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Escucho un aria vibrante de dolor 11 millones de menores de cinco años, que mueren anualmente cuyas voces claman cada cinco segundos un plato de sopa caliente, un pedazo de pan con queso un vaso de agua y no de vino para no morir. Es una opera de dolor, cuyo montaje no encuentra eco en el billete capitalista a pesar de sumarse, mínimo 24 mil voces diarias al unísono del sol, la luna y el viento pero anualmente unas 30 millones de personas participan como las estrellas del cielo negro con sus cantos del dolor que se hunde el vacío del firmamento de la inconciencia humana de su “progreso” y avance “tecnológico” ni luz ni esperanza ni el cometa del auxilio nadie atina a divisar, el que ve su alerta es un comunista, un desarraigado por que la verdad mete miedo al rico que roba y al político cómplice que gobierna, dando la espalda huyendo del canto por que un minuto de canto lo haría estallar. Un director farsante e hipócrita de la FAO nos recuerda los objetivos del milenio bajar de 800 a 400 millones el coro del dolor lo triste del caso, es que en ese suelo que se entierra a esos niños sus suelos suelen ser puro de oro que para aquel amo del norte que goza con sus descensos mañana algún recurso desea explotar para que sus riquezas se gocen en Wall Street y sus ganancias reposen en los paraísos fiscales, los únicos paraísos que el vaticano comparte. Los aplausos del norte cuyo saludo imperial arrancan sonrisas en sus lacayos van cargados de inmoralidad y olvido, plagas, balas y bombas que solo son contrarestados por los violines cubanos que avanzan al son del tambor con corcheas de atención medica solidaria y sus fusas de lecciones de abrigo a la conciencia que solo ese pueblo aporta con su comunismo humano en un mundo que se desvive por llenarse los bolsillos de billetes robando al hermano. Salio de la Habana un verano alegro Las partituras del valor y la solidaridad con los pueblos, donde las esperanza esta escrita en semifusas, en blancas y negritas cuya obra es creacion de Fidel, aquel que la historia le absorberá para encenderlo como un faro de lucha y dignidad. Las trompetas de la guerra suenan desde los campos de golf y en casa veraniegas del capital. Los saxofones agudizan los silbidos del maldito ataque por el control del petróleo pero olvidaron en New Orleáns las notas bailarinas de Katrina, mientras los clarinetes callan sus altos Ante cada baja que el imperio tiene en los desiertos silenciosos de Irak y recogen a sus soldados muertos rellenando sus ataúdes con arena como lo hicieron en Vietnam. Un oboe solitario con nota abierta anuncia la ignorancia del entierro y las transversales flautas trasladan al auditorio mundial sus velorios ocultos con sus velos de la inmundicia imperial. miguel_agostini1@hotmail.com Déjanos Tu Comentario |
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