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Jaime Martínez, venezolano, 44 años, oboísta, Presidente Encargado de la Orquesta Filarmónica Nacional y director del grupo de música de cámara Virtuosi de Caracas, ex integrante del mítico Ensemble Gurrufío, ex miembro del CONAC. Habiendo ganado por concurso el puesto de primer oboe solista en la Sinfónica de Bilbao, España, renunció a ese cargo y regresó a su país para sumarse al proceso de la Revolución Bolivariana. Hoy día reparte su tiempo entre su rica actividad artística y sus tareas como funcionario público en el Ministerio de la Cultura.
ENcontrARTE dialogó largamente con él. Aquí presentamos la entrevista.
ENcontrARTE: Jaime, cuéntanos un poco de tu actividad musical.
J.M: Nací en un pueblo que se llama Carora, en el Estado Lara; uno de los pueblos más antiguos del país, fundado por primera vez en 1569, y luego, a partir de la resistencia de los indígenas, traslado un poco y refundado en 1572. Es una verdadera ciudad barroca, del barroco latinoamericano, con calles de piedra, con iglesias del siglo XVII. Es una ciudad con una proyección cultural muy grande, desde la época de la colonia. Ciudad donde se puede ver muy claramente la diferencia entre los blancos criollos, llamados godos, que son los propietarios históricos de la tierra, y los que trabajaban para ellos. Es una ciudad con una tradición de autosuficiencia, en todo sentido; ahí se producía todo el alimento que se consume, es rica en producción artesanal, y como dato interesante es el único lugar donde se producen vinos en toda Venezuela, vinos que ya han ganado algunos premios internacionales incluso. La ciudad de Carora arrastra una tradición histórica muy profunda; de ahí surgió una serie de intelectuales de peso a nivel nacional. En el siglo XX aparecieron, entre otros, un Ciro Zuriaga Perera, el primer comunista de la ciudad, importante intelectual que dejó escritas muchas obras, siendo él mismo un representante de esas familias godas tradicionales. Surgen también Ambrosio Pereira, Alirio Díaz, el famoso guitarrista.
Mi padre llegó ahí en los años 60. El era caraqueño. Llegó allá y vio toda esa riqueza cultural, pero no había una institución que preservara todo ese patrimonio, por lo que fundó una Casa de la Cultura, en 1965, la primera en todo el país. El era odontólogo de profesión, pero fue convirtiéndose en un lider social, un referente cultural, de izquierda. Los gobiernos, por supuesto, le hacían la vida imposible. Su obra fundamentalmente tuvo que ver con lo cultural. También fundó la primera orquesta infantil en la historia del país, y de ahí surgen las Orquestas Infantiles y Juveniles con el Dr. Abreu. Bueno, les cuento todo esto para mostrar el ambiente en el que crecí: crecí con un líder social a quien le interesaba la cultura y con preocupaciones por su comunidad. En ese medio era fácil que saliéramos con inclinaciones sociales y artísticas; mi hermano, por ejemplo, es cantante de ópera y ahora vive en Madrid donde hizo una gran carrera. Mi padre se dedicó con gran pasión a todo el movimiento cultural, lo cual hacía que muchos sectores vivieran atacándolo. Yo llegué a la música por su influencia, porque empecé a estudiar en la orquesta sinfónica infantil. El se trajo a tres chilenos que estaban huyendo del golpe de Pinochet en el año 1974, tres grandes profesores de música que habían hecho una gran obra en La Serena con una orquesta infantil. Entre ellos venía un profesor de oboe: el primer oboe de la Sinfónica de Chile, que había ido a vivir a un pequeño pueblo como Carora, de 60 mil habitantes, y por supuesto yo, con 11 años, lo aproveché al máximo. Por dos años fui su único alumno. Hace dos años murió el maestro Hernán Jerez Klopfer, mi primer maestro. Y así entré yo a la música, en un mundo que transcurría entre Mozart y el tamunangue, que es un ritmo folclórico de mi región, ritual, religioso. Además yo bailaba el tamunangue. Era simpático: un niñito con carita de alemán, blanquito, con mi compañerita que era una niña completamente negrita. Pero ambos compartíamos la misma cultura. Ya de pequeño, entonces, escogí la música como mi ámbito; luego estudié con un maestro argentino, Lido Guarnieri, primer oboe de la Sinfónica de Venezuela, quien me terminó de pulir para irme a Francia cuando tenía ya casi 18 años, a estudiar con Pierre Pierlot en el Conservatorio Superior de París. Así comencé a hacer mi carrera, tuve un premio como oboísta; luego regresé a Venezuela. Aquí fui por 7 años primer oboe de la Filarmónica, esta orquesta que hoy presido. Luego volví para Europa; fui a Bilbao donde gané el concurso para cubrir el cargo de primer oboe solista de la Sinfónica de esa ciudad. Tenía un contrato de por vida, pero no me interesó como proyecto de vida. Se ganaba mucho más que acá, pero finalmente decidí volver. Aquí soy más feliz. Cuando me fui a Europa yo venía siguiendo el proceso del presidente Chávez, y cuando ganó las elecciones decidí venirme para aquí nuevamente. Me vine pensando que ahí podíamos comenzar a tener algo nuevo, una verdadera democracia, y no la que teníamos cuando, por ejemplo, estudié el bachillerato en el Andrés Bello, donde no se podía levantar el dedo para quejarse de algo, decir que los baños no funcionaban o que los laboratorios no estaban bien dotados, porque en lo que uno decía algo un helicóptero de la Policía Metropolitana nos caía a plomo.
Es increíble la represión que vivimos en este país durante tantos años. Los gobiernos eran lo más perverso que se pueda imaginar; los programas educativos estaban hechos con toda la malicia imaginable para tergiversar la historia, para poner falsos valores. Era algo dramático y sumamente lamentable. Cuando veíamos esa represión llegábamos a pensar que todo el mundo era así. Pero no debería ser así, hay algo aquí que no está bien. Tú no podías disentir del establishment porque inmediatamente eras señalado y te ponían en una lista. ¿Cuántos murieron aquí por expresar su disenso? Se los acribillaba para detener cualquier expresión de protesta. Se disparaba primero y se averiguaba después; esa era la premisa de nuestra "gloriosa" democracia.
Te aseguro que lo de Venezuela es una cosa increíble. Yo estaba en Francia justo en el momento en que llega al poder François Mitterrand. Si yo tenía ya una herencia socialista de parte de mi padre, quien había sido concejal en el Consejo Municipal de Carora como primer socialista que hubo ahí en la historia, cuando llego a Francia y veo todos los programas sociales de un gobierno de izquierda, cómo se aumentan los beneficios a los trabajadores -a mí me pagaban la mitad del apartamento por ser estudiante, y siendo extranjero incluso-, al ver cómo la salud o la educación son verdaderamente derechos de la población, entonces me dije: ¿por qué en este país pueden ser tan progresistas y en mi país estamos tan mal? ¿Por qué en mi país, que es inmensamente rico, estamos tan mal? Aquí hay algo que no va bien. ¿Cómo un país con tantos recursos perdió la oportunidad de crear una infraestructura sólida que nos hubiese permitido llegar hoy en día en mejores condiciones de las que estamos? Porque la revolución ha avanzado mucho en siete años, pero en verdad nos falta muchísimo. Estamos heredando siglos de injusticia; no son sólo estos últimos 40 años. Esto viene de mucho más lejos: problemas sociales, problemas en que algunos tienen todos los recursos y la gran mayoría no tiene nada, el problema del racismo por el que los negros o afrodescendientes son considerados inferiores, el problema en que a los indígenas se los trata como cero a la izquierda. En ese contexto puede decirse que la música afrovenezolana llegó porque la farándula la agarró y eso a alguien le da dinero; las familias pudientes comenzaron a bailar un poco tambor por esnobismo, entonces eso pasó a ser negocio, pero no se lo reconoce como una verdadera expresión cultural. Y no hablemos ya de los problemas de tenencia de la tierra. Hay gente que tiene 100.000 hectáreas, lo que podría ser la mitad de un país de Centroamérica, y eso es producto de un país que no era un país sino simplemente gente viviendo en un espacio territorial. Pero ahora sí estamos empezando a construir un país.
No hay duda que construir eso nuevo no va a ser nada fácil. El país hoy está polarizado, fracturado en términos políticos. Recuerdo que el Ensemble Gurrufío al que yo pertenecía, durante el paro petrolero se terminó dividiendo; y se dividió porque estábamos hablando del futuro de un país, del futuro de nuestros hijos. Hay sectores que ven el futuro de un modo distinto a como lo vemos quienes estamos con este proceso. Yo tolero eso. De hecho en los Virtuosi de Caracas no hablamos de política, y quizá por eso se mantienen. Porque hay diferencias. Los músicos estamos divididos, y eso hay que decirlo. Pero yo estoy ubicado claramente en un sector.
ENcontrARTE: ¿Fue eso lo que te impulsó a regresar a Venezuela cuando estabas en España?
J.M: En España tenía una situación económica más cómoda, definitivamente. Tenía unos problemas familiares que era bastante difícil manejar desde allá. Pero además, y esto fue lo más importante, veía que se estaba intentando hacer algo nuevo que superara la democracia representativa de los adecos y de COPEI, entonces pensé que ahora sí era la oportunidad de construir un país. Y con esa ilusión me vine. Al presidente de Chávez lo vengo siguiendo desde el año 92, cuando le da ese golpe a Carlos Andrés Pérez. Recuerdo que esa noche yo me dije: bueno, alguien al final levantó la mano por el pueblo. Porque ese país era inaguantable: la corrupción, el descaro de la corrupción, los atropellos a los derechos humanos, el pensamiento perverso de postrar a casi la totalidad de una población al servicio de intereses foráneos, de las transnacionales. Era una cosa que daban ganas de vomitar. Cuando Chávez da ese golpe me sentí identificado con eso, y salí a celebrar. En ese momento no se pudo, porque lo apresan a Chávez, pero desde ese momento lo vengo observando y siguiendo en su línea política. Desde Europa siempre estaba muy pendiente de lo que iba ocurriendo aquí, de sus declaraciones, de los artículos que escribía. Cuando volví me integré al proceso: fui profesor de la Maestría de Música en la Universidad Simón Bolívar, me integré al Ensemble Gurrufío, tenía muchos alumnos de oboe. Después del paro petrolero andaban buscando un director de música en el Ministerio de la Cultura. Hasta ese momento jamás había tenido un cargo público. Fue así que el ministro Francisco Sesto, que en ese momento era presidente del CONAC, me entrevistó y terminaron designándome como director de Artes Auditivas. Ahí me desempeñé un tiempo desarrollando varios proyectos, pero siempre en una situación difícil, porque uno está de manos atadas. En realidad, estas instituciones están hechas para que no funcionen. Esa es la perversión de la IV República: de las instituciones que heredó la revolución, la mayoría están hechas para que no funcionen. Es perverso pero es así: te traga la burocracia, que aún la estamos combatiendo.
Mi padre tenía un poco el estilo del Che: era un hombre de acción. Si él era el presidente de la Casa de la Cultura no cobraba el sueldo, y además componía sillas, hacía plomería, lo que hubiese que hacer. Ese es el estilo que yo heredé. Yo vi que la Filarmónica estaba en crisis, que estaba en muy mal estado. Me preguntó el ministro qué hacíamos, y le dije que había que meterle la mano, hay que recuperar esa orquesta. Fue así entonces que me nombraron presidente encargado de la orquesta, cobrando un solo sueldo, por supuesto. Me vine para aquí con la ilusión de acomodar la casa, y creo que lo hemos logrado. Aquí, cuando llegué, encontré una institución en muy mal estado, con deudas increíbles. Nuestros predecesores de la IV República en muchos casos no habían pagado nunca el seguro social. Cosas que no entiendo, de verdad: yo que no soy un funcionario público de carrera, con dos dedos de frente me doy cuenta que hay que tener las cuentas al día en una institución, igual que en tu casa. Pero aquí había 600 millones en deudas. Estaba quebrada; teníamos una oficina en la cocina, y los músicos con los peores salarios. Había un enredo con el fideicomiso, las prestaciones no estaban al día. Mi pregunta era: ¿qué hacían antes? La verdad que no sé qué hacían en estos cargos. No me atrevo a señalar a nadie, pero hay historias que son muy comprometedoras. Por ejemplo: esta orquesta cambió de nombre, y en un momento determinado nadie informó a las distintas organizaciones de Estado de ese cambio. Esto era la Fundación Orquesta Sinfónica de Venezuela; cuando cambió de nombre yo era oboísta de la orquesta. Cuando se dio el cambio, nadie informó que se había cambiado de Sinfónica de Venezuela a Filarmónica Nacional, con lo cual se produjo un lío administrativo mayúsculo. Ahora, felizmente, sólo nos queda regularizar lo del seguro social. Ahora hemos saneado todas las deudas, el Sr. Ministro nos aprobó un crédito adicional a través del Ejecutivo y de la Asamblea Nacional, y logramos subir los salarios, en algunos casos hasta en un 100 %. Hemos hecho un cambio tremendo en la programación. Esta orquesta, que anteriormente estaba anquilosada y tocaba sólo los domingos para 200 personas, la estamos cambiando en todo. Primero: reestablecimos los niveles aprobatorios, pues no existía Junta Directiva desde hacía muchísimos años, no había comisión artística. Empezamos entonces un gran trabajo de cambio; me rodeé de gente muy importante, como Diego Silva Silva, gente muy linda ligada al proceso, constituimos un directorio muy comprometido con la revolución y empezamos a dar un cambio en la programación. Nos apegamos al uno por uno de la nueva ley, con lo que la Filarmónica está obligada a tocar en la mitad de su programación música venezolana y latinoamericana. Anteriormente había una actitud pro-eurocentrista. Pese a que la Filarmónica era la orquesta que había tocado más música venezolana en la historia, nosotros profundizamos ese proceso y además comenzamos a sacar la orquesta a las comunidades. El año pasado creamos la Filarmónica Ecológica, que toca en los Parques Nacionales para con eso apoyar la conciencia sobre el ambiente a través de la música. Luego hicimos la Filarmónica de Cámara, comenzamos a rendirle homenaje a Alí Primera, metimos la canción revolucionaria dentro del mundo sinfónico. Empezamos a sacar la orquesta a la calle. Mi discurso ha sido, en este año y medio que llevo a cargo de esta institución, decirle al pueblo que es el propietario de esta filarmónica. La gente no está informada de eso, así como no está informada que es la propietaria de los museos, y no estaba informada de la situación de PDVSA. Los 26 millones de venezolanos son dueños de la Orquesta Filarmónica Nacional. Así empezaron a llegar cartas del 23 de Enero, de comunidades de Caricuao… El público ha cambiado. En este período hemos triplicado la llegada a la gente. A nuestros conciertos ahora viene más gente. Y cuando vienen directores extranjeros vienen a aprender alguna obra venezolana. No es una imposición, es una propuesta; pero todos la aceptan. Porque la música nuestra es muy buena, aunque no se conoce todavía en el mundo lo suficiente. No está editada en primer término, eso es lo que pasa. Y mucha veces porque tampoco está grabada. Pero al menos cuando vienen estos directores invitados se llevan siempre bajo el brazo una obra venezolana, y generalmente se les pide hacer talleres de dirección de orquesta. Lo importante es que vengan al país y dejen algo, que contribuyan. El año pasado trajimos a Varela e hicimos unas sesiones de músicoterapia para niños con síndrome de Down y problemas de aprendizaje. Ese es un proyecto piloto que estamos manejando para hacer lo que llamamos Unidades de música de impacto social, que ahora están en fase de preparación, que son pequeños grupos de músicos -quintetos, sextetos, octetos- con una asesoría en el área didáctica y de la músicoterapia para ingresar al sistema de salud y al sistema educativo con las Escuelas Bolivarianas.
Desde hace un par de meses estamos trabajando en un proyecto con las cárceles a través del Ministerio de Interior y Justicia. No tenemos dinero suficiente, pero hay una gran voluntad política. Hay voluntad de entrarle al problema. Queremos ir a las cárceles y con los especialistas del caso buscar los reclusos que quieran aprender a tocar un instrumento y cambiarles su actitud, su conciencia, a través de la música. La música tiene poderes muy fuertes, como lo tiene el arte en general, la cultura. Eso es muy importante para este proceso, es fundamental.
Todavía no hemos podido desarticular muchos espacios que tiene la derecha tradicionalmente en la cultura. Pero hemos avanzado bastante. Hemos avanzado con algunas escaramuzas pero sin enfrentamiento directo. Más bien invitamos al cambio. En nuestra programación con la Filarmónica, además de haber hecho conciertos netamente revolucionarios, con compromisos políticos, le hemos dado oportunidad a gente que no está con la revolución. Pero es curioso, porque esa gente a la que le damos oportunidades, nunca antes habían tenido esa oportunidad. Por ejemplo con jóvenes directores de orquesta.
De hecho somos la orquesta que un año ha estrenado la mayor cantidad de obras venezolanas. Antes los compositores se sentían completamente excluidos y nosotros buscamos incluirlos siempre. Tenemos un programa para noveles compositores, donde los jóvenes pueden traer sus partituras, se las reparten a la orquesta, y rompiendo toda burocracia los maestros arrancan a tocar su obra. Los muchachos tienen 18 o 20 años; tienen errores, pero al lado hay un compositor ayudándolos, diciendo cómo puede mejorar. Los mismos jóvenes quedan asombrados viendo cómo la Filarmónica se presta para tocar sus obras, que son en muchos casos procesos de experimentación. Es decir: estamos acabando con el elitismo dentro de la música sinfónica.
Ahora estamos tocando de todo: Debussy o música popular venezolana, canción revolucionaria, música del pueblo norteamericano. Con todo esto contribuimos a profundizar ese pensamiento al que muchas veces se refirió el presidente Chávez que el problema no son los pueblos sino quienes los gobiernan.
ENcontrARTE: Eso mismo se puede decir de la música: el problema no es de la música sino de la forma en que se la posiciona socialmente. ¿Pero por qué piensas que, en general, -y esto no sólo en Venezuela- el campo de la llamada "música clásica" se liga a las élites? ¿Puede, o debe, esta música ser popular? ¿En qué sentido? ¿Qué se debe hacer al respecto?
J.M: Creo que hay que romper estereotipos, hay que romper ese mito. Yo he tocado en Venezuela en muchos sitios, y no me imaginaba que iba a estar tocado el oboe en una plaza de toros ante 20.000 personas. Eso no lo han hecho mis profesores en Europa; y aquí, con el Ensemble Gurrufío hemos tocado para más gente: 20.000 o 30.000 personas. Ahí el oboe deja de ser una cosa elitesca y que se puede meter en la música popular; así hay mucha más gente que hoy conoce el oboe que hace 30 años. Antes no había venezolanos que tocaran este instrumento, porque además no había música venezolana para oboe. A mí me tocó ser de la primera generación de oboístas del país, y de los que llegamos a tener un gran nivel técnico. Porque para tocar música venezolana hay que tener un alto nivel técnico, es una música muy difícil de tocar, es una música muy rápida, muy compleja desde el punto de vista rítmico, y te exige tanto como Mozart o Strauss. En el caso de la música hemos venido avanzando, no tanto como quisiéramos, por una cuestión de escasez de recursos, pero estamos avanzando. Sucede que mover una orquesta es caro; de ahí que creamos la Filarmónica de Cámara, que es un conjunto de 30 músicos, con lo que logramos vez pasada que la Filarmónica tocara al mismo tiempo en el Teresa Carreño en Caracas y en Carora, mi pueblo, en el Festival Internacional de Guitarra Alirio Díaz.
¿Cuál es el futuro de todo esto? El deseo que tenemos es que esta institución se convierta en una gran compañía nacional de música, que incluya todas las músicas, todos los géneros y que tenga presencia en los 24 estados del país. El problema histórico es que muchas instituciones caraqueñas hacían un excelente trabajo, pero no salían de Caracas. Y tenemos que salir a recorrer todo el país. Hemos tocado conciertos de música sinfónica en comunidades pequeñas, en pueblos del interior, y la reacción de seres humanos que jamás habían escuchado una orquesta sinfónica es tremenda. Es que es impresionante ver 80 músicos tocando al mismo tiempo. La persona que no tiene una educación musical -pero que quizá es mucho más sabia que todos los occidentales- y que jamás en su vida ha visto una orquesta de estas, se siente impactado con esa experiencia. Y si tocan una música más cercana a su cultura, se impacta más aún. Se trata, entonces, de hacer un cambio en el repertorio, nacionalizar un poco el repertorio, sin obviar que existen autores como Mozart, como Beethoven.
Teniendo apenas dos meses en el cargo de presidente de la Filarmónica organizamos una actividad para festejar los 200 años del estreno de la Heroica (la tercera sinfonía de Beethoven), y eso se llenó de pueblo. Había gente muy humilde que lloraba escuchando la Heroica, por la fuerza que eso tiene. O sea que el problema es lo mismo de siempre: Mozart fue el primer músico que exigió su libertad como compositor, enfrentándose a los nobles para quien trabajaba pidiendo hacer su propia música, a su estilo y a su gusto. Y lo mismo con Beethoven; venía por una acera, y por ahí venía también un noble en sentido contrario. Hay que bajarse de la acera, le dijeron a Beethoven. Pues que se baje él: será noble, pero yo soy compositor. Es decir: son ejemplos de hombres revolucionarios para su momento. Los artistas en general van un poco más adelante en la conciencia que las masas. Tenemos que lograr que nuestro pueblo pase directamente a la acción revolucionaria y abandone muchos de los valores que le fueron inculcados por la televisión. Ahí hay un camino que hay que recorrer: el mundo cultural debe tener un medio de difusión masivo. Porque no tenemos un canal netamente cultural. Hay canales comunitarios, hay canales que intentan tener un aspecto cultural, pero el sector cultural en su conjunto necesita hacer públicas maravillas que están pasando en este momento en este ámbito en toda Venezuela y que no se conocen mucho. La cantidad de conciertos, de exposiciones, de representaciones teatrales que hay cada fin de semana, es enorme; muy centralizadas en Caracas, por eso hay que descentralizar todo ese movimiento. Y por eso también la necesidad de contar con un medio de difusión que nos permita difundir lo nuestro -un proceso endógeno de difusión, podríamos decir. Un canal controlado por el Estado y netamente cultural que permita ver, por ejemplo, un cantante indígena para que todo el país pueda apreciarlo, o un concierto de la Filarmónica Nacional, o eventualmente de los Virtuosi.
Yo también sigo con los Virtuosi de Caracas, aparte de mi función pública con la Filarmónica, porque es algo que me encanta, es quizá lo más lindo de mi carrera. Ahí soy el concertador; reúno a esos músicos y les enseño a tocar la música que aprendí cuando toqué en la Camerata de Versailles, en la Comedie Française, donde aprendí a manejar la diferencia entre los estilos, el barroco italiano, el barroco francés, el rococó. Ahí a los intérpretes se les hace participar de esa aventura cultural que es, a través de la música, recoger lo que era el mundo de esa época, plasmándolo en una interpretación de gran calidad, que viene con la disciplina. Y algo importante: los conciertos de los Virtuosi que estamos haciendo ahora son con entrada libre, y esa orquesta está financiada totalmente por la Asociación Cultural del colegio Emil Friedman. Y aunque es entrada libre, la sala no se llena. Y no va mucha gente simplemente porque no se entera. No se entera porque gran parte de la población está presa en la televisión. Muchas de las televisoras privadas -no vamos a generalizar- tienen una programación perversa. La gente se engancha ahí y no sale de su casa. Lamento que una orquesta como los Virtuosi no sea disfrutada por toda la población. Si tuviera la posibilidad económica de hacerlo, yo llevaría esa orquesta por todo el país.
ENcontrARTE: Que es lo que están haciendo con la Filarmónica, ¿verdad?
J.M: Exacto: es lo que estamos tratando de hacer con la Filarmónica, que es una orquesta del Estado que evidentemente tiene más recursos. Pero eso es lo que hay que hacer: salir a recorrer todo el país, todas las comunidades.
La música es algo que sirve para desarrollar al ser humano, y esa era la idea de Friedman. El, muerto ya hace cuatro años, si bien estaba en un colegio privado, era alguien digno de respetar. Fue un judío perseguido en Europa, de donde tuvo que salir huyendo luego de haber perdido toda su familia. Era un extraordinario violinista nacido en Praga que tomó la música como piedra angular para el desarrollo del ser humano. Lo vemos en el colegio que se lleva su nombre: todos los estudiantes que están en el conservatorio son los primeros en sus clases. Se han hecho mediciones durante 30 años y se ha comprobado que la música activa a las personas, activa su inteligencia, su conciencia. Además brinda la oportunidad de recoger el resto de las artes, el interés por la ciencia, te incentiva la investigación, incentiva la disciplina. En Virtuosi todos están ahí por amor a la música, y te aseguro que cuando entramos ahí se cierra el acceso a la intolerancia, donde el objetivo más importante es la meta sublime de la música. Me emociona mucho la forma de trabajar que tenemos ahí; yo muy pocas veces dirijo en el podio. Ahí hacemos un proyecto de orquesta participativa. Doy los lineamientos estilísticos generales, pongo en la mesa la duda de la interpretación -si el trino es por arriba, si esta articulación va aquí, cómo hacemos para que suene más brillante o más oscuro- y todos los músicos comienzan a hacer propuestas hasta llegar a ponernos de acuerdo para sacar una versión participativa.
Por ejemplo: sacamos un disco de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi y los conciertos de Corelli, y me dijeron que estaba loco. ¿Cómo este tipo que dice que es revolucionario hace música que parece elitesca? ¿Y por qué? Es una grabación de una orquesta venezolana que se le pone al lado a cualquier orquesta del mundo al mismo nivel, con calidad de producción y de grabación. Y se agotó el disco en un año, hay que reeditarlo ahora. La gente lo compra. Porque los venezolanos quieren ver a sus músicos tocar al lado de otros músicos del mundo sin nada que envidiarles; y además hay que reconocer que si en algo Venezuela está avanzada, es en la música. Porque además de todas estas orquestas de las que estamos hablando, existe el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles, que tiene mucho que mejorar todavía, pero que exhibe muy buenos resultados por cierto.
ENcontrARTE: A propósito de esto, tenemos conocimiento del descontento que se ha producido con la noticia del desproporcionado presupuesto multimillonario otorgado a FESNOJIV, Fundación de Estado para el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela ¿Te parece lo mismo? ¿Qué piensas al respecto?
J.M: Ese es un proyecto social de mucho alcance; pero no ha tenido todo el alcance que debió tener en el país con la inversión que se ha hecho durante todos estos años. Es un proyecto que hay que conservar, pero que también debe ser pasado a otro nivel, porque no es suficiente con tocar el instrumento. Una cosa son los instrumentistas que tocan notas, y otras es los que a través de las notas descubren el mundo. Es un proyecto muy interesante; yo fui fundador de las orquestas juveniles. Sin embargo, y esto se lo he manifestado al Dr. Abreu, debemos pasar a otro nivel con el proyecto. No hay que limitarse a tomar un niño y enseñarle a tocar un instrumento sin más; yo creo que más bien hay que atraparlo con la música para que desarrolle otras potencialidades. No se puede quedar sólo en la música, en el instrumento; hay que buscar que se convierta en su ciudadano que tenga amor por la lectura, que sea un ciudadano conciente que no se deje atrapar por el atractivo del neoliberalismo, que es como un diablo que te vive ofreciendo cosas materiales. A través de la música hay que crear una persona que sepa pensar, que sepa decir no al consumismo, que tenga criterios propios. No es cuestión sólo de tocar un instrumento, tocar Mozart sin saber quién era Mozart o qué pasaba en su tiempo. Hay que aprovechar la música para crear un ciudadano que sea cada vez más rico, más culto en sentido amplio. Nuestra tragedia ha sido la corrupción. ¿Por qué existe la corrupción? Un hombre inmensamente rico por dentro no necesita meter la mano en el dinero público. Los políticos nuestros del pasado tenían apartamentos, aquí en Venezuela y fuera, tenían varias amantes, el yate, el Mercedes Benz; como todo eso no se puede conseguir tan rápido trabajando, meten la mano. Porque simplemente no les duele el dinero público, porque no se acuerdan del pueblo. Ese dinero no es del funcionario público; administra ese dinero, pero eso no es de él. Y aquí se sigue metiendo la mano en los dineros públicos. Todavía hay funcionarios que lo siguen haciendo, disfrazados de revolucionarios, de falsos chavistas, que hacen lo que se hacía anteriormente. Eso no está bien. Yo en lo personal me aferro al espíritu del Che, que es algo de acción. Es decir: hay que romper la burocracia y entrarle de verdad a los problemas, hacer que las cosas funcionen, ejecutar los proyectos, avanzar considerando al pueblo, acabar con la corrupción. Pero es algo muy difícil. Es difícil, sin dudas, pero hay que entrarle. Sigue habiendo corrupción, pero también hay funcionarios públicos honestos.
ENcontrARTE: ¿Y tú como te sientes en esta doble función que tienes actualmente? ¿Es posible el trabajo creativo simultáneamente con la gerencia cultural?
J.M: Yo nada hago sin pasión. Para mí la música es una pasión, es mi alimento, mi energía. Y al mismo tiempo sueño con un país pulcro; sueño con un país que funcione; sueño con un país igualitario, donde la gente nazca y tenga asegurados todos sus derechos, tenga asegurada la educación, la salud, incluso antes de nacer. No es posible que sólo un sector de la población tenga acceso a la salud. Con las misiones estamos avanzando a que cada vez más gente tenga acceso a la salud, porque con las estructuras que dejó la IV República no se puede avanzar, por eso hubo que crear gerencia en paralelo, que son las misiones. Ahí hemos avanzado, pero todavía hay demasiadas desigualdades. Yo intento administrar esto, que es una fundación pequeña, dando un ejemplo. Trato al personal administrativo con la misma pasión con que trato a mis músicos. Es que somos todos iguales; todos por igual merecemos respeto y consideración sin importar la raza, el color, la preparación que se tenga. Necesitamos que los ciudadanos de un país como Venezuela tengan accesos a sus propias riquezas, y que tengan acceso a todas las oportunidades por igual. Que alguien que pasa ocho horas en un escritorio tenga también la oportunidad de tener acceso a un concierto, a un museo, o que en su casa tenga una oferta televisiva de altura, que tenga acceso a comprar libros; es decir: que tenga por igual acceso a la cultura, y a la educación, y a la salud. Es así como se concibe el socialismo. Pero si vamos a tener algunos funcionarios que hacen lo mismo que hacían los del pasado, eso no es estar haciendo la revolución que soñamos, que es la misma revolución que soñó el Che. Si no vamos a poder hacer eso, estamos mal, porque tenemos que seguir avanzando en esa dirección. Yo veo al presidente extremadamente claro, y no todos los que lo rodean en su proyecto están tan claros como él. Por supuesto que él sabe dónde va, siendo alguien que viene de un sector humilde, con muy pocas oportunidades que sabe lo que está diciendo. La pregunta sigue siendo esa: ¿cuándo vamos a ser todos iguales? ¿Por qué algunos tienen todo y otros no tienen nada? Yo me siento afortunado porque pertenezco al sector que lo ha tenido todo. Pero creo que tengo que darle a mi país; hay que poner aparte lo individual y jugarnos en un proyecto para todos. El individualismo es el valor fundamental que nos han inculcado; aquí casi no hemos conocido lo que es la honestidad. Aquí nos obligaron a ser delincuentes prácticamente, por la misma inacción de los gobiernos, algunos de los cuales incluso pertenecían a las redes de narcotráfico participando en todas estas componendas con los países imperiales, fundamentalmente con Estados Unidos. Los gobiernos de Estados Unidos han sido crueles con América Latina, perversamente crueles. Con Venezuela ha sido algo inmoral, porque se llevaron 300.000 millones de dólares con la complicidad de un grupo de empresarios y políticos venezolanos. A esa gente habría que quitarle la nacionalidad; esa gente vendió al país. Y ahora debemos hacer lo que el presidente plantea: la acción decidida de toda la población es la que nos puede salvar.
ENcontrARTE: En otro orden de cosas, ¿consideras que ha sido beneficiosa la ley Resorte en el campo musical? ¿De qué manera?
J.M: Venezuela es un país esencialmente musical. Cuando discutimos los presupuestos públicos siempre dicen que los músicos nos llevamos todo. Pero no es exactamente así; nuestra Filarmónica tiene aún muchas deficiencias presupuestarias, aunque estamos tratando de corregir eso. Cuando el Estado ve amenazada su soberanía tiene que actuar; y la soberanía no es sólo un problema de armas: es un problema de ideas también. Cuando el Estado ve amenazada su cultura tiene que intervenir. Eso no es una imposición dictatorial, tal como lo ha catalogado alguna gente de la derecha, de la oposición. El Estado está en la obligación de preservar el patrimonio cultural de un país. La ley Resorte es algo muy importante, y el considerando que se refiere a la música lo redacté yo personalmente. Ahí se habla de soberanía: "considerando que para el pueblo venezolano la música significa una actividad vital para su subsistencia espiritual, y considerando además que es un problema de soberanía, se dictan las siguientes normas", etc., etc., y sigue el artículo 14 ¿Por qué? Recuerdo que a los 20 años estaba en un grupo de música experimental donde hacíamos cosas bellísimas, música sincrética; y tuvimos que irnos a grabar a Alemania porque aquí nadie nos quiso grabar en este país. Y a los alemanes les interesó esta música. Tuvimos que ir a grabarla allá, y allá está el disco, vendiéndose en Europa, y aquí: engavetado. Ahora, recién 10 años después, o más, se está oyendo lo que grabamos fuera del país. No teníamos acceso a las radios; el 90 % de la música era foránea. Y con la televisión lo mismo. La ley Resorte es una medida para preservar la soberanía del país; así como hay leyes fronterizas, leyes que cuidan la integridad de un país, nosotros no podíamos seguir permitiendo esta situación. Músicos de la oposición que me criticaron muchísimo con el tema de la ley, ahora son los más beneficiados, porque mientras nosotros estamos metidos en los cargos públicos, ellos están grabando discos y ganando un realero. Están llenos de conciertos y actuaciones a partir de los discos, y eso ha hecho mejorarles su nivel de vida. Es que a la gente le interesa escuchar la música nacional. Pero aquí, durante un siglo, desde que existe la radiodifusión y los medios de comunicación en general, nos metieron la idea que la música de este país no servía y que no tenía cabida en el mercado. Lo que era bueno era lo que venía de afuera, lo que venía en inglés. Ahora tenemos esa ley que permite producir música venezolana; y ahí andan los discos hechos aquí, y se difunden. Incluso por los medios de oposición. La ley era una necesidad. Es posible que con los años se vaya ablandando un poco, pero eso recién cuando tengamos una programación que incluya lo nuestro ya sin necesidad de una ley. Antes no era el Estado el que imponía; lo imponían los dueños de los medios que hacían su negocio: si daba plata, ponían lo que ellos querían, no importando nada más. Por eso la ley Resorte es una medida revolucionaria, y los músicos de la oposición lo están agradeciendo en este momento.