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NARRATIVA: Los funerales del amor
Julio Cesar Belisario Rodríguez
Baje la versión PDF del artículo
A media tarde, innumerables mariposas como salidas de la imaginación inundaban las calles luego de una aislada pertinaz y molesta llovizna. -Era el húmedo Julio que anunciaba su presencia- En la esquina de la plaza, una calle mas abajo; contiguo al Centro de Amigos El Imperial, por los lados del sur buscando el rió, un imponente arco iris marcaba con la majestuosidad de su presencia la culminación del llanto de las nubes. Luego; tangencialmente, un sol canicular se empeñaba en derramar inclementemente sus efluvios lacerantes sobre las cansadas humanidades de los transeúntes; que silenciosos concurrían a la convocatoria del sepelio. En un recodo contiguo a la plaza, -cercano y discreto-, donde suelen citarse los enamorados. Un numeroso grupo de bohemios ahítos de tragos y trasnochos, galimaticos en sus discursos y anegadas sus presencias en un mar de lirios, margaritas y siempre vivas; disputaban el privilegio de reverenciar el paso del ataúd.

Tapizado de lágrimas, el féretro del amor se bamboleaba sobre frágiles hombros de púberes meretrices y viriles hombros de hombres que lascivos e insolentes mostraban sus erectos falos; y arrogantes, ataviados con sotanas negras y báculos pastorales, buscaban con sus miradas atraer los rostros y los ojos de las adolescentes. No marchaban con el amor en procesión; rumbo a su morada eterna, -molestos y ofendidos-: Ningún soñador. Ningún atormentado. Ningún poeta de líricas nostalgias. Ningún escribidor de apasionadas cartas con olor a besos. Ningún pintor que en sorprendentes afanes plasmase con unción el rostro del amor. Dibujase devocional y mágico, la belleza de unos ojos que se tocan, de unas manos que se miran. De unas bocas que golosas se confunden como abrazos de genios y ondinas, en frenéticos instantes de interminables y centellantes orgasmos. No; era tal el enfado, que tampoco ningún ángel bajo en misión de espíritu celeste a moldear el portento de trazara los rasgos del amor, en los sublimes y relampagueantes instantes de entregar su azarosa existencia. De desprenderse de lo cognoscible e iniciar su viaje a lo infinito y eterno.

Toda una vorágine. Toda una angustiante confluencia de místicos sentimientos invadía el alma de aquel tumultuoso y arrollador escenario. La congoja lo invadía todo, lo marcaba todo. El dolor, la pena, la aflicción, estremecía los corazones. Se respiraba un aire espeso, cargado de tristeza. Era notorio observar los árboles de las calles y avenidas contiguas a la plaza, que silenciosos, hieráticos presentaban sus condolencias. En los rincones no se escuchaban sino susurros de ausencias. Y en tono menor; -inaudible-, los serafines, las hadas madrinas, los duendes y los gnomos; desencajados y sorprendidos, comentaban la muerte del amor.

Al derredor de la plaza, expectantes; multitud de hombres y mujeres, abarrotaban las calles contiguas donde en solemne acto y en el centro de ella, como homenaje póstumo, se incineraría el cadáver del amor, y en acto posterior, se regarían sus cenizas en todos aquellos sacros lugares donde pudiese retoñar la esperanza, la caridad, y el noble sentimiento de respeto y solidaridad hacia el semejante.

Lento y mayestático, continuaba el cortejo del ataúd del amor por las calles, en ruta hacia el centro de la plaza en su viaje sin retorno. Fúnebre, el toque y redoble de tambores, -En medio de un ensordecedor silencio- marcaba el compás de la procesión.

Acompasados, pálidos y desencajados, los cargadores del sarcófago; -ahora en hombros de pueblo-, en sacros pasos de dos de avance y uno en retorno, columpiaban su preciosa carga. De súbito un grito. Un lamento. Una anciana prostituta, marchita por el tiempo, con ojos tristes y ausentes; y uno que otro poeta, transidos de dolor, que rompen el cortejo y se abrazan frenéticos al ataúd. Lívidos, ahogados en llantos, le colman de rosas y jazmines. Derraman esencias y llenan de infinitos besos. La multitud, -ahora ausente y sorda a los insistentes toques de tambor que llaman a silencio-, in-contenible; ruge de dolor y llanto, y un piélago de oraciones y lamentos rompe la tarde elevando al altísimo sus plegarias. Arriba, el Supremo Arquitecto; el gran hacedor, el que todo lo puede. Silencioso espectador de tanto dolor, oculta el rostro en un supremo esfuerzo por contener las lágrimas.

Los soñadores, los atormentados, los vates, los escribidores, los músicos, los pintores; -todos aquellos seres que amaron-. Que se entregaron sin pedir nada a cambio- que desprendidos rindieron tributo a la esperanza. Contemplativos, desconsolados, -pero estoicos-, se refugiaban –excluyentes aun- en el silencio de tan amarga tragedia. Soberbios e irreverentes, no prestaban sus hombros al féretro del amor para no contaminarse en contubernio con meretrices y sátiros. Según ellos; el dios del amor, a quien amaban con locura, a quien ofrendaban sus sacrificios, -adornando con pétalos de rosas, lirios y jazmines- los talamos de púberes y virginales doncellas ante la suprema entrega, por inexplicable desliz terrenal, había traicionado su sacro desempeño al sucumbir ante los halagos del odio y el resentimiento. Rechazaban estos incorruptibles guardianes del templo. Estos contestatarios. La entrega meretriz por alquiler, que conduce al envilecimiento y al odio. Y con denuedo rayano en cólera feroz, indoblegables ante cualquier concesión que implique acercamientos discretos o no, con sotanas sibilinas y venales. Propensas estas, al resentimiento, a la ausencia de caridad. Al falso testimonio. A su inclinación aberrante por el sexo. A su sodomía. A su hedónico disfrute por lo terrenal; por lo crematístico. Por eso, ante estos sentimientos encontrados, en las aceras adyacentes, se apretujaban los templarios del amor; llorosos, confundidos y desconsolados. Habían perdido de súbito su capacidad de tejer sueños, de hablar con los colibríes, de recoger solícitos avecillas caídas de sus nidos, de corretear iguanas. Volar papagayos. Oír atentos el canto de las paraulatas. De conversar con las estrellas. De escuchar solícitos y respetuosos, los relatos de algunos venerables ancianos en sus ocasionales encuentros con Dios. De implorar auxilios a Selene, en las noches de atroces insomnios, y apoyados en la generosa luz de su linterna; ansiosos iniciar en las tinieblas, la búsqueda de quien se ama y nos ha dejado en el abandono y las ausencias.

Avanzaba de nuevo el luctuoso cortejo. De seguidas, sosegada y respetuosa, la gente bordeaba los flancos derecho e izquierdo del ataúd, siguiendo en retaguardia una muchedumbre infinita; acatando atenta el toque y redoble de tambores, en su incesante llamado al silencio procesional. Todos, absolutamente todos, se emparentaban con El Amor. Eran deudos. Nadie en aquel trágico instante se asomaba en calidad de curioso. El acompañamiento mortuorio carecía de vanguardia; y de nuevo, rompiendo el silencio devocional del cortejo, una mujer ebria y desvergonzada; consumiendo golosa pastillas de jabón de olor. In puribus, -con pronunciada preñez- con asombrosos saltos, a fuerza codazos, -Titánica- se abre paso; y delirante logra asirse al venerado cofre, envolviéndole con sus brazos. Le implora perdón por tantas ofensas y agravios. Por los irrespetos y las simientes filicidas. –Era terrible ver aquello-; aquel miserable ser, se flagelaba en el altar del arrepentimiento; se redimía surgiendo del remolino espinoso de sus maldades.

Nadie blasfemo. El mutismo fue total y comprensivo ante la conducta de aquella pobrecilla mujer. De inmediato, como sorprendente y mágico instante, ahora; desprendidos de egoísmos y banales orgullos; grupos de templarios, solícitos, humanos, sublimes. Colmaban a este desgraciado ser, de infinitos besos. Enjugaban sus lágrimas. Cubrían su desnudez. Reverénciales, le condujeron a la vanguardia del cortejo fúnebre; donde ella de hinojos, depositaba ósculos a los pies de los cargadores. La humildad de aquella mujer le redimía, y era autentico su arrepentimiento. Abría los cauces de su renacer, y reconciliación con el amor. Su conflicto existencial se enraizó en su otrora incapacidad de amar y su destreza en el ejercicio de abofetear al cariño. Su disposición a la traición. A herir e infligir puñaladas en el alma de quien osase amarla. Su trance, debía buscarse en lo más profundo de su psiquis. Algo terrible la estigmatizó ; alguna aciaga experiencia de su vida la marco. Su tragedia, era la soledad. Y su forma de atenuarla, luego de copiosos llantos; era hundirse en la ingesta de jabones de olor y devorar rosas rojas ofrendadas por su amante ausente.

Caída la tarde, el ocaso de aquel azaroso día de encuentros y de sencuentros; llegaba a su fin. Discreta se asomo la noche. Las estrellas anunciaron su presencia. Eran tantas, que en ramilletes; -copiosas- se desprendían del firmamento en señal luctuoso al comprender desde la eternidad, que acá en la tierra, en pira ardiente. En sacrificio de inenarrable dolor, el amor se consumía en las llamas al hacerse humano. Había muerto. No fueron escuchados sus clamores. Sus rogativas. Sus entregas. Sus inmolaciones. Sus desprendimientos. Sus ausencias de egoísmo. Sus adoraciones. Sus incapacidades para la traición. Su noble predisposición para la adoración. Su incapacidad para lo inauténtico, lo mezquino, lo grosero. No fue incluso escuchado por los hombres y mujeres del planeta Tierra, -sus hijos- al solicitar perdón. De allí que irremisiblemente solo, desamparado, anciano y enfermo. Sin un reproche: Murió de desesperanza. Lo doblego la pena. Por eso desde el infinito cielo, en ramilletes, -En ese húmedo Julio-caían las estrellas en señal de incontenible llanto. Julio Cesar Belisario R. – Autor

julioc_br@hotmail.com


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