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CUENTOS POPULARES: El enviado de Dios
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Según la historia, en el año de 1812, en San Felipe estado Yaracuy, apareció un anciano recorriendo las estrechas calles del pueblo. Se le veían los pies muy cansados de tanto caminar, llenos de llagas que sangraban con cada paso que daba. Muchas personas lo veían sentado en el suelo junto a un perro blanco, sin probar ningún bocado. Pasó muchos días en la puerta de la iglesia sin que el cura o los feligreses ayudaran al viejito, más que en darle un vaso de agua. El calor se sentía muy fuerte; tanto, que la gente buscaba los ríos para tratar de calmar el sofocante clima; otros se acomodaban bajo la sombra de los milenarios árboles de San Felipe donde colgaban sus chinchorros.

Ese día, las calles estaban totalmente solitarias, pues todos estaban buscando las aguas frías de los ríos Yurubí y Cocorotico. Mientras tanto, el anciano comenzó a tocar las puertas de las casas en busca de comida para él y su perro. Llegó a una casita con techo de zinc y tocó a la puerta. Salió una señora muy blanca de ojos hundidos y al ver el anciano, lo insultó diciéndole: ¡fuera, viejo asqueroso, llagoso, borracho! Tocó la puerta de otra casa y sólo se limitaron a empujarlo, tirarlo al suelo y mojarlo con agua sucia que contenía un balde de madera, diciéndole a la vez: “para que te bañes, viejo hediondo”. Así, fue tocando puerta por puerta y en todas fue rechazado y humillado.

Pero él no se rindió. Continuó con su lento andar. Y al llegar a una casa colonial de blancas y largas paredes, desde dónde asomaban enormes copas de árboles frutales, se detuvo a descansar bajo las sombras. Allí se encontró con una señora de aproximadamente cuarenta años acompañada de una niña de cuatro años cuyos ojitos observaban por una ventana. Miró al anciano que estaba en la calle y lo llamó. Lo invitó a entrar para que se comiera algo. El anciano le preguntó que si su perro podía entrar con él. Le respondieron que sí, que lo dejara a un lado de la mesa para que comiera también. La dama le dijo que si quería darse un baño y ponerse ropa limpia; ya que su esposo tenía trajes que ya no usaba. El anciano le dio gracias por tanta generosidad. La señora le preguntó por su nombre, y él le contestó que su nombre no importaba en esos momentos; que sólo importaba el bien que hacía hacia los demás y que la fuerza de la naturaleza jamás tocaría su hogar. La señora le preguntó el porqué de sus palabras, a lo que le respondió que en muy poco tiempo lo sabría.

La dama sentó al anciano en una silla en el patio de la casa y comenzó a cortarle el cabello. Luego le dio una toalla para que se bañara y le regaló ropa limpia y en buen estado para que se cambiara.

El esposo de la mujer llegó. Ella saludó con un beso e invitó a que conociera al anciano. El hombre le dio la mano y le dijo que su ropa le quedaba muy bien y que tenía más que podía llevarse, ya que no la necesitaba. El anciano se mostró muy agradecido. Lo llevaron a un rancho que quedaba el final del patio para que durmiera; pero antes, la dama le curó las heridas que le sangraban lo mejor que pudo.

Al día siguiente, el anciano junto a su perro desapareció. La familia lo buscó por todo el pueblo, sin resultados positivos. Regresaron a su hogar cansados y consternados, pero de pronto el abatimiento se intensificó. Un sofocante calor comenzó a arreciar y se hizo insoportable. La tierra comenzó a temblar y a gritar sordamente con cada grieta que se abría. Casa por casa se iba derrumbando, hasta la iglesia se desmoronó, los ríos se secaron y los árboles caían por doquier.

Al pasar el terremoto, un hálito de destrucción envolvía a todo el pueblo. Había personas heridas por todos lados, casas enteras desaparecieron; comercios e iglesias quedaron en ruinas. Sin embargo, aquella casa jardín que fue bendecida por el anciano prácticamente no sufrió ningún daño, ni la familia tampoco.

Dando gracias, se dieron cuenta que el anciano había sido "El Enviado de Dios", que protegió su casa y sus cuerpos de la furia de la naturaleza.

Es por eso que aún se ven las ruinas de la iglesia en el Parque San Felipe El Fuerte y restos de las casas que fueron devastadas aquel año de 1812.

Fuente:
www.eldiariodeyaracuy.com


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