Aferrada a los barrotes de la celda, la única en todo el centro de detención que posee una ventana, suficientemente baja para permitir a su ocupante la visión de la ciudad que, como una enorme medialuna se extiende sus pies.
Montada sobre el peñón que cierra la curva del puerto, la mole se yergue, oscura y desafiante dominando la mejor vista de la ciudad.
Abajo, la caída del atardecer contrasta rojos anaranjados que se prenden a las enormes grúas en sus postreros jirafeos antes de terminar las faenas por el día de hoy. Barcos plácidamente acollarados se mecen imperceptiblemente mientras el traquetear citadino se agita en la prisa de la vuelta a casa o en la calidez del vino conversado en los bares de la ciudad. La vida del puerto bullendo como ha sido siempre, desde que alguien echara el ancla para fundarla, no se sabe cuándo.
Arriba, "El Palacio de la Risa" repite, de otra manera, la actividad febril de la ciudad extendida mas allá de su sombra. Los gritos de los prisioneros se intercalan y se confunden con los de sus interrogadores en un contrapunteo escalofriante que quien lo oye una vez ya no lo puede olvidar.
En un rincón de la mole, donde los ruidos de la ciudad amortiguan los otros hasta apagarlos, ella, aferrada a los barrotes eleva su rostro al cielo, aspira el olor a yodo que le trae la brisa, mueve la cabeza en el intento de precisar un ruido particular que destaca entre el fragor, posa su mirada ausente sobre la medialuna encendida bajo el atardecer que se va apagando.
Pero solo puede oír, oler, adivinar ese cúmulo de sensaciones que le vienen de allá lejos, de la ciudad indiferente. Es ciega