La historia del barco francés "Medusa" fue uno de los sucesos más espeluznantes de Francia. El barco naufragó frente a las costas africanas y un pequeño grupo de los pasajeros sobrevivió gracias a una balsa. En mitad del mar, un barco de la marina francesa avistó a los náufragos pero no los recogió. Los supervivientes fueron presas del hambre, la sed, la insolación y las enfermedades. Murieron muchos y el resto sobrevivió comiendo los restos de los cadáveres. Finalmente, un carguero los encontró y les devolvió a Francia. Su historia fue censurada por el gobierno, que impidió que se conociera en la prensa. Pero siempre hay artistas que, más allá de pintar los hechos observables, recogen la realidad doliente y con sus manos “artesanas” nos la enseñan, para que el olvido no habite nuestra memoria frágil, encerrada en el obituario gesticulante de los templos del ocio de fin de semana. Y así fue como Thèodore Géricault pintó este dolor, para dar a conocer el hecho. Eran los comienzos del siglo XIX, y tras dos años en que se prohibió que lo expusiera al público, finalmente se ofreció al Salón Oficial y causó un tremendo escándalo social.
Géricault pintó un cuadro de casi cinco metros de alto y más de siete metros de ancho, bien grande, para no perdernos detalle. Y para que nos doliese aquel dolor, hizo numerosos bocetos y estudios previos sobre cadáveres y restos humanos sacados de cementerios y ejecuciones públicas. La escena recoge el momento en que los náufragos avistan la fragata que no los recogerá. Cuentan los eruditos en arte que los personajes del óleo componen toda una galería de las expresiones posibles, desde la desesperación más absoluta del anciano que da la espalda al barco, pasando por los primeros atisbos de la esperanza hasta llegar al entusiasmo desbordado de los hombres que agitan sus camisas al horizonte. La visión es completamente dantesca, con la balsa medio deshecha por el oleaje, los cuerpos de los muertos, putrefactos, mutilados, desperdigados por la balsa...
Y ahora, aquí, en Madrid y Barcelona, un grupo de excelentes intérpretes del mejor teatro social, que atienden por Animalario, nos han traído un teatro para pensar. El montaje del Marat-Sade de Peter Weis que radicaliza y aguza Alfonso Sastre colocando a unos pacientes tutelados por el personal del manicomio de Charenton, donde Sade pasó sus últimos años. Pero ahí dentro, en esa fiesta infernal del averno del individualismo, estamos todos nosotros -psiquiatrizados por la competición- y en medio, la bañera de Marat, una nave anclada en la ceguera cruel de los que expulsan a los hambrientos, a los sedientos, a los enfermos... tanto navegar, para quedar varados en los pliegues del óleo de la balsa de Gèricault.
Fuente:
Centro de Estudios Políticos para las Relaciones Internacionales y el Desarrollo (CEPRID)
Gonzalo Romero es profesor de la Universidad de Alcalá de Henares y miembro de la Asociación Cultural Candela
Le radeau de la Medusa / Gericault 1816.JPG