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Franela blanca, blue jeans y cotizas, robusta contextura, piel afro, el hombre viene de frente a mi por la acera oeste de la calle 24, nos topamos justo en la ancha entrada del taller del viejo Fuenmayor, frente al abasto de Pipo. Hay un fuerte olor a soldadura. Yo, tímidamente, le ofrezco en venta un periódico Ruptura. Él, me atiende francamente interesado, entabla una locuaz conversación. Mezcla de entrevista acuciosa y monólogo por veces, apenas me daba tiempo de responder con monosílabos. No se trataba de uno de los muchos albañiles de la familia Bracho, tal como había creído al verle venir. Era alguien nuevo en El Moján. Más bien, alguien recién retornado a su lar de infancia. Terminaba el movido año 1976.
Desde ese día me hice amigo de Fajardo. Me invitó, amablemente, a visitar su casa. Comenzó así un largo ciclo de tertulias culturales a las que luego se incorporaron decenas de mis amigos. Pasábamos horas charlando sobre cuanta causa creativa o solidaria apareciera en el exquisito tablero de la conversa. Nos unía la pasión por el arte y el impulso existencial a buscar la justicia social.
Fajardo tenía mucha sed de justicia. Un tema recurrente eran sus recuerdos de la infancia. Días de sacrificios y necesidades, que su núcleo familiar enfrentó con sobrada dignidad y esfuerzo. “Mis primeras esculturas fueron pastelitos y hojaldras”, nos decía al referirse a la fonda que estableció su madre, la señora Petra, como todos la conocieron a partir de aquel 1945 cuando llegaron a El Moján. Gente sencilla, oriental, marinera como su padre Nicanor.
El caudal creador de Fajardo viene de esos vientos y mares. Una permanente nostalgia por la eterna juventud le provocaba saltos y sismos entre lo telúrico y lo onírico. El haz genético le preveía del naufragio, pero los afanes del ser transformador lo empujaron muchas veces a la riesgosa aventura del asalto de naves fantasmas, poderosas y agresivas. En el puerto de las delicias espirituales, anclaba sus ternuras en la refundación del hogar llamado Beatriz y los frutos de su alma y de su vientre.
Juntos hicimos un hermoso bosque de amistad que rompió viejas barreras. Fajardo es contemporáneo de mi papá, quien siempre me habla de su amigo de la infancia que “pintaba que era un fenómeno”, tratando de recordar momentos gratos. Los juegos callejeros, las bromas, como esa vez que Fajardo se compró un reloj sin saber leer la hora, y le escribían por las paredes “Fajirdo, ¿qué hora es?”. Imagínense la rabia de José Nicanor. También entraron a ese jardín sus hijos mayores Andrés Maquiritare y Petra Cecilia, muy queridos por José y por todos nosotros.
Su obra escultórica quedó esparcida por el mundo. En Florencia aprendió de los grandes maestros talladores y llegó a ser uno de ellos, Moldeando es difícil ganarle a José. En minutos planteaba un rostro sin titubeos estéticos. La arcilla le venía como extensión de sus manos. Manos fuertes de amasar la masa para los pasteles, Manos fuertes con formón y mazo sacándole conversación a la madera.
Obra polémica fue sin duda el Bolívar de Fajardo. Los inquisidores no vacilaron en descalificarla por mantener poses europeístas y una falsa visión de lo histórico. Fajardo en esa lucha fue pionero del nuevo bolivarianismo. Nos propuso rescatar al Bolívar mestizo, afrodescendiente, tuberculoso, genial, libertario, visionario, triste, traicionado. Quedo en custodia del primer boceto en yeso que José me obsequió hace casi treinta años, y del afecto que nos unió en el tiempo y el espacio, inmortal, como su recuerdo y su obra.
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