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Franciso Olivo Casadiego, era un hombre, cuya fama lo llevó al éxito. Su vida de cantante, le abrió las puertas por el mundo entero. No podía sonar sus temas musicales, bien sea por la radio, discotiendas, video clips, discotecas... pues la gente se alborotaba, y peleaba por su música. ¡Era el ídolo de todos y todas! Tenía un gran defecto moral: se avergonzaba de su origen humilde. Desde que alcanzó la fama, se olvidó de sus seres queridos. Cuando los periodistas lo abordaban, insistían que le hablara de sus orígenes y de su entono familiar. A Francisco le disgustaba tales preguntas, y buscaba la manera de ignorarlos. Sus padres, casi ancianos, con sus cuatro hijos, luchaban día a día para llevar el sustento a su hogar. Pregonaban sus servicios como reparadores de artefactos eléctricos, plomería, zapateros, pintar casas, planchar ropa, vender periódicos, vender cualquier traste... Recordaban a Francisco con tanto dolor: al oírlo por la radio, al verlo por la prensa, o por la televisión del vecino Ernesto. - ¡Francisco, hijo mío, cómo te olvidaste de nosotros! - - ¡Pobremente, te dimos la vida, y así, nos sacaste de tu corazón! - - ¡Dios algún día te pondrá la prueba más dura, y si tendrás la conciencia remordida, volverás pidiéndonos perdón!- Así lo exclamaban con amargo llanto, Marcelina y Antonio Olivo, los padres de Francisco. La sed de su fama, lo situaba en una posición arrogante, vanidosa, soberbia... Su entorno social era con gente de la alta sociedad. Sentía que era uno más de ellos. Rodeado de guardaespaldas, bellas mujeres, derroches, lujos... Francisco era el ídolo del momento. Ignoró el recuerdo de sus seres queridos. Llegó a casarse con la hija de un Embajador. Su boda fue colosal. Decidieron vivir en Australia. Francisco alcanzó su fama por allá. Pasado muchos años, Francisco decidió realizar una gira por varios países de América Latina. Su presentación en vivo, dejaba exquisitas ganancias. Su esposa Helen, prefirió irse con sus hijos de vacaciones por Indonesia. Cuando Francisco estuvo por Panamá, le dieron una mala y terrible noticia: La tragedia de un tsunami, acabó con la vida de miles de seres. Recordaba que su esposa e hijos, estaban pasando sus vacaciones en ese país. ¡Qué desgracia para Francisco! Al mirar las noticias, sentía que moría por dentro. Poco a poco, la locura lo carcomía. Sus fuerzas desfallecieron, y descontroladamente, se entregó al alcohol y a las drogas. Sus gente del medio artístico, se preocuparon por su situación, mientras que otros, ambicionaban su fortuna y su posición artística. Al verse destrozado y sin fortuna, fue a pedir ayuda con su gente de la alta sociedad. Le sacaron el cuerpo. Su vida empezaba a deambular por las calles, solo y desamparado, por los peligros del día y de la noche. Quienes eran sus fans, exclamaban horrorizadas y horrorizados: -¿Ese no era el cantante Francisco Olivo Casadiego?- -¡Guao! ¡No lo puedo creer! ¿Cómo llegaría a tales extremos?- -¡Qué lástima! ¡Un hombre que alcanzó la fama internacionalmente, y que su música haya ocupado el primer lugar del raiting misical!- -¡Es una fatal tristeza que la droga, el alcohol y la locura, lo hayan destruido!- Francisco tenía hambre, y rompía las bolsas de basura que conseguía en las calles, en las papeleras de los restaurantes, en los containers... Y con cualquier hueso, o desperdicio, se lo llevaba a la boca. Peleaba con los perros, con los gatos, hasta con los mismos indigentes, para quitarle lo que conseguían. Su canto, melancólico y oscuro, lo acompañaba siempre para matarle el hambre, en el desamparo de las calles. Quizás sus padres habrán fallecido, y sus hermanos sobrevivirán con dignidad. Esa es la historia de Francisco Olivo Casadiego, el artista del hambre. Al llegar a la cima de la fama, desgraciadamente, cayó en la miseria, con cara de hambre, de ignorancia y de olvido. Déjanos Tu Comentario |
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