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La
expresión más virulenta y descarnada del fascismo en Venezuela, la encontramos
enquistada y haciendo práctica política en los medios de difusión, tanto impresos
como audiovisuales, siendo tal el bombardeo mediático ejercido, que ha llevado
su audiencia a confundir la realidad, es decir, disociándolos, haciéndoles
creer que la simiente fascista se encuentra encarnada en Hugo Chávez y en
quienes lo acompañamos en este proceso revolucionario. Por
considerar de altísima importancia el conocimiento y reconocimiento de las
actitudes y de las personalidades fascistas y para enfrentar sus mensajes y
orientar a nuestros compatriotas, presentamos el siguiente trabajo que es una
traducción parcial realizada por Gustavo J. Mata, (gmata@telcel.net.ve) del
artículo “Fascism, anyone? de Laurence W. Britt. Versión en la red de esta
traducción: http://zamora.fs.usb.ve/fascismo.html. El
autor, Laurence W. Britt, estudió y analizó los siguientes regímenes
dictatoriales: la Alemania nazi, la Italia fascista del Orden Nuovo, la España
falangista y sombría de Franco, el Portugal del Estado Novo de Salazar, la
Grecia de los Coroneles de Papadopoulous, el Chile fascista y criminal de
Pinochet y la Indonesia del genocidio de Suharto. El análisis de estas
maquinarias asesinas, revela catorce hilos comunes que se unen dentro de los
patrones reconocibles de comportamiento nacional y abuso de poder de los
fascistas, tanto en lo político como en lo social. Nos
hemos tomado la licencia de realizar a cada uno de estos hilos, una pequeña
reseña política, con la que pretendemos ubicar a nuestros lectores en la
realidad venezolana. Estas observaciones aparecen a continuación de cada ítem,
destacadas en bastardillas. 1.- Expresiones exageradas y
continuadas de nacionalismo ramplón. Desde el despliegue preponderante de
banderas y estandartes, hasta los siempre presentes prendedores de solapa, el
fervor por demostrar un nacionalismo patriótico era siempre evidente; de parte
del régimen y de parte de los ciudadanos cautivados por su frenesí. Slogans
contagiosos, orgullo por lo militar y exigencias de unidad nacional eran temas
comunes en la expresión de este nacionalismo, que normalmente estaba acompañado
de una sospecha hacia lo extranjero que bordeaba en la xenofobia. •
La expresión de los fascistas venezolanos de orgullo por lo militar, se
trastocó debido al profundo respeto y liderazgo que el presidente Chávez tiene
dentro de la Fuerza Armada —con las excepciones que salieron a
flote— y la incompatibilidad de actitud y pareceres del soldado
venezolano con los estratos fascistas. Esta incompatibilidad llevó a la
oposición recalcitrante, a extraviarse en la realidad, al suponer que tenían
ascendente sobre nuestros militares y que al no ser así, desembocaron en un
infantil caso de frustración sicológica, colocando al sujeto de culto o
adoración como blanco de insultos y vejámenes. Tal es el caso de las pantaletas
y los calificativos de cobardones y gallinas. Otra
analogía, la encontramos en el uso exagerado de la bandera nacional en sus
marchas y reuniones, en las que además de cambiarles su profundo color azul por
el lúgubre color negro, tan preferido por los fascistas, les serve para
aumentar el bulto visual necesario para la propaganda. También, sus trillados
mensajes de “con mis hijos no te metas” y “aquí cabemos todos” como exigencias
de unidad. 2.- Desprecio por los
derechos humanos. Los regímenes en sí asignaban poco valor a los derechos
humanos y los consideraban como obstáculos en el camino de los objetivos de la
élite dominante. Por medio del uso ingenioso de la propaganda, se llevaba a la
población a aceptar las violaciones a los derechos humanos: las víctimas del
abuso eran marginalizadas y hasta demonizadas. Cuando el abuso era flagrante,
la táctica utilizada era el secreto, la negación de los hechos y la
desinformación. Es
patética la violación de los DD. HH., por parte de las personas o grupos
políticos con tendencias fascistoides, esto lo vivimos con gran crudeza durante
el golpe de abril de 2002. Otra demostración de estas violaciones, las
encontramos en sus actitudes peyorativas y excluyentes al denominar a la masa
pobre, como marginales, desdentados o patas en el suelo, para agregar que ese
problema se resuelve “moliéndolos”. 3.- Identificación de
enemigos y chivos expiatorios como bandera unificadora. Entre los hilos que
unen a estos regímenes, el más significativo es el uso que hicieron de chivos
expiatorios que servían para desviar la atención de otros problemas, para
imputarles la culpa de las dificultades y para canalizar la frustración en
direcciones controlables. Los métodos típicos utilizados a este fin, la
propaganda incesante y la desinformación, eran, en general, efectivos. A menudo
se incitaban actos “espontáneos” contra los chivos expiatorios escogidos. Estos
eran usualmente comunistas, socialistas, liberales, judíos de todas las sectas,
minorías étnicas y raciales, enemigos nacionales tradicionales, miembros de
religiones minoritarias, seglares y homosexuales. Quienes se oponían
activamente a estos regímenes eran etiquetados como “terroristas” y tratados
como tales. Esta
actitud fascista, quedó evidenciada durante las jornadas pre y postgolpe de
2002, cuando tildaban de asesinos a diversos líderes afectos al proceso
revolucionario y haciendo llamados de denuncia y caza. También, los arteros
ataques mediáticos en contra del C.N.E., y hacia algunas de sus autoridades, presentándolos
como los causantes de todos los males y desvaríos de la oposición, aunado a la
desinformación y tergiversación que desde los medios de difusión, realizan
acerca de los logros del gobierno. 4.- Supremacía de lo militar
o militarismo vehemente. Las élites gobernantes se identificaban estrechamente
con la infraestructura militar e industrial que las sustentaba. Una proporción
exagerada de los recursos nacionales era asignada a los militares, aún en
presencia de necesidades nacionales críticas. Lo militar era visto como una
expresión de nacionalismo y utilizado, en la medida de lo posible, para
alcanzar objetivos nacionales, intimidar otras naciones e incrementar el poder
y el prestigio de la élite gobernante. Este
punto no se concreta en el escenario venezolano, pues al momento en que nuestra
Fuerza Armada abandona el prusianismo y sale a colaborar, identificándose y
uniéndose con el pueblo en las diversas Misiones (siniestros, Plan Bolívar
2000, Mercal, etc.) el militar pierde la figura heroica y hierática que le
asigna la mentalidad fascista y nuevamente se produce en ellos el estado de
frustración, arreciando sus ataques y entre los más sutiles, “vende papas”. 5.- Sexismo descarado. Más
allá del simple hecho de que la élite política y la cultura nacional estaban
bajo el dominio masculino, estos regímenes inevitablemente veían a las mujeres
como ciudadanos de segunda clase. Eran vehementemente antiabortistas y
homofóbicos. Estas actitudes estaban usualmente codificadas en leyes
draconianas que disfrutaban del fuerte apoyo de la religión ortodoxa del país,
que de esta forma cubría y justificaba los abusos del régimen imperante. Es
conocida la actitud desconsiderada de los derechistas hacia la homosexualidad,
sin embargo, es notorio, que de los más visibles militantes del partido de la
“justicia”, ninguno sea casado o tenga pareja femenina conocida. ¿Será por
misoginismo? El fascista por su actitud prepotente al sentirse superior,
desconoce el importantísimo papel de la mujer en nuestra historia y en la
sociedad, no sólo como líder sino como dadora de amor. Los revolucionarios
reconocemos en las mujeres, todos los derechos y prerrogativas que se merecen
como seres humanos de libre albedrío y creatividad. 6.- Control de los medios de
comunicación masivos. En algunos de estos regímenes, los medios de comunicación
masivos estaban bajo estricto control directo y jamás se alejaban de la línea
del partido. En otros se ejercía un poder más sutil para asegurar la ortodoxia
de los medios. Los métodos utilizados para este fin incluían el control de las
licencias y el acceso a los recursos, la presión económica, las exhortaciones
al patriotismo y las amenazas implícitas. Los intereses de los líderes de los
medios se alineaban en general con los de la élite gobernante. Como resultado,
se tenía éxito en mantener al público ignorante de los excesos del régimen. “Los
intereses de los líderes de los medios se alineaban en general con los de la
élite gobernante”. Esta frase, tomada del punto anterior, aclaran la actitud
virulenta de esa élite frente al presidente Chávez, que al no poderlo dominar y
para obtener su sempiterna tajada del erario, tratan de destruirlo por
cualquier medio y avalados por su alto poder de comunicación, generan la matriz
de opinión de que son hostigados desde el gobierno, trastocando la realidad que
es su propia realidad, cuando no pueden saciar sus intereses. 7.- Preocupación obsesiva con
la seguridad nacional. De forma inevitable, un aparato de seguridad nacional
quedaba bajo el control de la élite gobernante. Este era usualmente un
instrumento de opresión, que operaba en secreto y más allá de cualquier
limitante. Sus acciones se justificaban bajo la rúbrica de proteger la
“seguridad nacional” y cuestionar sus actividades era visto como falta de
patriotismo o traición. Los
líderes fascistas venezolanos en funciones de gobierno, al no controlar un
aparato de seguridad nacional, crean y conducen pequeños pero peligrosos
cuerpos parapoliciales, presentándolos, con jaquetona arrogancia, como “modelos
de orden y pulcritud”. Dentro de ese frenesí manipulador por la seguridad
pública, llegan a presentar y participar en espectáculos como los “acostaditos” de la plaza
Altamira, todo esto enmarcado en la expresión propia del fascista venezolano. 8.- Alianza entre la élite y
jerarquía religiosa. En contraste con los regímenes comunistas, los regímenes
fascistas nunca fueron acusados de impíos por sus detractores. Por el
contrario, la mayoría de estos regímenes se asociaron a la religión
predominante y se presentaron a sí mismos como ardientes defensores de la
misma. El hecho de que el comportamiento de la élite gobernante contradecía los
preceptos de la religión se barría debajo de la alfombra. La propaganda
mantenía la ilusión de que las élites gobernantes eran defensoras de la fe y
los opositores eran impíos. Se construía la percepción de que oponerse a las
élites gobernantes constituía un ataque a la religión. Las
comparaciones del fascismo criollo con este punto, debemos hacerlas de manera
personal, porque son tantas las similitudes, que se nos haría interminable la
enumeración de los silencios escatológicos que se producen entre ambas
ideologías —fascismo y religión— aún teniendo la misma raíz. 9.- Protección del poder de
las corporaciones. Aunque la vida personal de los ciudadanos estaba bajo
estricto control, la capacidad de las corporaciones de funcionar con relativa
libertad no era restringida. La élite gobernante percibía a la estructura
corporativa como una forma de asegurar la producción militar y, más aún, como
una forma adicional de control social. Los miembros de la élite económica eran
consentidos por la élite política para asegurar una continua complementariedad
de intereses, especialmente en lo que se refería a la represión de la gente sin
medios económicos. El
ejemplo más claro de esta actitud, quedó demostrada en el apoyo y defensa dado
por el fascismo nacional a los vendepatria enquistados en la antigua Pdvsa,
expresados antes, durante y aún hoy por los mass media, con la complicidad contranatura
de la unión obrero-patronal (Ctv-Fedecámaras) en contra del pueblo y
especialmente, de los más pobres. 10.- Eliminación o represión
del poder laboral. Como las organizaciones de los trabajadores eran percibidas
como centros de poder capaces de desafiar la hegemonía política de la élite
gobernante y sus aliados corporativos, eran necesariamente aplastadas y
despojadas de toda fuerza. Los pobres formaban una subclase marginal, percibida
con sospecha y abierto desprecio. Bajo algunos regímenes, el ser pobre era
considerado como aún lo consideran algunos, un vicio. Ligado
al punto anterior (nueve), el fascismo penetra a la Ctv a través de su corrupta
dirigencia sindical, para desde allí, iniciar sucesivos ataques a todo lo que
oliera a mejoramiento de las condiciones laborales y sociales de la clase
trabajadora (si el cuánto hay pa’eso no funcionaba), minimizando y
desprestigiando, todas las iniciativas que desde el gobierno revolucionario se
emprendieran en beneficio de este sector. 11.- Desprecio y represión de
los intelectuales y las artes. Los intelectuales y la libertad de ideas y
expresión asociados con ellos eran anatemas a estos regímenes. La libertad
intelectual y académica era considerada como subversiva de la seguridad
nacional y del ideal patriótico. Las universidades eran controladas con mano de
hierro. Los profesores políticamente sospechosos eran presionados o eliminados.
Las ideas no ortodoxas y expresiones de disenso eran ferozmente atacadas,
silenciadas o aplastadas. Para estos regímenes, el arte y la literatura debían
servir el interés nacional o de lo contrario carecían de derecho a existir. Esta
reflexión es interesante, porque la condición fascista en nuestra sociedad
queda al descubierto en el escenario mediático seudoartístico y creativo,
cuando un grupo o élite que se consideraban los guardianes del arte y del
intelecto, reaccionan con estrepitosa violencia frente a la revolucionaria
manera de ver y llevar la actividad artística al pueblo llano. La
actividad artística cultural, fue —con el auspicio de la burguesía y
cierto medio de difusión— secuestrada por un grupo de personas de
antagónicos niveles sociales, especialmente por individuos de las clases media
y media baja. El apoyo que por interés mercantilista les brindaba la “gran
prensa”, hizo creer a estos “pequeños seres” henchidos de vanidad caprichosa,
que realmente eran una clase aparte, los ungidos por la gracia divina, los
“temirofeo”, que atolondrados unos por un excesivo y empalagoso refinamiento
amanerado y otros cubiertos con ridículos y extravagantes trajes, se
pretendían, no el jet set, sino la aurora boreal del intelecto y la
creatividad. Pero el choque, el gran Bang, les sobrevino cuando como política
del Estado desde el Ministerio de la Cultura, se realizó la primera “Mega
Exposición” donde se abrieron las puertas de museos y galerías públicas, a todo
aquél que tenía gusto o practicaba la pintura, escultura o cualquier otra
actividad plástica, porque esta élite con su pensamiento excluyente,
pensamiento protofascista, no entendió que los muros de esos museos, galerías y
hasta los teatros pertenecen a todos. Esto trajo la ruptura, la separación
“real” —porque ya existía virtual— de esta élite de cartón con el
pueblo llano, al que en sus conversas intelectuales, llamaban comunes,
ordinarios o rústicos. El choque fue de tal magnitud, que lejos de despertarlos
para incorporarse a esta revolucionaria manera de practicar el arte, se
refugiaron en las descalificaciones propias del que se sabe desplazado,
desenmascarado, corriendo a cerrar filas con sus “mecenas” que lo único que les
aportaban eran las ilusiones de superioridad. 12.- Preocupación obsesiva con
el crimen y el castigo. Casi todos estos regímenes mantenían sistemas de
justicia draconianos; la población carcelaria era enorme. La policía era
glorificada y tenía poderes casi ilimitados, lo que llevaba al abuso
desenfrenado. Los crímenes “normales” y políticos se amalgamaban en acusaciones
fraudulentas y se utilizaban contra los opositores políticos del régimen. Se
promovía en la población el miedo y el odio a criminales y “traidores,” como
excusa para aumentar los poderes de la policía. Como
en otros puntos, la importancia para el fascismo de poseer y regentar medios de
difusión, es que a través de enorme penetración para agredir al gobierno
revolucionario, desvían, manipulan y tergiversan los crímenes y cualquier acto
violento en el participan o les conviene tomar partido, tales los casos
Anderson, Faddoul, Sindoni, Aguirre, Piñango, Di Lucca y una larga de etcéteras,
en la que las víctimas pasan a ser victimarios. 13.- Corrupción y clientelismo
desencadenados. Quienes pertenecían a círculos de negocios y estaban cerca de
la élite gobernante a menudo utilizaban su posición para enriquecerse. Esta
corrupción funcionaba en dos direcciones: la élite gobernante recibía regalos y
propiedades de la élite económica y esta última se beneficiaba del favoritismo
del gobierno. Los miembros de la élite gobernante estaban en posición de
obtener riquezas enormes de otras fuentes: por ejemplo, mediante el robo de los
recursos nacionales. Con el aparato de seguridad nacional bajo control y con
los medios enmudecidos, esta corrupción funcionaba casi sin límites y su
magnitud no era percibida por la población. Este
ítem debemos compararlo con cautela, pues es indiscutible que actualmente
existe corrupción, pero jamás en el grado que pretenden los medios de difusión
y sus marionetas parlantes. Los que militamos al lado del presidente Hugo
Chávez, tenemos conciencia de que la mayoría de los corruptos identificados, no
son sino aprovechadores de oficio, reptantes del dolo y prácticos aduladores de
jefecillos de pacotilla y cachuchita roja. Son paracaidistas, infiltrados de
habilidosa palabrería que jamás participaron en movimiento revolucionario
alguno o en grupos o instituciones que lucharan a favor del pueblo. Cuando
escudriñamos en la historia política de estos personajes, encontraremos su
pasado en los carcomidos partidos del sistema. Si de ellos alguno fue militante
de izquierda, estamos seguros que nunca asumió compromiso real con la praxis
revolucionaria. Tal vez, se autodenominó izquierdista por pose, snobismo o
farandulería, pero no tuvimos la habilidad suficiente para ver en ellos lo que
realmente son: fascistas. 14.- Elecciones fraudulentas.
Las elecciones, bajo la forma de plebiscitos o sondeos de opinión, eran casi
siempre ilusorias. Cuando se llevaban a cabo elecciones reales, la élite en el
poder las manipulaba para obtener los resultados que les convenían. Los métodos
usuales implicaban controlar la maquinaria electoral, intimidar a los
opositores o eliminar su derecho al voto y cuando se hacía necesario, utilizar
el sistema judicial bajo el control de la élite política. En
este último punto, se repite el esquema de la tergiversación que realiza el
sector fascista, amo del poder mediático. Por primera vez tenemos un sistema
electoral confiable y ante esta situación, los medios se despescuezan
—sólo por seguir la orden del imperio— en tratar de presentarlos
como fraudulentos. Esta es la técnica del fascismo criollo. Tan virulento,
corrosivo y excluyente como los otros de su misma calaña. |
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