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Hoy Pérez Oramas funge como Comisario del Fondo de Dotación de Arte Latinoamericano Estrellita Brodsky del Museo de Arte Metropolitano (MOMA) de Nueva York, y ha logrado la hazaña de llevar esta misma exposición al centro de arte más importante del mundo. La exposición de Reverón en el MOMA comenzó en febrero de este año y culminará a mediados de abril. La retrospectiva de su obra abarca 30 años, con 100 piezas repartidas en cuatro salas del sexto piso del museo, que incluye no sólo pinturas sino también los objetos que confeccionó, especialmente las muñecas. En los extensos materiales que nos entregó Pérez Oramas para el estudio de la exposición, se nota el inmenso esfuerzo que hace para minimizar el tópico de la enfermedad mental de Reverón, y aún más, en un retruécano moralista, tratar de justificarla: “Reducir el acto creador a un desorden mental, a un trauma o a un desvío de la conciencia, es poco menos que un crimen.” Luego dice: “Pero la verdadera ‘locura’ de Reverón –la de su cuerpo espiritual- no puede interesarnos sino como incierta memoria clínica. La otra ‘locura’ es aquella con la cual la sociedad venezolana, y por primera vez, el colectivo nacional, pretendió reconocerlo, para desconocer la totalidad inquietante de su obra.” Pérez Oramas alega, refiriéndose a la construcción del Castillete, que: “… convertirlo en objeto de una atención anecdótica y reconstruirlo luego para su recepción como una invención pintoresca (periférica con relación al sistema mismo de la obra reveroniana) es de una trascendencia directamente proporcional a la ausencia de estudio y reflexión que ha provocado.” Al decir de las notas publicadas en los diarios New York Times y Los Angeles Times, la exposición de Reverón es un gran evento, ya que se trata de la cuarta muestra individual de un artista latinoamericano en el MOMA, en 50 años. ¿Por qué habría de merecer tal reconocimiento Armando Reverón? La suspicacia está presente a lo largo de la nota del periodista Chris Kraul, publicada el 27 de febrero de este año en Los Angeles Times, titulada MOMA demostrates the art of diplomacy, donde asegura que el museo ha recibido críticas por ser Pérez Oramas, curador promotor de la muestra, un cercano colaborador de Patricia Phelps de Cisneros, quien es miembro de los Consejos Administrativos e Internacional del MOMA, además de presidenta del Fondo Latinoamericano y del Caribe, que contribuye con la adquisición de nuevas obras para la colección de arte latinoamericano del museo; también dueña de parte de las piezas exhibidas en la muestra y por si fuera poco, esposa del magnate de los medios venezolanos, Gustavo Cisneros, otrora crítico del gobierno del Presidente Chávez. Según Kraul, el MOMA fue señalado de realizar la exposición como un favor a los Cisneros, pero un vocero de la institución dijo que en nada tuvieron que ver los esposos con la planeación de la exposición. Jhon Elderfield, Curador en Jefe del Departamento de Pintura y Escultura de la Colección Marie-Joseé y Henry Kravis del MOMA, y responsable de llevar a cabo esta muestra, se interesó por la obra de Reverón, hacia finales de los 90, en la Bienal de Sao Paulo, y luego en la exposición de la GAN en 2001, donde le propuso a Pérez Oramas llevarla a Nueva York. Finalmente Armando Reverón aterrizó con todo y muñecas, en el MOMA este año. La exhibición, exactamente la misma de la GAN, abarca la obra completa del artista de Macuto: los cuadros de los períodos blanco, sepia y azul y los objetos, la mayoría confeccionados con materiales de desecho, los cuales, a decir del propio Pérez Oramas, son objetos que no tienen uso, pues “simulan”, son como juguetes, se vuelven utilitarios en el momento en que les damos un uso, pero son inservibles: cajas de música que no suenan, botellas que no pueden contener nada, jaulas planas con pájaros que no cantan, un calzoncillo de madera. Y las muñecas. Aquellos grotescos seres creados por Reverón, en parte porque no tenía cómo pagarles a modelos reales, y en parte para formar una especie de público o de familia, en el Castillete, la otra gran obra del artista, hecha con sus propias manos, como hogar y taller, perdido para siempre en el deslave de Vargas, en 1999. Todo eso era lo que los estudiantes que asistían a las visitas guiadas de la GAN, encontraban en aquella exposición. ¿Y no era posible que un niño de 8 años se preguntara, ante tales objetos, si ese señor estaba loco? Ante la evidencia de su enfermedad mental, mostrada en fotografías, documentos y reseñas de su estadía y aún más su muerte, en un sanatorio, ¿debíamos negarles que efectivamente Reverón sufrió durante toda su vida adulta, de trastornos mentales? ¿Negarles la realidad los habría hecho comprender mejor la necesidad de un hombre de confeccionarle un traje de torero a su mono Pancho, y que esto tuviera además la importancia artística suficiente para ser exhibido en un museo? ¿Y si el niño lo preguntaba directamente? Otras notas de la prensa norteamericana, con referencia a esta exposición, dan cuenta de lo llamativo y extraño que les resulta la muestra. En el New York Times se lee: “… él (Reverón) ejemplifica el estereotipo cultural que los historiadores de arte están tratando de modificar, el del artista latinoamericano como algo exótico: instintivo, irracional, primitivo, a tono con la naturaleza, fantasioso, ‘espiritual’, en deuda más bien con el control de las formas europeas”. Las muñecas son por supuesto, el centro de atracción de esta ‘extraña’ muestra para el público norteamericano. Continúa la nota del New York Times diciendo: “Ellas probablemente se veían un poco espeluznante cuando eran nuevas, y ahora son como momias andrajosas, una vista macabra”. El New York Post se refiere a la esquizofrenia de Reverón para justificar lo misterioso de su mundo, “un mundo en el que se movió durante medio siglo como un ciego, pero entregado a momentos de una lucidez alucinante”. Condenados como estamos los latinoamericanos al “macondismo” (de Macondo, donde sucede la historia de Cien Años de Soledad de García Márquez, en referencia al realismo mágico y a lo que suponen los anglosajones es lo ‘very tipical’ en estas tierras) o el “fridakahlismo” (referente a la pintora Frida Kahlo, su vida y obra), que a estas alturas sintamos vergüenza de la realidad por dura y penosa que sea, y que no podamos o no sepamos, o peor aún no queramos explicárselas a los niños, tratándolos como si fueran idiotas de un metro de altura, no sólo es patético sino que no nos augura nada mejor cuando se pretende entonces llevar la obra de un pintor que tuvo una vida signada por los desquicios de su razón, a la Big Apple. Si Pérez Oramas no quería que les dijéramos a los niños de tercer grado de una escuela pública de Caracas, que Armando Reverón sufría de una enfermedad mental llamada esquizofrenia, cómo pretenderá entonces que a los ‘gringos’ no les parezca apenas lógico que así fuera. Si no podía enfrentarse a aquellos escolares con sus dudas infantiles, cómo se habrá enfrentado al monstruo anglosajón, con su estereotipo del latinoamericano, con una figura como Reverón de estandarte. Si Reverón no estaba loco, entonces tal vez lo estamos todos los demás. Enlaces consultados: http://query.nytimes.com/gst/fullpage.html?res=9406EEDA113FF93AA35751C0A9619C8B63&sec=&spon=&pagewanted=1 http://www.latimes.com/entertainment/la-et-reveron27feb27,1,1264938.story?ctrack=1&cset=truehttp://newyork.embavenez-us.org/index.php?pagina=news.php&nid=3322 andremani76@yahoo.es Venezuela Déjanos Tu Comentario |
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