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Esto sucedió hace poco y, aunque parezca arrancado de una película de Alfred Hitchcock, testigos aseguran que la historia es verídica. El lugar de los hechos fue la estrecha y oscura carretera que va para Birongo, en el tramo de Caucagua a Higuerote, Barlovento, Venezuela. Un hombre estaba parado a la orilla de la carretera esperando a algún conductor con alma caritativa que le diera un aventón (la cola), en medio de una tenebrosa noche, mientras caía un torrencial aguacero... en realidad, una tormenta tropical. Transcurrido un rato, la espera se hacía eterna, y nadie pasaba por allí. La lluvia era tan fuerte que apenas si se alcanzaba a ver a unos metros de distancia. De repente, nuestro hombre vio como un carro se acercaba lentamente y se detuvo cerca de él. El hombre, sin vacilar, dada lo precaria de su situación, se subió al carro y cerró la puerta. Al voltearse se dio cuenta con asombro y horror, de que nadie iba manejando el carro. El auto, no obstante, arrancó suavemente. El hombre mira al frente, hacia la carretera, y vio con terror que se dirigían hacia una curva muy cerrada. Asustado y advirtiendo su trágico destino, comenzó a rezar implorando al Cielo por su salvación. El sujeto no había terminado de salir de su espanto, cuando justo antes de llegar a la curva, entró tenebrosamente una mano negra y mojada por la ventana del chofer, y movía el volante lentamente, pero con firmeza, evitando que el vehiculo cayera por un precipicio. Paralizado por el miedo y sin aliento, cerró sus ojos, se aferró con todas sus fuerzas al asiento e inmóvil e impotente vio como sucedía lo mismo en cada curva subsiguiente en el largo camino. Mientras el palo de agua arreciaba, el hombre, sacando fuerzas de donde ya no le quedaban, en la primera oportunidad que tuvo se bajó del carro y se fue corriendo hasta el caserío más cercano. Empapado y a punto de un colapso, se dirigió a una bodega que divisó a lo lejos. Entró y pidió un palo de ron y casi temblando, empezó a contar a los demás parroquianos la escalofriante experiencia que acababa de vivir. Se hizo un silencio sepulcral ante el asombro de todos los presentes. El miedo se asomó por todos los rincones de la bodega. Unos diez minutos más tarde, llegaron al cafetín dos negros enchumbados en agua. Uno le dice al otro, en tono molesto: "Mira José, ese es el #$%&! que se subió al carro cuando lo veníamos empujando...!" Fuente: http://cuentos.s5.com/manopeluda.html Barlovento, Estado Miranda. Venezuela Déjanos Tu Comentario |
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