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Teoría e Ideología > Personaje

Felipe Bruno Savolino (1548-1600): El rebelde irredento

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"Todo este orbe, estas estrellas, no estando sujetas a la muerte, y siendo imposible la disolución y la aniquilación en la Naturaleza, de tanto en tanto se renuevan a sí mismas cambiando y alterando todas sus partes. No hay un arriba o abajo absolutos, como enseñó Aristóteles; ninguna posición es absoluta en el espacio; sino que la posición de un cuerpo es relativa a la de los otros cuerpos. En todos lados hay un incesante cambio relativo de posición a través del universo, y el observador siempre está en el centro."

 

Giordano Bruno. "Sobre la Causa, el Principio y la Unidad" 1584.



El pasado 17 de febrero se cumplieron 405 años desde que en una popular plaza romana fue quemado vivo un hombre, después de pasar 8 años en un oscuro calabozo en donde fue torturado repetidamente, debido a sus ideas progresistas. Giordano Bruno, su verdadero nombre era Felipe, a diferencia de Galileo Galilei (1564-1642), no quiso plegarse a la demanda de la Iglesia Católica que le exigía renegar de sus afirmaciones  para salvar su vida.

Gran sabio y científico del renacimiento, heroico precursor del pensamiento y la ciencia moderna. Su esfuerzo y sacrificio basados en una convicción inquebrantable y una incansable búsqueda de la verdad nos permitió ampliar nuestra visión de la naturaleza. Su voz, con la de Copérnico y Galileo, hicieron posible que en nuestro tiempo sea habitual pensar en el Sol como el centro de nuestro Sistema Planetario, al concebir un Universo en constante

 vida en otros mundos, sin prejuicio alguno.

En 1992  el actual Papa Juan Pablo II “rehabilitó” a la figura de Galileo presentando  una especie de disculpa pública por parte de la Iglesia Católica por la manera en la cual fue perseguido, enjuiciado y posteriormente condenado este ilustre y genial científico, quien se salvó de la hoguera cuando renegó de todas sus teorías científicas.  

Sin embargo hasta la fecha eso no ha  pasado en el caso de Giordano Bruno.

Nos animamos a creer que la diferencia entre los dos consiste justamente en que los sistemas de dominación sean cuales sean y llámense como se llamen no perdonan nunca a los “rebeldes irredentos” y aun cuando está ampliamente demostrado que las teorías científicas de Bruno son absolutamente ciertas y que por defenderlas fue quemado vivo, la Santa Madre Iglesia no recapacitó en su caso porque el peor pecado que se puede cometer y que nunca será perdonado aún después de 405 años  es el no sometimiento al sistema.

Ayer como hoy que nos encontramos al comienzo de un nuevo milenio, Giordano Bruno representa un símbolo del conocimiento, del idealismo, de la voluntad inquebrantable para defender la verdad  al costo que sea, una clara dirección hacia la sabiduría y el progreso al hacerle frente a las fuerzas del poder establecido  defendiendo la libertad de pensamiento y la libertad de expresión.  Bruno será siempre ejemplo para los hombres de hoy como para los del mañana.

Giordano Bruno nació en Nola,  cerca de Nápoles, en el año 1548, en una familia de modestas  condiciones. El padre, Giovanni, era militar de profesión y la madre,  Fraulissa Savolino, pertenecía a una familia de pequeños propietarios  de tierras. Le dieron el nombre de Filippo (Felipe). Realizó los primeros  estudios en su ciudad natal, a la que amaba y a menudo recordó luego en  sus trabajos, pero en  1562  se trasladó a Nápoles donde hizo los estudios superiores y tomó  clases particulares y públicas de dialéctica, lógica y mnemotecnia en  la universidad. En  junio de  1565 decidió  emprender la  carrera eclesiástica y entró, con el nombre de Giordano, en la orden  dominica de los predicadores en el convento de  San Doménico  Maggiore.

Se hace notar que la edad de 17 años se  consideraba bastante elevada, en el contexto, para decisiones de este  tipo. En el convento empezó pronto a manifestarse el contraste entre su  personalidad inquieta, dotada de viva inteligencia y ganas de conocer, y  la necesidad de someterse a las rigurosas reglas de una orden religiosa:  un año después  ya era  acusado  de despreciar el culto de María y de los Santos y corría el  riesgo de ser sometido a medidas disciplinarias. Recorrió, por  otra parte, rápidamente, los varios grados de la carrera: subdiácono  en 1570, diácono en 1571, sacerdote en 1572 (celebró su primera misa  en la iglesia del convento de San Bartolomeo in Campagna) doctor en teología en  1575.

Pero al mismo tiempo que estudiaba seria y profundamente   la obra de Santo  Tomás , leía escritos de Erasmo de Rotterdam, rigurosamente prohibidos y cuyo descubrimiento causó  la apertura de un proceso local en su contra, en el curso del cual   emergieron también acusaciones sobre dudas acerca del dogma  trinitario. Era el año 1576 y la inquisición ya venía dando desde hacía  tiempo  clamorosos ejemplos de rigor y eficiencia por lo cual Bruno,  temiendo por la gravedad de las acusaciones, huyó de Nápoles  abandonando el hábito eclesiástico.    

Tuvo así inicio la serie increíble de  sus peregrinaciones, durante las que se mantuvo impartiendo lecciones en  varias disciplinas (geometría, astronomía, mnemotécnica, filosofía,  etc.). En el arco de dos años  (1577-1578)  vivió en Noli, en Savona, en Turín, en Venecia y en Padua donde, a  sugerencia de algunos hermanos dominicos, aun sin   una formal reintegración a la orden, volvió a vestir el hábito. Después de breves estadías en Bérgamo y en Brescia, al final de 1578  se dirigió hacia Lyon pero, ya en el convento dominico de Chambery, fue  desaconsejado de permanecer  en aquella ciudad de frontera con los países reformados y  sujeta a particulares controles, por lo que decidió dirigirse a la no  lejana Ginebra, la capital del calvinismo.

 Aquí fue acogido por Gian Galeazzo Caracciolo, marqués de Vico, desterrado de Italia y fundador de la comunidad evangélica italiana local. Depuesto de nuevo el hábito y después de una experiencia como "corrector de primera impresión” en una tipográfica, Bruno adhirió formalmente al calvinismo y fue matriculado como docente en la  universidad local (mayo de 1579). Ya en  agosto en cambio, habiendo publicado un librito en el cual  se estigmatizaba al titular de la cátedra de filosofía evidenciando bien veinte errores en los que éste habría incurrido en una sola lección, fue acusado de difamación y por lo tanto arrestado, procesado y obligado a arrepentirse bajo pena de excomunión.

Bruno admitió su culpabilidad pero tuvo que dejar Ginebra, no sin conservar  un fuerte resentimiento.  Casi por reacción se dirigió entonces a Tolosa, en aquellos años baluarte de la ortodoxia católica en la Francia meridional, donde buscó, sin conseguirla, la absolución con  un confesor jesuita, pero pudo conseguir en todo caso un puesto de lector de filosofía en la  universidad  y por dos años comentó el "De anima" de Aristóteles.

En el 1581 dejó también Tolosa, donde se perfilaba un recrudecimiento de las luchas religiosas entre católicos y hugonotes y se fue a París donde dictó, en calidad de "lector extraordinario" (los "ordinarios" debían asistir a misa, cosa que a él estaba prohibida como apóstata y excomulgado) un curso en treinta lecciones sobre los atributos divinos en Tomás de Aquino. La  noticia del éxito del curso llegó hasta el rey  Enrique III,  al que Bruno dedicó enseguida  (1582), su "De umbris idearum" con el anexo "Ars memoriae" consiguiendo el nombramiento como "lector extraordinario y remunerado".

La pertenencia al grupo de los "lecteurs royaux" también le permitía cierta autonomía respecto de la Sorbona, de la cual no dejó de criticar el conformismo aristotélico. Es  éste un período de gran fecundidad en la producción filosófica y literaria de Bruno, que publica en breve sucesión el "Cantus circaeus", el "De compendiosa architectura et complemento artis Lulli" y "Il Candelaio".

Con el favor del rey se convirtió en "gentilomo" (pero bien pronto estimado amigo) del embajador de Francia en Inglaterra Michel de Castelnau, que llegó a Londres en  abril de 1583, y gracias al cual frecuentó la corte de la "diva" Elisa beth.  Continuó aquí  publicando obras importantes: "Ars reminiscendi", "Explicatio triginta sigillorum" y "Sigillus sigillorum" en único volumen y enseguida la "Cena delle ceneri”,  "De la causa, principio et uno",  "De infinito, universo et mondi" y  "Spaccio della bestia trionfante". Al año siguiente, siempre en Londres, dio a la imprenta “La cabala del cavallo pegaseo" y  "Degli eroici furori”. Esta última obra, al igual que el “Spaccio” es dedicada a sir Philip Sidney, sobrino de Robert Dudley conde de Leicester. 

Algunos de estos textos reflejan las polémicas con la universidad de Oxford y con una parte de la aristocracia inglesa. En contacto con la famosa universidad oxoniense, empujado por la impetuosidad de su carácter, durante un debate puso en dificultades, sin mucho tacto, a un estimado docente: John Underhill, y se volvió así  antipático a una parte de sus colegas que no dejaron de manifestar enseguida su animosidad. Obtenido en efecto, después de algunos meses, el encargo de dictar una serie de conferencias en latín sobre  cosmología, en las que defendió entre otras las teorías de Nicolás Copérnico sobre el movimiento de la Tierra, fue acusado  de haber plagiado algunas obras de Marsilio Ficino y obligado a interrumpir las lecciones.

Pero más allá de los resentimientos personales, entraban en conflicto con el clima cultural y religioso de Inglaterra de aquel tiempo algunas ideas de fondo de Bruno, como justamente su cosmología y su antiaristotelismo. El episodio del día de las cenizas del 1584, 14 de febrero, es significativo: Bruno había sido invitado por el aristócrata inglés Sir Fulke Greville a exponer sus ideas sobre el universo. Dos doctores de Oxford presentes, en vez de oponer argumento a argumento, provocaron una encendida disputa y usaron expresiones que Bruno consideró ofensivas, al punto de  inducirlo a despedirse del anfitrión.

De este hecho nació “La cena delle  ceneri", que contiene agudas y no siempre diplomáticas observaciones sobre la realidad inglesa contemporánea, atenuadas luego por la reacción de algunos que se sentían injustamente implicados en tales juicios, en el siguiente "De la causa, principio et uno." En los dos diálogos italianos, Bruno contrasta la cosmología geocéntrica de corte aristotélico-tolemaico, pero también supera las concepciones de Copérnico, integrándolas con la especulación del "divino Cusano". Sobre la estela de la filosofía de Cusano, en efecto, el Nolano imagina un cosmos animado, infinito, inmutable, dentro del cual se agitan infinitos mundos parecidos al nuestro.  

De nuevo en Francia, luego del regreso de De Castelnau, Bruno se ocupó de un  reciente descubrimiento de Fabricio Mordente, el compás diferencial, para presentar el cual escribió - por invitación del inventor - un prefacio en latín en cuya redacción prevalecían de tal forma las aplicaciones que Bruno hacía del instrumento para avalar sus tesis filosóficas sobre el límite físico de la divisibilidad, que oscurecían o reducían a un hecho mecánico la invención. Ofendido, Mordente se apresuró a comprar todas las copias disponibles y las destruyó.


LEYENDA: PIAZZA CAMPO DEI FIORI EN ROMA DONDE EN EN 1600 FUE QUEMADO VIVIO GIORDANO BRUNO

Bruno reavivó la polémica publicando un diálogo de tono sarcástico titulado "Idiota triumphans seu de Mordentio inter geometras deo" que indirectamente hizo más difícil su permanencia en París, por ser  Mordente un católico ligado a la facción del duque de Guisa, que en poco tiempo  habría alcanzado lo máximo de su parábola ascendente, mientras que Bruno reafirmaba su fidelidad a Enrique III. Reacciones negativas  suscitaron pronto en Cambray las tesis fuertemente antiaristotélicas contenidas en el opúsculo "Centum et viginti articuli de natura ed mundo adversos peripateticos" discutidas en nombre del maestro por su discípulo J. Hennequin.

La intervención crítica de un joven abogado que Bruno sabía pertenecía a su misma tendencia política, convenció al filósofo nolano de que la permanencia en París no era ulteriormente posible. De nuevo vagabundo por Europa, Bruno arriba en  junio de 1586 a Wittemberg, en Alemania, donde enseña por dos años en la universidad local como "doctor italus", al término de los cuales se despide  (también por el predominio en la ciudad de la tendencia calvinista) con una "Oratio valedictoria" con la que agradece a la universidad por haberlo acogido sin prejuicios religiosos. La oración también contiene una calurosa alabanza a Lutero por su  coraje al oponerse al superpoder de la Iglesia de Roma, lo que tiene gran valor como defensa de la libertad religiosa, pero no reniega de sus convicciones críticas  acerca de la doctrina luterana detectables en otras obras (especialmente "Cabala" y "Spaccio").

Los "heroicos furores" parecían a Bruno incompatibles con la paulina teología de la cruz.   Después de una breve estadía en la Praga de Rodolfo II, al que dedicó los "Articuli adversos mathematicos", al final de 1588 se dirige a Helmstedt donde, para poder enseñar en la local "Accademia Iulia" adhiere al luteranismo. Pero los problemas de fondo permanecen: no había pasado aún un año cuando fue excomulgado por el  pastor local Gilbert Voet por motivos no bien aclarados y que Bruno sostuvo que eran de naturaleza privada. Fue   en esta  ciudad sin embargo que fueron publicadas gran parte de las obras llamadas "mágicas": "De magia”, “De magia mathematica", "Theses de magia", etc. El 2 de junio de 1590 Bruno llega a Francfort donde pide pero no obtiene el permiso de residencia y permanece precariamente hospedado en un convento de carmelitas.

Publicados tres poemas latinos, (De triplice minimo, De mónade, De innumerabilis) , y después de algunos meses de permanencia en Zurich donde dicta lecciones de filosofía, vuelve a Francfort donde en la primavera del 1591 recibe dos cartas del aristócrata  veneciano Giovanni Mocenigo que lo invita a Venecia para que le enseñe el arte de la memoria. Los motivos por los que Bruno se decidió a aceptar la invitación, con todos los riesgos que implicaba  un regreso a Italia, son debatidos todavía entre los estudiosos. Probablemente con razón, Michele Ciliberto está convencido de que convergieran en esta elección una pluralidad de causas. Excomulgado por las iglesias reformadas tanto como por la católica, en ruptura con ambientes puritanos y con la facción entonces dominante en Francia, era aislado e indeseado a nivel europeo.

Tenía confianza en la tradicional autonomía de la República véneta (donde de hecho sobrevivían círculos aristocráticos orientados en sentido "liberal") con respecto al papa, y aspiraba a la cátedra de matemáticas de la universidad de Padua, entonces vacante, que más tarde  sería de Galileo Galilei.  A estas consideraciones, además, Ciliberto añade otra, directamente vinculada con los últimos logros de la filosofía del Nolano: una suerte de fuerte autoconciencia, de vocación en un sentido reformador, casi como si se sintiese “un Mercurio enviado por los dioses”  para aclarar las tinieblas del presente. Una cosa Bruno no había previsto –nota Filiberto- : "qué clase de hombre era Mocenigo" (Giordano Bruno, op.cit. pág. 259 ). Como quiera que sea, a fines de marzo de 1592 el inquieto peregrino llega a casa de Mocenigo en Venecia.


LEYENDA: MONUMENTO DE GIORDANO BRUNO EN PIAZZA CAMPO DEI FIORI ERIGIDO EN EL LUGAR PECISO DONDE FUE QUEMADO VIVO
Después de algunos meses el patricio veneciano, tal vez insatisfecho en su expectativa de extraordinarias técnicas mágico-mnemónicas, quizás también molesto por el carácter independiente de Bruno, que mal  se adaptaba a la condición de "famiglio" (siervo), especialmente de una persona tan ignorante y presuntuosa,  (se aprestaba entre otras cosas a ir a Francfort para hacer imprimir libros y continuaba esperando una cátedra en Padua), contraviniendo  las más elementales reglas de la hospitalidad, encerró a Bruno en sus habitaciones y lo denunció a la  Inquisición local afirmando  haberlo oído proferir blasfemias y frases heréticas.

Después de un par de meses, sin embargo, el proceso , que había sido iniciado enseguida, se presentaba   bastante favorable a Bruno, que se había defendido sosteniendo  haber formulado hipótesis filosóficas y no teológicas y que por cuanto concernía a las cosas de fe se remitía plenamente a la doctrina de la Iglesia, pidiendo perdón por alguna frase desconsiderada que pudiera haber pronunciado. Además tuvo atestaciones favorables o por lo menos no hostiles de parte de muchos testigos del patriciado

véneto. Cuando todo hacía esperar  una próxima absolución, al improviso llegó  de Roma la solicitud de traslado del proceso al tribunal central del Santo Oficio.

La primera respuesta del senado, celoso custodia de la autonomía de la Serenissima, fue negativa, pero tras las insistencias vaticanas, en la consideración de que el inquirido  no era ciudadano veneciano y que su proceso se había iniciado antes de su llegada a la ciudad lagunar (se hacía referencia a los hechos del 1575) llegó al final el “nulla-osta” y en  febrero de 1593 el peregrinar de Bruno acabó en una celda del nuevo edificio del S. Oficio, hecho construir por Pio V  en las cercanías de Porta  Cavalleggeri. Del proceso, que se prolongó por bien seis años y durante el cual por una vez al menos se recurrió con toda probabilidad a la tortura, nos queda un "sumario", hallado extrañamente en el archivo personal de Pio IX y publicado por A. Mercati en  1942.

Se trata casi seguramente de una síntesis compilada para uso de los jueces, que les permitía tener una visión de conjunto que no era fácil lograr en el  gran fárrago de documentos originales.  Un fundamental estudio de este extracto se incluye en el libro de L. Firpo "Il processo di Giordano Bruno", Nápoles, 1949, al cual me remito por los detalles dramáticos y significativos del intrincado procedimiento que, además de proveer numerosos datos sobre la vida de Bruno, muestra el progresivo resquebrajamiento de su tesis defensiva  entre el plano filosófico (en el cual afirmó haber solamente especulado) y el teológico, que no le interesaba.

Decisivo al respecto fue el ingreso en el tribunal en  1597 del teólogo jesuita Roberto Bellarmino, llamado a examinar los actos procesales y sobre todo las obras impresas para dilucidar  su contenido heterodoxo. Cuando el Nolano, que  durante el proceso había tratado de disimular, atenuar y a veces hasta aceptado repudiar algunas de sus posiciones en más abierto conflicto con la doctrina católica, se encontró frente a la necesidad - para salvarse - de rechazar en bloque sus ideas, juzgadas radicalmente incompatibles con la ortodoxia cristiana, se obstinó en un firme y desdeñoso  rechazo, y fue el fin.  

El 20 de enero de 1600 Clemente VIII, considerando ya probadas las acusaciones y rechazando la solicitud de ulterior tortura presentada por los cardenales, ordenó que el acusado, "herético impenitente, pertinaz, obstinado", fuera entregado al brazo secular. Eso significaba -a pesar de la presencia en la sentencia de la usual hipócrita fórmula que invocaba la clemencia del Gobernador-  la muerte en la hoguera.  EL 8 de febrero la sentencia fue leída en la casa del Cardenal Madruzzo y fue entonces que Bruno, como un atendible testigo presencial (Schopp) refiere,   se volvió hacia los jueces y pronunció la famosa frase: “Tal vez tenéis más miedo vosotros que  emanáis esta sentencia que yo que la recibo".

El siguiente jueves  17 de febrero de 1600 - año santo - fue conducido a  Campo  de’ Fiori con la lengua “in giova", es decir con una mordaza que le impedía hablar y allí, desnudo  y atado a un palo, fue quemado vivo   apartando ostentosamente la mirada de un crucifijo, del cual estaba compartiendo la suerte pero que le querían hacer aparecer como verdugo.  Había puesto en   práctica y desafortunadamente experimentado sobre su piel una consideración hecha muchos años antes: "De donde importa el honor, la utilidad pública, la dignidad y perfección del propio ser, el cuidado de las  leyes divinas y naturales,  no te mueves por terrores que amenazan muerte". (Dialoghi Ital., G. Gentile Florencia 1985, pp. 698-99.).  

En el sumario del proceso están consignados los cargos (24) pero no los que se consideraban probados en la sentencia, que sin embargo son así referidos por Schopp, de memoria:


LEYENDA: EL MARTIRIO DE GIORDANO BRUNO

1.   Negar la transustanciación
2.   Poner en duda la virginidad de María
3.   Haber permanecido en país de herejes, viviendo a su modo
4.   Haber escrito contra el Papa el "Spaccio della bestia trionfante"
5.   Sostener la existencia de mundos innumerables y eternos
6.   Afirmar la metempsicosis y la posibilidad de que un alma sola informe dos cuerpos
7.   Considerar la magia buena y lícita
8.   Identificar el Espíritu Santo con el alma del mundo
9.   Afirmar que Moisés simuló sus milagros e inventó la ley
10. Declarar que la sagrada escritura no es sino un sueño
11. Considerar que hasta los demonios se salvarán
12. Creer en la existencia de los preadamitas
13. Aseverar que Cristo no era Dios sino un embustero y un mago y que con justicia fue ahorcado
14. Afirmar  que también los profetas y los apóstoles fueron magos y que casi todos tuvieron  mal fin. 

De estos errores, el cuarto resulta abiertamente infundado ya que el "Spaccio" es más bien antiluterano que antipapista; las vulgares invectivas contra Cristo, los profetas y los apóstoles de los nn. 13 y 14 son evidentemente ecos de desahogos coyunturales de una persona exasperada. Donde el contraste con la institución aparece insalvable es más bien con el núcleo central de la doctrina de Bruno, delineado en los puntos 5, 6 y 8.

No es el caso aquí de profundizar en el sistema filosófico del Nolano, pero el sólo pensar que la Tierra, de centro de un limitado universo, objeto específico y privilegiado de la acción creadora de Dios, se convirtiera en un minúsculo puntito en un universo infinito y entre mundos infinitos; que  tal universo es invadido y vivificado por un espíritu divino inmanente; que en el continuo  transformarse de la vida, las almas, inmortales, informan cuerpos diferentes, etc., hacía que las Escrituras, Cristo, la Virgen, los profetas y las dogmas aparecieran como imperfectas sombras de una realidad que la filosofía mostraba mucho más grande, y que a lo sumo servían para  mantener tranquilos a los pueblos. Probablemente las ideas de Bruno no habrían logrado nunca llegar a las masas, ni provocar cismas lejanamente comparables al luterano; pero en definitiva se trataba, en cierto sentido, de una tentativa de reemplazar por una nueva "suma"  del universo, la tradicional de S. Tomás . Y éste fue considerado un peligroso ejemplo, un atentado contra la supremacía de la teología sobre la filosofía, de la religión sobre la razón. 

FUENTE: http://www.giordanobruno.info/bioesp.htm

 

Las Obras de Giordano Bruno

1580
El Compendio de Arquitectura y Complemento Artístico.

1582
De las sombras de las ideas y el Arte de la memoria.

1584
La Cena de las Cenizas.

1584
Sobre la Causa el Principio y el Uno.

1584
Sobre el Infinito Universo y los Mundos


1585

La Expulsión de la Bestia Triunfante.

1585
Cábala del Caballo Pegaso.

1585
De los Heroicos Furores.

1586
Figuración del Tratado de Aristóteles sobre el Oído Físico.

1586
Ciento veinte Artículos sobre la Naturaleza y el Mundo contra los Peripatéticos.

1586
Ciento sesenta Artículos contra los Matemáticos y Filósofos de esta Epoca.

1591
Sobre el mínimo y la Medida Triple según los Principios de las Tres Ciencias Especulativas y de muchas Artes Prácticas.

1591
Sobre la Moneda, el Número y la Figura,..o sea, Elementos de la más Oculta Física, Matemática y Metafísica.

1591
Sobre lo Inmenso y los Innumerables, o sea, sobre el Universo y los Mundos.

1595
Suma de Términos Metafísicos.

1595
Descenso a la Práctica

 

FUENTE:
http://www.embitalia.org.mx/Embitaly/html/storibru.html

 

Giordano Bruno: el filósofo olvidado
John Kessler /Traducido por  Pablo Flores

 En el año 1548 nació un niño italiano en el pequeño pueblo de Nola, no lejos del Vesubio. Aunque pasó la mayor parte de su vida en países hostiles y extranjeros, volvió a su hogar al fin de sus viajes y después de haber escrito casi veinte libros.

Cuando tenía trece años comenzó a ir a la escuela en el Monasterio de San Domingo. Era un lugar famoso. Tomás de Aquino, él también un dominico, había vivido y enseñado allí. En pocos años Bruno se hizo sacerdote dominico.

No pasó mucho tiempo antes de que los monjes de San Domingo comenzaran a aprender algunas cosas sobre el extraordinario entusiasmo de su joven colega. Era franco, abierto y para nada reticente. No pasó mucho antes de meterse en problemas. Era evidente que a este muchacho no se le podía forzar a encajar en la rutina dominica. Una de las primeras cosas que un estudiante debe aprender es a dar al maestro las respuestas que el maestro quiere. El maestro promedio es el preservador de los antiguos hitos. Los estudiantes son su audiencia. Aplauden, pero no deben innovar. Deben aprender a trabajar y a esperar. No fue la conducta de Bruno sino sus opiniones lo que lo metió en problemas.

Huyó de la escuela, de su pueblo natal, de su propio país, y trató de encontrar entre extraños y extranjeros un ambiente que congeniara con su integridad intelectual, que no encontraba en su hogar. Es difícil no ponerse sentimental acerca de Bruno. Era un hombre sin patria y, al final, sin iglesia.

A Bruno le interesaba la naturaleza de las ideas. Aunque el nombre no se había inventado aún, sería perfectamente apropiado nominar a Bruno como epistemólogo, o como un pionero de la semántica. Toma su materia prima de la mente humana.

Es un hecho interesante que aquí, al cierre del siglo XVI, un hombre, encerrado por todos los lados por la autoridad de la tradición clerical, haga lo que puede considerarse un recorrido filosófico del mundo que la ciencia de la época estaba revelando. Es particularmente interesante porque sólo en el siglo XX se ha vuelto de nuevo popular el hábito de esta clase de especulación. Bruno vivió en un período en que la filosofía se había divorciado de la ciencia. Quizá sería mejor decir que la ciencia se había divorciado de la filosofía. Los científicos se sentían demasiado fascinados por sus nuevos juguetes como para molestarse con la filosofía. Empezaban a ocupar su tiempo con telescopios y microscopios y recipientes de productos químicos.

En 1581 Bruno fue a París y comenzó a dar conferencias sobre filosofía. No era poco común que los académicos vagaran de aquí para allá. Hizo contactos fácilmente y logró interesar a todos los grupos con los que se contactó con el fuego de sus ideas. Su reputación llegó a oídos del rey Enrique III, quien sintió curiosidad acerca de esta nueva atracción filosófica. Enrique III tenía curiosidad por averiguar si el arte de Bruno era el del mago o el del hechicero. Bruno se había hecho una reputación como mago que podía inspirar una mayor retención de memoria. Bruno satisfizo al rey mostrándole que su sistema se basaba en el conocimiento organizado. Bruno encontró un patrón en Enrique III, lo cual tuvo mucho que ver con el éxito de su corta carrera en París.

Fue alrededor de esta época que una de las primeras obras de Bruno fue publicada, De Umbras Idearum, "Las Sombras de las Ideas", al cual le siguió prontamente Ars Memoriae, "El Arte de la Memoria". En estos libros mantenía que las ideas son sólo sombras de la verdad. La idea era extremadamente novedosa en ese momento. En el mismo año produjo otro libro: "Breve Arquitectura del Arte de Lull" con su "Compleción". Ramón Lull había tratado de probar los dogmas de la iglesia por medio de la razón humana. Bruno niega el valor de tal esfuerzo mental. Señala que el cristianismo es enteramente irracional, que es contrario a la filosofía y que está en desacuerdo con otras religiones. Observa que lo aceptamos por la fe; que la revelación, como se la llama, no tiene base científica.

En su cuarta obra elige a la hechicera homérica Circe, que convertía a los hombres en bestias, y hace que Circe discuta con su doncella un tipo de error que representa cada bestia. El libro Cantus Circaeus ("El encantamiento de Circe") muestra a Bruno trabajando con el principio de asociación de ideas, y cuestionando continuamente el valor de los métodos tradicionales de conocimiento.

En el año 1582, a la edad de 34 años, escribió una obra, Il Candelaio ("El Candelero"). Muestra a un hacedor de velas que trabaja con sebo y grasa y luego tiene que salir a vender su mercancía a los gritos:

"Contempla en la vela que lleva este candelero, a quien doy a luz, aquello que clarificará ciertas sombras de ideas... No hace falta que te instruya en mi creencia. El tiempo todo lo da y todo lo quita; todo cambia pero nada perece. Uno solo es inmutable, eterno y dura para siempre, uno y el mismo consigo mismo. Con esta filosofía mi espíritu crece, mi mente se expande. Por ello, no importa cuán oscura sea la noche, espero el alba, y aquéllos que viven en el día esperan la noche. Por tanto, regocíjate, y mantente íntegro, si puedes, y devuelve amor por amor."

Llegó un momento en que la novedad de Bruno se desgastó en Francia, y sintió que era hora de seguir adelante. Fue a Inglaterra a comenzar de nuevo y a encontrar una nueva audiencia. No logró hacer contacto académico con Oxford. Oxford, como otras universidades europeas de la época, rendía reverencia académica a la autoridad de Aristóteles. Mucho se ha escrito sobre cómo la Edad Media fue estrangulada por la mano muerta de Aristóteles. No eran los métodos de Aristóteles ni la mente capaz de Aristóteles lo que se cuestionaba sino la autoridad de Aristóteles. Una cosa debía ser creída porque Aristóteles la había dicho. Era parte del método de Bruno el objetar, a su manera enérgica, a que se lo obligase a uno a tragarse sin protestar ciertas afirmaciones porque Aristóteles las hubiera hecho, cuando eran obviamente diferentes a la experiencia en vivo de los sentidos que la ciencia estaba produciendo.

En su obra "La Cena del Miércoles de Cenizas", la historia de una cena privada con invitados ingleses, Bruno difunde la doctrina copernicana. Se le había ofrecido al mundo una nueva astronomía de la cual la gente se reía porque estaba en desacuerdo con las enseñanzas de Aristóteles. Bruno llevaba adelante una entusiasta propaganda con ánimo de pelea. Entre los años 1582 y 1592 no había apenas ningún maestro en Europa que difundiese persistente, abierta y activamente las nuevas sobre el universo que Copérnico había dibujado, excepto Giordano Bruno. Un poco más tarde, otro personaje aún más famoso iba a hacerse cargo de la tarea: Galileo.

Galileo nunca conoció a Bruno en persona y no lo menciona en sus obras, aunque debe haber leído algunas de ellas. No podemos culpar a Galileo por ser suficientemente diplomático y evitar la mención de un hereje reconocido. Galileo ha sido criticado con frecuencia porque, ante sus propias dificultades, se inclinó por su seguridad personal. Demandanos mucho de nuestros héroes.

Mientras estaba en Inglaterra, Bruno tuvo una audiencia personal con la reina Isabel. Escribió sobre ella a la manera superlativa de su época, llamándola diva, Monarca Protestante, sagrada, divina, las mismas exactas palabras que usó para Su Muy Cristiana Majestad y Cabeza del Sagrado Imperio Romano. Esto fue usado contra él cuando fue llevado más tarde a juicio como ateo, infiel y hereje. La reina Isabel no tuvo una muy alta opinión de Bruno. Lo vio como salvaje, radical, subversivo y peligroso. Bruno encontró a los ingleses bastante burdos.

Bruno no tenía un lugar seguro en las comunidades religiosas protestantes ni en las católicas romanas. Llevó a cabo su lucha contra terribles obstáculos. Había vivido en Suiza y Francia, y ahora estaba en Inglaterra, y se fue de allí a Alemania. Traducía libros, leía pruebas de imprenta, y reunía grupos y daba conferencias sobre cualquier cosa que surgiera de ellos. No requiere mucha imaginación hacerse la imagen de un hombre que remendaba sus propias ropas, que con frecuencia pasaba frío y hambre e iba desaliñado. Sólo hay unas pocas cosas que sepamos de Bruno con gran certidumbre, y estos hechos son las ideas que dejó atrás en sus libros prácticamente olvidados, la literatura de contrabando de su época. Después de veinte años en el exilio nos lo imaginamos alienado, ansioso de oír el sonido de su propia lengua y de tener la compañía de sus compatriotas.

Pero siguió escribiendo libros. En su libro De Causa, principio et uno, "Sobre la Causa, el Principio y la Unidad", encontramos frases proféticas:

"Todo este orbe, esta estrella, no estando sujeta a la muerte, y siendo imposibles la disolución y la aniquilación en la Naturaleza, de tanto en tanto se renueva a sí mismo cambiando y alterando todas sus partes. No hay un arriba o abajo absolutos, como enseñó Aristóteles; ninguna posición absoluta en el espacio; sino que la posición de un cuerpo es relativa a las de los otros cuerpos. En todos lados hay un incesante cambio relativo de posición a través del universo, y el observador siempre está en el centro."

 Sus otras obras fueron "El Infinito, el Universo y sus Mundos", "El Transporte de las Almas Intrépidas", y la "Cábala del Garañón como Pegaso con la Adición del Asno de Cilene", una discusión irónica sobre las pretensiones de la superstición. Este "asno", dice Bruno, se lo encuentra en todos lados, no sólo en la iglesia sino en las cortes de ley e incluso en los colegios. En su libro "La Expulsión de la Bestia Triunfante", ataca la pedantería que encuentra en las culturas católica y protestante. En otro libro, "La Hoja Trifoliada y la Medida de las Tres Ciencias Especulativas y el Principio de Muchas Artes Prácticas", encontramos una discusión sobre un tema que iba a ser tomado en un siglo posterior por el filósofo francés Descartes. El libro fue escrito cinco años antes de que naciera Descartes, y en él se dice: "Aquél a quien le inquiete la filosofía debe ponerse a trabajar poniendo todas las cosas en duda".

También escribió "De la Unidad, la Cantidad y la Forma", y otra obra "Sobre las Imágenes, Signos e Ideas", como así también "Sobre lo Inmenso e Innumerable", "Exposición de los Treinta Sellos" y "Lista de Términos Metafísicos para Comenzar el Estudio de la Lógica y la Filosofía". Su título más interesante es "Ciento Sesenta Artículos Dirigidos Contra los Matemáticos y Filósofos de la Época". Una de sus últimas obras, "Las Ataduras de la Especie", quedó sin terminar.

Es fácil hacerse una impresión de la reputación que Bruno se había creado hacia el año 1582 en las mentes de las autoridades clericales de Europa meridional. Había escrito sobre un universo infinito que no había dejado lugar para aquella otra concepción infinita mayor que se llama Dios. No podía concebir que Dios y la naturaleza pudiesen ser entidades separadas y distintas como lo enseñaba el Génesis, como lo enseñaba la Iglesia, y como lo enseñaba incluso Aristóteles. Predicaba una filosofía que hacía insignificantes los misterios de la virginidad de María, de la crucifixión y la Misa. Era tan ingenuo que no podía ver sus propios esquemas mentales como si fuesen realmente herejías. Veía a la Biblia como un libro que sólo los ignorantes podían tomar literalmente. Los métodos de la Iglesia eran, para decirlo lo más suavemente posible, desafortunados, y promovían la ignorancia por instinto de autopreservación.

Bruno escribió: "Todo, no importa de qué manera puedan los hombres creerlo seguro y evidente, prueba, cuando se lo trae a discusión, que no es menos dudoso que las creencias extravagantes y absurdas". Acuñó la frase Libertes philosophica. El derecho a pensar, a soñar, por decirlo así, a hacer filosofía. Después de 14 años de vagar por Europa, Bruno volvió sus pasos hacia el hogar. Quizá en verdad lo extrañaba. Algunos escritores afirman que fue engañado. Que Bruno volviera a Italia es una paradoja tan extraña como la del resto de su vida.

Fue invitado a Venecia por un hombre joven cuyo nombre era Mocenigo, que le ofreció un hogar y luego levantó cargos contra él ante la Inquisición. El caso se dilató. Fue prisionero en la República de Venecia, pero un poder más grande lo quería, y fue entregado a Roma. Por seis años, entre 1593 y 1600, permaneció en una prisión papal. ¿Fue olvidado, fue torturado? Cualesquiera registros históricos que haya no han sido publicados nunca por las autoridades que los tienen. En el año 1600 un académico alemán, Schoppius, estuvo en Roma por casualidad y escribió sobre Bruno, quien fue interrogado varias veces por el Santo Oficio y condenado por los teólogos jefes. Una vez obtuvo cuarenta días para considerar su posición; enseguida prometió retractarse, pero luego renovó sus "tonterías". Luego consiguió otros cuarenta días para deliberar, pero no hizo más que escandalizar al Papa y a la Inquisición. Después de dos años bajo la custodia del Inquisidor, fue llevado, el 9 de febrero, al palacio del Gran Inquisidor, para escuchar su sentencia de rodillas, ante los asesores expertos y el gobernador de la ciudad.

Bruno respondió a la sentencia de muerte por fuego con la amenaza: "Quizá ustedes, mis jueces, pronuncian esta sentencia contra mí con mayor temor que aquél con el que yo la recibo". Se le dieron otros ocho días para ver si se arrepentía. Pero no sirvió de nada. Fue llevado a la hoguera, y mientras moría le fue presentado un crucifijo, pero él lo apartó de sí con feroz desprecio.

Fueron sabios al librarse de él, porque no escribió más libros; pero debieron haberlo estrangulado al nacer. Según resultó al final, no se lo quitaron de encima para nada. Su suerte no fue inusual para un hereje; este extraño genio fue rápidamente olvidado. Sus obras fueron honradas con un sitio en el Index Expurgatorius el 7 de agosto de 1603, y sus libros se hicieron difíciles de conseguir. Nunca obtuvieron una gran popularidad.

A comienzos del siglo XVIII los deístas ingleses redescubrieron a Bruno y trataron de excitar la imaginación popular volviendo a contar la historia de su vida, pero esto no provocó un particular entusiasmo.

El entusiasmo de la filosofía alemana llegó al tema de Bruno cuando Jacobi (1743-1819) llamó la atención sobre el genio de Bruno y los pensadores alemanes en general lo reconocieron, pero no leyeron sus libros. Hacia el final del siglo XIX los académicos italianos comenzaron a sentir intriga por Bruno y por un tiempo la "Brunomanía" fue parte del entusiasmo intelectual de los italianos cultos. Bruno comenzó a ser un símbolo representante del filósofo y el científico progresista y librepensador, y se ha convertido en símbolo del martirio científico. Bruno era un truhán, un vagabundo filosófico y poético, pero no puede reclamar el nombre de científico. Sus obras no se encuentran en las bibliotecas norteamericanas. En esta era de escritos biográficos es sorprendente que ningún autor moderno haya intentado reconstruir su vida, que es importante porque está en la línea directa del progreso moderno. Bruno fue un pionero que despertó a Europa de su largo sueño intelectual. Fue martirizado por su entusiasmo.

Bruno nació cinco años después de que muriera Copérnico. Éste había legado una idea embriagadora a la generación que iba a seguirlo. En nuestra época oímos mucho sobre el universo en expansión. Hemos aprendido a aceptarlo como algo grande. El pensamiento de la Infinitud del Universo fue una de las grandes ideas estimulantes del Renacimiento. El Universo ya no era el patio de atrás de un Dios del siglo XV. Y de pronto se volvió demasiado vasto para ser gobernado por un Dios del siglo XV. Bruno trató de imaginar un dios cuya majestad dignificara la majestad de las estrellas. No inventó ninguna triquiñuela metafísica ni provocó ningún cisma sectario. No estaba jugando a la política. Le alegraba sentirse profundamente provocado por visiones exaltadas y le gustaba hablar de sus experiencias. Y todo este refinamiento pasó por el fuego de los refinadores: para que el mundo pudiera lograr seguridad ante el despotismo del salvaje eclesiástico del siglo XVI. Sufrió una muerte cruel y logró una fama única de mártir. Se ha vuelto la coartada más difícil de la Iglesia. La Iglesia puede sacarse de encima el caso de Galileo con una suave y condescendiente explicación. Bruno se le queda en la garganta.

Él es un mártir cuyo nombre debería guiar a todo el resto. No fue un mero sectario religioso atrapado en la psicología de una histeria de masas. Era un poeta sensible, imaginativo, encendido de entusiasmo ante una visión mayor de un universo mayor... y cayó en el error de la creencia herética. Por esta visión poética fue encarcelado en una mazmorra oscura ocho años y luego arrastrado a una plaza de mercado y asado con fuego hasta la muerte.

 Es una historia increíble.  

 La "Iglesia" jamás lo sobrevivirá.

 

FUENTE:
http://cfm.telepolis.com/monograficos/frame.cfm?link=http%3A//www.angelfire.com/ego/pdf/sp/lp/trad/giordano-bruno1.html


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