Aun cuando su trabajo está fuertemente teñido de originalidad, Iván Lira se inscribe en una tradición, a contracorriente de los modos prescritos por el postmodernismo: La del artista con postura política, capaz de comentar (y consciente de la urgencia de hacerlo), de decir a través de la imagen, y de enlazarla con el poder de la palabra, para ofrecer un explosivo especialmente diseñado para detonar las bases de la miseria estética ( o estérilmente esteticista)
La poesía visual de Lira no viene envasada al vacío. Al contrario Iván Lira no viene envasada al vacío. Al contrario Iván, con firmeza de pulso, toma elementos de lo ingenioso puramente visual, pero no para hacer alardes de pretendidas genialidades sino para disparar al centro del poema, como cursa invitación el “tiro al blanco” en una de sus piezas presentes. Si discurso es síntesis entre la abstracción de la poesía, devenida indistintamente palabra o dibujo, y la recapturación de unos sentidos concretos inmersos en el arte y en la calle, en la voz del hombre oprimido, moderno y arcaico al mismo cuerpo; sentidos que, por cierto fueron expulsados del arte por la vocación visual a ultranza de la cultura de masas.
En esta ocasión es sutilmente amargo, pero nunca fatalista. Lira se detiene, y le gusta hacerlo, en la exuberancia de nuestra resistencia. La sensualidad de las mujeres, la vitalidad de la naturaleza tropical la fuerza del latinoamericanismo y de nuestras raíces indígenas y africanas, la aterradora denuncia sobre la distorsión y usurpación de la belleza, convertida por las metrópolis en (otra vez lo cito) una “poesía de consumo” acatada por las subordinadas empantufladas élites locales.