En un documento reciente el Ministro
de la Cultura,
Farruco Sesto, señalaba la importancia de considerar a las ciudades, en razón
de su peso cultural, como la unidad fundamental de gobierno de la sociedad,
pues ella es el hecho cultural tangible de mayor significación de la humanidad.
El ministro Farruco la llamó el mayor logro después del lenguaje.
Coincidimos totalmente. Y estamos
convencidos que por esa importancia material y por los valores inmateriales que
la ciudadanía conlleva, las ciudades están llamadas a cumplir en la sociedad
socialista venezolana, el papel estructurador principal. La ciudad es, en
esencia, el contacto personal. Ella es, a pesar de las limitaciones del
capitalismo, el lugar de encuentro, de intercambio, de comunicación, y también de
organización social –expresiones todas, de la cultura–, realizadas en sus
espacios públicos que son las calles y plazas.
Estamos hablando, y así lo asume el
ministro, de unas estructuras sociales radicalmente diferentes a lo que fueron
las antiguas ciudades-estados, política y militarmente independientes, pero
también muy diferente a las de nuestro actual sistema de municipios
caracterizados por: un territorio extenso sobre el que su engañosa autonomía
política y administrativa tiene limitaciones de gestión al estar desprovista de
capacidades sustentables propias, con débil definición entre lo urbano y lo
rural, mal dotado de la infraestructura necesaria para atender a las
comunidades dispersas que lo habitan. Todo ello coadyuva en mantener
estructuras de gobierno ineficaces, separado de la gente, con muy baja
capacidad productiva, y dependientes de una renta proveniente de la asignación
estatal y de la explotación salvaje del capitalismo.
Este diagnóstico consolidado con la
convicción de que la ciudad es un hecho cultural por excelencia, nos lleva a
avizorar que la cultura revolucionaria es la que está llamada a desempeñar un
papel protagónico en la transformación de estas, nuestras viejas ciudades
precapitalistas, en las nuevas ciudades del socialismo, desmontando la carga
que establecieron las relaciones comerciales e inmobiliarias impuestas por
quienes, durante siglos, concentraron el poder que a menudo tenían que decidir
–con resultados ya conocidos– entre el dinero que aportaba el urbanizador o el
financista y el interés de los vecinos y su potencial reacción, sustituyéndolas
por las nuevas relaciones que debe establecer el interés colectivo. En términos
ideológicos sería la respuesta del socialismo al paradigma de la planificación
estratégica global y regional que fue planteada por el neoliberalismo como reto
para el siglo XXI, y que presupone una integración de diversas ciudades
periféricas aledañas conformando regiones económicas.
Nuestra propuesta es dotar a cada
ciudad, por pequeña que sea, de un gobierno municipal. Convertirlas en
ciudades-municipios que les permitan superar los males de esa división política
territorial que dio origen a los actuales municipios venezolanos. Las
ciudades-municipios del socialismo tienen que ser otra cosa: ciudades compactas
y diversas, autónomas y sustentables, con territorio concentrados alrededor de
ellas que faciliten su sustento y
eliminen los desequilibrios sociales y territoriales existentes, y donde los
consejos comunales adquieren su más relevante papel. Ellos son los que le
otorgarían a la ciudad y su territorio aledaño, carácter integral y sistémico
y, a su vez, la ciudad les da organicidad efectiva a esos consejos
convirtiéndolos en su gobierno real. Pero es que, además, esta nueva
organización municipal facilitaría combatir el abandono rural, y algo muy
importante, la administración de áreas estratégicas, pues dejaría fuera del
nuevo ámbito municipal aquellos territorios cuya productividad tiene, dentro
del sector primario de la economía, escala e importancia nacional, colocándolos
bajo la administración del gobierno central o regional, según sea el caso.
Veámoslo más en detalle.
Tradicionalmente los elementos
esenciales de la organización municipal son: la población, el territorio y la
organización. En las nuevas ciudades-municipios esta esencia tiene su nueva
expresión de la siguiente manera:
El
territorio. Los nuevos municipios serán fundamentalmente sistemas urbanos al incluir
aquellas porciones del territorio rural aledaño que están asociados íntimamente
a la ciudad, y que son esenciales a las actividades culturales, productivas y
de consumo de ella. De esta manera el establecimiento de ese ámbito municipal
estaría determinando la vocación económica de los municipios, que es vital en
la elaboración de los planes de desarrollo de ciudades sustentables.
La
población. Ella estaría determinada por la existencia de un número mínimo de
consejos comunales, que son la célula básica del municipio. Esta suma de
consejos dependerá, claro está, de los niveles de concentración poblacional
existente en cada ciudad, sin embargo, una rápida revisión a la población de
las ciudades venezolanas que actúan como centros de parroquias nos muestra que ellas tienen, salvo muy contadas
excepciones, esas condiciones. Esto nos llevaría a señalar, asumiendo lo
planteado por la Ley
de los Consejos Comunales -un consejo comunal urbano a partir de 200 familias y
un consejo comunal rural a partir de 20 familias-, que cada ciudad contaría por
lo menos con un consejo comunal urbano y varios consejos comunales rurales, lo
cual les daría a estas ciudades-municipios una población mínima por encima de
1.000 habitantes.
La
organización. Hay experiencias europeas de organización del gobierno municipal de
manera diferente a la que tenemos en Venezuela, inclusive más participativa y
menos controlada por los partidos políticos que la nuestra. En la historia de
viejas ciudades europeas se habla de la asamblea popular como forma de gobierno
municipal. La Comuna
de París estaba formada por los consejeros municipales, que eran responsables y
revocables en todo momento. Para los revolucionarios franceses la comuna era la
unidad de la nación: “la forma política que revistiese hasta la aldea más
pequeña…” La constitución alemana de 1949 tenía un artículo, en relación a los
municipios, que señala que ellos, en vez de un organismo representativo
pudieran tener una asamblea comunal. De ahí que no sea nada nuevo plantear un
gobierno para la ciudad conformado por un alcalde electo por todos los
ciudadanos y, en vez del tradicional concejo municipal, una asamblea de
delegados designados entre los ciudadanos que forman parte de los consejos
comunales que están constituidos en cada ciudad. Esto le daría a este gobierno
local un carácter mucho más ciudadano y con menos influencia del control
político-partidista.
El territorio nacional contaría así
con una división político territorial que respeta la existencia de los estados
actuales dándoles la responsabilidad directa, en nombre del gobierno nacional,
en la gestión de aquellos territorios que están en el exterior de las ciudades
–y de sus áreas de influencia– que se encuentran, o potencialmente lo harán,
dedicados a actividades del sector primario de la economía o tienen algún tipo
de valor estratégico. Nos referimos a territorios asociados a procesos
industriales, extractivos y agrarios y también aquellos que constituyen reserva
nacional, que son parques u otro tipo de áreas de administración especial y los
de interés para la defensa nacional.
Nos parece que la manera más natural
de asumir esta nueva estructura municipal –que implica modificaciones
sustanciales de la Ley
de Régimen Municipal, dentro del marco de lo señalado por el artículo 16 de
nuestra Constitución– sería partiendo, como ya dijimos, de las ciudades que son
centros de parroquia. Estamos hablando de un número de 1.084 ciudades, igual al
número de parroquias actuales, que se convertirían en las nuevas
ciudades-municipios, dotadas de una poligonal urbana en la cual se incluiría
aquellas tierras no urbanizadas, dedicadas al cultivo, la cría, la industria o
cualquier tipo de producción que son parte de su sustento. Igualmente formarían
parte de esa poligonal aquellos sitios o lugares naturales, turísticos y del
patrimonio cultural en general que forman parte esencial de la vida y
costumbres de los ciudadanos allí residenciados.
Estaríamos conformando así ciudades para el futuro, una red de núcleos urbanos de pequeño
tamaño, orientados al aprovechamiento sostenible de sus patrimonios locales por
parte de sus ciudadanos organizados. Hablamos de ciudades dotadas de la
capacidad de producir desarrollo y bienestar para todos sus ciudadanos, con
capacidad de abastecerse de recursos y de deshacerse de residuos y con sus
propios planes de desarrollo endógeno, diferentes a eso que llamábamos “los
Pedul” que no eran otra cosa que planes de desarrollo inmobiliario. Ahora lo
llamaríamos Planes para el Desarrollo de
Ciudades Sustentables, un nuevo instrumento de
planificación que tiene
como propósito central facilitar una más directa articulación de los esfuerzos
dirigidos a producir desarrollo sustentado sobre los valores y potencialidades
de las diversas ciudades-municipios, pues ese es su patrimonio. En esos planes
la ciudad se concibe como un gran núcleo urbano de desarrollo endógeno que es,
a su vez, contenedor de múltiples y variados núcleos de desarrollo endógenos.
Si la creación, por ley, de los
consejos comunales fue un paso histórico en la definición del camino al
socialismo, la integración de los consejos comunales para administrar la
ciudad, también por ley, sería ya un paso adelante dentro del socialismo.
José Manuel Rodríguez Presidente del
Instituto del Patrimonio Cultural Ministerio de la Cultura
Enero del 2007