|
|

Estimado Roberto; en este instante he culminado la escucha del solo de cuatro, bandolina y bajo, que amablemente me has enviado. Un banquete para mis oídos siempre de borracheras espirituales con las musas de la música, los escritos y la poesía. Le he acompañado, con un matinal y mesurado trago; y asimismo, le he disfrutado repetitivamente para alimento de mis sentimientos.
Debo confesarte; amigo Roberto, que de nuevo en el transcurso del deleite de la magistral ejecución, me retrotraje a los instantes en que platique con tu rancho de playa, -ya mi amigo de eternas conversas y apoyo de espirituales regocijos-; y luego me mentalicé -como solemos hacerlo los que podemos hablar con la esperanza-; caminando; meditabundo, por el playón. Contemplando al pequeño navío que seguramente en sus angustias de finitud, asiéndose a peñascos; acorralado por la impetuosidad del mar, no tuvo otra esperanza que varar en las playas de nuestro pequeño y amado pueblo de El Hatillo, cuando el añoso padre del tiempo le indico que fenecía.
El naufrago pequeño buque, ya lentamente carcomido por la mar; también humanizándose me hablo de sus desesperanzas y soledades. Melancólico y abatido me narro el precipitado abandono de sus tripulantes en los amargos instantes del encallar y del desbordaje. Me conmovió hasta el alma escuchar desde las profundidades de su herrumbre, su amarga y frustrada esperanza de navegar de nuevo henchido y orgulloso por los caminos acuáticos de la inmensidad del mar. ¡No puede de nuevo hacerlo Roberto! Y me embarga la angustia. De pronto, un quejido; un sordo ruido anuncio inclemente, el quiebre en pedazos de su proa. -Se impuso el incansable y violento golpeteo de las olas ordenándole a sus restos de oxidado acero…….. ¡Silencio!
De lo profundo del mar. Soberbia. Retumbando avasallante como estruendos. Surgió un rumor. Nítidos se escucharon los ecos como vibrantes reflejos, en el cerro de La Panela. A sus pies, La Laguna de Unare temerosa, aquieto sus aguas. Luego, alzándose por encima de la nubes, en el atardecer de esos instantes; halla, en la costa de nuestro querido trozo de tierra Anzoatiguense, en El Hatillo. Una voz; una poderosa voz, se difundió imperativa y clara: ¡He aquí; existencial y finito ser. Tejedor de cuentos. Ingenuo enderezador de fantasías. A ti mortal discípulo; en ejercicio de mis soberanos designios, descorro mis velos, y permito contemples mi sacra presencia! Ordeno in extremis, bautices al valiente buque.
Era el centellante trueno de Neptuno, omnipotente señor de las aguas. “Viento Triste”; será su nombre. Úngelo vertiendo salmos. Derrama en el, agua dulce mezclada con pétalos de olorosas rosas. Oleos, incienso y miel, sobre su carcomida pero valiente proa.
Viento Triste; agoniza. Agoniza, martirizado y doblegado por el embate de la mar y la pleamar-. Las Ondinas, expectantes y virginales. Solicitas. Impotentes. Mudas. Contemplan atónitas; el doloroso espectáculo de su muerte. Nada pueden hacer. Horrorizadas, desoladas y ausentes, huyen hacia las abísales profundidades del mar. Sollozan ante el doloroso carcomer de las entrañas de Viento Triste.
Julio Cesar Belisario Rodríguez Cronista. P/Data.
Roberto; gracias por tus opiniones, y las de tu honorable compañera y esposa en lo atinente a mi pequeño y ficcional imaginario. Solo almas generosas como las de Uds. se les ocurre calificar de genial mis ocurrencias y dislates espirituales que garabateo con la pluma; no siendo mas que martirizaciones de un impertinente duende que me acosa. Se exceden de igual forma al igual que Neptuno en sus devaneos, cuando a este sencillo ser abrumado por lo onírico; califican de poeta. A vuestra salud……el cuarto trago.
julioc_br@hotmail.com
Déjanos Tu Comentario
|