Luciana Mc Namara/ENcontrARTE
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La existencia es un camino sinuoso y aparentemente circunstancial en el que unos viven sin mayores contratiempos y otros lo hacen signados por la tragedia y la muerte. Esto último fue lo que el destino le deparó al escritor y poeta Uruguayo Horacio Quiroga, un ser trágicamente sensible que desde que nació, fue envuelto por un halo funesto que lo acompañó toda la vida, incluso hasta después de su muerte. Presenció de cerca la renunciación a la vida, el hambre, la sangre, la indigencia, y aprendió a convivir con ellas. Por eso, desde los túneles de la locura y la melancolía, su alteridad solía emerger con fuerza hacia a la luz de la inventiva, de la imaginación y de la belleza dejándonos hoy en nuestras arcas, un montón de tesoros literarios: unos lúgubres, otros no tanto, en los que podemos encontrar rasgos aleatorios de las diferentes etapas de su vida.
Quiroga mantuvo una personalidad atormentada y fatalista, al tiempo que se destacaba por ser un hombre refinado, inclinado hacia los placeres, la aventura, la diversión y los inventos. Era dueño de un gran ego juvenil que fue mermando al pasar de los años, a través de sus fracasos y desilusiones. Cincuenta y nueve años estuvo esquivándole los pasos a la muerte que lo seguía de cerca, pisándole los talones. Fue tan prepotente como infantil, tan severo como pasional, y locamente necesitado del calor y la compañía femenina. “...siento un infinito deseo de caricias, de ternura que sea para mí, de brazos blancos y suaves que me abracen amorosamente (…) estoy convencido de que -en mí- el amor es solo uno, prolongado á través de los olvidos y de las fisonomías. Después de querer a la que quiero, querré a cien más, como si vuelvo a ver a las que he querido, las vuelvo a amar de nuevo"1. Sin embargo su inflexibilidad e inclemencia terminaron por destrozar sus proyectos amorosos. Todo esto resulta evidente en su prolífero trabajo: sus anecdóticos cuentos; sus tan mórbidos y sublimes personajes influidos, constantemente, por la atracción de los paisajes selváticos e indómitos en los que eligió vivir gran parte de su vida.
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En el fragor de los veinte años sus propias palabras delatan su espíritu. En una página titulada Sombras, que se conserva en el cuaderno de composiciones juveniles de Horacio éste escribiría:
“¡Qué triste es el pesimismo! Yo me enternezco cuando oigo a mi amigo hablar de su porvenir, de la gloria, de las aspiraciones de un alma juvenil y creo que palidezco, porque pienso que también podría ser como él, lleno de fe y alegre, ¡sobre todo alegre! ¡Qué hermoso sería...! Pero no puedo. La tendencia fatal de nuestro siglo me arrastra sin procurar apartarme de la corriente. Siento una especie de placer en mis sufrimientos, en mis tristezas y aún desearía padecer más para encontrar en el fondo de mi escepticismo una realidad que se destaque poderosa con el tinte del dolor que nos sofoca, del gran dolor eterno”.
Y por otro lado, visiblemente dominado por la incredulidad y la falta de fe, publica unas Reflexiones en las que el 'sabio' veinteañero aconseja desconfiar del primer amor y afirma que:
"…el verdadero carácter del amor es el sufrimiento (…) Amor que no lleva en sí una contrariedad inmensa, no es amor. Si creemos amar, pronto el llanto nos nublará la pupila" 2.
En él cohabitaron siempre dos personalidades que, no obstante, se adaptaron muy bien a las nuevas ideas modernas que se venían abriendo paso desde finales del siglo XIX. Comenzando el siglo XX, Uruguay experimenta cambios profundos que surgían desde la misma intelectualidad. Aquí aparecen algunos autores de la talla de José Enrique Rodó, Carlos Vaz Ferreira y Leopoldo Lugones. Quiroga, por supuesto, frecuenta al grupo, -que más tarde sería conocido como Generación del 900´-, conmovido por las tendencias modernistas y existencialistas del momento que lo empujan hacia una constante búsqueda interior.
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| Horacio Quiroga a los 15 años |
Es que Horacio Silvestre Quiroga nació en los albores de la modernidad, en Salto, Uruguay, un 31 de diciembre de 1878. Y no habiendo cumplido aún los tres meses de edad, recibe el primer latigazo de muerte que le dejará, durante toda su existencia, la marca del padecimiento y la sombra. A esa edad presencia junto a sus hermanos, desde los brazos de su madre, la terrible muerte del padre que se presume se le escapó un tiro de escopeta mientras descendía de un bote. Al parecer habían comprado una finca en San Antonio Chico, cerca del río del mismo nombre, una zona de caza menor. Así que salieron a buscar unas presas una mañana de marzo de 1879 pero, tristemente no fue sino su padre la víctima en ese fatídico día. Cuentan que el estallido del arma y el impresionante espectáculo provocaron que Pastora dejara caer al niño que se golpeó contra las tablas del muelle y casi cae en las aguas del río. Curiosamente diecisiete años después, su padrastro Ascencio Barcos se suicidaría frente a él con la misma escopeta colocándosela en la boca.
Prudencio Quiroga, su padre, era Argentino, en ese entonces vicecónsul en Salto que descendía del caudillo riojano Facundo Quiroga. Su mamá uruguaya, Pastora Forteza, dio a luz a tres hijos, Horacio, Pastora y Juan Prudencio. Después de este fatal incidente, Pastora y los niños salen para Córdoba, Argentina, para tratar una afección respiratoria de la hermana de Quiroga. Luego de pasar cuatro años en las sierras regresan a Salto y una vez en la capital, Horacio comienza sus estudios en el colegio Hiram. Es un niño retraído, tartamudo y asmático, que ante la menor provocación desplegaba fuertes ataques de ira. No se destaca particularmente en ninguna disciplina, excepto en los deportes. En 1890 comienza sus estudios secundarios en el Instituto Politécnico de Salto, interesándose por la lectura y acentuándose en el estudio de las letras y la literatura. La orientación técnica del Instituto lo llevan a interesarse también por la mecánica, la química y la fotografía, convirtiéndose esta última en una afición que perfecciona a lo largo de su carrera.
Su madre rehace su vida y uniéndose a Ascencio Barcos en 1891. Se mudan a Montevideo y Horacio ingresa al Colegio Nacional. Es una etapa feliz para los Quiroga-Barcos. Pastora le asigna a un tutor, el notario Alberto Semblat, quien tenía que lidiar pacientemente con las inconstancias del jovencito. Pide cada día más plata y exige que sean cumplidos todo sus caprichos. El pobre Semblat trata de que el chico no despilfarre el dinero de la poderosa herencia que su padre le había dejado antes de los 21 años, para que “algo” reciba cuando cumpla la mayoría de edad.
Era un muchacho con mucha iniciativa y bastante inquieto. Apenas con catorce años funda el Club Ciclista Salteño y logra la notable hazaña de recorrer en bicicleta el trayecto de 120 Km., que une a las ciudades de Salto y Paysandú. Pero sus “fracasos” en las carreras deportivas desaniman al muchacho. Luego hace otro descubrimiento, el de la filosofía y la mecánica. El padre de un amigo y compañero de clases era dueño de un taller de reparación de maquinarias. Para la innata curiosidad del joven Quiroga aquel taller fue una fuente de conocimientos. No perdió detalle de nada hasta convertirse él mismo en un mecánico permanente. Y, alternadamente, se dejó influenciar por la pasión de su compañero: la filosofía. De este modo, Quiroga agrega una disciplina más a su repertorio intelectual. Entra en el mundo de Pierre Gassendi, Ludwig Feuerbach, Thomas Hobbes, Karl Marx y Friedrich Engels; profundas obras leídas a la luz de una lámpara de querosén en la finca de Salto o en los ratos libres del taller. Es así que entusiasmado se autodefiniría a los quince años como "franco y vehemente soldado del materialismo filosófico".
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En 1896 su padrastro decide suicidarse. Venía sufriendo de cada vez más frecuentes ataques de una progresiva parálisis cerebral. Su relación con Ascencio Barcos era muy afectuosa y esto lo derrumba totalmente. Con sólo diecisiete años fue el primero en descubrir a Barcos con la cabeza destrozada y muerto en su habitación. En el cuento Para noche de insomnio escrito tres años más tarde, "revela sobre todo el horror del espectáculo concreto de la muerte, la experiencia física de lo macabro, la angustia algo histérica que le provoca la sangre derramada, una culpa honda e irracional"3. Tarda mucho en recuperase de una severa depresión y es el ánimo de sus amigos, José Hasda, Julio Jaureche y Alberto Brignole -este último, posteriormente, se convertió en uno de sus primeros biógrafos-, lo que lo ayudan a salir del abismo anímico en el que se encontraba. Juntos estos tres jóvenes crean una tertulia literaria autodenominada “Los Mosqueteros”, en la que comparten lecturas, paseos, escritos y encuentros literarios. Con ellos descubre el amplio universo del post romanticismo, el simbolismo, la prosa de Edgar Allan Poe, los textos de Dickens, Balzac, Zola, Maupassant, Heine, Bécquer, Hugo, Baudelaire y, especialmente, la poesía modernista y decadentista que producirá un él un profundo impacto. Admira al gran poeta nicaragüense Rubén Darío y al italiano D´Annunzio, pero por sobre todas las cosas, al poeta y fotógrafo argentino Leopoldo Lugones y su Oda a la desnudez, que descubre en 1896 y, que más tarde, conocería personalmente.
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Comienza para Horacio una nueva y fecunda etapa. Escribe y publica sus primeros artículos y poemas. En 1897, con veinte años, debuta en el periodismo literario bajo el seudónimo de 'Guillermo Eynhardt'. Según el testimonio de José María Fernández Saldaña y de sus biógrafos, Quiroga colaboró hacia esa fecha en el semanario salteño La Revista, dirigida por Don Luis A Thevenet y en otro semanario, La Reforma. La primera publicación que se conoce es un poema en prosa, titulado Nocturno.
Ese mismo año se topa con su primera pasión amorosa, una jovencita llamada María Esther Jurkovski. Pero los padres de ella -que reprobaban la relación debido al origen no judío de Quiroga- hicieron malabares para crear desencuentros, y esto produce en Horacio una angustiante desesperación. Pero no desfallece, e inicia un acoso tan delirante que tienen que enviar a la niña a Buenos Aires para alejarlo de él. La decepción amorosa es campo fértil para la literatura. Y fue así que María Esther se convirtió en la musa de dos de sus primeras obras: Las sacrificadas, publicada en 1920 (obra teatral que se estrenó en 1921), y Una estación de amor (relato que será incluido posteriormente en el volumen titulado Cuentos de Amor de Locura y de Muerte, editado en 1917).
Quiroga continua en su empeño y persigue a María Esther hasta Buenos Aires. Son frecuentes e infructuosos los viajes a la capital Argentina. No logra nunca su objetivo pero tampoco desaprovecha las visitas. Se funde con la nata literaria de la época y colabora en distintas revistas modernistas. A través de esos primeros contactos es que logra conocer a su maestro poético Leopoldo Lugones. Con él cultiva una duradera amistad hasta su muerte en 1937. Lugones lo sobreviviría un año, ya que, tras un conocido y escandaloso desengaño amoroso, se suicidaría en 1938 en una isla de El Tigre en la Provincia de Buenos Aires, de la misma manera que su amigo: ingiriendo cianuro disuelto en un vaso de whisky. Mientras tanto va transcurriendo el tiempo de Quiroga entre Montevideo, Buenos Aires y Salto. Colabora en la más reciente creación Salteña de literatura: el semanario Gil Blas que dirigían Luis A. Basso, Asdrúbal E. Delgado y José María Fernández Saldaña. Y el 11 de septiembre de 1899 funda con sus amigos Alberto y Afilio Brignole, Fernández Saldaña y Asdrúbal Delgado, La Revista del Salto, “Semanario de Literatura y Ciencias Sociales”. Allí salen publicados muchos de sus primeros relatos, poemas y ensayos de tendencia modernista-decadentista. La Revista trataba de introducir la estética de los nuevos tiempos en la tradicional sociedad Uruguaya. Desafiaba a un medio que necesariamente se escandalizó ante la atrevida e irreverente actitud de Quiroga y, en consecuencia, dicha sociedad no pudo digerir la densa información que se le presentaba, por lo que termina desapareciendo a los pocos meses de haber nacido.
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"Simbolismo, estetas coloristas, modernismo delicuescente, decadentismo, son palabras que nada dicen. Se trata de expresar lo más fielmente posible los diversos estados de alma, que, para ser representados con exactitud, necesitan frases claras, oscuras, complejas, sencillas, extrañas, según el grado de nitidez que aquellos tengan en nuestro espíritu.
Todo se rebela; la ganga contra el pulido, la bruma contra el horizonte, el caballo contra el freno, y la imbecilidad contra la aurora rasgada sobre el viejo paisaje.
Damos gracias á los que nos han acompañado en la tarea que finaliza con el número de hoy"4.
Ese mismo año ganó el segundo premio en el 'Concurso de Cuentos de La Alborada' y luego después de pensarlo largamente decide irse a París. ¡Quien no quería conocer París! La cuna de la revolución intelectual, de la igualdad y la libertad en pleno siglo de la razón y del idealismo absoluto, del materialismo dialéctico, del nihilismo y del impresionismo. Así que se embarca un 30 de marzo del 1900 en el lujoso "Cittá di Tormo" rumbo a su aventura.
Pero la aventura de Quiroga terminó mal. El entusiasmo inicial se transformó en decepción y la ilusión en pesimismo. Con respecto al viaje a París, en la Vida y obra de Horacio Quiroga, Delgado y Brignole comentan: “Se embarcó como un dandy: flamante ropería, ricas valijas, camarote especial, y todo él derramando una aristocrática coquetería, unida a cierta petulancia de juventud favorecida por el talento, la riqueza y la apostura varonil. No había quien pudiese dejarlo de envidiar. Las quimeras le bailaban dentro del cráneo. ¡París! En cada griseta una Manon, en cada gota de ajenjo un poema, en cada paso por la colina de Montmartre un sueño, y, al fin, la fama, el reconocimiento triunfal en los más célebres cenáculos. Pasó todo exactamente al revés (…). Las Mimí lo llamaban "le joli petit árabe" apodo que le gustaba mucho; pero trascendían demasiado a comercio, y cuando su corazón romántico, sediento de veraz ternura, se apretaba a sus senos mercenarios sentía el entumecimiento de un pájaro tropical entre la nieve. En los cafés del Barrio Latino hallaba una indiferencia que ni siquiera se disimulaba”.
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Y el hambre le sofocaba el espíritu. Había despilfarrado el dinero y perdido las direcciones de la familia. Al fin el s.o.s apareció algunos meses después, pero él ya había llegado al pináculo del deterioro y la desesperación. Como continúa comentando Delgado y Brignole: “Finalmente los familiares se enteraron de sus aprietos y de inmediato lo auxiliaron. Volvió con pasaje de tercera. Su indumentaria revelaba a la legua la tirantez pasada. Un mal jockey encima de la cabeza, un saco con la solapa levantada para ocultar la ausencia de cuello, unos pantalones de segunda mano, un calzado deplorable, constituían todo su ajuar. Costó reconocerlo. Del antiguo semblante sólo le quedaban la frente, los ojos y la nariz; el resto naufragaba en un mar de pelos negros que nunca más, tal vez en recuerdo de su aventura parisina, se rasuraría.
-¿Dónde tienes el equipaje? le preguntaron.
Quiroga respondió con una buena mentira: "Lo perdí en un cambio de ferrocarriles”
Durante su infortunado viaje, Horacio escribió notas que se han recopilado en su Diario de viaje a París. Allí se puede percibir la transformación anímica y de autoestima que sufre el muchacho al escribir, por ejemplo, en una anotación fechada el 3 de abril de 1900:
“...me han entrado unas aureolas de grandeza como tal vez nunca haya sentido. Me creo notable, muy notable, con un porvenir, sobre todo, de gloria rara. No gloria popular, conocida, ofrecida y desgajada, sino sutil, extraña, de lágrima de vidrio".
O una del 29 del mismo mes:
"En el Bois de Boulogne- Hace un día espléndido, un día de América, sin viento, sin frío, casi calor con un Sol radiante y limpio. ¡Qué grande es París entonces, sin brumas y oscuridades, abierto a los cuatro vientos del bienestar y la gloria".
Posteriormente, después de pasar las más deplorables situaciones y vender todo lo que le quedaba, se sorprende en la calle flaco, muerto de hambre y harapiento pidiendo limosna a los transeúntes. El 5 de junio, después de recibir las primeras monedas, con el ego profundamente herido escribe:

"Es algo como si todo el pasado de uno se humillara, y en todo el porvenir tuviéramos que vivir del mismo modo".
Al día siguiente, hirviéndole la sangre, apuntará: "De estos quince días que llevo así, sé decir que no tienen comparación con ninguna otra etapa, y los recordaré, siempre que se pase vergüenza é infelicidad. ¡Tener que tragar de ese modo la baba y el desprecio! Tener que aceptar lo que me dan de mala gana -estoy seguro-, y enrojecer y dar las gracias y salir ligero para no insultar y llorar!".
Y luego escribe que se sentía:
"Bastante tranquilo. Pero no tengo con qué comer, y espero que cuando baje me den algo. Iré esta tarde á la Exposición. No tanto por verla, como para pasar de una vez la tarde que me mata. Esto parecerá increíble, pero es verdad"; o al apuntar, dos días antes: "La estadía en París ha sido una sucesión de desastres inesperados, una implacable restricción de todo lo que se va á coger".
Después, el 8 de junio anotaría:
"¿Es esto acaso vida? Yo he sufrido algunas veces; por amor, por pesimismo, aun por dinero; ¿mas es posible comparar las depresiones, por abrumadoras que sean; la falta de dinero, por más diversiones que nos impida; el amor, por más que nos olviden, con esta existencia sin dinero, sin amor, sin depresión, sufriendo sin medida, sin un momento de sonrisa, avergonzado de entrar al hotel, de tener que esperar todos los días á que me den de comer, como un pobre diablo que viene á las mismas horas á situarse en un paraje, por donde sabe pasará un caritativo cualquiera?.
Más tarde, como conclusión y esencia de esta enseñanza de la miseria concretaría:
"En cuanto á París, será muy divertido pero yo me aburro. Verdad que no tengo dinero, lo que es algo para no divertirse. De todos modos, es hermosa ciudad aquella en que uno se divierte, ya se llame París ó Salto. Un poeta griego de la decadencia, dijo: 'La patria está donde se vive bien'.
A su regreso -un 12 de julio-, Quiroga promueve junto a Federico Ferrando, Alberto Brignole, Julio Jaureche, Fernández Saldaña, José Hasda y Asdrúbal Delgado, un movimiento literario en Montevideo que recibió el nombre de "Consistorio del Gay Saber". Los textos que de allí salieron muestran claramente los ecos de la literatura de Rubén Darío y Leopoldo Lugones. Luego vino la influencia de Edgar Allan Poe en la que encontró los elementos que resaltarían en su nuevo estilo literario: la locura, el crimen y el delirio, desde los primeros libros, El crimen del otro (1904), donde combina escenas de incestos, relaciones sadomasoquistas e insinuaciones de pedofilia y zoofilia, hasta los últimos como El conductor del rápido. Es en este año en que publica sus poemas en prosa y sus primeros cuentos compilados en un libro llamado Los arrecifes de coral (1901). Dedicado a Leopoldo Lugones, el libro consta de 18 poemas, 30 páginas de prosa lírica y 4 cuentos todos muy densos, de matices neuróticos, contenido erótico y juegos homosexuales.

Quiroga con los del Consistorio
En 1901 prosigue la tragedia. Mueren sus dos hermanos mayores: Pastora y Juan Prudencio víctimas de fiebre tifoidea en el Chaco y, a principios de 1902, mata accidentalmente a su gran amigo el escritor Federico Ferrando que, difamado por el periodista uruguayo Germán Papini Zas, decide batirse a duelo con éste. Horacio se entera de la noticia, y preocupado por la seguridad de Ferrando, se ofrece a revisar y limpiar el revólver que éste iba a utilizar. Pero mientras inspeccionaba el arma -supuestamente descargada-, se le escapa un tiro que impacta en la boca de Federico, matándolo instantáneamente. Estuvo preso unos días y luego fue absuelto. Agobiado por el dolor y la culpa Quiroga disuelve el Consistorio y se va para Argentina. Cruza el Río de la Plata y vive con María, y su esposo el profesor Eduardo D. Forteza, quien le consigue la designación como miembro de los tribunales examinadores en el Colegio Nacional Central. Participó de lleno en la vorágine literaria rioplatense durante esos años con varias publicaciones, entre ellas El Gladiador (1903). Y luego en marzo del 03 se dedica a la actividad docente como profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires. Tenía veinticuatro años.
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| El señorito Horacio Quiroga |
Ya en junio estaba ansioso por partir a una expedición hacia las ruinas jesuíticas de San Ignacio, que el Ministerio de Instrucción Pública le había encargado a Leopoldo Lugones. Éste invita a Quiroga como fotógrafo, que para esas alturas se había perfeccionado mucho en el oficio. Cuenta Jorge Laforgue que Quiroga llegó a Misiones "como señorito distinguido que se apresta a veranear en lujosos hoteles balnearios, y que toda su conducta durante la expedición fue "una sola serie de caprichos, extravíos y protestas"5. Dicen que pisó la selva vestido de blanco alterado por el asma y la dispepsia, y que su conducta fue irritante. En la zona de Posadas se negó a subirse a una mula y exigió un caballo; y como los expedicionarios marchaban a paso lento él, o se adelantaba o se demoraba tanto que todos debían detenerse a esperarlo durante horas.
No obstante, Misiones fue un bálsamo para Quiroga. La dispepsia y el asma prácticamente habían desaparecido y el olor de la tierra penetrado en su excentricidad. Tanto fue el deslumbramiento que seis meses después invierte lo último de su herencia (siete mil pesos), en unos campos algodoneros en el Chaco, a orillas del Río Saladito. Ahí levantó con sus propias manos un bungalow de madera e intentó hacer negocios con el algodón. Pero era pésimo comerciante y hasta los indios que le trabajaban lo abandonaron. Sus negocios sino llegaron a ser un fracaso nunca dieron las ganancias esperadas. Así fue con la plantación de yerba mate, “La Yabebirí” y con fermentación de vino de naranjas, en 1930. Pero a todo esto Quiroga decía: "Ante todo yo soy agricultor, no comerciante". Su multifacética personalidad lo llevó a ser Juez de Paz, así como destilador de naranjas; carbonero y picapedrero; productor de yerba; fabricante de yateí (dulce de maní y miel), maíz quebrado, mosaicos, block y arena ferruginosa; inventor de un exótico aparato para exterminar hormigas; el hombre que obtuvo resina de incienso por medio de destilación seca y tintura del lapacho precipitada por la potasa, la extracción de caucho y la construcción de secadores y carriles. Misiones realmente le da un nuevo sentido a su vida. Le arranca las manías modernistas y lo enfrenta a una realidad absolutamente natural. Es el lugar donde encuentra el escenario y los personajes de sus más sonados cuentos; el lugar donde resucita a su muerte simbólica.

"En los alrededores y dentro de las ruinas de San Ignacio, la subcapital del Imperio Jesuítico, se levanta en Misiones el pueblo actual del mismo nombre. Constitúyelo una serie de ranchos ocultos unos de los otros por el bosque. Hay en la colonia almacenes, muchos más de los que se pueden desear, al punto de que no es posible ver abierto un camino vecinal sin que en el acto de un alemán, un español o un sirio se instale en el cruce con un boliche. En el espacio de dos manzanas están ubicadas todas las oficinas públicas: Comisaría, Juzgado de la Paz, Comisión Municipal, y una escuela mixta. Como nota de color, existe en las mismas rutinas - invadidas por el bosque - un bar, creado en los días de fiebre de la yerba mate, cuando los capataces que descendían del Alto Paraná hasta Posadas bajan ansiosos en San Ignacio a parpadear de ternura ante una botella de whisky."
Su narrativa se nutre a través de los años con el conocimiento de la cultura rural y de sus habitantes, de las tupidas selvas y la naturaleza. Así introduce nuevas caras y contextos en sus relatos. Describe la vida de aquellos tiempos, la época de los mensú, (trabajadores mensuales), explotados y mancillados cuyos cadáveres aparecían flotando de tanto en tanto por el Río Paraná. En los cuentos Una bofetada y Los mensú, Quiroga describe un extinguido oficio decimonónico: la janjada y ambos se sitúan cronológicamente en el nacimiento de la literatura americana de realismo social.
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| Bungalow de Quiroga en Misiones |
Durante su primera instancia en Misiones pasa sólo unos meses. Luego retorna a Buenos Aires y comienza una nueva tanda productiva. Escribe su primera novela El crimen del otro, y a partir de 1905 empieza a publicar en "Caras y Caretas", un conocido semanario argentino de corte popular, que llegó a publicar ocho cuentos de Quiroga al año. A esta época pertenece su soberbio, repulsivo y mundialmente conocido El Almohadón de plumas, también La gallina degollada, A la deriva, El alambre de púa y La miel. A poco de comenzar a publicar en el semanario, Quiroga se convierte en un colaborador de primera línea, cuyos escritos eran buscados ávidamente por miles de lectores. Después lo hizo para "El Hogar", "Atlántida", "Nosotros", "Papel y Tinta", todas publicaciones periódicas rioplatenses. Va y viene de Misiones. Está construyendo su Bungalow y aprovecha las facilidades que ofrece el gobierno para instalar su propio yerbatal (plantación de Yeba Mate) en San Ignacio, el centro de Misiones. Sin embargo su inestabilidad emocional lo doblega. Siente una aplastante soledad y regresa a Buenos Aires. En ese tiempo conoce a Ana María Ciros, una ex alumna del curso de castellano quince años más joven que él. Se enamora perdidamente e inspirado por ello escribe la novela Historia de un amor turbio (1908). Desde que comenzaron a salir los padres de ella se habían opuesto a la relación, pero ante la espinosa insistencia finalmente ceden. Como siempre, la inconstancia de Quiroga no se hace esperar y vuelve otra vez a sentirse incómodo en la ciudad. Extraña la selva. “Ya basta con mi disparatado estómago, mi mala alimentación, mi loca vida…, el fin es abandonar la soltería, cambiar de casa, de país e irme allá con las lagartijas y los escarabajos”
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| Quiroga con su primra esposa, Ana María Ciros |
En 1909 se casa con Ana María y se van para Misiones con la intención de instalarse de forma permanente. Los padres, temerosos, se fueron detrás y se instalaron muy cerca de su casa. Ya el Bungalow estaba terminado cuando nace Eglé, su primogénita, el 29 de enero de 1911. Quiroga se había negado ir para la ciudad y obliga a Ana María a parir sin ningún tipo de atención medica. “De manera natural”, la chica da a luz en el interior del Bungalow con su esposo de “partero”. El 15 de enero de 1912 nace el pequeño Darío, esta vez en Buenos Aires, después de que María y su madre logran persuadir el parecer de Quiroga. La chica se había jurado no repetir la experiencia traumática del primer parto. No obstante el carácter de Quiroga se había endurecido con el tiempo. Inflexible y cruel provocaba en la pareja cada vez más discusiones y la situación económica era muy precaria. Apenas los niños aprendieron a caminar decidió ocuparse personalmente de su educación. Fue severo y dictatorial. Exigía que cada detalle estuviese hecho según sus exigencias. De muy pequeños los acostumbró al monte y a la selva exponiéndolos a menudo al peligro. Fue capaz de dejarlos solos en la jungla por la noche o de obligarlos a sentarse al borde de un precipicio con las piernitas colgando en el vacío. Las peleas maritales se agravaron por el desacuerdo en esta didáctica y por sus sostenidos estados depresivos. Asimismo la vida en la selva no era para Ana María igual de generosa. Después de tantos desenfrenados estallidos emocionales, el 6 de diciembre de 1915 ella cumplió sus constantes amenazas y se suicidó ingiriendo un veneno que la deja agonizando durante seis días antes de fallecer.
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| Reunión de literatos en Buenos Aires, 1928: Horacio Quiroga (parado, primero de la izquierda), su amigo Leopoldo Lugones (cruzado de brazos) y Alberto Gerchunoff (sentado, al centro). |
Horacio Quiroga siente hundirse pero sigue adelante. Busca salidas económicas y se traslada con sus hijos a la Capital donde le consiguen con dificultad un cargo de Secretario Contador en el Consulado General uruguayo. A lo largo de 1917 habitó con los niños en un sótano de la ciudad, alternando sus labores diplomáticas con el trabajo de escritura. Ese mismo año publica una recopilación de cuentos conocido como Cuentos de amor, de locura, y de muerte, (Cuentos de amor de locura y de muerte. -sic, título sin coma, 1917), que lo revela ante la crítica como uno de los más grandes cuentistas hispanoamericanos. En tres años asciende a Cónsul. Goza de fama y confort bohemio. Pero otro suicidio se interpone en su vida. (La política uruguaya ha sufrido un vuelco a raíz del golpe de Estado del 31 de marzo del año anterior; y Brum, quien le consiguiera el puesto en la embajada, se suicidó para no entregarse). Así que pierde el trabajo y todos sus beneficios. Regresa a Misiones arrastrando a sus hijos que desde hacía un tiempo estaban con la abuela. Los ama pero no los soporta, y le cuenta mágicos y horrorosos cuentos de la selva para mantenerlos controlados. A Quiroga no le preocupaba la elegancia ni el refinamiento formal de las letras. Le preocupaba en cambio la eficacia expresiva, la frase vigorosa, plástica y directa. Llenos entonces de vivencias, de fuerza y de precisión, surgen en 1918 los impresionantes Cuentos de la Selva, colección de relatos infantiles en los que se encuentran sugestivas lecciones de vida, protagonizadas por animales y ambientadas en la selva misionera.
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Los años siguientes fueron productivos para el escritor. En 1919 publica El Salvaje y en el 20 funda “Anaconda”, una agrupación de encuentro de intelectuales que realizaba actividades culturales en Argentina y Uruguay. Ese mismo año circula su único intento teatral, Las sacrificadas, estrenada en 1921 y aparece el libro de cuentos Anaconda, (1921). Entre 1922 y 1924, Quiroga participó como secretario de una embajada cultural en Brasil y a su regreso, en 1924, vio publicado El desierto, otro de sus cuentos. Por mucho tiempo Quiroga se dedica a la crítica cinematográfica, teniendo a su cargo la sección correspondiente de la revista "Atlántida", de "El Hogar" y "La Nación". También escribió el guión para un largometraje La jangada florida, que jamás llegó a filmarse. En ese interín se vuelve a enamorar de una chica de 17 años. La adolescente se llamaba también Ana María, Ana María Palacios y vivía en Rosario, una provincia Argentina. Quiroga adquiere una motocicleta con la que viajaba 460 kilómetros de carretera para verla, un viaje que, además, se acostumbró a efectuar en el día. La negativa de los padres de la chica fue rotunda, a pesar de su resabida insistencia. Del amargo despecho germina el tema de su segunda novela, Pasado amor, publicada en 1929. En ella narra las mil y un estrategias que planeó para tener acceso a la muchacha: arrojando mensajes por la ventana dentro de una rama ahuecada, enviándole cartas escritas en clave e intentando cavar un largo túnel hasta su habitación para secuestrarla. Finalmente los padres, cansados ya del obstinado pretendiente, la llevaron lejos y Quiroga se vio obligado a renunciar a su amor. Luego construiría en su casa -ahora convertida en astillero- una embarcación a la que bautizaría "Gaviota", con la que realizó numerosas expediciones fluviales.
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| Horacio Quiroga junto a la pequeña Pitoca y su coatí |
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| Quiroga fotografiado con su segunda esposa, María Elena Bravo, en 1927. |
El poco dinero que había podido acumular durante todos esos años lo había invertido en sus delirantes caprichos, así que no tenía en Misiones mucho con qué vivir. Para mantenerse consiguió que se promulgase un decreto trasladando su cargo consular a una ciudad cercana a San Ignacio.
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| Horacio Quiroga en su Taller de Misiones |
Pero otro cambio político provocó su expulsión del consulado y se quedó a la deriva. Desafortunadamente la importancia de Quiroga empezó a decaer cuando en escena aparecieron los nuevos escritores contemporáneos. Nuevas transformaciones culturales se estaban experimentando y el público, ávido de lo novedoso, dirige su mirada hacia Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal y Jorge Luis Borges. A partir de entonces, la carrera literaria de Quiroga fue en una sola dirección, hacia abajo, pues nunca logró recuperar el sitio que había ocupado entre el público. No obstante, ya había escrito Suelo Natal (1931) y Más allá (1935) el último libro que publicó Horacio Quiroga.
En sus últimos años, sólo cobraba 50 pesos por un cargo de cónsul honorario, fruto de la gestión de algunos escritores amigos ante el gobierno uruguayo. Era cada día más pobre y empezaba a cansarse. Incitados por Jorge Luis Borges, los nuevos intelectuales lo consideraban anticuado y lo bombardeaban con todo tipo de artillería. Cada vez le costaba más vender sus trabajos. Había escrito 170 cuentos y el doble de artículos periodísticos. Hacía sus balances: "Tengo mi derecho a resistirme a escribir más. Si en dicha cantidad de páginas no dije lo que quería no es tiempo ya de decirlo". En el 35 Quiroga comenzó a experimentar molestos síntomas vinculados con la próstata. Al intensificarse los dolores y dificultades para orinar su esposa logra convencerlo de trasladarse a Posadas, en donde los médicos le diagnosticaron hipertrofia de próstata. El hombre se niega a tratarse y menos ir a la ciudad capital. Los problemas de pareja se agravan y deponiendo las armas por fin su última esposa lo abandona con su hija de ocho años. Lo deja completamente solo y enfermo en el corazón de Misiones y esto lo termina de derrumbar.
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| En el Bungalow de Misiones |
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| Quiroga con sus dos hijos Eglé y Dario |
La tarde del 18 de febrero le explican a Quiroga la gravedad de su estado. Así que, tranquilamente, pidió permiso para salir del hospital. Regresó a las once de la noche. Esa misma madrugada –el 19 de febrero de 1937- en presencia de Batistessa, Horacio Quiroga bebió un vaso de Whisky con cianuro que lo mató pocos minutos después entre espantosos y dolorosos espasmos. Batistessa confesaría años después la desesperación de Quiroga al comprender que su vida había acabado, y que él, lo había ayudado a morir. Su cadáver fue velado en la Casa del Teatro de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) que lo contó como fundador y vicepresidente. Tiempo después, sus restos fueron repatriados a su país natal.
Luego de la muerte del escritor se suicidarían su hija Eglé en 1939 y su hijo Darío en 1954. Más tarde también lo haría Pitoca a los 60 años en 1988.
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Fuente:
DELGADO, José María y BRIGNOLE, Alberto J. (1939) Vida y obra de Horacio Quiroga. Montevideo, Claudio García y Cía., 404 Págs.
DEVETACH, Laura Un encuentro con Horacio Quiroga, Revista Imaginaria N° 97. 5 de marzo de 2003, [On line] en: http://www.imaginaria.com.ar/09/7/quiroga3.htm
Diario de viaje a París de Horacio Quiroga; introducción y notas de Emir Rodríguez Monegal. – En:
• Revista del Instituto de Investigaciones y Archivos Literarios. Año 1, t. 1, Nº 1, 1949, p. 47-80.
• Número, Montevideo, Agosto 18, 1950
• [On line] Consultado el 25 de Marzo 2009, en: http://www.archivodeprensa.edu.uy/r_monegal/bibliografia/prologos/prol_07a.htm
RODRÍGUEZ LEÓN, Daniel Nicolás. Horacio Quiroga, Correo del Maestro N° 97, junio de 2004, [On line] en: http://www.correodelmaestro.com/anteriores/2004/junio/artistas97.htm
RODRÍGUEZ MONEGAL, Emir (1968) El desterrado: Vida y obra de Horacio Quiroga, Losada, Buenos Aires, 303 pp.
http://ca.geocities.com/el_rincon_de_nora/Biografias/biografia_horacio_quiroga.htm
http://vida-gotica.metroblog.com/horacio_quiroga
http://www.languages.ttu.edu/faculty/sstein/Attic/4325/quiroga%20bio.htm
http://www.telam.com.ar/vernota.php?tipo=N&idPub=138498&id=262329&dis=1&sec=1
http://literatura.itematika.com/biografia/e104/horacio-quiroga.html
http://estanislao1975.blogspot.com/2008/01/horacio-quiroga-biografa.html
http://www.patriagrande.net/uruguay/horacio.quiroga/biografia.htm
http://www.oni.escuelas.edu.ar/olimpi97/Literatura-Argentina/Autores/Quiroga/Quiroga.htm
http://eternopoetaargentino.blogspot.com/2007_09_01_archive.html
1. Diario de viaje a París de Horacio Quiroga; introducción y notas de Emir Rodríguez Monegal. (mayo 25º - junio 1º)
2. Gil Blas, año I, Nº 9, Salto, setiembre 11, 1898, Pág. 2, col. 1.
3. Emir Rodríguez Monegal, El desterrado. Vida y obra de Horacio Quiroga, p. 22.
4. Artículo fechado en enero 29, 1900. Revista del Salto, año I, Nº 20, Salto, febrero 4, 1900, Págs. 162-65.
5. Jorge Laforgue, introducción a Los desterrados y otros textos, p. 26.
6. http://vida-gotica.metroblog.com/horacio_quiroga
Magaly Gil
Gracias por regalarnos esta historia, que cuenta la vida de un escritor al que quise desde que leí por primera vez uno de sus cuentos, "El soltario". Quizás sin una vida tan tormentosa, Horacio no hubiera podido dejar para la postridad todas esas historias que cautivan desde la primera lectura. Gracias también por las fotos del texto.
04/04/09