ENcontrARTE - Creador@s somos tod@s - Literatura: NARRATIVA: Invierno en el país de las ratas

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Año 3

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NARRATIVA: Invierno en el país de las ratas

Lisandro Ignacio Romero

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A mi padre


Ya no gritaba, se ensordecía en su delirio sombrío, negaba todo alrededor.

En su cuerpo se reproducían los golpes fatales a coro con los gritos de los otros, esos que también eran como él, prisioneros de la barbarie, esos que no había visto jamás, pero de los que tenía una lamentable certeza : también sufrían. Eso los unía atravesando las paredes de aquel siniestro hoyo hediondo, húmedo.

El añora caminar el otoño, chocar frenéticamente su rostro contra el aire anhelado de abril y salir volando, saltar precipicios, revolverse entre la tierra húmeda, pisar las sonoras hojas secas, la antigua piel del árbol. Ensuciarse tan simplemente con la suciedad de la libertad, mugre gloriosa de la tierra madre.

Atrapado en un país de ratas, torturado y gobernado por asquerosos roedores, sueña con un gato vengador que de un zarpazo las hiciera huir lejos de su patria, la que alguna vez amó, la que le valió el encierro.

Su comprensión erraba en direcciones inexploradas para el hombre común, aterradores elucubraciones, delirios que erizan la piel, lugares oscuros lo atrapaban, una víctima mortificada de la masacre argentina, un futuro cadáver para ocultar, otra putrefacta figura de nuestra historia, un ejemplar para el museo de la hipocresía, el valor por excelencia de una cultura en ruinas.

Una inverosímil disnea invadía su cuerpo acostado en el frío inefable de un invierno anómalo, como un intento de silenciarlo, hacer desaparecer sus palabras, frágiles mensajes de un país nuevo, profundas construcciones de una mente joven, inmundos sonidos a los oídos repugnantes de las ratas. O quizás esa era una forma de no respirar mas ese aire de pozo, aire de tumba, quizás esa corta respiración sólo recibía el aire libre que se escapaba por la diminuta ventanilla de mundo, o quizás era hora de huir.

Era el segundo día que pasaba así, tirado sobre un absurdo camastro, sin esperar absolutamente nada, el dolor se le había vuelto cotidiano, su cuerpo lo había automatizado, todos los días, a esa hora maldita ellos aparecían, la mismas preguntas, el mismo valiente silencio, los mismos gritos.

Parecía que el aire se le escapaba aletargadamente junto con la felicidad que alguna vez tuvo o creyó tener. El pasado también se le escapaba, lo único que permanecía era eso por lo que sufría, era lo que más le dolía: su ideal.

Ahora su mente se aleja, huye, quiebra las paredes, los barrotes, las celdas, la gran jaula mundo de la que nunca había podido escapar. Pero hay un ruido que permanece, mecánicamente se repite. Su corazón, insaciable máquina sigue tras las rejas, encapsulado en la tierra de las ratas, acorralado en un entorno que ignora, como un niño perdido en una larga noche, abandonado por una mente que se escapa buscando volar contra el aire de abril.


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