre de por sí posee la razón, como un tigre sus garras, sino que la necesita para poder vivir (y sobrevivir) en sociedad. Sólo los locos creen poseer una razón propia. Sin embargo, hay personas que se empeñan en rebelarse contra “la razón” porque, sostienen, que ella ha colonizado lo otro de la razón, esto es, ha oprimido y aniquilado en el ser humano “la sensibilidad, la naturaleza interna y externa, la corporeidad, la esfera de los impulsos, pasando por el sueño, la fantasía, el éxtasis, la locura, hasta llegar al carácter anónimo de la sociedad, de la multitud y de la historicidad” (La razón y lo otro de la razón, Karen Gloy, Buenos Aires, 1995, material mimeografiado). En esta lista de lo otro de la razón escrita por Karen Gloy, están los sentimientos, las emociones, los gustos, los prejuicios, las creencias basadas en la fe, el amor, el odio, etc., en fin todas esas otras cualidades humanas que suelen ser incluidas en el saco de lo “reprimido” por la razón. Y estuviera bien que se quejaran contra el “imperio de la razón” si pudieran demostrar que “lo otro de la razón” en algún momento de la historia se sostuvo independientemente sin caer en el caos social, o que puede andar solo, por sus propios medios, sin negar la humanidad del hombre. El filósofo alemán Hegel sostenía que la razón es la cualidad más débil del hombre, pero es la más astuta y se vale del poder de lo otro de la razón, para lograr sus fines, como lo fue en su época, el Estado moderno. Y Marx confió en la racionalidad científica para superar el capitalismo, por eso habló de socialismo científico, para oponerlo al socialismo utópico, romántico, fabulado de algunos pensadores de su tiempo. Y es evidente que la razón no siempre logra salir victoriosa frente a las fuerzas irracionales, como ocurrió en la Alemania nazi y en la URS estalinista. Pero lo ha logrado, al menos teóricamente, como por ejemplo, en Venezuela cuando en el año 1999 se aprobó la constitución más democrática (en el significado liberal) del mundo.
Ahora bien, no parece haber dificultad en precisar el contenido de lo otro de la razón. El problema se presenta cuando queremos saber qué es la razón, o cuando intentamos precisar el contenido de la razón.