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19 de marzo 2007
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NARRATIVA: Historia excepcional del Señor de la Procreación
Hugo Müller
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"En el pueblo de Supermanía, viejo enclave apache del Imperio Norteamericano, en los albores del agonizante siglo XX, sucedieron hechos extraordinarios. Los investigadores serios no supieron precisar cuándo comenzó a padecer un mal inexplicable su sana y puritana población. Disfrutaba Supermanía de ciertos privilegios que despertaban la envidia de los pueblos vecinos. Pagaban menos impuestos y recibían dádivas constantes de Monroe, Gobernador del Estado, hombre del pueblo y general del ejército que combatió en la captura de Cuba. Con estos beneficios desarrollaron industrias agrícolas que abastecían a vastas regiones de la costa occidental. Muchas leyes impedían a negros e indios establecerse como ciudadanos de Supermanía, ya que eran considerados perezosos, malhablados y ladrones, y podían corromper el bienestar que gozaban los supermaníacos. De cualquier modo, los primeros aún estaban preocupados por escaparle a los esclavistas invictos de la zona, cuyo deporte favorito era espantarlos a los tiros. En cuanto a los segundos, los trasladaron en camiones al desierto de Nevada, y en un acto carente de solemnidad, les entregaron una tierra inhóspita, llena de cactus y rodeada por un alambrado de cuatro metros de altura. Cabían en ese arenal caliente y espinoso doce carpas y una casa rodante donde acomodaron a ochenta individuos de la raza autóctona.

-Ahora deben desenvolverse por sus propios medios, con sus conocimientos ancestrales aprenderán a sobrevivir- les arengó el representante del general Monroe.

Sólo el anciano cacique comprendía ciertos verbos del inglés, pero su respuesta no fue más que una sonrisa negligente. Por su parte, los blancos les dejaron un barril de agua y cuatro hogazas de pan duro para que pudieran abastecerse los primeros días.

El líder indígena no era mentecato y simplón. No deseaba rendirse ante sus presuntuosos conquistadores. Pronunció juramentos mientras los veía alejarse en sus camiones modernos. A la noche, encendió antorchas, y apelando a su sabiduría venerable, ingirió varios hongos para proveerse de visiones que pudieran mostrarle cómo castigar a los anglosajones que procuraban sentenciar a muerte a su tribu. Sus mujeres se encargarían de buscar provisiones en aldeas menos hostiles, asentadas hacia el este, a quinientos kilómetros de Supermanía, de donde habían sido expulsados tan alevosamente.


Al año siguiente cambiaron bastante las cosas en el pueblo próspero del gobernador Monroe. La excelente alimentación y las magníficas costumbres de sus habitantes habían fomentado un crecimiento espectacular de la población, a razón de ocho críos por familia. Hasta se comentaba que la fertilidad de los campos había arraigado en las mujeres. Pero repentinamente esta tendencia se revirtió. Los hombres empezaron a asumir actitudes afeminadas. Hacían de todas maneras el amor con sus mujeres, pero no acertaban a ponerlas encintas. Durante cuatro meses, sobre un total de treinta mil hembras en edad de parir, no se produjo alumbramiento alguno en Supermanía. No se veían embarazadas por sus calles. Las amas de casa ya no reían y los trabajadores supermaníacos andaban apesadumbrados, con visible malhumor, inquiriendo a su Dios Todopoderoso las razones de su tremenda situación. Los médicos del pueblo no entendían el fenómeno y lanzaban diagnósticos equivocados. En vano recomendaban regímenes vitamínicos y describían técnicas eyaculatorias. Ninguno de sus métodos daba resultado, ni siquiera los conjuros de los habitantes que tenían nociones de brujería, algunos de ellos dirigentes de aquelarres, lograban que se fecundase el óvulo de alguna supermaníaca.

Dos años más tarde la cuestión se agravó. Quebraron las empresas de artículos para bebés. Los fabricantes de cunas se retiraron desesperados a otras ciudades. Monroe se mordía los codos. Incentivó a parejas de pueblos vecinos con hijos recién nacidos para que se afincasen en Supermanía pero sus propuestas no tuvieron éxito. Ya circulaba la novedad por todo el Estado: su pueblo estaba en decadencia y la mitad de los supermaníacos huían de sus moradas. En ninguna otra región del Imperio apareció una supermaníaca preñada, tampoco se supo de supermaníacos que engendrasen descendientes en otros países. Todo el pueblo había sido esterilizado... La cantidad de divorcios se multiplicó por cien y los jueces de paz estaban saturados de trabajo, débiles e impotentes como las personas que debían juzgar.

-¡Oh, calamidad maldita! ¿Por qué descargas tu cólera con nosotros, Señor?- oraban los sacerdotes supermaníacos.

-¡Feligreses más piadosos no encontrarías en todos los Estados Unidos! Con esta plaga sólo has conseguido que los fieles protestantes del pueblo comiencen a desobedecerte. Considera que no todos tus acólitos pueden poseer el temple de Job. Ya van siete años de esterilidad ininterrumpida, y hemos inventado plegarias de todo tipo. Desata el Apocalipsis de una buena vez, pero no nos sumerjas más en esta lenta y profunda agonía -imploraba desde su púlpito el pastor principal.

Con el sexo caído e inútil, en una juerga organizada por el presidente, Monroe le planteó el caso, evitando con una mueca furiosa las burlas de los otros gobernadores.

-¡Algo hay que hacer! No puede desaparecer Supermanía de modo tan siniestro, eliminada del mapa y sepultada en el olvido. Debe existir una treta, un decreto salvador o un hechizo que devuelva la fertilidad a mis coterráneos.

-Pero general, ¿cómo me interrumpe ahora con esas leyendas pueblerinas? ¿No ve que estoy en medio de un asunto importante? -le inquirió el presidente, besándole las tetas a una compañera ocasional. -En los temas urgentes que traté esta mañana mis colaboradores no incluyeron los sucesos en Supermanía. No hay motivos para considerar que estamos ante una emergencia. Relájese, Monroe, y pronto verá resurgir a su pueblo. Le presto una mujer diestra para enderezar miembros masculinos. Quizás sosegará sus penas- lo consoló el mandatario.

El gobernador rechazó la propuesta y se excusó humildemente.

-Es que usted no entiende. He estado pensando en castrarme. Así por lo menos sus amigos no me dirán más pullas. Adiós.

Y el dirigente supermaníaco se fue compungido del agasajo presidencial.

Los moradores más bisoños de Supermanía ya habían cumplido veinticinco años. El brote de infecundidad se había propagado. Estos nuevos e inexpertos supermaníacos jamás demostraron interés o ganas de entrelazar sus carnes con el sexo opuesto. Castos y vírgenes, los hombres servían en las milicias racistas de la región y las mujeres velaban por los ancianos, oían sus cuentos de la época fértil. Los viejos se referían a la pasada gloria de Supermanía, suspirando tristemente... Las niñas (así las llamaban sin reparar en que algunas de sus pacientes celadoras ya tenían arrugas, los senos caídos y los ojos fríos y distantes) no comprendían aquellos tiempos en los que preponderaba la pasión, en los cuales se producían cuantiosos encuentros amorosos. El espíritu comunitario de la destacada ciudad anglosajona se había quebrado. Los supermaníacos se habían transformado en misántropos o anacoretas abrumados. Sólo quedaban cinco mil, viviendo en cabañas desarregladas e invadidas por la plaga, apartados unos de otros, manteniéndose apenas con la venta de chanchos y el petróleo pútrido que extraían de unos pozos deteriorados. Cuando casualmente se juntaban un varón y una hembra en el único almacén del pueblo, se saludaban con desprecio, pagaban sus modestísimas compras y retornaban por el camino seco y polvoriento, envueltos en una tristeza infinita. Ni la gran Guerra había modificado el ánimo y los hábitos de los supermaníacos. Casi no se enteraron de ella. Alejados de la marcha del país, se acostumbraron mecánicamente a sus existencias fantasmales y desabridas. Monroe renunció a su gobernación y se refugió en el pueblo, molesto con la indiferencia de las autoridades.

En la reserva apache, en cambio, sin alegorías platónicas, los indios convivían decorosamente. A veces los acometían algunos supermaníacos rencorosos. Los que salían contrahechos de estos cruces, eran sanados por el docto cacique que había hallado la fórmula para vengarse de Supermanía, bien llamado por su clan Señor de la Procreación, porque era el supermacho destacado de la congregación: trescientos hijos suyos lo atestiguaban. También sufrían ataques de soldados degradados del ejército imperial que pretendían robarles sus hongos para venderlos al menudeo, apoyados por agentes regulares del gobierno que buscaban mujeres exóticas para su presidente. Trataban de soportarlo pacíficamente, pero favorecidos por la aspereza del desierto, en ciertas oportunidades demostraron sus agallas atrapando con sus lanzas tosigosas a los blancos más fanfarrones. El mismo visionario cacique, modelo de hombre superdotado, era el encargado de arrancar los malvados corazones y preparar con ellos sabrosas salsas, siguiendo recetas precolombinas.

Jamás en los años aciagos de Supermanía los apaches pisaron el pueblo. Una semana después de su expulsión, el Señor decidió el plan a ejecutar. Fue fruto de una idea tardía. Se le ocurrió cuando concluyó el éxtasis producido por los granos gomorresinosos de las pitas que consumía. Simplemente, esparcir en los cultivos de los supermaníacos esencia de menispermina y una colonia de chinches. Sabiendo que eran las vísperas de una celebración santa de los blancos, supuso que sus campos iban a estar libres de vigilancia aquel fin de semana de principios de siglo. Seleccionó a sus mejores guerreros para realizar la labor. Les dio vestimentas de blancos y les enseñó las palabras básicas que conocía de su idioma por si los sorprendía una patrulla inesperada. Los indios llevaron sus mejores instrumentos de riego. Formaron corrientes de la sustancia esterilizadora en los surcos de los supermaníacos, y para asegurar el éxito de la operación, liberaron millones de chinches, ya que sus excrementos favorecen al efecto de la menispermina.

Tal argumento científico le reveló a Monroe una anciana de la reservación de Nevada, luego de una extensa sesión de torturas. El general organizó una partida para capturar al apache prodigioso. Sus hampones derribaron las chozas de los indios, y prendieron fuego a su campamento. Al Señor de la Procreación lo apresaron en su tienda. Ya tenía noventa y seis años pero su cara no mostraba huellas de cansancio. Y sus testículos tampoco: el anciano estaba dale que dale sobre una bisnieta, buscando un vástago más que asegurara la continuidad del clan.

-¡Ah, indio endemoniado! ¡Así te queríamos agarrar! ¡Condenado hipócrita! Ahora tendrás que responder por lo que hiciste- le gritó Monroe.

El viejo sonrió como un idiota, simulando que estaba sordo.

-No caeré en tus trucos. Sé quien eres y me cobraré el desastre que has provocado. Supermanía renacerá. Usarás los poderes que te concedió la naturaleza. Actualmente tenemos ochocientas mujeres listas, aguardándote en sus lechos para que las fecundes. Comenzarás por mis hijas, y hasta que no nazca la nueva generación de supermaníacos que engendrarás, sólo saldrás de nuestro calabozo para copular con postulantes que vendrán de otros estados a conocer tu portentosa virilidad- dijo el veterano general.

El indio, oscilando entre el heroísmo y la resignación, hizo lo más sensato. Rogó a Monroe que le concediera dos minutos para juntar sus hierbas favorecedoras de la gestación en el último ardid de su vida. Un fuerte olor a pólvora y el humo del heno ardiente ingresaban por los ventanucos de su cabaña, decorada su puerta con dibujos que representaban su puesto en la mitología apache. Sus hermanos ya habían sido masacrados, la joven que tenía entre sus piernas sacrificada con un balazo en la sien izquierda. Los blancos asesinos arrancaron el alambrado ya innecesario. Las ánimas de los difuntos ascendían al cielo caliente. El anciano se metió en su laboratorio a buscar el equipaje, escoltado por dos secuaces de Monroe. A través de un agujero el viejo espiaba los charcos de sangre en el patio, los cadáveres mutilados de sus queridos hijos. El Señor de la Procreación tomó sin trepidar los hongos venenosos. Enseguida se tragó cuatro con un vaso de horchata. Un rato después, antes de subirse al helicóptero de Monroe, expiró contento en los brazos de los supermaníacos, emitiendo un regüeldo estridente.

hugomul@escribimos.com.ar


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