6 de septiembre 2004: “Queridos amigos, mi nombre es Andreina Gutiérrez, soy Licenciada en Artes, Mención Artes Escénicas de la UCV, tengo 27 años, estoy desempleada y vivo en Guatire. Me agrada mucho "encontrarlos" en esta página, hacia falta algo así...” (Carta de los lectores, ENcontrARTE número 2, a los pocos dias de haber aparecido en la red, www.encontrarte.aporrea.org). Desde entonces, en esta página y en forma casi continua, el nombre de Andreina aparece en cartas, observaciones, artículos sobre cine, teatro y cosas de la vida.
El contacto y la relación con ella ha sido internético, mails de por medio.
Recientemente publicó “Sin Voz”: Una reflexión muy pertinente” y en este número 59, “Mi barrio” un texto bellísimo, que expresa su preocupación por la ciudad. No por los “grandes” asuntos sino por los “pequeños”, los que le atañen, los que nos atañen a todas y todos, por los que sufrimos y gozamos. Andreína se refiere a lo que tuvimos y ya no. A lo que podríamos – y deberíamos – tener.
En mi barrio viví y crecí hasta los 20 años y luego me fui, aunque nadie me preguntó si quería quedarme o irme. En mi barrio había una enorme casa de muchas habitaciones y varios árboles, donde pasamos los años de la bonanza. En mi barrio las calles se llenaban de parranda en diciembre, los niños cantábamos aguinaldos y visitábamos las casas de los vecinos, mientras el maestro coral nos guiaba montado en un caballo y vestido de liqui-liqui. En mi barrio las tardes eran calmadas, silenciosas y apacibles y podíamos ir a la plaza a manejar bicicleta, jugar con la pelota, pasear al perro o simplemente sentarnos en los bancos a mirar a la gente hacer todo eso, acompañados por el sonido de las campanas puntuales de la Iglesia. En mi barrio las calles subían y bajaban, serpenteaban y se enrollaban alrededor de la gente, pero nunca eran planas, rectas y aburridas. En mi barrio había una casa enorme de muchas habitaciones, con una platabanda y un patio con árboles de mango, donde hacíamos memorables agasajos, fiestas y celebraciones para todos los que cupieran en la casa. En mi barrio había un parque en el que los pequeñitos se columpiaban, mientras los jovencitos hacían deportes en la cancha contigua, donde una vez unos famosos cantantes adolescentes fueron a grabar un capítulo de su telenovela y las niñas no dejaban ver a las otras niñas. En mi barrio había un maestro de matemáticas que le decían "pera loca" porque sufría ataques epilépticos y todo el mundo sabía cuándo tenía uno, porque se ausentaba de la clase por quince minutos. En mi barrio los heladeros pasaban frente a mi casa haciendo todo el ruido posible porque sabían que había niños glotones en esa casa, donde una vez en una fiesta infantil, mi abuelo le abrió la puerta a uno de esos heladeros para que descargara completo su carrito ante la muchachada sedienta y sudorosa de tanto correr entre los árboles de mango. En mi barrio había una bodega, y un mercado, y una casa de la cultura, y un liceo, y un bulevar, y una fábrica de zapatos, y una panadería, y un hospital para enfermos mentales, y un convento, y un taller mecánico, y una peluquería, y una entrada al Ávila. En mi barrio había una quincalla que le decían "la casa del viejo verde" porque el señor que la atendía vivía en una casa de color verde. En mi barrio una vez a una señora casi se la come su perro que tenía días sin comer porque la viejita en las lagunas de su enfermedad olvidó completamente al animal. En mi barrio había un muchacho que tenía los ojos verdes, que me invitó al cine y a comer helados, que se cansó de esperarme y se buscó una novia. En mi barrio había una niña que nunca creyó que se iría de allí. andremani76@yahoo.es
Es un llamado de atención hacia lo más importante y que pareciera no importar a nadie: la vida diaria de la gente, la vida barrial, el barrio como entidad comunitaria de vida colectiva. Ella describe la vida en una comuna, donde los ciudadanos se sienten iguales.
Con una lógica impecable, aborda también otro aspecto que los planificadores urbanos no entienden: que las diversas actividades que componen el quehacer cotidiano de la gente se desarrollan aquí y allí, en las cercanías, en nuestros espacios. No por allá lejos, todo concentrado en un solo sitio
“En mi barrio había una bodega, y un mercado, y una casa de la cultura, y un liceo, y un bulevar, y una fábrica de zapatos, y una panadería, y un hospital para enfermos mentales, y un convento, y un taller mecánico, y una peluquería…” ¡Nada de pura vivienda concentrada nada de centros comerciales! El párrafo anterior describe lo que podría ser un pueblito en cualquier parte del mundo de hoy o de antes, donde no hayan funcionado las Ordenanzas de Zonificación que se utilizan para “ordenar” las ciudades. El pueblito, la aldea, el barrio o el sector urbano que Andreína describe, viola sin atenuantes las ordenanzas vigentes en Venezuela.
Sin embargo, ella no solo se refiere a las formas de vida comunitaria, sino también, a las características físicas, diríamos, arquitectónicas: “En mi barrio las calles subían y bajaban, serpenteaban y se enrollaban alrededor de la gente, pero nunca eran planas, rectas y aburridas”.
¡Qué jalón de orejas para tanto funcionario-diseñador de conjuntos habitacionales y urbanizaciones!
¡Cuán bueno sería que las andreinas de este país, hagan oir con fuerza sus preocupaciones en los Consejos Comunales y que la nueva Geometría del Poder se diseñe considerando estas preocupaciones!