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17 septiembre 2007
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POESIA: Crónicas de guerra…
Héctor Valerio
Baje la versión PDF del artículo

Ellos se alimentaron de la muerte…
desde jóvenes vendieron su muerte a la muerte,
acabando con vidas santas que venían al encuentro
de los días que salían del mar…

Visitaron los caminos desiertos, los campos de tiro,
los mares contaminados de pruebas atómicas,
los cuarteles, las cárceles secretas, las salas de torturas, las cámaras de gas…
tierra abierta a golpes, mares y hombres abiertos a golpe…

Solo tuvieron pensamientos de muerte… y sentimientos… y acciones de muerte…
para destruir con las manos, con el fuego,
con la tinta que llenaba los diarios, con la palabra…
encerrados en salas de muerte desde niños;
con maestros, profesores, abogados, doctores de la muerte… aprendiendo..
la matemática, la química y la física de la muerte,
pero también la filosofía, la psicología, la ideología…

Hicieron un pacto con los asesinos
para que mataran a los niños que estaban naciendo,
y sus besos fueron de muerte y sus versos,
y sus mañanas de luces, sus tardes amorosas,
sus paseos en la plaza…

Y había muerte en los juegos del río,
en los salones y en los pasillos de la escuela,
en las canciones de la tarde,

en las cansadas luces de la noche…
y otra vez amanecía la carrera para acabar con lo que estaba en pie…
venía como una caravana que anunciaba la soledad en los campos,
la destrucción en los aeropuertos y en los altares visitados por Dios…

Como una maldición arrastrada a las puertas de la ciudad
por la maldad de corazones cansados de amar,
como una manada de perros hambrientos,
como las garras que ya no pueden soltar sus presas;
así cayeron sobre la multitud que estaba preparada para ver la vida…

Vi montones de cadáveres en los campos del fútbol,
corriendo sobre la hierba húmeda de sudor,
vi cadáveres atravesando las avenidas,
sin saber que eran cadáveres,
sin saber que sobre ellos había caído una sentencia que los privaba de la vida,
que los hacía morir temprano,
sin niños que lloraran su ausencia
ni mujeres que se preguntaran por sus nuevos rincones
en donde regar sus lágrimas…

No eran cadáveres dispuestos a ser cadáveres…
eran víctimas de la tristeza de los que no tienen amigos,
de los que están solos, de los que se reúnen a escuchar órdenes de superiores…
inferiores tratando de crecer sobre montones de despojos,
subiendo con el humo de los muertos para tener poder…

Eran cadáveres que tenían la vida al lado… también muerta…
cualquiera podía leer su memoria porque rondaba cerca
entre las paredes y los techos que aún volaban…

Era una muerte prestada, intencionada, aceptada por obligación,
negociada en la sombra de la muerte…
era una muerte sin misas, ni ceremonias, ni entierros;
sin perdón de pecados, sin arrepentimientos…
miles y millones destinados al infierno
por la sola culpa de haber nacido donde caían las bombas;
por la sola culpa de vivir libres en un territorio condenado a estallar…

Eran tantos, que nadie los recordaba…
vivos o muertos era igual para el que venía detrás… con la muerte detrás…
las madres olvidaban a sus hijos que en la mañana corrían y en la tarde no estaban…
todos se resignaban a la pérdida, se separaban las familias, se perdían los niños…
y unas voces de megáfonos obligaban a aceptar la extinción…

Y el dolor ya no existía porque la muerte era la costumbre
en cada esquina y en cada acera…
a veces, de los árboles colgaban frutos de muerte…
se veían en los amaneceres, de camino a la escuela
y desaparecían con las horas del sol alto…
todos escuchaban los comentarios de la muerte por los alrededores de la iglesia
que rezaba para que los asesinos se convirtieran en santos
y para que los muertos entraran al cielo sin problemas…

Yo sabía que los curas y las monjas no estaban a salvo,
como no estaban a salvo las universidades o las bibliotecas
o las vacas que pastaban al lado del río, pasando el puente,
ni el río, ni el puente, ni los caminos que nos habían hecho nómadas
como nuestros padres y abuelos…

sabía también que los árboles serían sacados de raíz
y que la tierra volaría por aires con olor a pólvora…

Volarían las estaciones de radio
y se apagarían la música y las palabras de los noticieros
y las novelas con sus diálogos apasionados,
y con ello la posibilidad de sentarnos en familia a comer tranquilos…
estábamos obligados a despertar asustados de cada pisada, de cada salto de grillos,
de cada golpe del viento sobre los techos de latón…
estábamos obligados a no descansar lo suficiente,
a no tener fuerzas de claro pensamiento,
a no pensar que todo podría cambiar…

Todo acorde que moviera a la belleza
fue sustituido por el ruido de motores de aviones
y cadenas de tanques que vomitaban descargas mortíferas
desde sus movimientos mortíferos
planificados año tras año en ejercicios mortíferos,
ejecutados a la perfección por profesionales a salario
que siempre daban en el blanco…
y sus objetivos eran muertos
que no se daban cuenta que estaban tomando la comunión,
o de cumpleaños, o recién casados, o atendiendo la terapia intensiva,
o haciendo funcionar las computadoras del progreso de los pueblos…

Y los papeles que nos identificaban como ciudadanos nacidos en el país,
no valían porque nuestra muerte estaba decretada…
era como si no hubiésemos nacido en ninguna parte,
de ninguna madre, sin hermanos, sin tíos ni sobrinos…
huérfanos sin memoria de que en algún momento respiráramos
o corriéramos en círculos hasta cansarnos
o tratáramos de atrapar gotas de lluvia con la lengua…
huérfanos de llanto, de sonrisas de amigos, de miradas o de penas…

Solo una terrible agonía se lanzaba a correr sobre nuestras espaldas
y por las noches se hacía más pesada
con las conversaciones de lo que se escuchaba,
ocurría en el resto del territorio…
ya no había electricidad porque habían caído las torres
y estallado las centrales eléctricas,
y el agua escaseaba en los comedores escolares
que aún resistían el hambre de los niños y la desesperación de las ecónomas…

Solo se escuchaban gritos peligrosos y llantos peligrosos
que venían de la tierra y del aire
para colmar los días de impaciencia,
de dudas sembradas para andar con mucho cuidado por todas partes…
estallidos coloreados por los huesos, las pieles y la sangre
que se hacían al aire desde las canoas de los pescadores,
desde los campos de siembra, desde los hospitales,
los autobuses en la carretera, los museos repletos de arte…
los miedos que casi llenan de miedo a la ciudad…

Miedos que corrían con sus manos levantadas al aire
y sus pieles colgando en el suelo cubierto de cenizas, de desgracia, de escoria,
de sucio que ensuciaba la visión de los muertos…
y entonces nadie quería ver lo que pasaba…
todos querían no haber nacido
ni haber traído niños al mundo y niñas con sueños de ser madres…
cualquier mirada era cambiada por ansias
de que todo quedara arrasado de inmediato,
como para no darle largas al sufrimiento y aplaudir en un instante al asesino…

Aplausos que eran ejecutados por la metralla
que corría por las ventanas de las casas
y por las puertas de los patios de las casas
y debajo de los árboles plantados por los abuelos y regados por los padres…
aplausos intermitentes que a cada hora que avanzaba,
traían la carga de otros dolores… de otros llantos tirados a los lados de los caminos…

Vi perros que morían con los ojos abiertos,
esperando que despertaran sus amos,
y niños perdidos, cargando los cadáveres de sus perros,
buscando sus casas perdidas y sus calles perdidas…
cadáveres pequeños buscando donde dormir su muerte…
iban de a dos, tomados de sus manos,
con su carga de inocencia y su carga de terror…
de a dos, como acompañándose para no morir solos…

Había muertos que no caían al instante… muertos que prolongaban la muerte
hasta un barranco o hasta un paredón pintado de sangre…
los fusilaban… uno… y otro… y otro;
como mala hierba cortada y quemada…
y en el mismo sitio sus hijos, sus nietos;
mala hierba cortada y quemada…

Ya no había sueños, ni ganas de soñar,
ni ganas de tener ganas de nada…
a cada intento sonaba una bomba que acababa con todo…
se habían agotado las ganas de empezar…
solo había que caminar esperando, sentarse a esperar,
arrinconarse a esperar, arrodillarse a esperar…
seguro la muerte pasaría por todos…

Nunca vi más llanto ni más terror que aquella noche que entraron a la casa
con su odio en las manos con la carga completa
a punto de escupir dentro de los escaparates o en el baño,
debajo de las camas o en el corral de los puercos…
y nosotros en el piso… desnudos… arropados por cañones
que nos apuntaban odio a la cabeza, a las espaldas, a las piernas…
a las ganas de maldecir…

Yo vi la guerra; hermano, con su muerte de guerra y sus negocios…
vi también a las personas que se sientan en las oficinas
a presentar la contabilidad de muertos,
la contabilidad de las armas cortas, las armas largas, los cañones lanzallamas,
las bombas de racimo, las granadas fragmentarias…
también a los que presentan los informes de cuantas más se necesitan
para moverse hacia las otras ciudades,
con la contabilidad de los nuevos muertos…
los que hacen falta para completar su hazaña,
los que hacen falta para anexar los nuevos territorios a saquear
o a reconstruir con más mentiras inventadas por el mismo capital de la muerte…

Los vi creando leyes para producir crímenes a placer,
y con ellos creaban más leyes que los absolvían de culpas,
limpiando el camino para producir más crímenes,
en un círculo macabro que les iba cambiando el rostro…

Vi las manos limpias de los asesinos, empuñando estilográficas de plata, de oro,
de respeto oficial, gubernativo, diplomático, corporativo…
las vi colocando equis de injurias, cruces de desprecios, asteriscos de desconsuelos…
manos de hierro, corroídas por un oxigeno inhumano
en el que estaban acostumbradas a sumergirse a placer…
manos muertas matando muertos sobre el papel, sin enmiendas, sin sangre,
contados en miles, en millones, en un trazo… en un segundo…


Vi los nombres de aquellos que no saben que están muertos;
miles, millones que tienen muy poco tiempo para caminar, para dormir…
allí estaban sobre la mesa de aquella oficina,
anotados uno a uno en tinta negra,
en letra fina, sin sucio, perfecta, sin errores de ortografía…

Informes impecables dentro de carpetas impecables
que eran guardadas en archivos impecables
cuando todos se iban a sus casas
a dormir con sus mujeres mudas y ciegas…
mujeres felices que solo escuchaban la carga diaria de la muerte…
mujeres solas que estaban de espaldas a cualquier mirada
de espaldas a las preguntas que querían salir para saber
de espaldas a los perfumados uniformes que colgaban en el aire

que traía el olor de la muerte…

Mucho tiempo después; acaudalados, solos y viejos, vi morir a los asesinos
e inmediatamente a sus mujeres…
con sus cabellos recogidos, con sus muecas de felicidad,
con sus rodillas cruzadas dentro de sus faldas planchadas… con sus secretos…

Y el tiempo los despertó en un eterno laberinto de dolor
en donde ya no pudieron cerrar sus ojos…
en donde estaban vivos todos los exterminados… sin manos,
embarrados de sangre petrificada, vacíos de miradas…


Quisieron huir de la muerte, pero ya era muy tarde,
ella los arropó en un infierno de llantos…
fétido, caliente, pequeño, abarrotado de cuerpos mutilados
que venían hacia ellos para entender como habían llegado enteros,
con trajes pulcros, sin un solo rasguño, al lado de mujeres sonrientes…
se acercaban con pasos que sonaban tormentos,
se acercaban a preguntar que hacían tantos muertos en un lugar que no era para ellos,
por qué?; si ellos pertenecían a sus novias,
a sus carretas, a los verdes campos, al mar…
preguntaban por sus piernas, por sus ojos, sus hijos, sus siembras…

Hoy, con mil años encima, miro la misma muerte al acecho,
aprovechando cualquier resquicio, cualquier desprevenido…
con nuevas armas que viajan por ondas electromagnéticas
a atacar las mentes de los niños, los sueños de los adolescentes,

las necesidades de todos… como antes…
observo que todos se creen libres, pero son reos dentro de sus casas,
sus barrios, sus avenidas… como antes…
observo que no luchan, que se abrigan en una paz terrible… como antes…
observo que terminan defendiendo a los verdugos
que por años infestaron con larvas sus células cerebrales,
que por siglos manipularon la torpeza de sus emociones,
que por siempre diseñaron hábitos que corrompieron los cuerpos deshechos al sol…

Hoy, con mil años encima, miro la riqueza que han producido;
la misma que se usa para crear armas invisibles, minúsculas, portátiles…
máquinas acompañantes cuyo objetivo es transformar en máquinas a sus compañeros…

Por eso camino con un fusil en medio del campo,
rodeado de otros que van caminando delante de mi, detrás, a los lados…
para proteger a los que no entienden, a los inocentes,
a los inválidos de pensamientos de unidad…

Y no voy a parar hasta que caigan al suelo…
derrotados los malvados,
derrotado el pestilente aroma de la muerte,
derrotado el depravado aullido nocturno de las sirenas,derrotada la máscara astuta del peligro…

Derrotados los que no desean ver los vuelos de los niños
sobre nubes blancas… al alba de cada nuevo día…
al alba de este otro mundo que está preparado
para que ellos caminen sonrientes…
al alba de la sonrisa que sale de los labios del sol…


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Héctor Valerio

margarita-venezuela

Amigos de ENcontrArte, gracias por corregir el error. Los sigo leyendo dia a dia, igual que todo lo que trae aporrea. Saludos. Su amigo Héctor Valerio.

05/10/07

 

Héctor Valerio

margarita-venezuela.

Amigos de encontrarte, gracias por publicar mi trabajo. Hubo un error. La persona que aparece como autor es mi esposa Julia. Pero eso no importa. lo importante es que lo han publicado y me comprometo a enviarles más. Su amigo, Héctor Valerio.

17/09/07

 
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