 |
Oswaldo Guayasamín es uno de los pintores latinoamericanos más prolíficos e importantes del siglo XX. De origen indígena, nacido en Ecuador, tuvo una infancia dura, llena de necesidades, sin embargo desde temprana edad demostró su talento para las artes plásticas, pintando sobre cartones y haciendo retratos de la gente de su barrio. Un terrible suceso lo marcó para siempre: presenció la muerte de uno de sus amigos de infancia a manos de las autoridades durante una manifestación, y su cadáver fue dejado en la calle junto con el de otros asesinados. A partir de ese momento la pintura de Guayasamín quedó para siempre enmarcada dentro de la lucha de clases, la lucha de los oprimidos contra los opresores. Sus cuadros reflejan dolor, muerte, tristeza, pobreza y todas las calamidades que los pueblos pobres de Latinoamérica, y en especial las poblaciones indígenas, han sufrido durante siglos. Era un hombre de izquierda, y todo lo que planteó en su obra también lo hizo como ciudadano; defendió sus ideas por todos los medios y posibilidades reivindicando la defensa de los derechos humanos y las raíces indígenas del continente.
ENcontrARTE
Nacido en Quito, Ecuador, el 6 de junio de 1919, Oswaldo Guayasamín (en quechua significa ave blanca volando), era hijo de madre mestiza y padre indio, que trabajaba como carpintero y taxista. Su madre murió muy joven, agobiada por el trabajo y el cuidado de sus diez hijos, de los cuales Oswaldo era el mayor. Guayasamín decía recordar a su madre siempre estando embarazada. El amor que sentía hacía ella lo plasmó muchas veces en sus cuadros. Desde pequeño se dedicó a pintar los avisos de la tienda de comestibles de su madre, así como a realizar retratos de estrellas de cine y caricaturas de sus maestros y compañeros, que vendía para ayudar a su numerosa familia.
Contra la voluntad de su padre, a quien decía temer, logró entrar en la Escuela de Bellas Artes de Quito, en 1932, un año de fuerte agitación política en Ecuador. Fue en ese año cuando presenció la muerte de su gran amigo de infancia Manjarrés, lo que lo inspiró más tarde a pintar uno de sus más conocidos cuadros titulado "Los Niños Muertos", que marca la temática asumida por Guayasamín de retratar siempre el dolor y sufrimiento de quienes tienen poco o nada en la vida.
Guayasamín sin embargo logró rápidamente hacerse de una reputación importante, llamando la atención con sus exposiciones en las que plasmaba a personajes o símbolos del poder, caricaturizados o mostrándolos como represores y asesinos. Esta actitud solía molestar a las autoridades quienes buscaban suspender o cancelar sus exhibiciones. Guayasamín marcó con su obra una tendencia: el realismo social. Referente de la pintura ecuatoriana en el exterior, maestro de talla mundial, y fue un artista que causaba polémica. Se identificaría, en cada pincelada, con la protesta y la denuncia social, para retratarse con rabia; para llamar, desde sus trazos, a una sociedad más justa y a una vida mejor para los desposeídos.
En 1941 se graduó de pintor, escultor y también de arquitecto. Comienza entonces su transitar por todo el continente latinoamericano donde el contacto con las realidades de las poblaciones indígenas le toca particularmente el corazón. En 1942 expone por primera vez en una sala particular de Quito y provoca un escándalo, la crítica considera esta muestra como un enfrentamiento con la exposición oficial de la Escuela de Bellas Artes, y el acaudalado empresario estadounidense Nelson Rockefeller, impresionado por la obra, compra varios cuadros y ayuda a Guayasamín en el futuro. Viaja entonces por primera vez a Estados Unidos donde permaneció seis meses, y luego viajó a México en 1943, donde se puso en contacto con los grandes muralistas mexicanos como José Clemente Orozco, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, quienes influenciaron su pintura, e inocularon en Guayasamín el gusto y la necesidad de mostrar su obra en grandes formatos como los murales. Igualmente las temáticas de lucha e injusticia social que reflejaban los muralistas mexicanos eran las mismas del pintor ecuatoriano. Pero también Guayasamín muestra en su pintura fuerte influencia de los constructivistas y del arte abstracto, especialmente se nota la influencia de Pablo Picasso, más específicamente aún de su período azul, pues Guayasamín toma elementos y hasta el color para crear sus piezas.
Su periplo por Latinoamérica lo llevó a conocer casi todos nuestros países y en cada uno se conectaba con las diferentes etnias indígenas existentes y luego reflejaba sus problemáticas y necesidades en una obra fuerte pero sin embargo hermosa, que aún cuando habla de grupos humanos retratados en el dolor y la miseria, por lo general sólo muestran individuos solitarios, viviendo sus penas y desdichas en soledad, acentuando con esto el sufrimiento que quería plasmar.
Guayasamín también se hizo de amigos muy importantes en la región. Se vinculó con grandes artistas, poetas, escritores, músicos y políticos, como Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Fidel Castro, El Che Guevara, Rigoberta Menchú, entre otros. Su necesidad de combatir los males de la sociedad no sólo la plasmaba en su obra artística, sino que fue un activista político y defensor de los derechos de los indígenas.
No sólo hizo murales, también su obra se compone de pequeños cuadros, esculturas, tallas, dibujos y monumentos. Realizó más de 180 exposiciones individuales en distintos lugares del mundo. Su obra ha sido exhibida en las grandes capitales del arte occidental como Paris, Roma, Madrid, Moscú, Luxemburgo, Praga, Varsovia, entre otras. Igualmente recorrió nuestro continente mostrando su quehacer artístico y han quedado plasmadas sus duras pinceladas en los murales del Parlamento Latinoamericano en Sao Paulo, Brasil, en el Aeropuerto de Barajas, en Madrid, España, en los Palacios de Gobierno y Legislativo, Universidad Central de Ecuador y Consejo Provincial de su natal Quito, así como en el mural de la sede de la UNESCO en París, Francia, dedicada a "los millones de niños que mueren de hambre en el mundo", entre otras. También fue nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en España, y miembro de Honor de la Academia de Artes de Italia.
Ganador de innumerables premios nacionales e internacionales, como el Gran Premio de la III Bienal de Barcelona España (1955-56), Primer Premio de la Bienal de Sao Paulo (1957) y el Gran Premio de la Bienal Interamericana de Arte de México (1960), su figura es la de uno de los artistas latinoamericanos más llamativos. Recibió también varias condecoraciones oficiales y doctorados Honoris Causa de Universidades de América y Europa. En 1992 recibe el premio Eugenio Espejo, máximo galardón cultural que otorga el gobierno de Ecuador.
Autor de más de 7.000 pinturas, famoso por su defensa de los derechos de los más pobres, los indígenas, los negros y los niños, sus viajes por Latinoamérica inspiraron la mayor parte de su obra, la cual dividía en tres etapas: El Camino del Llanto, La Edad de la Ira y La Edad de la Ternura. En la primera serie Huacayñan, -en quechua el camino del llanto- expone el tema de las tradiciones y culturas indígenas oprimidas. Son 103 cuadros que muestran la América mestiza, india y negra. La segunda serie es La edad de la ira, que arranca en 1961 con 250 cuadros y unos 5.000 dibujos. Un testimonio de este siglo oscuro y cruel, el más terrible en la historia del hombre, como atestiguó una vez. Para hacerla, visitó Hiroshima, Vietnam, los campos de concentración en Europa, la Cuba revolucionaria de Fidel Castro -a quien retrató más de cien veces- y su propio país, Ecuador, donde una dictadura militar casi lo fusila en 1963. En los años 80 madura el ciclo La edad de la Ternura, una sinfonía que pone en movimiento la entrega de los hombres al trabajo, para mejorar y vivir todos por la Tierra. Abundan aquí los retratos como Madre y niño, de 1989.
En agosto de 1988 hace entrega al Congreso ecuatoriano de un mural de unos 360 metros cuadrados que quedó instalado en el salón de sesiones de la Cámara. El gobierno estadounidense lo criticó por este mural (inaugurado en la toma de posesión del presidente Rodrigo Borja), en el cual aparece un rostro "calavérico": un casco nazi con las siglas "CIA", en alusión a la Agencia Central de Inteligencia norteamericana. En ese acto, el representante de Estados Unidos abandonó la sala como expresión de rechazo.
Nunca se afilió a partido político alguno, pero siempre militó en las causas de la solidaridad con los pueblos oprimidos, con los movimientos insurgentes, en la lucha por la integración latinoamericana, contra las dictaduras, contra los abusos y agresiones de los países imperialistas. Proclamó hasta su muerte ser siempre un socialista marxista-fidelista. Su entrañable amistad con Castro lo llevó a pintarlo en numerosas oportunidades, ya que el artista decía "es la primera persona, de los cientos de retratos que he hecho, que no puedo captar de una sola vez". Su interés y empatía por la Revolución Cubana, lo llevó a visitar en muchas ocasiones la isla y a vincularse a las causas fidelista y guevarista. Pintó el horror del desembarco norteamericano en Bahía de Cochinos, en el cuadro titulado Playa Girón. En 1993 fue inaugurada su Casa-Museo en La Habana. Igualmente hizo una serie conmemorativa de la muerte del Che, así como una serie dedicada a Nicaragua, un cuadro llamado Lágrimas de Sangre, en homenaje a salvador Allende, Pablo Neruda y Víctor Jara, y otras pinturas en tono de burla sobre Pinochet, una serie llamada Reunión en el Pentágono, en otras, conforman parte de sus obras de protesta contra las injusticias en el mundo.
Sus retratos también incluyen otras personalidades mundiales con los reyes Juan Carlos y Doña Sofía de España, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y hasta el mismísimo Libertador Simón Bolívar. Además están sus autorretratos, uno de los cuales se encuentra en el Museo de los Ufizzi en Italia, donde reposan sólo tres autorretratos de artistas latinoamericanos, el del uruguayo Joaquín Torres García, el del mexicano José Clemente Orozco y el de Guayasamín, junto con retratos de Rembrandt y Da Vinci.
Expresionista, cubista y también figurativo, Guayasamín forjó en su pintura una imaginaría latinoamericana indigenista, de la historia y la cultura del continente, pero también de la historia mundial del siglo XX, el siglo más terrible de la historia de la humanidad, el que le tocó vivir y el que está captado en sus lienzos y murales.
En 1976, Guayasamín creó, junto a sus hijos, la Fundación que lleva su nombre, a la cual donó toda su obra además de sus colecciones de arte que incluyen piezas precolombinas. Esta fundación es Patrimonio Ecuatoriano y su función es la de conservar, promover y divulgar el arte de este pintor.
 |
En 1996 comenzó lo que sería su más grande obra, un homenaje a la humanidad, la llamada Capilla del Hombre, un monumento-museo, enclavado en lo que es "la mitad del mundo", hacia las márgenes de la ciudad de Quito, en una cima de vista imponente. Un edificio sagrado, un templo de redención para un continente humillado. Como él mismo decía, "los templos siempre se hicieron para adorar dioses, pero nunca se hizo uno para conmemorar al hombre". Lamentablemente Guayasamín no pudo terminar esta su última y más importante obra. La muerte le encontró cuando se encontraba en Baltimore, Estados Unidos, el 10 de marzo de 1999, padeciendo de un repentino infarto en el lobby de un hotel, mientras se encontraba junto a su hija. Sin embargo la Fundación Guayasamín, se encargó de terminarla, con la ayuda de artistas de la región, y el 22 de noviembre de 2002 fue inaugurada La Capilla del Hombre, declarada ya por la UNESCO como proyecto prioritario de la cultura mundial y patrimonio cultural del estado ecuatoriano.
En sus últimos años decía encontrarse trabajando en la Edad de la Esperanza, la síntesis de todos sus conocimientos técnicos y de su experiencia vital. Tres etapas desarrolladas en el trabajo de seis décadas que reúnen más de 7.000 cuadros. Oswaldo Guayasamín se quejaba a veces diciendo: "casi toda mi obra está en el extranjero, porque la burguesía criolla no paga tanto a un indio".
En estos tiempos, herederos de la profunda crisis en la que se ha empantanado el modelo económico, social y político impuesto por los sectores dominantes, los gritos silenciosos de la obra de Guayasamín, se convierten en una elocuente advertencia frente a los rumbos dictados por los caudillos que pretenden adueñarse del rumbo de nuestro malherido continente. Sus tibias reformas hacen muy poco por transformar el paisaje de explotación y de miseria que tan profundamente supo retratar Oswaldo Guayasamín.
Su obra es humanista, refleja el dolor y la miseria que soporta la mayor parte de la humanidad y denuncia la violencia que le ha tocado vivir al ser humano en este monstruoso siglo XX, marcado por las guerras mundiales, las guerras civiles, los genocidios, los campos de concentración, las dictaduras, las torturas. Fue un hombre sumamente comprometido con su época, sus raíces, su cultura y su pueblo, Latinoamérica toda. La obra de Oswaldo Guayasamín, que nació en Quito, en la Mitad del Mundo, es una obra que atrae, que invita a la reflexión, que no deja indiferente a nadie. "Mi pintura -decía- es de dos mundos. De piel para adentro es un grito contra el racismo y la pobreza; de piel para fuera es la síntesis del tiempo que me ha tocado vivir".
ENTRADA A GUAYASAMIN
Los nombres de Orozco, Rivera, Portinari, Tamayo y Guayasamín forman la estructura andina del continente. Son altos y abundantes, crispados y ferruginosos. Caen a veces como desprendimientos o se mantienen naturalmente elevados, unidos territorialmente por la tierra y por la sangre; por la profundidad indígena.
Guayasamín entre los unos y los otros, emprendió en su obra el Juicio Final que les pedíamos a los solitarios del Renacimiento. Pocos pintores de nuestra América tan poderosos como este ecuatoriano intransferible; tiene el toque de la fuerza; es un anfitrión de raíces; da cita a la tempestad, a la violencia a la inexactitud. Y por ello, a vista y paciencia de nuestros ojos, se transforma en luz.
Suponemos que el realismo ha muerto. Y hemos celebrado el funeral porque no lo mataron los quiméricos, los irrealistas, sino los propios realistas que lo realizaron, extinguiéndose hasta presentarnos un realismo sin carne y sin hueso: la imitación de la verdad.
Guayasamín es uno de los últimos cruzados del imaginismo; su corazón es nutricio y figurativo, está lleno de criaturas, de dolores terrestres, de personas agobiadas, de tortura y de signos. Es un creador del hombre más espacioso, de las figuras de la vida, de la imaginación histórica.
Yo le tengo en mi santoral de santos militares, aguerridos, jugándose siempre el todo por el todo en la pintura. Las modas pasan sobre su cabeza como nubecillas. Nunca lo aterrorizaron.
Presento, y es mucho honor para mí, a este pintor germinativo y esencial, seguro de que su universo puede sostenerse aunque nos amenace como un derrumbe cósmico.
Pensemos antes de entrar en su pintura porque no nos será fácil volver.
Por Pablo Neruda
Fuentes:
-www.guayasamin.com
-http://www.hoy.com.ec/especial/maestro/minicio2.htm
-Libro: "América, mi hermano, mi sangre. Un canto latinoamericano de dolor y resistencia"
Oswaldo Guayasamín y Pablo Neruda, Fundación Guayasamín y Ocean Press, 2006