Es difícil analizar la destrucción del patrimonio cultural en
Irak - uno de los más antiguos e importantes del mundo - cuando uno
ha visto la destrucción de seres humanos por los misiles o las bombas
racimo en muchos de los documentos que consiguieron romper las barreras de
las censuras y las culturas oficiales. Y más difícil cuando lo que se ha
registrado, como en el caso de Al Jazeera u otros medios, es una gran
cantidad chicos heridos o destrozados. Algo que no es propaganda o
amarillismo: cuando se produce - a pesar de la apología de la precisión de
Rumsfeld - un bombardeo indiscriminado en un país del Tercer Mundo éste va
a afectar fundamentalmente a la infancia. Simplemente por la estructura
demográfica de estos países. Sin embargo, esto no impide razonar sobre lo
que pasó con el patrimonio cultural de Irak, lo hayan destruido o robado
los propios iraquíes o las fuerzas invasoras. No impide tampoco
preguntarse por qué ese odio o desconocimiento sobre una de la cunas
fundamentales de la cultura de la humanidad. No sólo la de los hércules o
arpas de oro, la de los vasos de alabastro o de los 170.000 objetos de más
de 6.000 años que fueron robados o destruidos, sino también de la cultura
que desarrolló, junto a la India, una de las formas más bellas que tiene
el hombre para expresar los avatares de su existencia: la narración.
Pero no importa: la “cultura única” no perdona ni aún
aquello que puede ser insumo comercial para Discovery, Travel o History
Channel. Si con respecto a la actualidad avanza fuertemente en los países
que invade o con el resurgimiento irracional del neomaccarthismo en su
propio territorio, también avanza de manera ciega o estratégica sobre la
historia. Sobre la historia de los otros. Y esto no es una hipótesis: es
parte de los proyectos del grupo de neoconservadores que en las sombras
rodea a Bush.
Afirma The Economist: “Está surgiendo un nuevo consenso alrededor de
la noción de que los Estados Unidos deben usar su poder vigorosamente para
reestructurar el mundo.” Y esta reestructuración se refiere no sólo a
la economía sino a la cultura, a las memorias, a la formas de vida, a las
concepciones del mundo. La máquina avanza aún sobre los aspectos más
pequeños de la vida cotidiana. Y ya no importa si se lleva a cabo a través
de los juegos sutiles de la publicidad, del marketing étnico, del
seudodocumentalismo o si lo hacen simplemente destruyendo o desintegrando
hasta materialmente los testimonios, las genealogías, los “tiempos
largos” de la historia. La “cultura única” no
acepta las diferencias salvo cuando las puede administrar
etnocéntricamente, como los hacían los ingleses con sus colonias y
protectorados cuando para administrarlos, pero no para observarse a sí
mismos, inventaron la antropología. Por eso, y sin sacar del primer plano
las masacres y los asesinatos concretos que produjo esta invasión, no hay
que olvidar hasta dónde la “ cultura única” puede llegar
cuando toma las armas, cuando avanza con sus ejércitos. O de proyectar
hacia el presente qué significa la destrucción de rastros, de testimonios,
de creencias, de formas de pensar el tiempo o el espacio, de pensar el
cuerpo o las almas de otras culturas. Porque si hasta ahora no está bien
claro, no está bien definido conceptualmente el derecho a la diferencia
cultural, sí esta claro que no aceptarlo es destruir la humanidad.
Aníbal Ford / Escritor y profesor consulto de la U.B.A.