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Se agota el dinero
Jim Kunstler
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La disolución multidimensional que ocurre en el sistema financiero mientras escribimos estas líneas demuestra a la perfección cómo, apenas se instala el agotamiento del petróleo en la imaginación del público, empiezan a bambolearse y fallar los sistemas complejos de los que dependemos. Lo que muestra, en esencia, es que no tenemos que quedarnos sin petróleo (ni siquiera andarle cerca) para que empiecen los problemas.

Basta con solo atravesar el pico y encarar la resbaladiza cuesta del agotamiento. Resulta ser que el pico del petróleo es también el pico del dinero. Quizás sea mejor hablar de pico del "dinero".

Ante todo: ¿qué son, exactamente, las finanzas? Apostaría a que muchísima gente, hoy en día, no lo sabe (incluyendo muchos que trabajan en lo que ahora ha dado en autodenominarse "industria" financiera).

Hasta hace muy poco, las finanzas eran el medio que permitía recolectar inversiones para actividades económicas útiles y emprendimientos productivos: en otros términos, el despliegue del capital, que es como decir la riqueza acumulada.

Históricamente, esta riqueza acumulada era bastante magra. No había tanto para desplegar, y el despliegue lo controlaba un minúsculo manojo de gente, estadísticamente apenas más significativa que la proporción de marcianos en la población general.

Funcionaban como familias o clanes, y todo el mundo sabía quiénes eran: los Médici, los Rothschild. Comparado con lo que hoy se ve en la CNBC, hasta el Imperio Romano era una especie de familia Picapiedra de las finanzas. Como no tenían imprenta, se veían forzados a inflar su moneda al modo antiguo, añadiéndole metales innobles a las monedas de oro.

En los alrededor de 200 años de era industrial, las finanzas evolucionaron paso a paso con el firme incremento de disponibilidad de energía barata. Más concretamente: el instrumental asociado a las finanzas desarrolló su complejidad con el ascenso energético.

En realidad, hace solo doscientos años que surgieron los billetes de banco o la moneda en papel, a partir de certificados mucho más crudos, que apenas eran un poquito más que un pagaré.

Cuando los billetes bancarios en papel lograron su aceptación y se crearon instituciones que los regulasen, se hizo posible inventar certificados todavía más abstractos, y empezamos a tener cosas como los bonos y las acciones, que se comercializan públicamente en las bolsas: representaciones de sumas de dinero invertidas o prestadas, pero no "dinero" en sí mismas.

Buena parte de estos cambios tuvieron lugar durante el ascenso de la economía impulsada a carbón, el siglo XIX. Se aceleró con la economía del petróleo y el gas del siglo XX, y así hasta nuestros días.

Así que desde hace unos 150 años -más o menos desde el fin de la Guerra Civil Estadounidense- hemos tenido cierto tipo de finanzas regulares que se fueron refinando cada vez más.

Las divisas, las acciones y los bonos mantuvieron su legitimidad (aunque no su valor) incluso frente a traumas cíclicos como
la Gran Depresión.

Rusia fue una excepción extravagante. Logró sacarse a la rastra del barro medieval cuando el juego ya estaba muy avanzado. Trató de eliminar el capital, cuando todavía necesitaba desplegarlo en la industria.

Resolvió, condicionalmente, la paradoja impidiéndole a la población rusa la participación en toda forma de economía industrial que no fuera el trabajo pesado, y trató de pagarle con promesas de un "futuro más brillante" que nunca llegaba, a condición de que los Soviets siguieran al timón (el pueblo ruso devolvió atenciones haciéndose el que trabajaba).

En todo caso, para quienes usan cubiertos lo que ha prevalecido como realidad son las finanzas para desplegar capital, pero en los últimos años viene pasándoles algo extraño e inquietante.

Han ingresado en una etapa de metástasis grotescas e hipertróficas que amenazan la vida misma del organismo industrial a cuyo servicio evolucionaron.

Su estado actual se puede entender relacionándolo directamente con la corrida al pico del petróleo (en realidad, el pico de energía combustible fósil, ya que también incluye al carbón y al gas).

Pronto descubriremos que la era del petróleo fue una anomalía.

Muchas de las cosas que bajo su régimen parecían "normales" terminarán apareciendo como algo más bien especial. Y a medida que empieza a manifestarse el principio del fin de la era del petróleo, estas cosas especiales están empezando a autodestruirse con bastante espectacularidad.

Por empezar: en los últimos treinta años las finanzas han evolucionado. Dejaron de ser un órgano al servicio de un organismo más grande; lo han tomado y se transformaron en una especie de parásito ciego y enfurecido que domina a su antiguo huésped. O, para decirlo con menos hipérbole, se han convertido en un fin en sí mismas.

Eso es lo que queremos decir cuando afirmamos que el sector financiero ha estado "manejando" la economía.

Un rasgo de este proceso espectral ha sido la transformación de los instrumentos financieros en entidades cada vez más abstractas, alejadas de toda actividad productiva basada en la realidad. Se solía entender que acciones y bonos representaban inversiones directas en las empresas.

A veces, la empresa fracasaba, y a veces quienes la dirigían eran estafadores. Pero nadie dudaba de que una acción común representaba la esperanza de obtener una ganancia en cierta apuesta de riesgo como fabricar acero o vender laxantes.

Los nuevos "derivativos" financieros, la "innovación creativa" de los últimos años, están tan divorciados de cualquier actividad o producto real que a menudo ni siquiera quienes los comercializan entienden qué es lo que se supone que están representando.

Hasta apostaría que más de la mitad de quienes están en la Bolsa de Nueva York sería incapaz de explicar el significado de un intercambio de créditos en cesación de pagos (credit default swap), ni aún bajo la presión de un talibán que empujase a su primogénito por la cornisa de la ventana que mira a Wall Street.

La innovación en "productos" financieros mutantes es un síntoma del "boom hacia el choque" (crack-up boom) tan típico de la respuesta social al pico del petróleo.

Para una economía industrial, la consecuencia fundamental del pico del petróleo es que la expectativa de un crecimiento regular y continuo tanto de la actividad energética como de la productividad (a tasas de entre el 3 y el 7 por ciento anual bajo condiciones "normales"), expectativa que perduró por unos 200 años, ahora vale lo que una tostada.

Bajo el nuevo régimen, el del pico de petróleo y sus consecuencias, el agotamiento energético paulatino, la sociedad ya no puede esperar crecimiento industrial, sino su contracción.

Y todos los certificados, instrumentos y operaciones asociados con la expectativa de ulterior crecimiento industrial pierden su legitimidad.

Bajo esta luz se entiende el valor temporario de estos derivativos financieros mutantes. Permitieron a los participantes del juego ocultar el hecho de que estas "inversiones" no se dirigían a empresa productiva alguna.

También dieron a una cohorte de pícaros los "vehículos" para convertir los restos de la economía industrial en activos propios (en realidad, una forma del saqueo).

Así, los empleados de Bear Stearns, Goldman Sachs, y Merrill Lynch se autoregalaron premios navideños por 50 millones de dólares por haber estado traficando en estas inescrutables e improductivas morisquetas financieras, y por haber podido comprarse casas de 50 habitaciones en Easthampton, aviones a chorro Gulfstream y pinturas impresionistas.

Claro que lo que sigue para estos muchachos puede no ser tan bonito, ya que su próxima adquisición pueden ser largas sentencias de cárcel.

Si huyen de la fiscalía en sus aviones Gulfstream, no podrán llevarse sus propiedades en los Hamptons.

Los que se queden podrán vivir para ver cómo se arremolinan turbas con antorchas bajo sus ventanas, tal como en las películas de "Frankenstein" que solían ver en su infancia de country-club. Pero esto todavía está por verse.

Por ahora parece que nos estamos estrellando, en pleno clímax del impacto.

Los vehículos derivativos que, elegantes e inescrutables, infestaban los portafolios de los bancos de inversión, empiezan a aparecer sistemáticamente como fraudes, de un tipo u otro, y su falta de todo valor se torna conspicua.

El proceso en marcha es horripilante. Hasta el mismo monto de las pérdidas en dólares en curso es tan incomprensible como las falsas operaciones e instrumentos que las produjeron: 12 000 millones aquí, 9 000 millones más allá...

Una vez, el difunto senador estadounidense Everett Dirkson hizo esta broma: "más tarde o más temprano se termina hablando de plata contante y sonante". ¿Sí? Es dinero o "dinero". Y si es "dinero", en qué se convertirá? Y nosotros? Cómo podremos vivir de él?

NOTA DE LA NAC&POP: Se Agota el Dinero, de Jim Kunstler, es un artículo interesante desde diversos puntos de vista. Entre otras cosas, aún si fuera inexacta la convicción del autor y hubiera recursos energéticos cada vez más abundantes a medida que avanza el tiempo, la pintura que hace de un país imperialista que ya está atravesando las etapas que llevan de la madurez a la senilidad es de una precisión inigualable. Se huele a Balzac en esta nota. Un Balzac frío y despiadado que sostiene a sus criaturas, como dice el propio autor, "mirando Wall Street desde la cornisa de la ventana de la Bolsa de Nueva York". En eso están, efectivamente, los EEUU. Hay que cuidarse. Antes de saltar al vacío, o antes de caer sin desearlo, bien pueden aferrarse a nosotros y arrastrarnos en su vuelo final.




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