¡Hola Antonio!, como te lo prometí un día, te voy a contar un cuento, por lo demás extraño, pues sé cuándo comenzó, pero ignoro en qué momento se dará el final que, intuyo, no será muy feliz.
El "había una vez...", fue una noche en que remonté hasta las estrellas para hacer oír al cielo mis reclamos, y... para que los hombres no vieran la flaqueza de mis lágrimas. La rabia y la indignación corrían parejas para aupar una inconformidad furiosa que barría hacia afuera todas mis angustias, y hacía destrozos por dentro al atragantarme de impotencia.
Porque yo tenía una amiga, Gricelis, una simpatiquísima niña campesina, que fue durante once años un tobogán de sonrisas, hasta que se le reveló una tumoración extraña en la parte superior del muslo de la pierna derecha. Era un bulto, apenas perceptible, respuesta preocupante a días y días de dolores imprecisos que, por su intermitencia, no habían logrado vencer esa torrentera de alegría infantil, con la que inundaba todos los rincones de su hogar, lleno con el jolgorio de once hermanos, y sobraba para derramarse por la escuelita del caserío: Su querida escuela, llena de amigos, brincos y complicidades.
Pero si hay algo que no puedo soportar es la indiferencia, amorfa y displicente, con la que pasaba por encima el universo; por eso me abrasaba más y más la quietud del firmamento, impasible y apático, sordo a mis exigencias, mudo a mil preguntas que se anudaban, prietas, retorciendo mis entrañas. A los cuatro vientos grité esparciendo blasfemias: "¡Maldito el día en que nací!, y maldito el hombre que le dijo a mi madre: ¡alégrate porque tuviste un hijo varón!". Y seguí con Jeremías, y deseé que el vientre de mi madre hubiera sido mi propia tumba, porque no encontraba otra forma de zarandear tanta indolencia fatua, ni otro modo de reclamar que sirviera para estremecer las entrañas de ese universo, barrigón y perezoso, que miraba taimado entre el parpadeo incesante de las estrellas.
Al rato de vagar mi vista por el espacio sideral, cuando menos lo esperaba, a pesar de mis ansias vehementes, y de mis reclamos desaforados, ¡lo vi de repente! Por detrás de la constelación Libra, vi descender al extraño personaje: un anciano con siglos encima, completamente arrugado. Todavía lejos, vi que el viejo sonreía, como si fuéramos conocidos de siempre, y en verdad, tampoco su rostro era extraño para mí. Sin embargo, di un salto reflejo cuando lo percibí tan cercano. Pero si insólito era este personaje, no lo era menos el artilugio que empuñaba con fuerza en su mano derecha: Sostenía con firmeza una balanza de hierro cubierta de orín, pero su fiel, de brillo acerado, cobraba vida, se estremecía inquieto, y forcejeaba para inclinarse más y más, obligado por el peso de uno de sus platillos, que se hundía en el abismo.
El viejo, vetusto y arrugado, de mirada tranquila, irradiaba una vitalidad asombrosa. Se sentó junto a mí, dominó la encabritada balanza, y me miró a los ojos con una serenidad cautivadora.
Ignoro por dónde se coló este añoso personaje a los entresijos de mi espíritu; ni desde cuándo tenía la oreja atenta a mis desmanes, aunque por lo confianzudo, podría ser desde siempre. Tampoco entendí por qué esperaba sin prisa a que yo siguiera denostando desbocado. Al oír tantos y tan gruesos reclamos injuriosos permanecía impasible, como un acantilado inmutable ante el embate furioso de las olas; pero, escudriñé sus ojos, y sentí que al anciano no se le escapaba palabra, y que, con un breve estremecimiento, registraba imparcial mis tonos desmedidos, por muy destemplados que fueran.
Distraído, se puso a mirar la oxidada balanza, y entendí que el anciano me invitaba a seguir. Pues le di gusto, y retomé el camino con más ímpetu, renegando contra el cielo y contra Dios, porque permitía tanta injusticia y tanta saña contra una criatura que hasta ayer desbordaba un optimismo encantador, y ya, hoy, no era capaz de disfrutar de los apamates en flor, ni del canto de los pájaros, ni de su hermanita recién nacida.
No hay nada que me indigne tanto como el sufrimiento de un inocente, y nada que me humille más que la incapacidad para aliviar el dolor de un niño. El anciano permanecía imperturbable, pero no era una pared; por lo menos, alguien escuchaba mis denuncias. Sostuvo mi mirada desde la profundidad de sus ojos neutros, y lo sentía tan próximo que dejé de gritar por un momento, pero continué incansable la seguidilla de mis reclamos. Insultos, diatribas y maldiciones, salían veloces, como flechas, del volcán que me incendiaba. Sin aliento ya, sólo di una tregua para agarrar aire, y el vejete aprovechó, oportuno, tentando de frente, para clavar la primera pregunta de esta pelea desigual, comenzada a deshoras de aquella noche, y que todavía, por lo que a mí respecta, no ha terminado.
- ¿Qué te pasa, impetuoso amigo?
- ¡¿Cómo que, qué me pasa?! A mí, personalmente, nada, pero sí a una criatura indefensa a la que están torturando desde hace más de un año, y que no tiene otro delito que el haber nacido.
Porque tengo que decir que el artero quiste invasor siguió creciendo implacable, y los dolores agudizándose, hasta hacerse insoportables, y Gricelis dejó de ir a la escuela, y se vino abajo el candor de sus ojos, y en ellos instaló su guarida el miedo a lo desconocido. Era el inicio de una ascendente y sangrienta ruta al calvario, que, mientras destrozaba el cuerpo de Gricelis, logró desquiciarme, por lo absurdo, lo injusto, y por su crueldad despiadada.
El dispensario rural no mitigó los dolores sinuosos. Ingeniosos remedios caseros fueron paños calientes para dolores persistentes. Brujos y curanderos siguieron el desfile ante un cuadro que presagiaba el desastre. Velas y altares sólo sirvieron para distraer lo inevitable. Mentiras y esperanzas, de la mano, retrasaban alivios que nunca llegaron. Los dolores implacables obligaron a recurrir al módulo asistencial, donde pronosticaron lo peor. El costo de las medicinas se hizo inalcanzable, y las que se conseguían, eran incapaces de prolongar los intermedios de alivio, acuñados entre horas de atroces padecimientos. Y colas eternas de consultas cerradas. Y madrugadas a la intemperie de la carretera esperando camionetas para no perder las citas. Hasta terminar en el mundo inverosímil de los desahuciados hospitales públicos, llegadero final de todos los pobres sin recursos. Una cadena interminable de males entrelazados, apeñuscados todos al mismo tiempo, y, de ñapa, once hermanos, sin padre y sin dinero... ¡Pobre madre!
Al fin, el examen anatomopatológico dictó la sentencia de un diagnóstico inapelable: ¡Sarcoma osteógeno! Cáncer en los huesos. ¡Puta vida de mierda! ¿No hay nada, ni nadie, que ataje este suplicio?
De nuevo crecían impetuosos los motivos de rebelión, y mi empecinada terquedad embestía, tanto por encontrar una respuesta a este cúmulo de disparates, como por lograr un final inmediato a tanto sadismo que se cebaba, día y noche, semana tras semana, en el frágil cuerpo de Gricelis: Una víctima indefensa, y, ¡juro, ante el mundo y ante Dios!, que absolutamente inocente de todo delito que amerite tamaña condena.
- ¿Y, entonces?- inquirió el viejo impertérrito, a pesar del cataclismo desencadenado en mi alma-, ¿cuál es exactamente tu problema?
- ¡Insisto en que no es mi problema!, la tumefacción de Gricelis sigue acentuándose en tonos violáceos, y la anemia se trasluce por la palidez progresiva de su rostro, que aún no ha perdido la inocencia. ¿Por qué las pastillas, las inyecciones, son incapaces de mitigar el dolor, que crece sin tregua en noches eternas, que ya unen atardeceres con el sol de la mañana? ¡Ya los sedantes no sirven pa´un coño!
- Considero que hay otros adelantos médicos, muy efectivos, para enfrentar ese tipo de dolencias -, me dijo conciliador.
- ¡Claro, para los que tienen recursos y pueden acceder a ellos!
- Entonces el problema no está en la medicina, sino en cómo alcanzarla.
- Nosotros ya hicimos gestiones con la asociación Amigos del Niño con Cáncer, y logramos que la evaluaran en el Oncológico de Caracas. ¿Para qué? -, no pude seguir hablando, ni el viejo me lo pidió. Dejé vagar mi mente por los sucesos de aquellos días, recuerdos indelebles, de un martirio insospechado.
¡Desmembración!, nunca había oído palabra tan horrible, y ese fue el término usado por los médicos cuando le quitaron la pierna de cuajo, única forma de salvarle la vida, o prolongarle la tortura, por lo que vino inmediatamente después.
Esa carnicería fue un alivio pasajero, que duró pocas semanas, y Gricelis volvió a caer en la trampa de la esperanza; se sentía mejor, retornó a la escuela brincando con sus muletas, y el río la vio de nuevo retozar con sus hermanitos.
Cada cuatro semanas, veinte horas viajando de ida y vuelta a Caracas, para el tratamiento de quimioterapia, le desmoronaban sus pocas fuerzas de reserva. Eran veinte horas ininterrumpidas, clavada en su nuevo potro de tormentos, sentada no sé con qué, porque hasta parte de las nalgas le habían seccionado con la cirugía. Conseguir plata para los pasajes, y alguito para las necesidades del camino, también era otro drama insuperable para la familia. Los tratamientos se fueron distanciando, y el olvido voluntario pretendió distraer al enemigo, que se cebaba oculto agarrando fuerzas para el siguiente ataque.
Otro bulto y otro dolor crecieron amenazantes en el brazo izquierdo, cerca del hombro. ¡Qué presagio! Todavía era insuficiente el ensañamiento contra Gricelis. Ya no pude aguantar, y me enfrenté al viejo que seguía absorto sujetando la balanza:
-¿Quién y para qué seguir retorciendo, con enfermiza delectación, ese manojo de angustias, desesperación y padecimientos?
El viejo me interrumpió con extrema suavidad:
- Comprendo que te duele mucho esa situación.
- !Pues sí, mucho! - contesté con furia, aunque él no tenía la culpa.
- ¿Te duele tanto, que te duele más que a ella? - sin darme chance a responder, me acorraló con la siguiente pregunta-: ¿Sufres por ella, o te condueles de ti mismo y pataleas al aire tu incapacidad?
Acusé el golpe, ¡ah pícaro viejo!, y una válvula, oculta muy adentro, dejó escapar un suspiro que alivió equivocadas tensiones, reprimidas hacía mucho tiempo. Todavía no me había repuesto del revolcón, cuando me hizo este planteamiento asombroso:
- ¿Quieres, de verdad, resolver esa situación que te causa tanto desasosiego?
- Ya lo estoy haciendo -respondí ligero-. Poca cosa es, pero vivimos pidiendo entre amigos, y buscando calmantes, cada día más potentes, porque los efectos de las medicinas se abrevian, como crecen sus dolores.
-Si te contentas con aliviar ese drama - dijo mirando para otro lado-, no resuelves mucho, porque supongo que habrá unas cuantas Gricelis...
-Pues si tiene alguna idea de lo que pueda hacer -lo interrumpí en seco, al chocar con su cara de extraña sabiduría -, ¿por qué no me la dice cuanto antes?
Con tono zumbón y una leve subida de hombros, siguió desmontando mi artillería pesada:
-Como te oí nombrar al cielo cuando nos encontramos, a lo mejor te solucionan el problema si lo pides -su tono denotaba que tenía otra carta en la manga.
-¡Déjese de provocaciones! - lo volví a cortar violento-, que no me olvido de esa cuenta pendiente. Pero ahora, por favor, ayúdeme a aliviarle el dolor a Gricelis, o a todas las Gricelis que quiera, pero que sea ya.
No me atrevo a asegurarlo, pero me pareció que el hombrecito sonreía en el fondo de sus ojos. Ese extraño vejestorio, retador, caduco y achacoso, pero con una mirada extremadamente honda y apacible, puso delante de mí la extrañísima balanza, más inclinada aún por el peso del barco amarrado a uno de sus extremos. El fiel, ahora inmóvil y horizontal, apuntando hacia las tres, era testigo mudo de la desproporción de los pesos comparados.
-Este es el dilema: En ese extremo de la balanza, donde cabecea la nave que se hunde inexorable en la desesperanza, está Gricelis y el absurdo cúmulo de sus pesares; pero, pasajeros de la misma embarcación, y compañeros ineludibles de viaje, van otros mil atropellos y aberraciones que sufre la humanidad, y que son más irracionales que la causa de la inmensa congoja que actualmente te abruma- y lo dijo con tal gravedad que sentí escalofríos en el alma.
Osé mirar dentro del barco, y vi cómo la gente bullía en mil desatinos, que aceleraban su debacle. Enseguida el anciano prosiguió:
-El destino de todo ese mundo está íntimamente ligado a la vida de Gricelis. Puedes empezar a liberar ese buque del lastre que lo arrastra fatalmente al fondo, porque es insostenible el peso de tanta iniquidad impune. Es preciso aligerar la carga, y evitar que se hundan irremediablemente, y para siempre, todos los anhelos de los hombres.
Yo miraba, abstraído, el barco inclinado en su ruta siniestra hacia el abismo, mientras él proseguía su discurso, lento y convincente, pero sin pausa:
-Esfuérzate por identificar a los responsables directos de tantos y tantos infortunios, y no caigas en la simpleza de universalizar responsabilidades, porque siguen vivos y maleando muchos culpables de tantas calamidades. Una vez reconocidos, los nombras, uno a uno, y serán arrojados por la borda para evitar el inminente naufragio colectivo.
Contemplé, sin habla, el torbellino que arrastraba el barco de Gricelis, y vi cómo se lo tragaba aquel cenagal tenebroso. Esa escena horrorosa me servía para acumular montañas de indignación incontenible, que estallarían con furia vengadora. Pero el viejo no había terminado:
-En el otro platillo- levantó las cejas señalando al cielo-, como ves, allá arriba, perdido en las nubes, están tus más íntimos anhelos. Además, estrechamente unidos a los tuyos, están los afanes de otros muchos quijotes que, como tú, ahítos de buenas intenciones, y ceñidos con la armadura de una disposición limpia y generosa, poco significan para enderezar el rumbo y revertir las tendencias de los dos brazos de la balanza. Como lo puedes comprobar, el peso de las buenas intenciones es absolutamente insuficiente para contrarrestar tanta impunidad. Y ante la fuerza monolítica del mal, y la concreción permanente de sus actos perversos, todos los buenos deseos salen aventados por los aires- así terminó su exposición mesurada, manteniendo siempre un tono magistral-. Lo primero que tienes que hacer es desalojar tanta inmundicia.
¡Vaya que si me sentí aludido!, por eso de las ilusiones soñadoras, pero agarré el guante de inmediato, y acepté el reto, dispuesto a limpiar el barco de tanta porquería.
- Entonces, ¿comienzo la lista nombrando a todos los hijos de puta que echan vaina en esta tierra?, pues, con mucho gusto, si es para tirarlos por la borda.
Y haciendo caso omiso a la evidente negativa del anciano, y sin captar la reacción inmediata del fiel de la balanza, que se acostó obligado, siguiendo la nave de Gricelis que se escoraba más todavía, empecé a descargar, compulsivo, todo un arsenal interminable de improperios:
- Coño´e madres, apestosos, arribistas, alevosos, come mierdas, asaltantes, babosos, lambe culos, adulantes, cayaperos, almorranos, conchupantes, chaqueteros, cucarachos, aberrantes, culillúos, gran carajos, chupa medias, busca pleitos, bolsiclones, barraganos, borrachones...,- el viejo, con voz autoritaria, intentaba atajar tal desmadre de sandeces, pero yo seguía enloquecido, aupado por el convencimiento de que lo estaba haciendo de maravilla; ¡y ahora es que faltaban!, pues no había terminado ni con las tres primeras letras del abecedario; era todo mi tesoro, fruto acumulado en treinta años de frustraciones estériles y sueños inalcanzables. Y seguí con desparpajo-: ...difamantes, demagogos, dobles caras, descarriados, desalmados, di-putos, dispendiosos, displicentes, despechados, deshonestos, depravados, enquesados, egoístas, envidiosos, golilleros, gusanos, estafadores, fatuos, guapetones, fantoches, güele peos, falaces, farsantes, gordinflones de codicia, falsarios, garrapatas orejeras, impostores, inmorales, intrigantes, insidiosos, insensatos, insolentes, incapaces, jodedores, ...
-¡Coño! ¡calla!- gritó el viejo, y resonó como un trueno rompiéndome los tímpanos, y se me erizó el cabello. Frené en seco, y pensé: ¿Qué habré dicho mal dicho, para haber destemplado de tal manera al anciano?, y, una vez más, la voz firme y serena del viejo, me recondujo al camino:
- No has entendido, ni por asomo, la responsabilidad que tienes entre manos. El único efecto de las afrentas, es que fortalecen y justifican todo rechazo a la rectificación. ¿Por qué no empiezas por sacar a los irascibles, y te pones tú primero?
- Pero, usted también soltó un buen coño-, dije suavecito.
- Uso ese lenguaje cuando mi interlocutor no entiende otro, como cuando aquel, infinitamente manso, agarró el látigo para hacerse entender en el templo-, y sonrió con ternura, para luego continuar:
- Recuerda que la intemperancia es causa de muchos desaguisados, y con la tuya, en lugar de aliviar a Gricelis, agudizas sus males, y también pones tu granito de arena para acelerar el hundimiento de la nave.
Cuando me fijé, el barco hacía agua por todas partes; la situación era caótica, peor que en un comienzo. ¡Todo por mi culpa! ¡Por imbécil! No pude seguir pensando, porque el viejo intervino de nuevo:
- La idea no es proferir insultos a diestra y siniestra, para sacarte la piedra-, su tono no llegaba a regañón, pero sí se tornó enfático: - Tú mismo me has dicho que el problema no es contigo, por lo tanto, no busques descargarte. El objetivo es otro, y muy claro: Quieres aliviar a Gricelis. No lo olvides un instante, porque, de lo contrario, aumentarás su infortunio. Cuando el fiel de la balanza encuentre el equilibrio, Gricelis descansará de tanta aflicción. Piensa reposado en estos días, y como eres tan impetuoso, cuando quieras equilibrar la balanza, me llamas, que estaré pendiente.
Dicho ésto, se fue sin dar más explicaciones, pero dejó la balanza, nueva aliada y testigo único de las próximas batallas.
Me tocaba a mí dar el siguiente paso, pero la experiencia del primer resbalón me cohibía; pensé que no podría vivir tranquilo el resto de mi vida si supiera que también formaría parte de esa cuadrilla de ..., frené en seco, y reprimí a tiempo la retahíla de improperios que pujaban por salir atropellados. Me fijé en el tembloroso fiel de la balanza, que no llegó a desplazarse, pero sé que esperaba de reojo cualquier diatriba que me apartara de la meta propuesta. Respiré hondo y, poco a poco, con mucho tiento, fui recobrando el equilibrio, antes de iniciar la titánica tarea de desenmascarar a los culpables del desastre.
Durante varios días fui apartando todo apasionamiento de mi venática personalidad, y, con el estilete del más puro raciocinio, hurgué los entretelones más sórdidos del mundo que me ha tocado vivir, y que, ingenuamente, toda la vida he querido con denuedo transformar. No encontraba cómo sistematizar mi búsqueda. Le di marcha atrás a mi memoria y, poco a poco, empezaron a aflorar hechos actuales y remotos, vividos unos, conocidos otros; pasaron por mi mente entes oficiales, instituciones públicas y organizaciones privadas, asociaciones laborales, gremios, partidos y fundaciones, religiones y tribunales, escuelas, sindicatos, cuarteles y universidades, cárceles, bancos y hospitales, ministerios y prefecturas, sedes policiales, empresas transnacionales, acuerdos multilaterales, concilios eclesiales y organismos mundiales. Todos ellos, de algún modo, habían desempeñado papeles en mi vida, formaban parte de mi equipaje, y fueron pasando por el bisturí certero de mi conciencia.
¡Cuánta rapacería tramposa, qué inmensidad de abusos prepotentes e injusticias cómplices!, montañas inmensas de iniquidades impunes, prevaricatos absolutamente conscientes, infundios sembrados con afán de destruir honras, cohechos y malversaciones escandalosas, tropelías sin fin a la sombra de padrinazgos espurios, robos y pillajes de toda laya, venganzas y chantajes inconfesables, corrupciones sistemáticamente planificadas, abusos infinitos de poder, traiciones, ¡cuántas traiciones!, cobardías vergonzosas, -de ésto, lo que más-, silencios bochornosos, egoísmos, alcahueterías, complicidad...! Esta historia tenebrosa, jalonada de tantos desafueros, era la que nos había arrojado al abismo; ella era la que mantenía el barco en permanente alerta roja.
¿Y Gricelis? Sólo el candor de Gricelis, fue el artífice capaz de lograr tal milagro: Porque no se puede llamar de otra manera, al hecho de que yo pudiera resistir tal avalancha de escoria putrefacta, y aguantar, a pie firme, tanta ignominia, sin salir de mis cabales. No grité, no maldije, no lancé improperios, no me revolví aguijoneado por tanta provocación. Todo lo eché hacia afuera con fría premeditación, para que el fiel de la balanza no siguiera inclinándose a favor del desastre, y no se agudizaran, así, los padecimientos de Gricelis.
Ahora sí veía claro, me tocaba el trabajo definitivo de entresacar a los culpables, venciendo la repugnancia de manipular tanta basura. Ya tenía algo concreto para cuando me encontrara con el viejo, y no aguantaba las ganas de verlo, para mostrarle mis progresos. El haberme dejado la balanza, con su fiel inquisitivo, en papel de guardaespaldas, había sido un tiro sabio y certero.
Volvimos a vernos a los pocos días. Me resultó fácil reencontrar a mi estimado viejo, con sólo remontar el vuelo a las estrellas y no cejar en mi empeño de encontrarles respuesta a tantos porqués. Esta vez él llevó la iniciativa, y comenzó, sutilmente, a poner las cosas en su sitio, y a establecer claras las reglas del juego. Con un suave dejo coloquial comenzó nuestra entrevista:
-Entendí que querías hablar conmigo - dijo amigable al agarrar puesto junto a mí contemplando las estrellas. Y continuó: -¿Cómo sigue Gricelis, y su mamá, y sus hermanitos?
¡Con cuánta sabiduría hablaba! , y a tiempo supo amarrarme al dolor de Gricelis, para que no me volviera a desbocar por un derrotero equivocado. Luego, le respondí agradecido:
-Hoy precisamente la vi en el hospital, y la cosa está peor cada día. Ya no la quieren tener, porque sus lamentos se oyen de noche por todo el hospital. El bulto del hombro ya tiene el tamaño de un balón de fútbol. ¿Y si busco a alguien que se apiade de Gricelis, para que le dé un pasón de morfina, o de cualquier otro tranquilizante?
-¿Se lo has preguntado a ella? Tienes una forma muy expedita de terminar con tus incomodidades; además te sale barato, porque matas a Gricelis con el mismo tiro. Y el fiel de la balanza volverá a seguir su rumbo implacable de destrucción y muerte.
-Precisamente le pregunté ayer, mientras le duraba el efecto de un calmante, si quería o necesitaba algo. Y sin pierna y con un hombro monstruoso por su cáncer terminal, y con los plazos de alivio reducidos a una hora diaria, me respondió como avergonzada, ocultando su rostro en la almohada: "Quiero un helado de parchita". Me hizo llorar; ahora me siento totalmente ridículo esgrimiendo mi venganza justiciera.
- No te preocupes por eso, el ser humano es muy resbaloso para lograr encasillarlo a la medida de nuestros pensares. Y ahora, sí, dime tranquilo lo que has encontrado para achicar el barco que se nos pierde a la deriva.
Para no meter la pata una vez más, repasé mis argumentos, y, en tono comedido, empecé mi exposición con un alarde de maduro equilibrio:
- Como ya no quiero ofender a nadie, he encontrado un buen riel que impide mi descarrío. De comienzo, sólo pasaré lista a todos los que se traicionan a sí mismos, a su razón de ser, y a sus principios. Añadiré los que viven la contradicción permanente entre lo que dicen y lo que hacen-. El fiel se mantenía en calma, y el viejito también, y yo confiado terminé haciéndole la siguiente pregunta: - ¿Me hice entender, y, si le parece, ya podemos empezar a salir de los inconsecuentes? - y me quedé atento, esperando la anuencia del viejo.
- Sí entendí - me respondió rápido, -pero explícate mejor, para ver si te entiendes a ti mismo, porque no quiero que volvamos a las andadas.
Con cierta inseguridad, continué la explicación:
- Lo considero muy sencillo. ¿Qué le exigimos a un semáforo?, pues que dé paso al tráfico en una sola dirección, e interrumpa las restantes. Cuando está apagado, o parpadean sus colores, o se ha quedado encendido dando paso en un sólo sentido, no está cumpliendo sus funciones, sin embargo, lo más que puede generar es una buena tranca. Pero, si quedan prendidas las luces verdes en todas las direcciones, el semáforo se ha convertido en un verdadero asesino. Quiere decir que el semáforo ha traicionado su razón de ser, es un peligro inmediato, y es mejor que no exista. Por lo tanto, ¡a lanzarlo por la borda, sin contemplaciones!- Miré al viejo, y, de reojo, a la balanza; ninguno de los dos mostraban señales de interrumpirme, y proseguí para darle más contundencia a mis conclusiones. - ¿Se imagina si la Madre Teresa de Calcuta, amparada en sus hábitos religiosos, y aprovechando su imagen de santa en vida, se hubiera dedicado al tráfico de estupefacientes, o a la trata de blancas?
Esta vez, sí logré que el viejito me interrumpiera raudo, para que no siguiera desvariando, y cortó por lo sano diciéndome:
- Bueno, bueno, veo que no andas con muchas sutilezas cuando quieres afianzar tus razones; acepto la analogía, es suficiente. Ya puedes comenzar a botar al mar toda la carga perversa, que hace insalvable nuestra nave medio hundida.
- Comenzaré con los jueces venales, vende sentencias y violadores de la justicia; políticos arribistas, mentirosos y traidores a los intereses de la gente que los eligió; banqueros ladrones del dinero puesto en sus manos para ser custodiado; obreros flojos; trabajadores que no trabajan; empresarios renegados de su capacidad competitiva; policías metidos a delincuentes; periodistas manipuladores de la verdad; obispos ricachones; médicos traficantes de la muerte; empleados ineficientes, burócratas entorpecedores; profetas cobardes;... - mantuve la cautela, y a cada momento miraba el rostro envejecido que asentía con mesura; lo que sí me tranquilizó fue la respuesta del fiel que, inexorable, me acompañaba como alegre, dando brincos; ya era perceptible su despegue de la postura original, acostada y fija, señalando las tres. El barco también había comenzado su ascenso indetenible. Me despedí del viejo, pues sentí una necesidad inmensa de saber de Gricelis, a quien había ignorado, absorbido por estas diligencias.
Los hechos se habían desencadenado con extremada rapidez. La protuberancia en el hombro era absolutamente increíble, tanto por su tamaño, como por su textura turgente y cárdena. Y los dolores provocaban en Gricelis unos quejidos continuos, que a veces llegaban a verdaderos alaridos, como la vez que llamamos al hospital para preguntar por ella, y la enfermera nos permitió que oyéramos los lamentos a través de la bocina. Ese hospital no estaba pertrechado para una cirugía de estas características, y la solución fue llevarla al hospital universitario. Gracias a un médico amigo, estudiante de postgrado, conseguimos que la ingresaran. Hasta lograr una cama disponible, Gricelis pasó tres días en la sala de observación. Un día, que buscábamos calmantes con urgencia, porque los disponibles en el hospital eran insuficientes, recuerdo las palabras de Mary, mamá de Gricelis, cuando temblando de congoja, pero nunca de amargura, me expuso la siguiente inquietud: "No sé si será pecado preguntarle a Dios, ¿a quién castiga?, ¿si a mi hija o a mí?, pues mi único pecado ha sido parir".
En ese momento no pude comprobar algo que me contó el viejito, cuando le repetí las palabras candorosas de la señora Mary, y es que el fiel de la balanza había hecho un esfuerzo sobrehumano por equilibrarse. Eso me ayudó a caer en la cuenta de que no estaba solo, en la titánica tarea de emparejar los platos; que mientras por un lado, había que ir limpiando de delincuentes y parásitos el barco, por el otro, la ternura y dedicación de Mary hacían peso, y contrarrestaban tanta maldad.
Días después, le rebanaron brazo y hombro izquierdos. Gricelis, piltrafa evidente de un sadismo sin límites, conoció sus últimos días de alivio, y le prometió a su madre que, ahora sí, seguiría los tratamientos que le pusieran los médicos, y que volvería a la escuela para seguir estudiando.
Su último deseo fue volver a su casa por última vez, para exprimir con avaricia el cariño de sus hermanos, hasta que regresaron los dolores insufribles, y la metástasis se adueñó de todo su cuerpo. Entonces prefirió que la regresaran al hospital, porque peor que sus dolores, era ver a sus hermanos sufrir cuando la sentían gemir de dolor, sobre todo los pequeños.
A las dos de la madrugada nos llamaron desde el hospital para avisarnos que la muerte de Gricelis era inminente: había entrado en coma. Fuimos rápido a buscar a Mary al caserío, porque esa noche se había quedado, junto a su cama del hospital, en vela, la hermana mayor de Gricelis. Llegamos a tiempo, y madre e hija se despidieron, sin palabras, minutos antes de que la muerte, compadecida, la arropara para que no viera que también nosotros estábamos llorando.
Volví a maldecir al cielo y al mundo entero, y renegué por tanta injusticia y tanto atropello, y terminé asqueado de la vida, y ansié estallar llevándome por delante al universo.
Esta vez el viejo me echó un brazo al hombro, que yo sacudí con repugnancia. No tenía ganas de darle chance a justificaciones y explicaciones inoportunas, y, además, totalmente inútiles. Le di la espalda y me lo encontré de frente. Ahora no me miraba, también estaba agachado, ¿avergonzado?, como agobiado por un peso infinito. ¿Sentiría que me había engañado y yo perdido su confianza? Estiró lentamente el brazo enjuto y, con su mano, señaló la balanza, ahora en reposo. Después habló lentamente, sin dirigirse a mí, para no ofenderme:
- El fiel está en equilibrio.
- !Me importa un carajo¡
- No pretendo importunarte, pero eso indica que Gricelis ya no está sufriendo.
- Y ¿con qué iba a sufrir, si no le quedaba cuerpo para que le doliera? - y volví a sentir un ahogo incontrolable, que me estrujaba. No estaba dispuesto a compartir mis penas con nadie, y menos con ese viejo que tenía la rara habilidad de hacerme ver mi desnudez. Pero él insistió en desmontar mi andamiaje, y siguió pensando en voz alta:
- ¡Cómo me gustaría conocer las últimas palabras que pronunció Gricelis, todavía consciente, antes de morir! Pudieran ser una pista invalorable, para encontrar respuesta a tantas preguntas...
- Pues olvídese, que no seré yo quien se las diga-, refunfuñé entre dientes.
- Esa criatura era muy inteligente, y sólo una fortaleza asombrosa habría podido resistir tanto sufrimiento. Sus últimas palabras pueden ser la esencia de un verdadero tesoro-. El viejo empezó a tamborilear sus dedos sobre la balanza, mientras se acomodaba para marcharse, pero antes terminó su monólogo al viento: -Si no tengo el mérito de conocer sus últimas palabras, no me preocupa, lo importante es que tú sí tienes ese privilegio, y las sabes. No las vas a poder olvidar, porque cuanto más impenetrable te pongas, más profundas se alojarán en tu alma, y más arduo será el trabajo para arrojarlas afuera- y, dicho ésto, agarró la balanza, y se fue para siempre.
Me quedé solo, enfrentado al firmamento, y, aunque añoraba los ratos de discusión con el viejo, no quería reconocerlo. Y, mucho menos, desde que hizo mención a las últimas palabras de Gricelis, aquellas que le dirigió a su inconsolable hermana, momentos antes de perder el conocimiento. Volví a recordar, cuando el viejo me preguntó: "¿...te duele más que a ella? "
Gricelis, en el último momento de su vida, me había jugado una mala pasada. Después de diecisiete meses de agonía y desquiciantes dolores, mil millones de veces más agudos que los míos, una niña de trece años había logrado desarmarme. ¿Quién era yo para mantener encendida la hoguera del odio y la indignación, si ella misma había renunciado explícitamente a ello? Y el testimonio más claro, fueron sus últimas palabras, que las pronuncio ahora, porque nadie ve que estoy llorando, y el viejo no las puede oír: "¿Por qué lloras chica, si me voy a encontrar con Dios?"
Te confieso Antonio, que siempre estoy contigo, y he vuelto con frecuencia a retar a las estrellas, y a maldecir mil veces los dolores absurdos de mil Gricelis, porque no he logrado hacerme insensible a los dolores de los inocentes, ni quiero dejar de pelear a pesar de mi impotencia.
Javier Arrúe, un "campesino ilustrado", oriundo de España, nacionalizado venezolano, más de treinta años vinculado a las luchas y esperanzas campesinas de Guayana.