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En el nunca estan, para siempre Entre lo que vemos y lo que se halla detrás, al otro lado, está lo verdadero y más todavía lo que está por encima de todo, lo invisible que todo lo abarca, materia creadora, ese universo sostenido en sí mismo, coherente, perfecto, dueño de la cábala, persuasivo a más no poder, de manera rotunda, como un péndulo entre el hombre y su sombra, resuelto en la unidad, que no es otra cosa que la diversidad, expresándose nítidamente o en forma simbólica, numerosa y una, donde el azar es ley, el eterno presente, el tiempo circular, la espiral, la serpiente mordiéndose la cola, el espacio que extrapola el laberinto, ese ser que anula y acuña al individuo acosado por la muerte, supremo conductor de nuestras vidas y más atrás de todo lo anterior, el punto clave, el centro que de nada cuelga, el origen del mundo, múltiple, espacio y tiempo a la vez, simultáneo, manifestándose en uno ya en el otro. Cronos El tiempo engulle lo que existe y será: da el tiro de gracia a la agónica cabeza de lo nuevo: se advierte en el transcurso de la turbulencia el lado vulnerable más humano, el nombre que encierra el manifiesto antropófago y no el otro, que jamás ha sido pronunciado; allí, el horror de lo poco que queda de nosotros, nada se consolida, ni la hora que llega reside en lo hondo de la piedra y la idea de lo moderno no coincide con lo viejo, pero termina ajada, abandonada en el desván de las cosas que no sirven y esa es la otra noción del universo: la síntesis de la invención y la sorpresa: en este caso la propuesta es crear contra el olvido, escribir entre dos los opuestos: la noche y el día, porque el tiempo siempre se hace cargo de todo: el riesgo de ser al margen de la sutileza, el roce de la piel entre los talismanes, el sahumerio en el portal de los santos, pero también todo aparece bajo el designio de la magia: y esa es la poesía que hace que todo vuelva convocado por la palabra, la sal de los designios, mandato de los altos poderes y el verdadero sentido de nuestra búsqueda y de nuestra lucha contra la inevitable voracidad del tiempo. Barbas de papiros, azulejos Ni dicha ni horror en la metáfora: por cada uno de nosotros hay un pájaro insaciable de alas verdes, camaleónico, presto al banquete: nada quedará de lo servido en la mesa, ni el corazón cardial con sus testículos de oro, ni la branquias negras de pez domesticado en la pequeña pecera envuelta en las redes de la araña, que teje y sabe los secretos de la espera; nada quedará de la mujer que levantó la calumnia: acuérdense de la mujer de Lot convertida en estatua de sal: su lengua otra vez quedará amarrada al látex y nada quedará de ese imberbe reyezuelo que sueña con las grandezas de Bizancio y las setecientas esposas de sabio Salomón –pobre sabio- nada quedó de su opulencia ni de su semen, apenas su nombre lo recuerda el letrado; nada quedará de los enanos y de las manos maquilladas, de los caballos de fuerza, del ungüento en el canal de la espalda arqueada como un puente entre las dos orillas; nada quedará del poderoso as de espadas y los cineféfalos que corren con sus falos enhiestos como mancebos hirsutos, más anchos de bustos, detrás de la virgen desnuda como Juana de arco con sus senos duros con tapujes casa de dragón, bella ella con sus nalgas de nácar y mármol, olorosa a lila, a fósforo en la punta de la llama que quema más debajo de la ingle. Los pífanos no son sordos ni cribados de benjuí y aunque se pierden en el cielo de celofán y coral no leen su suerte en su vísceras abiertas: nada quedará de lo poco que nos queda del paraíso y no habrá nada, ni pacto de por medio, ni cuerpo recién entregado, ni flor en las manos cupidosas del amor, nada habrá, visible –a menos que sea lo sagrado- en los bordes heridos y sinuosos de la tierra: todo será devorado por el sol del abismo escarlata. Venezuela Déjanos Tu Comentario |
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