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De cómo la operación salida en la semana vacacional se convirtió en una fantástica aventura. En dirección al sur dos jóvenes isleños retoman la odisea emprendida por Julio Cortázar y Carol Dunlop, los primeros autonautas que escribieron su mítico itinerario en la travesía que les llevó de París a Marsella sin salirse durante un mes de la carretera, y ahora misteriosamente continuaba con una nueva y peligrosa incursión por la cosmoisla de Tenerife. I Las reglas del juego son literatura, como todos los juegos, que no todas las reglas. Solamente bastaba con seleccionar al azar una página y leer unos renglones fortuitos, levantar la vista y entonces.... ya estábamos al volante como otros cronopios más invitados por el juego, seducidos por la imaginación que pulveriza al castrador sentido común de los mortales amargados que nunca dejan encenderse el gracioso chivato del combustible, la inercia aburridísima que nos obliga a mirar de frente con las ventanillas subidas y perdernos todos los paisajes de la historia, ya saben la ortodoxia constitucional casi siempre ilustrada con los discos de prohibido el paso que obviamente no hacemos caso y ahí les quiero ver. Nuestra aventura comenzaría cerca del mediodía, escapando como forajidos de los repiques santificadores de las procesiones con pestazo a sahumerio religioso, íbamos a una velocidad moderada por el carril de la derecha, justo a la altura de la curva que hace aparecer por arte de magia toda la costa sureña de Tenerife. Teníamos la radio a toda mecha, el calor empezaba a derretir el salpicadero de nuestro peugeot de segunda mano y en el asiento trasero una neverita reclamaba toda la atención con el menú de a bordo: <>. Así con esmero casero podíamos anular el negocio de los supermercados foráneos y calmar en algo la rápida deshidratación provocada por las emanaciones invisibles del piche (término local que designa la ambrosia económica que a golpe de talón está sepultando la isla para beneficio de una agrupación independiente de caciques que mal gobiernan estas hespérides con ofertas de todo incluido porque se acaba el chollo y sálvese quien pueda por las leyes de la selva ¡aauuuhhhh¡). Una gran cantidad de vehículos parecían juntarse a la altura de Las Caletillas, algunos con la intención de alcanzar la costa huyendo de las oficinas y otros seducidos en su libertad racionada por el macdonalds, ese engendro arquitectónico inaugurado una vez al día en cualquier parte del mundo, con sus cristaleras homologadas por la embajada de USA para hacer sentir en casa a todos los comensales hipnotizados por su basura gastronómica, que en cadenas fabriles quebrantahuesos distribuye la carne de un millón de vacas, un millón de corderos y dos millones de gallos que dejan los cielos hechos añicos, según la denuncia sellada de un poeta en New York. Hacemos un giro táctico para repostar en una gasolinera que según cuentan es propiedad del alcalde municipal, mientras esperamos suena por los altavoces la música desafiante de un far west, más allá un cartel señaliza el camino hacia la Basílica de Candelaria, con su adorada virgen morenita, objeto reciente de una investigación sobre su vinculación a la leyenda de los caballeros templarios contratados por un famoso programa televisivo de suspense (todos los domingos en CUATRO), pagamos tras la publicidad el impuesto directo venido desde Irak y volvemos con espíritu renovado al curso histriónico de la cosmoisla, por el retrovisor va desapareciendo poco a poco el agobio de la capital y con la velocidad va aumentando la sensación extraña de que nos están siguiendo... II “Donde los dos jóvenes isleños en su diario de ruta como autonautas, al igual que Julio Cortázar y Carol Dunlop en su odisea París-Marsella, se preguntan con preocupación sobre la historia y la naturaleza en peligro de extinción de la cosmoisla de Tenerife”. Volvemos al camino, se apaga el intermitente, cambio de marcha y ya nos sumamos de nuevo a la corriente automovilística. El juego estaba dando sus frutos prematuros, como en la literatura que se hace vida gracias al don de cada uno y la vida que se hace literatura gracias a la complicidad de los demás. ¡Sí, en efecto¡ están siguiendo la sombra del viejo peugeot, una operación aritmética sumaría unos cuantos miles de vehículos más, jadeando su ronroneo detrás nuestra, desesperados por alcanzar rápidamente las playas prometidas por la maratón vacacional. Con la velocidad del progreso olvidamos fácilmente el pasado, y así es como la mayoría de los viajeros desconocen sus lugares de paso, la historia en minúsculas de cada universo local queda reducida a planos de ingeniería, al final la carretera se acaba convirtiendo en el propio destino de sus propósitos existenciales, ¿adónde carajo van los demás coches del carril contrario?, y únicamente los cronopios, esos zurdos que no llevan relojes atados a sus muñecas, han demostrado la gran virtud de preguntarse una vez al día por la morada de las nubes. Bajamos el volumen de la radio para intercambiar unos buches de agua que alivien el sofoco, las torres de alta tensión diseminadas en línea recta por UNELCO nos advierten del grave peligro cancerígeno que acecha alrededor, aquí las perspectivas estéticas para el provecho turístico parecen haberse ingeniado en algún laboratorio de expertos en dibujos japoneses tipo mazinger zeta que tanto gustaban a los chiquillos. De repente, como una visión fantasmagórica, vemos a toda velocidad unos cráteres de cobertura inmensa provocados por la extracción de áridos en Güimar, el impacto es bestial y el malpaís parece que se hundirá entre arenas movedizas de oscuro porvenir. En el margen derecho, unos carteles rotulados que nada recuerdan a los manuales de las autoescuelas nos indican la supuesta ubicación de una planta de residuos sólidos, nadie sabe realmente a donde va toda la mierda desechada de sus casas (suban las ventanillas, ¡por favor!), pero los efectos de la erosión que amenaza toda la costa de Arico son un vivo ejemplo del síndrome de avestruz que padecen los políticos de la isla. El tiempo transcurre a cien kilómetros por hora, ya sobrepasamos el tabaibal del Poris, a la izquierda vemos los poquitos auchones de pescadores que resisten contra las tecnomarejadas, atrás quedó la veraniega zona de Abades aún medio alambicada por los militares, y a lo lejos siempre el Teide, siempre el volcán dormido coronando una masa amorfa de pinares desalmados por la amenaza de incendios, allí arriba como una fotografía ideal para coleccionistas de souvenirs y un recuerdo ancestral para los isleños que no olvidan su pertenencia al atlántico. Echamos mano a la neverita refrescante, nada mejor que el tomate para reseñar fugazmente los antiguos monocultivos sureños, tenemos un STOP recurrente en el cruce de Granadilla,¡rum-rum-rum! nadie quiere perderse las olas venideras, al detenernos en fila india vuelven otra vez las prisas angustiosas, todo parece una repetición permanente a las colas del hipermercado. La Montaña roja nos sugiere el mejor destino a nuestra operación salida, para qué seguir buscando una meta de similar belleza pictórica, desechamos con un corte de mangas la recomendación del Consejero de Medio Ambiente para sustituir las acampadas por los hoteles del sur, esto nos huele a complot masónico con los turoperadores extranjeros. Al fin divisamos en el horizonte los extraños seres multicolores que juguetean con las ráfagas de salitre y las velas windsurfistas que desafían a las leyes de la gravedad. ¿Seguimos con su espíritu aventurero hasta el final nuestra trepidante expedición? "Cuando los dos jóvenes isleños ponen fin a su aventura de autonautas por la cosmoisla de Tenerife, agradeciendo a Julio Cortázar y Carol Dunlop su ejemplo de cronopios inmortales" III "Esa vieja obsesión que vuelve otra vez, leitmotiv de las alegrías y las inquietudes: el mundo no tiene dimensiones"Julio y Carol Hasta las partículas más ínfimas de la arena que pisamos son pura literatura. La apariencia homogénea de la playa calcada en los folletos turísticos de los exotismos hawaianos esconde la gran complejidad de los sedimentos que la componen, amasada en los fondos marinos durante intervalos geológicos que nos resultan impensables, llevan consigo un sinfín de historias que dan colorido a los signos de la insularidad, que esperan ser interpretados por cada uno de nosotros. Nos costó llegar al final, parecía que el juego no daba tregua alguna, una vez cogemos impulso ya no sabemos realmente cuando nos detendremos, si es una pausa provisional que sale al paso o si es el último hálito de la aventura que sobreviene por sí solo en medio de la marcha. Con el viejo peugeot extenuado, nos vamos aproximando cada vez más a cualquiera de las cunetas habilitadas como parking al uso de los bañistas, la neverita casera ha sido desvalijada con infantil glotonería y decidimos poner el off en la radio para que la banda sonora de nuestro The End registre al menos un poco de naturaleza enlatada, ya saben algún golpe de brisa marina mezclado con algún que otro bocinazo de histéricos conductores con atrasos evolutivos, que según las estadísticas oficiales, agotan su salud mental haciendo gárgaras contaminantes con los aceleradores para adelantar a cualquier cronopio feliz, que nunca jamás encontró gracioso salir en las esquelas de los dominicales. Cuanto más nos acercamos al territorio playero, delimitado en dos por las hamacas de alquiler y los callaos salvajes, tanto más nos alejamos del silencioso casco de Granadilla, antiquísimo reducto de la historia que se difumina en el tiempo pasado como todos los demás pueblos de la cosmoisla de Tenerife. Mientras nos dejamos arrastrar hasta la costa, sorprendidos por la estrambótica señalización de la milagrosa cueva del hermano pedro, con cierta desazón observamos una verdadera nave de argonautas isleños anquilosada como una reliquia turística en medio de los terraplenes con fecha de urbanización. Entonces, como una nota a pie de página en nuestro diario de a bordo, damos constancia a los críticos literarios y demás especialistas del futuro sobre el ocaso definitivo de los solitarios personajes fetasianos, encontrándose la memoria popular y las historias de amores legendarios contadas por nuestros mayores en un grave estado crónico de olvido. Finalmente, la caseta del cable telegráfico que une Tenerife y el enclave senegalés de San Luis desde el siglo XIX nos recuerda las claves de nuestro tiempo, el mundo no tiene más fronteras que las impuestas por el poder. Por fin, el atlántico reboza con su frescura yodada la planta descalza de nuestros pies, glup glup. Islas Canariras www.samirdelgado.org Déjanos Tu Comentario |
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