¿Por qué será que este cronista tituló “Fábulas con trazo firme” esta crónica socio-cultural? ¿Qué tiene de fábula?
Más bien es un ensayo que debería titularse “Cultura verdadera” o “Arte, chusma y elegancia”
El artículo que reproducimos mas abajo es una perfecta descripción de la decadente y “culta” clase dominante: los bobos engullen exquisiteces tailandesas, brindan con prosecco y deciden que, donde están ellos, detrás de los cristales, está LA CULTURA.
Para eso es que son bobos: ¡no escuchan el ensordecedor paso de la historia que hacer crujir las estructuras que se derrumban!
Nota: Este relator de crónicas sociales se ha convertido en colaborador involuntario de la revista quincenal ENcontrARTE.
Fábulas con trazo firme
Igor Molina / Sociales / El Nacional - Domingo 27 de Junio de 2004 B/18
Por las rampas y escalinatas que cruzan de largo a largo el parque Los Caobos caminaban presurosos venezolanos de boina roja, buscando los autobuses que los habían traído hasta el cercano Teatro Teresa Carreño para vivar un sueño político. Desde los ventanales del Museo de Bellas Artes se veían como una hormigueante multitud que casi arrastraba sus banderas por el polvo. A este lado de los cristales todo era un silencio frío que comenzaba a poblarse eran más de las 7 de la noche con los rumores de otra multitud, refinada e hipersensibilizada hacia el arte. Comenzaban a congregarse en el jardín para celebrar la edición del catálogo, del soberbio catálogo, hay que precisar de la fulgurante exposición Figuración Fabulación Venezuela realizado allí con motivo de los 90 años de Seguros La Previsora.
Al fondo, girando sus enormes aspas circulares, estaba el rotor de Alejandro Otero, pesado y enigmático como una máquina de “Blade Runner”, la película de culto de Ridley Scott. Una barra en palisandro exhibía las bandejas de exquisiteces tailandesas de Gabriela Machado, listas para que las manos ansiosas de los más cultos adictos al arte (al buen arte) las llevaran a la boca para degustar un placer de otros tiempos. Nuevos meseros surgían por doquier para ofrecer copas de un prosecco spumante en su versión más clásica derramándose en ellas desde una elegante botella azul murano de la casa italiana Foss Marai. De mano en mano comenzaron a circular los espléndidos catálogos, en cuya portada la María Lionza de Pedro Centeno Vallenilla sigue sorprendiendo con su serpiente amistosa y sus musculosos jóvenes que parecieran competir en un certamen de glúteos enhiestos.
Entre todos se imponía una exacta conclusión, aquella que hace referencia a la decidida vocación culturalista de Seguros La Previsora, responsable del auspicio de 40 exposiciones artísticas en los últimos 25 años, muchas de ellas referenciales en la historia del arte criollo. Arriba, de pared a pared, los enormes espacios diseñados por Villanueva albergaban la sangre nueva de la plástica venezolana, deudora de las genialidades de Reverón, Poleo, Abreu, Borges y Centeno Vallenilla. Allí se explayaba la carnosa seducción de Onofre Frías, la tumultuosa obsesión de Ernesto Zález, el costumbrismo cromático de Julián Villafañe, la onírica figuración de Juan Urbina, la deliciosa crónica expresionista de Astolfo Funes y otros alardes pictóricos de nuevo talentos de cuales poco sabemos y que la curaduría de Bélgica Rodríguez y Milagros Maldonado ha reunido para regalarnos un momento inolvidable.
En el bosque de bambúes cercano se oía el croar de las ranas contra el fondo silencioso de la noche, apenas cortado por la ebullición de las conversaciones en el jardín del MBA. Aquí, todos exudaban felicidad por habitar un mundo distinto radicalmente distinto al de la multitud que seguía marchando afuera.