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Recientemente, en una entrevista que le realizó un semanario político, el caricaturista y pintor Pedro León Zapata decía que “…es más importante en la cultura… lo que cierta minoría piensa que lo que pueda pensar el colectivo. En lo político…” continuaba el pintor “…soy de ideas muy democráticas, pero en lo cultural, no lo soy…” Y para redondear su elaboración teórica concluye señalando que “…por pertenecer a la cultura no creo en la democracia… el dedo de Platón valió mas que la opinión de todos los griegos…. el dedo de Leonardo o Miguel Angel cuando pinta la Capilla Sixtina valió mas que los votos de todos los curas del Vaticano que no estaban de acuerdo con que él hiciera esa pintura…” (1) Mas allá del evidente engreimiento que reflejan estas reflexiones, pues es cuesta arriba hablar de uno mismo entre Platón, Leonardo y Miguel Angel, me llamó la atención el deslinde que hacía entre cultura y política, como si las diferentes maneras como el hombre se representa a sí mismo y a la comunidad fueran diferentes a los esfuerzos que ellos realizan para lograr determinados objetivos. Un creador, de ideas mucho mas sólidas y de menor ego: Mario Benedetti, apoyado en reflexiones totalmente opuestas a la de Zapata y haciendo un acercamiento al concepto cultura, nos decía en algún escrito: “…no hay arte sin política”. Y así lo creo también. Pero volviendo al concepto amplio, que es el que particularmente me interesa tratar, al afirmar que no hay cultura sin política, lo hago no porque la amplitud del concepto me lleve a decir que toda actividad humana en esta área, es una actividad política. Me afinco, más bien, en la connotación reducida que le damos a la política, aquella que la ve como la manera de alcanzar el dominio de la sociedad. Y en este sentido nada mejor para ello que la cultura. La cultura, con la voluntad de quienes la hacen, o en todo caso con su colaboración, siempre ha sido un excelente instrumento para alcanzar y mantener el poder: la música, a través de las cantatas, marchas e himnos; los poemas épicos, narraciones y leyendas; los festivales, rituales y celebraciones; los monolitos, obelisco y arcos de triunfo y, en realidad, cualquier obra de arquitectura; los retratos de héroes, las pinturas de batallas y los triunfos del bien sobre el mal o, para decirlo de otra manera, de la Capilla Sixtina al impresionismo abstracto; todo está impregnado de la idea de glorificar un mundo, una visión, un poder. Y esto no es ni bueno ni malo, simplemente es. Cuando Velázquez pinta sus meninas o Rubens pinta por encargo de los jesuitas su Martirio de San Livino. Al pintar Delacroix a La Libertad y Monet hacer su plácida Olimpia o cualquier artesano tallar un San Miguel Arcángel; no están haciendo una actividad cultural desprendida de utilidad material alguna, están expresando plásticamente las diversas formas de dominación de las que forman parte o, al menos, apoyan. Cuando la escolástica rige la educación y los conocimientos se imparten de manera fragmentada, conformándose una clase sacerdotal dotada de la posesión de “la verdad”; se está constituyendo un poder profundamente conservador y excluyente, antidemocrático de origen que convirtió el saber en una forma de segregar la sociedad. Y esto que era obvio en las antiguas universidades, continúa en las actuales, donde nuevos sacerdotes nos hablan de la jerarquía dada por el conocimiento adquirido. Cuando Platón escribe las Leyes y coloca al filósofo como rey de la ciudad no duda que este rey, poseedor por lo tanto de poderes absolutos, deba convertirse en inquisidor de aquellos que desconocen la existencia o omnipotencia de los dioses. Es curiosa, por cierto, la idea de Platón sobre el arte (2), sobre todo para aquellos que lo ven como una expresión de las ideas de los hombres. Para él en nada tiene que ver con las ideas, no contiene conocimiento, es sólo su reproducción. Y es curioso pues en estos tiempos que corren algunos filósofos aseguran que el arte es conocimiento: “…conocimiento y síntoma…” lo llama Ramoneda (3). Pero es que resulta que el verdadero conocimiento surge del colectivo que actúa y en el cual está arraigado el sentido de pertenencia, y el mismo Ramoneda lo asume así cuando señala que “…es en grupo que la individualidad y la pluralidad pueden hacerse más fuertes… en eso consiste la democracia.” (4).La democracia entendida como forma de relación entre la sociedad y el estado, tiene su intermediación en la política. Es en democracia que el hombre puede ser reconocido como sujeto y en tanto que sujeto de un colectivo, ella es pluralidad. Es en ese territorio donde lo plural se confronta, y para mantener los equilibrios de esta confrontación, aparece la democracia. Esta suma de atributos: pluralidad, confrontación, equilibrios hace que la democracia sea tendencialmente igualitaria. De esa tendencia hacia la igualdad de una sociedad plural, y por lo tanto democrática, no se concluye una cultura homogénea y única como es el caso de sociedades como las nuestras, donde la verdadera democracia está por construirse. Por paradójico que parezca es en la sociedad de clases donde se expresa más unilateralmente la cultura de una de sus clases. Es en ella donde siguen manteniendo vigencia los viejos cánones burgueses que miden la cultura, diciéndonos que irremediable ellos son los únicos posibles. Por el contrario, la cultura en una sociedad como la que aspiramos no puede ser otra cosa que la suma de las diversas culturas que su pluralidad étnica, ideológica y política propongan. Zapata, para defender la cultura burguesa de la cual él forma parte beneficiándose de su exclusiva asociación, señala que no habrá democracia que la pueda cambiar, ni inmiscuirse en ella, porque ella es única, inalterable e inalcanzable para la mayoría de la gente. Al hacer esto lo que hace es repetir, de manera torpe, lo que muchos filósofos en el campo de la tradicional ideología burguesa alemana, han defendido desde mediados del siglo dieciocho: la existencia de espacios inalterados para el arte y la teoría estética. Cuando Ramoneda señala “…la regularidad del arte no encuentra la regla que le corresponda.” (5) defiende el concepto burgués del arte de aquello que llama conceptos político-sociales como el de la pertenencia que, según él, no tiene nada que ver con lo estético. El supone, dentro de ese espíritu humanístico europeo, que lo que llaman arte está libre de ideología en la medida en que está libre de contenidos diferentes a la sinrazón del creador. Efectivamente, diría yo, no se trata de “leer” en las obras de determinada producción cultural el contenido ideológico “oculto” en ellas, sino de medir sus efectos. Para decirlo más claro: no se trata de decir que algo es bello sino por qué decimos que ese algo es bello. Notas (1) Sebastiana Barraez Pérez, entrevista en Quinto Día, 17 al 24 de septiembre, 2004. (2) Al igual que en mi columna anterior, utilizó la palabra arte en cursivas para denotar que pertenece a otro tipo de lenguaje que no es de mi uso corriente. (3) Josep Ramoneda, filósofo y periodista catalán nacido en 1949. Fue director del Instituto de Humanidades de Barcelona. (4) Josep Ramoneda, Después de la pasión política, pág. 42. Editorial Punto de lectura, Madrid 2002. (5) ídem, pág. 162. Déjanos Tu Comentario |
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